
La derrota de los búlgaros a manos del Imperio Bizantino en el siglo XI es el nudo de El ejército ciego, novela del escritor David Toscana que obtuvo el Premio Alfaguara. Reproducimos a continuación el texto leído por Paula Escobar Chavarría durante el lanzamiento. Para ella esta historia se trata de “la crueldad y la inhumanidad, el sadismo incluso, pero sobre todo se trata de ver, de no ver, de lo que es visible y lo que no. Y de la ceguera con que se conducen las grandes discusiones sobre la vida y la muerte, real y simbólica, de los humanos en la tierra ayer y hoy; la misma tierra que habitaron esos guerreros medievales”.
por Paula Escobar Chavarría I 14 Octubre 2026
Es un honor para mí presentar este libro hoy, del destacado escritor David Toscana, ganador del más reciente Premio Alfaguara de Novela. Él ha contado que encontró, en una historia del siglo XI, la inspiración para esta novela que hoy presentamos. Fue mientras observaba unas vitrinas que exponían el manuscrito Skylitzes Matritensis. Entre la multitud de miniaturas de oro y lapislázuli, encontró la historia de la derrota de los búlgaros a manos del Imperio Bizantino en la batalla de Clidio, en el verano de 1014. Allí, el cronista Ioannis Skylitzes relataba en pocas líneas el desenlace: el emperador Basilio II ordenó como represalia cegar a 14.850 soldados prisioneros y dejar tuertos a otros 150 para que sirvieran de lazarillos de aquel ejército ciego de regreso a su patria.
Y así arranca esta novela, El ejército ciego, en que Toscana es nuestro lazarillo, es el tuerto en el reino de los ciegos, que nos conduce a nosotros los lectores a través de esta historia medieval cruda, cruel, esperpéntica incluso, y que tanta conexión tiene con el siglo XXI. Del siglo XI al siglo XXI. Desde el horror del siglo XI de aprender el oficio de sacar ojos, vivir sin ojos, enterrar ojos, hacer sofisticados ojos falsos, jugar con ojos, Toscana nos conduce hacia las cegueras del primer cuarto de siglo XXI; las ilumina.
Este libro se trata, entonces, de una batalla y una guerra, y la crueldad y la inhumanidad, el sadismo incluso, pero sobre todo se trata de ver, de no ver, de lo que es visible y lo que no. Y de la ceguera con que se conducen las grandes discusiones sobre la vida y la muerte, real y simbólica, de los humanos en la tierra ayer y hoy; la misma tierra que habitaron esos guerreros medievales. Así lo apuntó el fallo del jurado literario: “El autor crea una fábula oscura y poderosa, alejándose del relato histórico convencional para ofrecer una lectura simbólica, casi mítica sobre la guerra, el poder y la resistencia. La novela adquiere un tono oral y poético que mezcla testimonio, leyenda y humor negro. Una gran épica sobre los vencidos”.
Compartiré con ustedes cinco elementos actuales que encontré el texto de David Toscana:
1. En primer lugar, este libro me remite a la banalidad de la guerra, a la insensatez de la guerra. En este caso, en esta guerra entre imperios, imperios que hoy no existen, imperios que muy luego de ocurrido esto empezaron algunos de ellos a dejar de existir. Pese a su caída inminente, se producen en su nombre estos actos de crueldad tan grande, como es dejar a todas estas personas sin ojos. Creo que esto llama a pensar en la pulsión tanática humana, un rasgo más bien masculino, de quienes lideran países. Es no de intentar resolver conflictos de modo pacífico, sino a través del uso de la violencia: la violencia sobre los cuerpos de personas que van, como carne de cañón, a luchar en guerras y causas que no tienen ningún sentido para ellos y, en este caso, a ser sometidos a una represalia tan cruel, tan terrible, tan devastadora como es dejar ciego a un pelotón completo, a casi 15 mil hombres.
En cada grupo dejar a una persona con vista para que los pudiera llevar de vuelta es claramente un modo de resarcirse contra quienes resultan perdedores de la guerra; de exponerlos y exponer a ese pueblo a lo que no fue empatía, sino que fue condescendencia por un lado y también mucho abuso de vuelta. Entonces uno se pregunta: ¿quién realmente perdió la vista? ¿Quién perdió la capacidad de ver? Fueron solamente quienes padecieron (y que el libro lo cuenta con un detalle espeluznante) y a quienes les sacaron los ojos y se los entregaron (y algunos los guardaron en salmuera). ¿Fueron solamente ellos los que quedaron sin capacidad de ver? ¿Cuánta vista perdieron los ciudadanos que los recibieron pero que no los reconocieron?
Cuánta burla.
Cuánta crueldad también de parte de quienes estaban ahí con vista. El que parece que recupera visión es el emperador: al saber todo lo que pasó, se desmaya, y luego muere del shock de ver —sí, de ver— las consecuencias de sus actos.
2. Para mí, esta novela tiene que ver con el retorno al cuerpo. El siglo XXI, el siglo digital, ha sido definido como un siglo en que el cuerpo ya ha dejado de existir en muchas ocasiones. Por ejemplo, en la pandemia se aceleró esta idea de que la presencia virtual era igual a la presencia real, al punto de que hoy hay niños que se comunican por WhatsApp estando en el mismo recinto, bajo el mismo techo. Hay otras personas que prefieren estar por Zoom en vez de reunirse en persona. Y el contacto humano, estar en presencia de otros cuerpos, se va haciendo una manera de contacto más premium. En realidad, se ve en carne y hueso a las personas que más importa y, al resto, bueno, a través de una videollamada, una videoconferencia, o un mensaje o un audio dejado al pasar. Hay gente que se enamora de su Chat GPT, que le habla como si fuera humano.
Este libro me pareció muy impactante en cómo nos devuelve al cuerpo, a la realidad de nuestro cuerpo, nuestro único y finito y misterioso cuerpo. En este siglo XXI digital, reitero, en que ya hay simulaciones de personas muertas que tienen un avatar en Zoom, y la gente habla con ellas y, sin embargo, ese cuerpo no existe. O personas que solo tienen relaciones a través de una pantalla, con la protección de esa pantalla. Y se nos olvida que somos nuestro cuerpo, que la humanidad está en nuestro cuerpo. En este caso, las descripciones de esos cuerpos dolientes son muy al detalle. Incluso, espeluznantes, de lo que significa que te saquen los ojos, de lo que significa la conservación de esos ojos o del oficio de sacar los ojos de otros…
3. Luego, me parece que este libro nos retrotrae a la importancia de contar. Ahí está el contador de la historia, que es la persona encargada de narrar todo esto. Está la idea también de que la historia sin ser contada es una historia que no existe. De hecho, hay ansiedad de parte de estos ciegos acerca de quién iba a poder entender esta historia. Cuando la historia en general omite a este tipo de personajes “perdedores”, que sin embargo la protagonizan. Por eso también me parece que David Toscana está haciendo acá un reconocimiento al arte de la crónica y a su duración en el tiempo; es un registro precario donde la halla, pero que pese a lo precario se mantiene la historia allí. Alguien la va a leer algún día, es como un mensaje puesto en una botella. De nuevo, esto me parece muy interesante: en un siglo digital como este, en que el concepto del archivo está totalmente cambiado, así como el concepto de la memoria (¿cuántas fotos familiares no han sido imprimidas?; no hay álbumes de fotos, como antaño, están todas esas imágenes desperdigadas entre miles de miles de fotos y no existe ese registro). Esta es una sociedad fragmentaria, de pedacitos, de pequeños pedacitos de mensajes de texto, que nadie sabe quién los va a guardar y cómo van a quedar guardados… Creo que Toscana restaura la importancia de que esas historias queden guardadas y sean contadas de una manera en que alguien las pueda recuperar, que alguien pueda dialogar con esas historias, como ha hecho David Toscana con esta historia.
4. Otro elemento fundamental tiene que ver con los modos en que la violencia es incubada en las sociedades; hay algo que precede a la brutalidad. Aquí hay un pasaje muy importante, en que a través de los títeres se induce a los niños a entender la guerra. Dice así un títere, en una función que ocurre en el libro:
Voy a prenderle fuego Constantinopla y todos morirán —dijo el Títere con una voz viril muy distinta a la de Mali Malinalca.
—¿Qué más? —le preguntó Timotei.
—Capturaré a Basilio —dijo el Títere—. Le sacaré los ojos.
Eso hacía falta: que su títere les hablara a los niños sobre la guerra, que los preparara para defender el Imperio, que les enseñara a odiar el enemigo.
Creo que esto es algo fundamental, que lo vemos hoy día desgraciadamente, en un momento en que no solo estamos presenciando guerras de una intensidad brutal, como es la de Ucrania, que ya lleva años, o como es la guerra de Gaza, con toda la crueldad que hay sobre civiles, niños y mujeres completamente inocentes, como es la guerra en Irán, que no tiene visos de terminar y que escala a los países del Golfo.
No solo ahí.
Vemos en todo el mundo, además de los países que están en guerra, cómo la política hoy día se ha transformado en una política de odios y rabia. Y de iras que se transfieren hacia los otros. Y esto de enseñar a los niños a odiar al enemigo es una base fundamental de ese tipo de política del odio, de la política tribal que estamos viviendo. La política de ellos y nosotros, siendo nosotros los virtuosos y ellos, los del exogrupo, los que no merecen ni siquiera la dignidad humana. Creo que no es casual que este tipo de liderazgos, como Donald Trump en Estados Unidos, como Viktor Orbán, y como tantos otros que hoy día están conquistando votantes, se basen también no solo en el odio hacia el exogrupo (aquellos que no han nacido en ese país son el foco primario), sino también el intento deliberado de socavar los principios básicos de los derechos humanos y la Carta Fundamental de los Derechos del Hombre y la Mujer. Toda la herencia desde la Segunda Guerra Mundial. El orden multilateral está siendo atacado hoy día, así como el concepto mismo de la dignidad universal y la igualdad de derechos de todos los seres humanos.
Este libro muestra con mucha claridad el riesgo de aprender a odiar al enemigo, al punto de no solo sacarle los ojos, sino que mandarlos de vuelta para que todos los vean y vayan experimentando también el rechazo, la burla, el desconocimiento.
Pensando en estos ciegos que retornan, me acordé del libro Hiroshima de John Hersey y la crónica que hace de los efectos de las bombas atómicas en Hiroshima. Él describe este grupo de sobrevivientes, que no encajan: son como el testimonio, los cuerpos vivientes que son el testimonio del horror que ha pasado. Y ya nadie quiere que existan: no quieren recordar la guerra, que recuerdan cada vez que los miran; no quieren recordar la derrota, ni quienes los han derrotado ni quienes fueron derrotados.
5. La última reflexión tiene que ver con que este libro me hizo pensar en la Odisea, un fenómeno cultural de todos los tiempos, y en particular de hoy día. La película de Christopher Nolan, hecha sin IA ni todos los recursos tecnológicos que hoy día pueden usarse y cambiar todo en un segundo. Está hecha, podríamos decir, a la antigua. Su éxito tiene que ver con el retorno a poner en valor las humanidades, los clásicos, las historias que no terminan, las historias que permanecen.
Esos cuentos que nos contamos los humanos para seguir adelante y seguir viviendo. Como esta historia.
David Toscana ha recuperado en El ejército ciego una historia del siglo XI, para contarla 10 siglos después, para que reflexionemos sobre la guerra, sobre el cuerpo, sobre contar las historias y, por supuesto, sobre la crueldad que albergamos todos los seres humanos. La crueldad no es algo que se pueda proyectar completamente afuera: todos somos un embutido de Ángel y Demonio, como decía Nicanor Parra. Y es esa violencia de la cual el ser humano es capaz, sobre la que hay que reflexionar. Proyectarla hacia afuera, como el odio hacia el enemigo, es una manera de debilitar la posibilidad de contener esos impulsos agresivos, esos impulsos autodestructivos y destructivos hacia el resto. Pensarlos es el modo de procesarlos y sublimarlos en ideas, en políticas, en relatos que no socaven ni minen la humanidad compartida que todos tenemos, sino que vayan reparando y restaurando el tejido común que tenemos todos los seres humanos que habitamos el planeta.
A lo mejor no somos comunidades de inicio, pero por cierto somos comunidades de destino, como me dijo una gran entrevistada.

El ejército ciego, David Toscana, Alfaguara, 2026, 248 páginas, $20.000.