Sexo: otro bien de consumo

La construcción del personaje juvenil de Irene es lo más interesante de Cien noches, de Luisgé Martín. En Chicago, ella inicia una etapa de experimentación erótica, travestida de interés científico, aunque más tarde reconoce que dicho interés es una parcial coartada moral para justificar su promiscuidad. El problema radica en la ambición: novela de tesis, relato autobiográfico y también novela política. La dictadura militar en el Cono Sur, por ejemplo, termina siendo un accesorio que obedecería al deseo de brindarle peso ideológico a la historia, que de lo contrario solo sería una historia de bellos millonarios que transitan por el primer mundo.

por Alejandra Ochoa I 28 Septiembre 2021

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Luisgé Martín (1962) es un escritor español galardonado en 2020 con el Premio Herralde de novela por Cien noches. En su trayectoria destacan el volumen de cuentos Todos los crímenes se cometen por amor (2013), las novelas Las manos cortadas (2009), La vida equivocada (2015) y el texto autobiográfico El amor del revés (2016). Para el público nacional puede llamar la atención que Chile sea escenario de alguno de sus cuentos y de la novela Las manos cortadas, en la que se relata el viaje al país de su protagonista, 30 años después del golpe militar, momento en el que es contactado para ofrecerle unas supuestas cartas de Salvador Allende.

Cien noches inicia con un prefacio que instala el tema central de la historia: el comportamiento sexual secreto de los seres humanos. Se enumeran estudios sexológicos que anteceden al Proyecto Coolidge, una investigación desarrollada en EE.UU., cuya segunda fase indaga en si los participantes que declararon su fidelidad decían la verdad. El estudio, financiado por Adam Galliger, un millonario neoyorquino, ha concluido y los datos son contundentes respecto del número real de sujetos infieles. En una cita con su antigua amante, Irene, Adam comparte los resultados y le solicita una segunda pesquisa (ella es investigadora privada), esta vez de índole personal.

Esta conversación inicial continúa de manera fragmentada a lo largo de la novela, en breves capítulos que coexisten con el relato de Irene, la voz narrativa principal, que recuerda sus años de infancia y juventud en Madrid y, con mayor detención, su vida en Chicago como estudiante de psicología. En esta ciudad conoció a Galliger, su amante ocasional por muchos años, y casi simultáneamente a Claudio, “el amor de su vida”. Un acontecimiento desafortunado terminó esta última relación, la cual dio paso a un caso policial vinculado con la historia argentina y sus episodios de violencia política durante los 60 y 70.

Si bien las motivaciones últimas de Irene son un poco difusas, sus experiencias sexuales registradas ‘científicamente’ pueden leerse metafóricamente como una nueva práctica de consumo, en la que los cuerpos circulan y se intercambian libremente, tal como ocurre con otros bienes.

La estructura novelesca es ambiciosa; es posible reconocer en ella la novela de tesis, el relato autobiográfico, la novela policial y la narración política. Además, Martín agrega cinco relatos autónomos, solicitados a escritores españoles que aparecen intercalados a lo largo de la novela y que relatan “expedientes de adulterios investigados” en el Proyecto Coolidge. Sin embargo, en esta ambición está el peligro: hay cabos sueltos en la información biográfica de Irene y la inclusión del tema político —dictadura militar en el Cono Sur— termina siendo un accesorio que obedecería al deseo de brindarle peso ideológico a la novela, que de lo contrario solo sería una historia de bellos millonarios que transitan por el primer mundo.

La construcción del personaje juvenil de Irene es lo más interesante de la novela; en Chicago, la protagonista inicia una etapa de experimentación erótica, travestida de interés científico, aunque más tarde reconoce que dicho interés es una parcial coartada moral para justificar su promiscuidad. El relato autobiográfico incluirá escenas de sexo con profesores, prostitución, participación en orgías y también ocasionales episodios de culpa, dada su formación católica. Si bien las motivaciones últimas de Irene son un poco difusas, sus experiencias sexuales registradas “científicamente” pueden leerse metafóricamente como una nueva práctica de consumo, en la que los cuerpos circulan y se intercambian libremente, tal como ocurre con otros bienes.

A medida que avanza en edad, el personaje se difumina; su autobiografía se condensa abruptamente una vez que vuelve a España: no queda muy claro por qué deja de ser psicóloga y postula al FBI y, particularmente, que sea el miedo a criar sola a su hija el motivo para dejar Chicago y volver a Madrid con su primer marido (a quien ya no ama).

El detalle de sus encuentros sexuales dará paso al relato de su relación amorosa con su amado argentino, la que le permite estudiar in situ el vínculo entre amor y fidelidad: “Empecé a serle infiel a Claudio, con el fin de analizar, en mis propios sentimientos, las diferencias entre el sexo animal y el amor romántico”. El experimento tuvo “seis episodios muestrales” y cuatro conclusiones, entre ellas, que las personas monógamas, como las sedentarias o ignorantes, “mueren sin conocer de verdad el mundo”. Irene cierra su estudio señalando que nunca más le fue fiel a hombre alguno, decisión que prefigura la tesis final de la novela.

Como anticipé, esta es la parte más sugerente de la novela, no obstante, a medida que avanza en edad, el personaje se difumina; su autobiografía se condensa abruptamente una vez que vuelve a España: no queda muy claro por qué deja de ser psicóloga y postula al FBI y, particularmente, que sea el miedo a criar sola a su hija el motivo para dejar Chicago y volver a Madrid con su primer marido (a quien ya no ama). Su historia vital post Chicago se despacha en unas pocas líneas, para avanzar a momentos de introspección como los siguientes: “Tengo 59 años. A medida que me he convertido en una mujer madura y los hombres han dejado de interesarse en mí, conozco la vejez sexual, ese estado de fatiga (…) que solo puede vencerse recordando las glorias pasadas del cuerpo”.

De la exuberancia de sus experiencias eróticas, se pasa sin solución de continuidad a la figura de una mujer mayor amargada. En ese sentido, tanto la ausencia de desarrollo adulto del personaje de Irene como la inclusión ciertamente forzada de la dimensión política de la novela son los principales lastres de una novela ambiciosa en su arquitectura y fallida, en buena parte, en su ejecución.

 

Cien noches, Luisgé Martín, Anagrama, 2020, 262 páginas, $19.000.

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