Juventud

por Aïcha Liviana Messina I 26 Julio 2023

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Son jóvenes ustedes”. Me acuerdo que un profesor mío nos lo dijo, a mí y a mi novio de entonces, al ver que nos habíamos tirado en el pasto y que nos comieron los zancudos u otros insectos.

La madurez se adquiere, pero la juventud se posee. Los y las jóvenes desbordan de juventud y no la regalan, es solo de ellos. Juventud es lo contrario de inmadurez. Es plenitud. La piel está lisa para enfrentar el mundo. Las picaduras provocadas por los zancudos pasarán. Las heridas de juventud son aún parecidas a un episodio de verano. La infancia es lo que recordamos siempre, pero la juventud es la propensión al olvido. Un gato joven vuelve a enfrentarse con el peligro. Sus heridas no lo limitan. De joven debo haberme ido también a los mismos lugares peligrosos, a los mismos amores que procuran dolores, decepciones.

Juventud e infancia no son lo mismo. La infancia es el imaginario con el cual avanzo en el mundo. Es el mundo. Nos juntábamos de chicos en las escaleras del condominio. Ahí hacíamos planes para las noches. Iremos hacia la plaza central. Los adultos no lo sabrán. Bajaremos a la playa. Volveremos por la avenida costera. La única de este pueblo. Con la infancia que se proyecta, imagina planes, nos adueñamos del mundo. Los adultos nos terminan retando. Era prohibido llegar hasta la plaza central. Ahí quizás había jóvenes drogados. Pero nuestro mundo era más amplio que el de ellos, el de los adultos. La infancia dibuja un círculo que amplía los mundos y los proyectan por primera vez. Mis niños, cuando van a la plaza, van donde están los perros. Van siempre más lejos. La infancia es este ir más lejos. Nosotros, los adultos, nos nutrimos del círculo de la infancia. La huella que deja en nuestra memoria nos acompaña hasta la vejez.

¿Es la juventud una propiedad?

Ustedes son jóvenes”. Este momento fue, por cierto, un momento de plenitud. Los zancudos no nos dejaron marcados de por vida. El amor sí, pero este ha sido un viaje largo a través del tiempo. En un momento envejecemos. Ocurre entonces algo curioso. El cuerpo sabe que ya no puede aventurarse como antes, que las fracturas y las manchas en la piel se quedan.

De alguna manera, con la vejez se achica el mundo. Nos quedamos en la casa o en el banco abajo del condominio. La infancia nos deja. Ya no nos imaginamos ir a la plaza. Ya no habitamos este imaginario, esta proyección de lo que ocurre detrás de los límites. Pero curiosamente volvemos a tener una piel joven, a ser una piel sintiente, a ser el instante. Quizás la plenitud. Quizás entonces en la vejez la juventud se vuelve un regalo. En la vejez, la juventud ya no es una propiedad, sino una dirección, algo que eventualmente encontraremos antes de morir.

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