Ñoquis

por Aïcha Liviana Messina I 1 Septiembre 2023

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Descubrí esa tradición argentina de comer ñoquis el día 29 de cada mes aquí, en Chile. En Italia sí que comíamos ñoquis, pero no un día en particular. Hacíamos ñoquis los domingos o sábados. Para esto se necesitaba una mesa grande, tiempo para cocinar, estar todos juntos. Me acuerdo sobre todo de mi glotonería e impaciencia. Mi abuela extendía la masa hecha con papa y harina, cortaba los ñoquis en cuadraditos, los dejaba reposar. Yo llegaba y admiraba toda esta cantidad de cuadraditos. Agarraba varios. Los comía. Mi estatura apenas superaba la altura de la mesa y mi abuela me parecía gigante (en realidad era más bien pequeña). Ella me decía que comer ñoquis crudos me iba provocar dolor de guata. Por lo tanto, comía más. La masa cruda de los ñoquis era una delicia. La saboreo al escribir estas líneas. Al final llegaban a nuestros platos con la salsa de tomate.

Nunca fue del todo relajado comer todos juntos. Me acuerdo de que más de una vez mi abuelo contó de su cautiverio en Buchenwald y de cómo se había escapado. Me acuerdo de que lo interrumpíamos: “No inicies de nuevo esta historia, abuelo”. No queríamos escuchar esa historia una vez más. Aunque nunca la habíamos escuchado en realidad. Esa no era una historia. La historia correlaciona un hecho con otro, le da sentido. Relata: ordena y dice algo remoto. Él contaba elementos de una trama (cómo se había escondido, cómo logró escapar), de los que incluso podíamos reírnos, y hechos demasiados brutales.

Hablábamos de otras cosas. De lo que comíamos y de cómo comíamos o no comíamos (pues yo ya no tenía hambre con toda la masa cruda que había sacado). Era violento estar juntos comiendo. Se hablaba del hecho de que éramos voraces comiendo. Éramos voraces comiendo. Mi abuelo sobre todo. Era violento, nos tocaba relacionarnos con ciertos límites, pero también era fuerte, era intenso estar comiendo todos juntos, los ñoquis u otra comida preparada con tiempo, con cariño. Era fuerte, era el momento en el cual nos enlazábamos a una historia que nos trascendía, que no era historia, que tenía algo de los pedazos de pan en la mesa. Son y no son algo. Son muy reales y los comíamos todos, pero no están en la canasta del pan, todos juntos, ordenados. Era fuerte estar juntos comiendo. Por un lado, el relato interrumpido, imposible de escuchar porque este no es un relato. Cómo murieron los compañeros de cautiverio, esto lo hemos escuchado, a pesar de la prohibición de contar. Mi abuelo decía “No entiendo esto. No entiendo que los alemanes hicieran esto”. Él no juzgaba, solo relataba o iniciaba el relato, con esa misma incomprensión e inocencia. Por otro lado, la comida que llegaba. Era el fruto de toda una mañana de trabajo, con la papa, la harina, la abuela y la nieta, interactuando, jugando. Yo, la ladrona, y mi abuela nunca tan autoritaria como quería parecer. Ella era más cariñosa y juguetona que yo, no hay duda. ¿Qué habría hecho ella si no le robaba los ñoquis crudos? Entonces, por un lado, el relato callado, su repetición y nuestro rechazo, la voracidad, la lejanía que creaba entre nosotros y, por otro lado, este juego que se armaba con mi abuela, esta felicidad que existía y que existía también porque incidía en el relato callado. “Cállate abuelo, nonno”. Esto, decirle “cállate”, no era violento. Era nuestro estar aquí alrededor de la mesa, todos juntos, con los humores de cada uno, pero con palabras que encontrábamos en común. “Cállate abuelo”, no cuentes una vez más esta historia que nunca te hemos dejado contar. Con las puertas abiertas hacia el jardín para que el aire circulara. El ruido del tractor apagado. Se venía la tarde, la siesta. La tele, el volumen siempre era muy fuerte. Los ñoquis los comíamos en su totalidad.

No recuerdo que hayamos hecho ñoquis con tanta frecuencia, pero sí recuerdo que los hemos hecho, robado, comido. Que esta historia interrumpida y callada, era parte del alimento, y que el alimento permitía que habláramos de otra cosa, del comer, de la voracidad. Permitía que hiciéramos siesta, que yo siguiera jugando con mi abuela, a las cartas, a las cosquillas, mientras todos dormían.

Ñoqui para mí es esta anarquía de una vida que se reconstruye en un lugar violento. Pero la violencia no hemos de echarla. Echarla es violento. Hemos jugado, hemos aprendido un lenguaje (un silencio —“cállate, abuelo”— gracias al cual hemos escuchado y recordado cada palabra que alcanzaba a pronunciar el abuelo), hemos transgredido de forma lúdica, hemos compartido los ñoquis también, porque este relato no se termina y ese silencio era parte de la casa, de sus puertas siempre abiertas para que circulara el aire. Este silencio era parte del canto de los grillos, de la televisión que apagábamos solo durante las horas de la siesta.

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