La vida es una performance

En momentos oscuros, de un horizonte que parece imposible de avizorar en medio de la niebla, el libro de Diana Taylor ¡Presente! La política de la presencia, irrumpe como una propuesta acerca de las maneras que encontramos para abrirnos paso en la realidad de manera amorosa y activa. Por ello mismo, advierte que el que resiste la violencia (o las violencias) en la totalidad de una idea, quien no quiera pasar por la prueba exigente del desacuerdo, quien piensa que la violencia siempre proviene de los otros, corre el riesgo de habitar mucho más un claustro que un mundo.

por Paz López I 18 Mayo 2021

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Martín Kohan, el escritor argentino, dijo hace poco que si algo profundizó la pandemia es la idea de un futuro corto, cortísimo, una suerte de visibilidad histórica reducida por el exceso de niebla. Esta metáfora vial no solo nos alerta que debemos conducir lento y a tientas, sino que ese tiempo futuro, donde se inscribía con letra firme la palabra emancipación, ha quedado demasiado apegado a la opacidad del presente. Desde el interior de ese tiempo enclaustrado y poco utópico surge el libro de Diana Taylor, no para abastecerlo sino para intentar que quepan allí otras temporalidades, otros imaginarios, otras formas de vida. ¡Presente! La política de la presencia, en este sentido, es no tanto un libro sobre nuestro tiempo sino sobre aquello que podemos hacer con él, no tanto sobre una época sino sobre las maneras que encontramos para abrirnos paso en ella amorosa y activamente.

No es extraño entonces que Taylor invite a leer su libro como caminantes, a ras de tierra, para sentir con el propio cuerpo los recorridos que propone, que a veces son alegres y otras completamente desoladores. Caminar es también la forma que Taylor ha encontrado para “saltar la cerca” de las instituciones académicas, sobre todo de aquellas que prefieren custodiar con celo las ideas plenas y los saberes que no producen fricción. Caminando, Taylor ha salido además al encuentro de otros y de otras, despertando en ese paso la memoria de todos los desplazamientos forzosos llevados adelante por esas máquinas de producción de muerte que son el “racismo, el colonialismo, la misoginia, la fobia homo y trans”.

Caminando, Taylor ha salido además al encuentro de otros y de otras, despertando en ese paso la memoria de todos los desplazamientos forzosos llevados adelante por esas máquinas de producción de muerte que son el ‘racismo, el colonialismo, la misoginia, la fobia homo y trans’.

Desplazamientos, pero podría decir más bien aniquilación de cuerpos, de significados, de mundos. Por eso Taylor ensaya aquí una nueva fecha a la hora de pensar los orígenes de la modernidad, como lo propuso también alguna vez Enrique Dussel y otros teóricos anticolonialistas. Si la modernidad nació cuando Europa pudo confrontarse con Otro, es decir, cuando pudo controlarlo, vencerlo y dominarlo, entonces ella no habría comenzado con la Revolución francesa sino con la Conquista de América. Hecha esa rectificación histórica, Taylor leerá la vida del continente americano como una donde la violencia y el tiempo resistido han constituido la trama amarga de su historia. Desde ese punto doloroso, con los dos pies puestos en la llaga, la autora construye este libro, uno a medio camino entre la bitácora de viajes, la autobiografía, el activismo y la teoría política, un libro performático, que sabe que conocer el mundo es también producirlo.

Por eso Taylor no se aproxima a los otros —a ese pueblo hecho de revolucionarios, madres dolientes, indígenas, homosexuales y trans, torturados y sobrevivientes— con la empatía del humanista ni la distancia del entomólogo, sino que actuando y observando las formas que cada quien se ha dado para resistir la violencia convertida en historia, en ley. “Aquí me enfoco en escenarios de performance […] para mostrar las maneras en las que las comunidades imaginan y estructuran el significado, el conflicto y las posibles resoluciones”, dice. No se trata aquí exclusivamente de la performance como práctica artística, pacificada muchas veces por la historia del arte o vuelta espectáculo producto de la pasión narcisista de quienes ocupan su cuerpo como materia prima, sino de la performance entendida como objeto de estudio, como metodología de conocimiento y como forma privilegiada de pensamiento, todo eso al mismo tiempo. La propuesta es radical, si asumimos que ella permite afirmar que la realidad está hecha a la manera de una performance, es decir, hecha de “fronteras inseguras”, de “zonas de inestabilidad y de intraducibilidad”, de humor y de angustia, de lo que se puede configurar y lo no configurable, todas fórmulas que Taylor ocupa a la hora de pensar los modos en que lo performático desestabiliza los modos en que conocemos y experimentamos el mundo.

La propuesta es radical, si asumimos que ella permite afirmar que la realidad está hecha a la manera de una performance, es decir, hecha de ‘fronteras inseguras’, de ‘zonas de inestabilidad y de intraducibilidad’, de humor y de angustia, de lo que se puede configurar y lo no configurable, todas fórmulas que Taylor ocupa a la hora de pensar los modos en que lo performático desestabiliza los modos en que conocemos y experimentamos el mundo.

Desde allí la autora lanza también una advertencia, que vale la pena ser escuchada: “La lucha por la identidad puede cegarnos ante las formas de violencia vinculadas”. Quien resiste en la totalidad de una idea, quien no quiera pasar por la prueba exigente del desacuerdo, quien piensa que la violencia siempre proviene de los otros, corre el riesgo de habitar mucho más un claustro que un mundo. Estar presente, como reclama Taylor, no es solo una manera de vincular el “saber con el actuar” —problema que recorre todo el libro—, sino una forma de habitar que no presupone sus espacios, problemas y resistencias sino que los crea y los resuelve en cada acto, en cada situación. Estar presentes, en fin, es otra manera de decir que para hacer mundo no es posible habitar la certeza, ni siquiera aquella que se empeña por corresponder con el horizonte crítico de su época. Escenarios de performance son entonces los lugares y gestos que resisten no solo la violencia del mundo sino también sus doxas y sentidos abrochados.

 

Imagen: Tierra (2013), de Regina José Galindo.

 

¡Presente! La política de la presencia, Diana Taylor, UAH/ediciones, 2020, 415 páginas, $18.000.