
Si Chile hoy es un país de documentalistas, con propuestas consagradas (Ignacio Agüero), premiadas (Maite Alberdi) y disruptivas (Cristóbal Valenzuela Berríos), es gracias —en parte— al empuje que el director de La batalla de Chile le dio al género. “Un país sin cine documental es como un país sin álbum de fotografías”, dijo más de alguna vez el realizador, que falleció este martes a los 85 años.
por Yenny Cáceres I 19 Septiembre 2026
“Un país sin cine documental es como un país sin álbum de fotografías”. Esa fue la máxima del cine de Patricio Guzmán (1941-2026). Cineasta de la memoria, con La batalla de Chile (1975-1979) entró a la historia del cine chileno y latinoamericano, hasta convertirse en un referente mundial. En 2014 confirmó su entrada al canon: la revista británica Sight and Sound incluyó La batalla de Chile y Nostalgia de la luz (2010) dentro de los 20 mejores documentales de la historia.
Guzmán entendía al documental como un virus que era necesario inocular. Sabía que era un género mirado como menor al lado de la ficción, y por eso se convirtió en un evangelizador de tendencias y realizadores. La cara más visible de esa tarea fue el Fidocs (Festival Internacional de Documentales de Santiago), que nació en los 90 por su empeño y visión, con abarrotadas proyecciones en el Goethe Institut, en la calle Esmeralda. Menos conocida, quizá, fue su labor como profesor. En sus seminarios de cine documental, lejos de ese tono solemne de la voz en off de sus películas, se mostraba generoso para transmitir sus enseñanzas a las nuevas generaciones, que acudían a estas sesiones como si fueran a escuchar a un rockstar.
Si Chile hoy es un país de documentalistas, con propuestas consagradas (Ignacio Agüero), premiadas (Maite Alberdi) y disruptivas (Cristóbal Valenzuela Berríos), es gracias —en parte— al empuje de Guzmán al género.
Lo último en su cruzada de divulgación fueron los libros. En La batalla de Chile. Historia de una película (Catalonia, 2020), Guzmán mezcla documentos, entrevistas y apuntes personales para describir la epopeya que fue la filmación de esta película. En una carta al cineasta Chris Marker, fechada en noviembre de 1972, describe así el proyecto: “Filme muralista compuesto de muchos capítulos cuyos protagonistas son el pueblo, sus dirigentes, por una parte, y la oligarquía, sus líderes y sus conexiones con el gobierno de Washington, por otra. Película de análisis. Película de masas y de individuos. Película trepidante realizada a partir de los hechos diarios, cuya duración final es imprevisible… Película de forma libre, que utilice el reportaje, el ensayo, la fotografía fija, la estructura dramática de la ficción, el plano secuencia, todo ello según las circunstancias, como la realidad lo proponga”.
En ese momento, Guzmán tiene 31 años y desborda ambición. Lo que viene, por supuesto, escapa a todos sus pronósticos: el Golpe, el exilio y un montaje en Cuba que se prologará por varios años. Pero el resultado está a la altura de sus anhelos. La batalla de Chile (disponible en Mubi) es el fresco de un Chile pre-Golpe, fracturado y a punto de explotar. Una crónica de los últimos días de la UP en que el registro urgente de las calles se mezcla con momentos poéticos, como el travelling del carretonero alado, que parece volar por las calles de un Santiago antiguo, provinciano, fuera del tiempo. Un documento histórico ineludible y, a la vez, el testimonio de la cámara y el oficio de Jorge Müller, detenido desaparecido desde 1974.
La grandeza de La batalla de Chile ha eclipsado al resto de su filmografía. Ya en 2001, en la monografía sobre el cineasta publicada por Cátedra y la Filmoteca Española, Jorge Ruffinelli, académico de Stanford, advertía que “sería incorrecto e injusto, sin embargo, asociar a Patricio Guzmán solamente a La batalla de Chile, por excelente que ella sea. A lo largo de casi 30 [filmes] Guzmán ha desarrollado una obra documental paradigmática que lo ha hecho reconocible como uno de los grandes cineastas de nuestra época”.
Ruffinelli distinguía a Guzmán dentro de una camada de documentalistas que renovaron el género, liberado de las prácticas del periodismo televisivo y más cercano a un documental de autor: “Un cine que se detiene en sus sujetos humanos con respeto y comparte con ellos el mismo sitio de los interrogantes”.
Esa actitud, de escuchar y cuestionar, es una de las fortalezas de Nostalgia de la luz (disponible en Netflix), una película que sintetiza toda la trayectoria de Guzmán. Su preocupación por la historia política de Chile y por las heridas abiertas, se apoya en un narrador que desde el inicio confiesa su amor por la ciencia ficción y la astronomía, una faceta más íntima del cineasta que ya había mostrado en Mi Julio Verne (2005, disponible en OndaMedia). Como una fábula, la voz en off de Nostalgia de la luz nos va guiando en un relato fascinante y conmovedor, en que convergen personajes entrañables, como el astrónomo Gaspar Galaz y el arqueólogo Lautaro Núñez, quienes, desde sus disciplinas, han explorado el pasado en un mismo territorio: el desierto de Atacama.
Este dispositivo narrativo es el punto de partida para indagar en la historia de hombres y mujeres que han escrito su bitácora del pasado: un exprisionero político que se sentía libre al mirar las estrellas en el campo de concentración de Chacabuco; el arquitecto Miguel Lawner, que dibujó planos detallados de los lugares en los que estuvo detenido durante la dictadura, hasta llegar al desgarrador testimonio de un grupo de mujeres de Calama, que aún busca los huesos de sus familiares, detenidos desaparecidos, en el desierto.
Con una fotografía impecable, el paisaje del norte chileno, con su sequedad, sus tonos ocres y sus grietas, luce tan deslumbrante como misterioso, y nos deja perplejos, tal como les ocurre a los astrónomos cuando contemplan el cielo, inconmensurable. Obra cumbre del género documental, la película es una proeza narrativa y estética, y una defensa del peso de la memoria en nuestro devenir histórico. Como dice Guzmán, al final de Nostalgia de la luz: “Yo creo que la memoria tiene una fuerza de gravedad, siempre nos atrae. Los que tienen memoria son capaces de vivir en el frágil tiempo presente. Los que no la tienen, no viven en ninguna parte”.