Cuando la ciudad se diseña para incomodar

Bancas donde cuesta sentarse, bolas de cemento que impiden el paso, rejas que encierran el vacío: la arquitectura hostil se multiplica en los centros urbanos, con intervenciones que buscan evitar ciertos problemas, como la indigencia o el comercio ambulante, pero terminan provocando otro, más invisible y transversal: que la ciudad se vuelva desagradable para sus habitantes.

por Cristóbal Bley I 6 Mayo 2026

Compartir:

Un día de 2012, en el turístico barrio londinense de Camden, apareció una banca diseñada para no sentarse mucho tiempo en ella. No era de madera, como suelen ser los escaños en la capital británica, ni tampoco de piedra, al estilo de algunos asientos de la era victoriana: estaba hecha de una sola pieza de concreto gris, que hierve en verano y se congela en invierno, sin respaldo ni apoyabrazos. Su superficie, a diferencia de la mayoría de las bancas, no era lisa ni levemente cóncava, sino discontinua e inclinada, en la cual permanecer sentado, más que un alivio, requería un esfuerzo.

Se la conoció como la banca Camden (Camden Bench), pues ese municipio la mandó a hacer con la explícita misión de que la gente la usara lo menos posible. Su forma de derribado monolito cubista no era disfuncional por accidente: según Dean Harvey, fundador de Factory Furniture, la oficina que la diseñó, la banca fue pensada para desincentivar hasta 22 comportamientos no deseados en el espacio público, entre ellos la indigencia, andar en skate, beber alcohol, el rayado de grafitis y la venta de drogas. Solo promueve una cosa: sentarse incómodamente.

“El objetivo principal era disminuir la cantidad de tiempo que la gente pasa en el área”, dijo en su momento Harvey. “Con una banca alta y ladeada, nadie podrá holgazanear allí por mucho rato”.

La banca Camden ganó algunos premios —como el de “Mejor uso para reducir el crimen”, según el Design Council—, recibió un sello del ministerio del Interior como herramienta de contraterrorismo y se exportó a ciudades como San Francisco, pero se ganó el desprecio de columnistas, activistas y académicos, quienes la consideraron “el antiobjeto perfecto” o la “cúspide de la arquitectura hostil”.

Ese último concepto, que a veces se intersecta con otros como “urbanismo defensivo” o “diseño desagradable”, es un intento por clasificar aquellas intervenciones en la ciudad que pretenden corregir ciertos usos conflictivos del espacio público —como el comercio ambulante o las patinetas, por ejemplo— mediante elementos incómodos, disuasivos o directamente dolorosos.

Casi siempre son “agentes silenciosos”, como los definen en Unpleasant Design, libro editado por la arquitecta Selena Savić y el artista Gordan Savičić: intervenciones que pretenden controlar o modelar el comportamiento urbano sin la presencia de autoridades humanas.

Arquitectura hostil son las púas en el alféizar de una ventana, que pincharán el trasero de quien ose descansar en él, o los inmensos bolones en las veredas del Costanera Center, puestos ahí para ahuyentar a vendedores ambulantes, pero que también acorralan el paso de los peatones, comprimidos como ganado entre los autos de la calzada y estos esféricos centinelas.

Son además algunos andenes del metro de Santiago, que en vez de asientos tienen apoyaderos, unos incómodos tubos de metal diseñados para que la gente no pueda sentarse en ellos y así permanezca menos tiempo en las estaciones. Y las bancas divididas con apoyabrazos, cada vez más comunes en las plazas, que repelen tanto a los dormilones como a las parejas que buscan un lugar donde abrazarse.

“Cuando hacemos imposible que los indigentes puedan descansar en un paradero, también se lo hacemos a los ancianos, los enfermos, los discapacitados o las embarazadas”, opinaba el columnista greco-inglés Alex Andreou, a propósito de la banca Camden, en The Guardian. “Al convertir la ciudad en un lugar menos aceptable para ciertos grupos humanos, la hacemos automáticamente menos acogedora para todos”.

Es difícil que el progreso urbano, como la construcción de autopistas o líneas férreas, no venga de la mano con alguna hostilidad hacia las poblaciones más vulnerables, indóciles o desposeídas.

Diseñar para excluir

Es difícil que el progreso urbano, como la construcción de autopistas o líneas férreas, no venga de la mano con alguna hostilidad hacia las poblaciones más vulnerables, indóciles o desposeídas. En un pasaje de Un puente sobre el Drina, novela de Ivo Andrić, el Nobel serbio describe cómo el Imperio austrohúngaro, en su intento por modernizar la casba bosnia de Višegrad, instaló un farol de alumbrado público junto al puente. Lo que era visto como un avance incuestionable por la autoridad, no resultaba así para un grupo de hombres locales, que cada noche se reunía en ese lugar a conversar, fumar, cantar y compartir, cobijados por la penumbra.

Al poner esta luz, el imperio imponía también una determinada conducta social, un orden en el que la vida en común bajo la oscuridad ya no estaba permitida. “Esto resultó inaceptable para el grupo de hombres”, cuenta Savić en Unpleasant Design, “y como respuesta rompían cada noche el farol”.

A pesar de la resistencia, el régimen de la luz consiguió prevalecer y con él se apagó el recuerdo de que la iluminación, en algún momento, fue “algo hostil e intimidante para la libertad de expresión en el espacio público”, agrega Savić.

¿Ocurrirá lo mismo con los paraderos de micro sin asientos, los asientos que invitan a no sentarse o las veredas plagadas de horribles obstáculos? Con el tiempo, ¿llegaremos a normalizar o incluso a celebrar las premeditadas incomodidades a las que nos somete la ciudad moderna?

El diseño desagradable, como lo definen Savić y Savičić en su libro, es un proceso más intrincado de lo que parece. Muchas veces “se planea en detalle y su ejecución es delicada. Y como tal puede ir desde implementaciones sutiles a manifestaciones radicales y amplias, como la reconstrucción de París elaborada por Haussmann”.

A mediados del siglo XIX, Napoleón III, el último emperador de Francia, le encargó al barón Haussmann, un funcionario de la ciudad, que modernizara completamente la capital. Motivos sobraban: los parisinos, que ya llegaban al millón, vivían hacinados, en estrechas e insalubres callejuelas medievales, alrededor de un tóxico río Sena.

Pero otra razón, tan subrepticia como prioritaria para el monarca, era evitar con estas reformas urbanas una revolución como la de 1848, originada en las angostas y oscuras calles del antiguo París, rápidamente bloqueadas con 1.500 barricadas que hicieron caer a Luis Felipe I.

Sin consultas ni licitaciones, Haussmann intervino casi el 60 por ciento de los edificios parisinos, demoliendo barrios completos, desplazando a miles de personas y estableciendo, en su lugar, anchos bulevares y rectas avenidas, tan hermosos como fáciles de ocupar por la fuerza policial.

El tiempo no deja de confirmar que los beneficios de sus reformas —una ciudad más higiénica, modélica en su planeamiento, icónica en su orden y perspectivas— resultaron mayores que las hostilidades causadas. Un balance que, en las medidas de urbanismo defensivo que hoy abundan en las grandes urbes de todo el mundo, la mayoría más desagradables que bellas, no resulta tan positivo.

Como un erizo que se siente amenazado, la ciudad ha sacado sus púas para defenderse de quienes más tendría que ayudar. Una paradoja difícil de resolver, pero que confirma aquella sentencia del geógrafo David Harvey: el tipo de ciudad que diseñamos es reflejo del tipo de personas que queremos ser.

Una ciudad con púas

“Su mundanidad la hace parecer inocua. Su sentido común la vuelve omnipresente. Pero una vez que se te aparece”, escribió Cara Chellew, investigadora canadiense de la Universidad McGill, especializada en urbanismo defensivo, “es imposible dejar de ver la arquitectura hostil por toda la ciudad”.

Una ubicuidad que también se le develó a la artista chilena Loreto Muñoz: desde que vio una nefasta intervención antiambulantes en el barrio Franklin, consistente en un montón de piedras puntudas adheridas a la acera con cemento, no pudo parar de identificarlas. Para recopilarlas creó @arquitecturahostilchile, cuenta de Instagram en la que registra diversos casos santiaguinos de lo que ella denomina “mobiliario disciplinario”: bancas con divisores, asientos individuales, bolardos en las aceras o rejas que encierran el vacío.

“Al buscar más lugares para documentar”, explica, “noté que no eran accidentes ni caprichos de diseño sino decisiones deliberadas con una función más profunda: controlar, excluir o limitar ciertos comportamientos”. Sus 83 posteos, que recorren de Las Condes a Pudahuel y de Recoleta a Macul, demuestran que este fenómeno no es una suma de malos diseños puntuales, “sino un problema estructural: hoy la ciudad se planifica desde una lógica que prioriza el tránsito, el control y el consumo antes que el bienestar o el derecho a habitar. Fotografiar y difundir estos hitos invita a preguntarnos: ¿quién tiene derecho a estar en el espacio público?”.

La limpieza y el orden son ideales que toda ciudad debiera perseguir y promover, pero no a costa de la exclusión, la incomodidad o el despropósito estético. En cuanto se revela a la vista, la arquitectura hostil resulta demasiado transparente en su intención de espantar o esconder, de manera más efectista que efectiva, algunos de los problemas sociales más profundos, como la informalidad laboral, la desigualdad o el déficit de áreas verdes o recreativas.

“Es evidente”, dice Muñoz, “que estas intervenciones no resuelven el problema. Solo desplazan o invisibilizan a ciertos grupos”. De paso, refuerzan subliminalmente la idea de que “el espacio público no está pensado para permanecer, sino para pasar de largo”.

Como un erizo que se siente amenazado, la ciudad ha sacado sus púas para defenderse de quienes más tendría que ayudar. Una paradoja difícil de resolver, pero que confirma aquella sentencia del geógrafo David Harvey: el tipo de ciudad que diseñamos es reflejo del tipo de personas que queremos ser.

Relacionados

Infractores buena onda

por Iván Poduje

El sur, en el centro

por Lucía Vodanovic

Ruinas de mi ciudad

por Francisca Márquez