Al final de la fiesta

Una pregunta late debajo de cada revolución, de cada libro y de cada personaje irreverente que cruza la última novela de Adam Thirlwell. Y la curiosidad naive de Céline, la protagonista, no es más que una forma de pureza: “Era la vida de una persona que despierta y toma conciencia gradual del lugar en que se encuentra”, y si la inocencia es pecado, aquí lo que se paga es el deseo de ese mundo mejor, ese mundo inconcebible.

por Josefa Miquel I 3 Septiembre 2026

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Hablar de anomalías en la literatura es ya de por sí un ejercicio difícil. Pero la última novela de Adam Thirlwell, la primera del inglés en ocho años, es una cosa inclasificable. Seguimos la vida de Céline, una aristócrata encantadora, a lo largo de más de 20 años, con los últimos estertores de una aristocracia depravada, el caos de la Revolución francesa y los años del temible Napoleón como telón de fondo. La gracia de Céline no es su belleza ni su simpatía; su encanto reside en una clase de ingenuidad delicada y, sobre todo, profundamente sabia.

¿Se puede ser sabio e inocente a la vez?

Se trata de la contradicción con la que cargará Céline todos los días de su vida ante un mundo que cambia vertiginosamente. Mejor, el mismo mundo de siempre termina por ser un soplo de aire fresco, una compulsión fascinante ante la debilidad evidente de las estructuras que el género humano parece condenado a armar y desarmar a su antojo.

Si bien esta historia gira en torno a una mujer acosada por la fama, el poder y la riqueza, el mundo de Céline y sus amigas no es más que un disfraz. Podríamos cambiar el escenario a las elecciones estadounidenses de 2024, a los años 90 de Sendero Luminoso en el Perú, al infame Corralito del 2001 en Argentina, al día a día del reality de las Kardashians en Calabasas a lo largo de los 2010. La Revolución francesa no es más que un escenario presuntamente ideal para que Thirlwell nos envuelva en una pregunta sin nombre sobre el poder, el deseo y el lenguaje mismo. Una pregunta que late debajo de cada revolución, cada libro y cada personaje irreverente que cruza esta novela. Y la curiosidad naive de Céline no es más que una forma de pureza: “Era la vida de una persona que despierta y toma conciencia gradual del lugar en que se encuentra”, y si la inocencia es pecado, aquí lo que se paga es el deseo de ese mundo mejor, ese mundo inconcebible.

Thirlwell es hábil a la hora de posicionar a sus personajes. No es casualidad que las protagonistas aquí se codeen con el poder, lo respiren, incluso se camuflen con él, pero jamás lo posean. Qué mejor metáfora que la mujer aristocrática decimonónica: ‘Parece una fiesta, lo sientes como una fiesta, huele como una fiesta. Pero no te engañes. Esto no es una fiesta. Esto es el poder, querida’. El futuro futuro es precisamente eso: un espectáculo apoteósico, absurdo y de nunca acabar, un mundo tan delirante como sagaz.

El altruismo se convierte en un objeto de lujo, una materia plástica y escurridiza a la que Marta y Julia, las amigas inseparables de Céline, apuntan una y otra vez sin terminar de nombrar. Porque, ¿qué caso tiene la benevolencia entre las raíces mismas del poder?

Thirlwell es hábil a la hora de posicionar a sus personajes. No es casualidad que las protagonistas aquí se codeen con el poder, lo respiren, incluso se camuflen con él, pero jamás lo posean. Qué mejor metáfora que la mujer aristocrática decimonónica: “Parece una fiesta, lo sientes como una fiesta, huele como una fiesta. Pero no te engañes. Esto no es una fiesta. Esto es el poder, querida”. El futuro futuro es precisamente eso: un espectáculo apoteósico, absurdo y de nunca acabar, un mundo tan delirante como sagaz.

No es raro entonces que la rebelión haitiana de Toussaint Louverture se cruce aquí con los albores de la descolonización, el conocimiento ancestral de los bosques, los viajes a la luna, la caída del viejo orden, la ruta de la información (casualmente similar a las fake news, las cancelaciones o el discurso incel), los dolores de cabeza de George Washington o la paranoia dictatorial de Napoleón. Nada es casual, o bien todo lo es en este universo donde los anacronismos y los sucesos inverosímiles son lo de menos. Lo crucial está en las conversaciones, en esa frágil red entretejida por la necesidad y el placer que, de vez en cuando, descubre algo inaudito. Pero algo en esta novela no termina de cuajar, aunque ello no sea necesariamente un problema, porque tal como advierte Céline, sobrevivir y envejecer se trata de “renunciar a todas las teorías que tanto había costado inventar”. Por eso esta es una narración que parece protegida de antemano ante el envejecimiento, un guiño al mundo de hoy, a la historia y al porvenir que imaginamos como problema y no inmediatez. A ese futuro futuro “ajeno e incomunicable” que estamos condenados a desconocer.

 


El futuro futuro, Adam Thirlwell, traducción de Jesús Zulaica, Anagrama, 2024, 340 páginas, $27.000.

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