Carta a la madre dolorosa

Como el resto de la obra de María Negroni, su novela El corazón de daño se caracteriza por la tensión de los límites entre formatos y lo que ella misma ha calificado como el fulgor oscuro y poético del gótico, un género al que ha dedicado varios ensayos. Esta kafkiana carta a la madre se dirige a un ser inmortal, un fantasma con el peso asfixiante del pasado y cuyas garras se extienden hasta el futuro: “Nunca te mataré lo suficiente, Madre. Nunca estarás debidamente muerta”.

por Sebastián Duarte Rojas I 9 Enero 2023

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En el último tiempo, la etiqueta de gótico latinoamericano se ha convertido en un cliché de la crítica, el periodismo y las contraportadas, sobre todo en la literatura escrita por mujeres. Y es cierto que este género ha aflorado con especial fuerza en nuestros días, pero esa mirada reduccionista ha pretendido ver aquí un fenómeno aislado, vendiéndolo desde los prescindibles atributos de la novedad y la moda, y hasta asociándolo al concepto aún más cuestionable de nuevo boom latinoamericano, en lugar de entender el gótico como la sombra persistente y en constante reinvención que siempre ha sido, en particular en nuestras literaturas. Esto, por supuesto, no es culpa de las escritoras, que una y otra vez han intentado usar el foco que ha caído sobre ellas para sacar a la luz a quienes las inspiraron.

María Negroni es una de las autoras góticas latinoamericanas vivas que queda fuera de esta clasificación cuando se la plantea como un tema generacional. La escritora y traductora argentina, quien también dirige la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF (Buenos Aires), ha desarrollado una obra que, además de novelas y ensayos, incluye reconocidos poemarios como Exilium (2016, reeditado en Chile por Bisturí 10) y Oratorio (2021) —una delicada meditación sobre la orfandad, muy hermanada con su última novela—, y otras publicaciones menos definibles, cercanas al libro-objeto, el diccionario o la enciclopedia, como Cuaderno alemán (Alquimia, 2015), Archivo Dickinson (2018) y Pequeño mundo ilustrado (2019). En aquella diversidad, lo que parece unificar la producción de Negroni es la tensión de los límites entre formatos y lo que ella misma ha calificado como el fulgor oscuro y poético del gótico.

Su interés por este género se hace manifiesto en la trilogía de ensayos La noche tiene mil ojos, donde explora la presencia de un orden ajeno a la razón en las narraciones del gótico europeo y estadounidense (Radcliffe, Wilde, James, Kafka), además de sus rebrotes en el cine (el expresionismo alemán, el noir). En Galería fantástica, segundo tomo de la trilogía, sigue su pista en el fantástico latinoamericano, y establece una lista personalísima —pero no por eso menos cierta— de tópicos recurrentes en la literatura gótica: “El aislamiento, lo nocturno y la orfandad, el incesante descenso a los ritmos del inconsciente, la sospecha de un crimen fundante, la omnipresencia del agua y lo maternal, el coleccionismo y la manía del catálogo (…). Pero, sobre todo, está la figura del artista, (…) que se para en ese umbral inseguro entre arte y vida y vuelve a intentar, infructuosamente, ser en el reflejo de su creación”.

Justo en ese umbral se ubica su tercera novela, El corazón del daño, cuyo origen fue una experiencia fundamental para la autora: la muerte de su madre. Debido a esto, el relato abarca desde su infancia y adolescencia junto a ella, hasta aquel momento decisivo y el duelo posterior. Entre esos dos puntos, narra también su paso por la universidad, el irse a vivir sola, su inicio en la escritura y su militancia contra la dictadura argentina; su relación con su esposo, quien recibe una beca para estudiar en Nueva York, una oportunidad que la narradora aprovecha para migrar aún más lejos del dominio materno; y finalmente, tras separarse en la ciudad estadounidense, el tiempo que se queda allí para llevar a cabo su propio doctorado y luego enseñar, hasta su retorno a Argentina muchos años después, impulsado por la necesidad de cuidar a la madre enferma.

Esta narración que divaga entre la primera, tercera y segunda persona (la Madre), el pasado y el presente, la memoria y el ensayo, está llena de otras citas, ya sea autoría ajena o de la misma Negroni, en particular con fragmentos referidos a su mamá. De este modo, el libro es también un muestrario de su propia obra, pero siempre marcado por esa figura avasalladora, cuyos nombres se multiplican en un dictado que la niña/escritora repite en su cuaderno de caligrafía como tarea/castigo sin fin.

El relato parte con la descripción del hogar de la infancia, un espacio que, como todo castillo gótico, es dominado por una presencia singular e imponente: “Una mujer difícil y hermosa ocupa el centro y la circunferencia de esa casa. Tiene los ojos grandes, los labios pintados de rojo. Se llama Isabel, pero le dicen Chiche, que significa juguete, pequeño dije, objeto con que se entretienen los niños”. Una madre nombrada casi siempre con mayúscula y que encarna varios arquetipos góticos a la vez: el doble, por medio de su reflejo en las muñecas (“Mi muñeca preferida, la más linda, se llamaba Isabel”); la vampira, que nunca suelta a su víctima y posee una carga erótica insoportable (“¿Ya dije que mi madre me parecía obscena?, ¿que todo en ella me resultaba demasiado gráfico?”); y la bruja, cuyas palabras de potencia mágica le bastan para herir profunda y permanentemente (“No olvidaré un segundo lo doloroso tuyo”).

Mi madre siempre fue la dueña del lenguaje”, dice la narradora de esta novela en cuyos párrafos —que a veces son tan breves que parecen versos de un extenso poema— se suelen entrometer las palabras y expresiones de la progenitora, como la recurrente “tupadre”. Pero además de la irrupción del lenguaje materno, esta narración que divaga entre la primera, tercera y segunda persona (la Madre), el pasado y el presente, la memoria y el ensayo, está llena de otras citas, ya sea autoría ajena o de la misma Negroni, en particular con fragmentos referidos a su mamá. De este modo, el libro es también un muestrario de su propia obra, pero siempre marcado por esa figura avasalladora, cuyos nombres se multiplican en un dictado que la niña/escritora repite en su cuaderno de caligrafía como tarea/castigo sin fin: “Madre, cripta, nicho, altar”; “mujer hermosa – beba de pecho – ser insufrible – niña vieja – anciana mucho – alma invisible”; “Mater Dolorosa, Nuestra Señora del Verbo Dividir, Adoratriz de las Sombras, En el Nombre del Cuerpo y sus Faltas”.

Esta kafkiana carta a la madre —aunque Negroni parece más consciente de su paranoia que el autor de Praga— se dirige a un ser inmortal, un fantasma con el peso asfixiante del pasado y cuyas garras se extienden hasta el futuro: “Nunca te mataré lo suficiente, Madre. Nunca estarás debidamente muerta”.

El corazón del daño es una novela gótica, lírica y de formación en que el encierro, tal como en el poema de Enrique Lihn, es lingüístico: nunca salir de la casa de la infancia, de la dolorosa lengua materna, del dominio de la Madre mayúscula.

 


El corazón del daño, María Negroni, Literatura Random House, 2022, 144 páginas, $12.500.