El cementerio de los vivos

Los diarios que Lima Barreto escribió en su segunda caída en un hospital psiquiátrico son un recorte vibrante de la vida en el “gehena social” al que eran arrojados inmigrantes, obreros y aristócratas caídos en desgracia. El autor, uno de los fundadores ineludibles de las letras de Brasil, no acomoda su estilo al parnasianismo imperante y desestima la floritura preciosista de sus contemporáneos.

por Rodrigo Olavarría I 21 Marzo 2023

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No sorprende, dada la pobre circulación de la literatura brasileña en librerías, que el nombre de Lima Barreto sea poco más que un código secreto en cofradías de lectores chilenos. Hasta la publicación de Diario de hospicio y otros textos por la editorial Montacerdos, la obra de Afonso Henriques de Lima Barreto (1881-1922) solo existía en español representada por sus dos novelas capitales: Recuerdos del escribano Isaías Caminha (1909) y El triste fin de Policarpo Quaresma (1911), publicadas en conjunto por la editorial Ayacucho en 1978 y por separado, ya en este siglo, en España por Universidad del País Vasco y en Argentina por Mardulce.

Lima Barreto, junto a Machado de Assis, Oswald de Andrade, Mário de Andrade y Guimarães Rosa, es uno de los fundadores ineludibles de las letras de su país. Su escritura, pre-moderna según la historia literaria brasileña, despliega un retrato crítico de la sociedad carioca que vivió, un ambiente marcado por el despotismo de la república velha, el latifundio y una esclavitud recién abolida en 1889. No podía ser de otro modo, Lima Barreto era hijo de padres mulatos y el pasado esclavista le mordía los talones por el lado de su abuela materna. El trauma transgeneracional de la esclavitud aparece y reaparece en su escritura, por ejemplo en la voz del protagonista de Isaías Caminha, una versión apenas velada de sí mismo.

Al revés de Machado de Assis, conocido como “el mulato de alma griega”, Lima Barreto no disimula su origen ni exagera su helenismo en el obsesivo autoanálisis que plasma en Isaías Caminha y Policarpo Quaresma, es más, enfrenta la mediocridad y la impostura para encarnar, en palabras de Francisco de Assis Barbosa, al “portavoz de las amarguras y los sueños de una capa social sufrida y marginalizada de la población brasileña”.

Por innata rebeldía o por haber hecho sus primeros pinitos en el periodismo, Lima Barreto no acomoda su estilo al parnasianismo imperante y desestima la floritura preciosista de sus contemporáneos. Su escritura es desprolija, tiende a la oralidad y rehúye el esmerado extractivismo de diccionario donde se refugiaron escritores como el entonces célebre Henrique Coelho Netto. Es justo esto lo que lo ubica incómodamente como pre-modernista, siendo que es dueño de rasgos estéticos similares a los de modernistas como Oswald de Andrade y Patrícia Galvão (Pagu).

Quizás esa delicadeza y esa cordura sean lo que convierte a Lima Barreto en un observador tan agudo, en un alienado tan enfermo de literatura que es capaz de consolarse a sí mismo diciendo: ‘Mientras trapeaba, lloraba; pero me acordé de Cervantes, del propio Dostoievski, que debieron haber sufrido más en Argel y en Siberia. ¡Ah! La literatura o me mata o me da lo que yo le pido’.

Diario del hospicio y otros textos reúne los diarios que Lima Barreto escribió en su segunda caída en el hospital psiquiátrico tras una crisis de delirium tremens y dos novelas inconclusas que se alimentan de anotaciones pergeñadas en su encierro: El cementerio de los vivos y Como llegó el “Hombre”. De entrada, el autor confinado declara: “No me incomodo demasiado con el Hospicio, pero sí detesto esta intromisión de la policía en mi vida”. Sabe que está perfectamente cuerdo pero también que de quedar en libertad arriesga una recaída que podría costarle la vida e infinitas molestias a los suyos. Quizás esa delicadeza y esa cordura sean lo que convierte a Lima Barreto en un observador tan agudo, en un alienado tan enfermo de literatura que es capaz de consolarse a sí mismo diciendo: “Mientras trapeaba, lloraba; pero me acordé de Cervantes, del propio Dostoievski, que debieron haber sufrido más en Argel y en Siberia. ¡Ah! La literatura o me mata o me da lo que yo le pido”.

El texto del diario es un recorte vibrante de la vida en el “gehena social” al que son arrojados inmigrantes, obreros y aristócratas caídos en desgracia. Lima Barreto deja constancia de sus quejas, sus actos irracionales y sus suicidios: “Aquí en el Hospicio (…) yo solo veo un cementerio: unos están en criptas y otros en la fosa común. Pero así y asá, la locura se burla de todas las vanidades y sumerge a todos en el insondable mar de sus caprichos”.

Este libro, traducido y prologado solventemente por Matías Rebolledo, lejos de ser un capricho bibliográfico es una rara joya en nuestro medioambiente editorial (ensombrecida apenas por la cantidad de erratas). Es el vívido testimonio de un “suicidado por la sociedad”, un corresponsal de genio único encerrado en una celda con 19 locos que el 16 de enero de 1920 escribió: “Se suicidó un enfermo en el pabellón. El día está lindo”.

 


Diario del hospicio y otros textos, Lima Barreto, Montacerdos, 2022, 250 páginas, $16.000.

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