La compulsión de caminar a contrapelo

A un tiempo ensayos y narraciones, las crónicas de María Sonia Cristoff compiladas en Gestos mínimos comparten con sus libros anteriores el placer por la deriva, por seguir pistas inesperadas hasta despejar nuevos senderos o deambular sin ellos, pero también por el arte de narrar, de convertir el pensamiento en acción, es decir, en personajes en movimiento.

por Sebastián Duarte Rojas I 29 Enero 2026

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La definición de los géneros literarios es un proceso siempre en crisis. El concepto de novela, por ejemplo, ha estado en disputa durante largo tiempo y no solo por su indeterminación contemporánea: cuesta incluso establecer su inicio. De la literatura latina sobreviven casi solo fragmentos considerados novelescos, como del aún provocativo Satiricón de Petronio, y la única excepción que podemos leer completa es El asno de oro de Apuleyo. Antecedente para variados autores del Renacimiento en adelante, este relato del siglo II, la época de mayor extensión del Imperio romano, sigue al personaje de Lucio, un hombre que se convierte en burro y en esta forma recorre diversos lugares, conoce a diversos personajes, vive diversas aventuras y oye diversos relatos, los que se intercalan a lo largo de la novela como desvíos que una y otra vez se alejan de la trama principal, si es que su errante argumento permite siquiera este nombre.

Tras iniciar su carrera al alero de Émile Zola, entre 1879 y 1882 Joris-Karl Huysmans escribió una serie de artículos en que atacaba a la escuela academicista en el arte y defendía a los impresionistas; en 1884 publicó la novela A contrapelo, que rompió con el naturalismo de su obra previa e incorporó no solo digresiones sobre artes visuales como las de sus artículos, sino también elogios de las obras de Petronio y Apuleyo, novelas en que el argumento no era lo principal, que se permitían devaneos como los de este libro. Tras su publicación, mientras paseaba una tarde con Zola, este lo recriminó porque no entendía “la necesidad que yo sentía de abrir las ventanas, de evadirme de un ambiente que me sofocaba; luego, el deseo que me dominaba de sacudir los prejuicios, de romper los límites de la novela, de introducir el arte en ella, así también como la ciencia y la historia”, según apuntó Huysmans en el prólogo a la segunda edición.

“En ese proyecto de romper los límites de la forma novela, de abrirla a otros lenguajes, a otros géneros, para mí A contrapelo es un libro precursor, una de esas lecturas anacrónicas que muchas veces funcionan como los interlocutores más al día. Porque en ese quiebre la novela propone un método de composición que, mutatis mutandi, está también en las narrativas que hoy hacen las apuestas más interesantes en dirección al entrecruzamiento, la hibridez, incluso a un centrifugado de lenguajes que deriva hacia el terreno de la incertidumbre genérica de lo inespecífico”, escribe María Sonia Cristoff en uno de los ensayos narrativos de Gestos mínimos, en que una y otra vez revisita esos antecedentes que le han servido para explicar su propia poética. Desde sus primeros libros, como Falsa calma y Desubicados, hasta su novela más reciente, Derroche, la escritora argentina ha trabajado en el filo entre ficción y no ficción como quien habita una frontera y cada día pisotea, borronea, aquella línea imaginaria.

“La literatura, siempre pensé, no es, no debería ser solo una muestra de habilidades técnicas sino fundamentalmente una práctica desestabilizante, cuestionadora”, dice en esta compilación de textos seleccionados por Mercedes Halfon, además de algunos inéditos, en los que la narradora, incluso cuando echa mano de la teoría y las citas, nunca abandona su tono ameno ni cae en un academicismo jeroglífico. Y digo narradora porque incluso sus ensayos son adjetivados como narrativos en la primera sección del conjunto, que reúne precisamente sus reflexiones en torno a la definición de esta escritura. A un tiempo ensayos y narraciones, estas crónicas comparten con sus libros anteriores el placer por la deriva, por seguir pistas inesperadas hasta despejar nuevos senderos o deambular sin ellos, pero también por el arte de narrar, de convertir el pensamiento en acción, es decir, en personajes en movimiento.

Algunos de los textos más reveladores son aquellos en que dialoga con otros autores, divididos en ‘Interlocutores por anticipación’, figuras pasadas cuyo descubrimiento influyó en su obra, como Huysmans, Flora Tristán o Sara Gallardo, y ‘Conversadores cercanos’, personas a quienes sí conoció, pero de quienes se despide en estas páginas: Hebe Uhart, Sylvia Molloy, Josefina Ludmer y Luis Chitarroni.

Otras secciones de Gestos mínimos se enfocan en temas con los que Cristoff ha tenido una fidelidad obsesiva, como el sur de Argentina, su zona de origen, o los animales (la primera mención de Apuleyo en el libro aparece justamente en la crónica en que reflexiona en torno al concepto de una “narrativa mula”, con la extraña mixtura de ese animal), pero algunos de los textos más reveladores son aquellos en que dialoga con otros autores, divididos en “Interlocutores por anticipación”, figuras pasadas cuyo descubrimiento influyó en su obra, como Huysmans, Flora Tristán o Sara Gallardo, y “Conversadores cercanos”, personas a quienes sí conoció, pero de quienes se despide en estas páginas: Hebe Uhart, Sylvia Molloy, Josefina Ludmer y Luis Chitarroni.

En el caso de Uhart, habla específicamente de su faceta de cronista en un texto que refleja mucho de la propia Cristoff: se refiere a ella como una escritora que primero que todo es lectora, pero también destaca su motivo central: “La lengua, eso es, el lenguaje. Las crónicas de Uhart, independientemente de sus variaciones, son siempre la puesta en escena de lo que obsesiona a una escritora, a un escritor, que es precisamente su relación con la lengua. Parece una verdad de Perogrullo pero no lo es: basta abrir infinidad de libros para encontrar ahí una preocupación por el tema, por la trama, por lo que sea, pero jamás por la lengua. A eso llamo libros redactados. En Uhart, en cambio, hay escritura, lo que siempre quiere decir un estado de alerta, una batalla para volver al lenguaje extraño, ambiguo escurridizo y sintonizable, un trabajo a contrapelo para (…) tratar de encontrar ahí una nueva forma de decir, una cadencia, un chirrido o incluso, como a veces quería Flaubert, un aullido”.

Al final de todas sus biografías de solapa, a Cristoff le gusta poner la frase: “Camina compulsivamente”. La caminata es el tema de la sección final, y el último texto, en que relata un paseo tras enterarse de que una editora había borrado aquella frase de su biografía, define más que cualquier otro su propia escritura: “Mientras me entretengo mirando algún cartel en alguna esquina, como recién, o algún perro en alguna plaza, van apareciendo ráfagas de conversaciones o de sueños que acabo de tener, frases o pasajes que acabo de leer, ítems agregados a las listas de cosas para hacer o mensajes que contestar y, en medio de eso, arrugada como esas camisetas que nos quedan en el fondo del cajón, la punta de una idea que, ahora sí, es cierto, me gusta especialmente seguir y desplegar mientras camino, como si eso de dar un paso detrás del otro fuera una forma de activar asociaciones, de pulir algunas conjeturas, de abandonar otras”.

 


Gestos mínimos. Ensayos narrativos sobre la escritura y otras consideraciones, María Sonia Cristoff, Ediciones UDP, 2025, 220 páginas, $22.000.

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