Lamento por un poeta malogrado

Un hombre que quiere elevarse por la poesía, pero está enredado en la vida de los otros, en el alcohol, en la precariedad, en la imposibilidad de sostenerse: de eso se trata Un poeta, la excelente película del colombiano Simón Mesa Soto que menciona, al pasar, al poeta Raúl Gómez Jattin, autor del poema que da título a este artículo, y parece escrito también para Óscar Restrepo, el protagonista de la cinta: “No sobrevoló lo cotidiano”.

por Galo Ghigliotto I 13 Junio 2026

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Un hombre incapacitado para la vida le canta a la vida. Esa podría ser la definición de Óscar Restrepo, protagonista de Un poeta, de Simón Mesa Soto. Y quizás también la de muchos otros poetas.

Si la época y la geografía lo permitieran, la película podría inscribirse sin demasiadas dificultades en el neorrealismo italiano. No por una semejanza estética patente, sino porque su preocupación por las condiciones materiales de la existencia la acerca por momentos a ese territorio. Es decir, aquello que permite o impide vivir, trabajar, crear y, en paralelo, sostener una familia o incluso sostenerse a uno mismo. La poesía, como la bicicleta en Ladrón de bicicletas, no es exactamente el tema. Es el objeto a través del cual se puede ver el mundo.

Aunque de buenas a primeras es solo una historia que transcurre en un país de América Latina, con un personaje algo patético pero entrañable, alguien que podría llamar la atención por lo folclórico, la historia toma un cariz mucho más real si se piensa que el arquetipo protagónico de la película está mucho más vivo y es mucho más frecuente: aquel sujeto que, más que escribir poesía, busca parecer poeta.

Si bien la figura del poeta moviliza la historia y la circunscribe a un ámbito específico —el mundillo literario—, a lo que asistimos es a la historia de un ciudadano cualquiera que anhela ser algo sin conseguir subsistir de ello. No solamente por falta de talento; tampoco exclusivamente por decisiones equivocadas. Podríamos decir que las condiciones no están dadas, las oportunidades son escasas y por la lucha, o la simple derrota, contra una enfermedad que muchos padecen sin reconocerla: el alcoholismo.

También aparece la figura del padre ausente. En este caso, un padre consciente de esa ausencia, pero incapaz de repararla por falta de recursos, no solo materiales. La hija del poeta lo percibe como un niño, como un hombre sumido en fantasías, en un yo incapaz de realizarse.

En esa falta de oportunidades vemos también a la joven talentosa pero desmotivada y que carece de todo apoyo familiar. En esta película todos carecen de recursos. Incluso quienes ostentan el poder son poetas medianos que intentan conservar un lugar a duras penas, temiendo constantemente la amenaza de la suspensión, la pérdida de un fondo, la desaparición de un taller o de un proyecto, todo eso mientras proyectan una imagen de éxito dentro del pequeño círculo al que pertenecen. Los fondos de los que sobrevive la “Escuela de poesía”, de la generosidad de una institución holandesa que ni siquiera entiende bien los nombres de las personas con las que dialoga, pero sí vislumbra la posibilidad de ayudar al subalterno, al desfavorecido, en una suerte de caridad internacional.

Aquí aparece uno de los aspectos más interesantes de la película: la forma en que el arte puede convertirse en una manera de administrar —o incluso romantizar— la precariedad sin resolverla. O, dicho de otra forma, cómo el arte funciona, en ocasiones, como un lenguaje sofisticado para nombrar esa precariedad. Y además, esta puede transformarse en un bien cultural exportable, atractivo para instituciones que buscan apoyar aquello mismo que las conmueve.

Porque Óscar no deja de ser pobre por ser poeta. No deja de ser alcohólico. No deja de ser un padre ausente. No deja de estar perdido. La poesía le permite interpretar su vida, darle un sentido, sobrevivir simbólicamente a ella. Pero no la resuelve. Entonces aparece una realidad mucho más pavorosa que la que se esconde detrás de las risas que a veces produce la película. El personaje resulta hilarante. Sus gestos, su forma de hablar, sus desaciertos producen una incomodidad capaz de transformarse en humor. Pero debajo de esa risa aparece algo profundamente triste.

Óscar no deja de ser pobre por ser poeta. No deja de ser alcohólico. No deja de ser un padre ausente. No deja de estar perdido. La poesía le permite interpretar su vida, darle un sentido, sobrevivir simbólicamente a ella. Pero no la resuelve. Entonces aparece una realidad mucho más pavorosa que la que se esconde detrás de las risas que a veces produce la película. El personaje resulta hilarante. Sus gestos, su forma de hablar, sus desaciertos producen una incomodidad capaz de transformarse en humor. Pero debajo de esa risa aparece algo profundamente triste.

La historia universal está llena de poetas, músicos, artistas, actores que no han sido capaces de sobrevivir a la realidad. Pero también está llena de personas que sucumben sin ningún interés o capacidad de producir una obra. Podemos pensar aquí en los artistas sin obra de Vila-Matas. La película muestra también una contradicción que pareciera resolverse fácilmente, pero que en realidad sigue abierta: el hecho de que una persona instruida, sensible e incluso brillante pueda ser completamente incapaz de atravesar la vida cotidiana.

En el ámbito de los artistas esto se vuelve más visible porque se espera exactamente lo contrario. Se espera que alguien que produce belleza sea capaz de vivir bellamente. Ahí está la antigua tradición cultural que convierte ciertos sufrimientos en atributos prestigiosos del artista: el poeta alcohólico, el escritor suicida, el músico autodestructivo, el genio bipolar: los malditos.

Cuando la hija de Óscar dice que no le gusta Bukowski, pareciera estar apuntando precisamente hacia ese problema. Porque Bukowski terminó convirtiéndose en una validación universal del escritor alcohólico, como si el hecho de que un hombre hubiese producido una obra importante mientras bebía significara que el alcoholismo es compatible con la creación artística o incluso deseable para ella. Pero siempre se pasa por alto que Bukowski pertenece a un mercado cultural específico. Durante años condujo un Volkswagen escarabajo y vivió la precariedad que luego convirtió en literatura. Más tarde, tras alcanzar el éxito, terminó conduciendo un BMW y viviendo de sus libros. Muy lejos de la realidad de Óscar Restrepo, que le pide prestado el auto a la mamá.

Estados Unidos es un país con una infraestructura cultural infinitamente más robusta para sostener la vida literaria. Un país con universidades, becas, revistas, residencias, festivales y un mercado editorial enorme. Incluso los poetas ocupan allí un lugar institucional difícil de imaginar en América Latina. Y ni hablar de ciertos países europeos, donde la relación entre Estado y cultura es todavía más estrecha. La imagen del escritor alcohólico que triunfa termina funcionando entonces como una excepción convertida en modelo.

Lo que la película muestra es algo bastante más desagradable. La enfermedad mental no es una fuente de genialidad, sino una dificultad concreta que algunas personas cargan mientras intentan hacer arte. En el imaginario colectivo la locura alimenta la obra, cuando en realidad muchas veces impide darle forma, hacerla circular o incluso sobrevivir para escribirla. La romantización del dolor está siempre a la vuelta de la esquina. Esa romantización se traduce a veces en admiración por artistas que no han sido capaces de superar sus circunstancias y se han volcado en una muerte trágica que termina produciendo una —a veces dudosa— admiración póstuma.

Vale la pena un ejemplo, aunque de admiración nada dudosa. No es casual que la película mencione a Raúl Gómez Jattin. Uno de sus poemas más conocidos, “Lamento por un poeta malogrado”, comienza con un verso que parece escrito también para Óscar Restrepo: “No sobrevoló lo cotidiano”.

La frase basta para entender buena parte de la película: un hombre que quiere elevarse por la poesía, pero está enredado en la vida de los otros, en el alcohol, en la precariedad, en la imposibilidad de sostenerse. Gómez Jattin fue un poeta colombiano inmenso que terminó viviendo entre la indigencia, la enfermedad mental y la marginalidad, como si la sociedad hubiese admirado sus poemas mucho más de lo que fue capaz de cuidar a la persona que los escribió. Y eso sin mencionar a Alejandra Pizarnik, a Sylvia Plath, a Alfonsina Storni, a Leopoldo Lugones y a tantos otros que no murieron “por la poesía”, pero cuya muerte terminó siendo leída demasiadas veces como una confirmación romántica del destino trágico del poeta.

La admiración por una obra no siempre viene acompañada de una preocupación equivalente por la vida de quien la produce. Tal vez por eso Un poeta resulta una película tan incómoda. Mientras nos reímos de Óscar Restrepo, pensamos en cuántas personas como él existen hoy alrededor del mundo: hombres y mujeres que intentan sostener una vida a través del arte y que, a veces, terminan abandonando no solo la poesía; también la propia vida.

 


Un poeta (2005), escrita y dirigida por Simón Mesa Soto, 120 minutos.

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