Obra maestra

El orden del día, octava novela de Éric Vuillard, sepulta el negacionismo de los industriales alemanes sobre su participación en el nazismo, así como de quienes afirmaron ignorar las intenciones de los nazis, distribuyendo responsabilidades más allá de los sospechosos de siempre, con un lenguaje que alterna lirismo y exactitud.

por Rodrigo Olavarrìa I 9 Julio 2019

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En una viñeta de la novela gráfica Maus, Vladek, el padre de Art Spie­gelman, ve una bandera nazi por primera vez en Varsovia. Corre mar­zo de 1938 y se acaba de formalizar la anexión de Austria (Anschluss) a Alemania. Esa inminencia del mal, que es posible intuir en pequeños gestos políticos sin seguridad sobre su verdadera naturaleza, es ahora el tema de la obra ganadora del Premio Goncourt 2017, El orden del día, octava novela de Éric Vuillard (Lyon, 1968). Se trata de una obra maestra que, en breves 16 capítulos, consigue arrojar nueva luz sobre los hechos que con­dujeron a la Segunda Guerra Mundial, dis­tribuyendo responsabilidades más allá de los sospechosos de siempre, con un lenguaje que alterna lirismo y exactitud.

Podríamos decir que Vuillard lleva a la ficción las ideas de Henry J. Frun­dt en Refreshing Pauses: Coca-Cola and Human Rights in Guatemala (1987), sobre los asesinatos de sindicalistas guatemaltecos ordenados por Co­ca-Cola en los 80. Frundt analiza cada memorándum, cada ínfima deci­sión y cada falla comunicacional, para plantear que el mal necesita innume­rables omisiones y debilidades para hacerse del poder y manifestarse en todo su esplendor.

Vuillard abre esta novela con una escena ocurrida el 20 de febrero de 1933, donde 24 magnates alemanes comprometieron ayuda económica al Partido Nacionalsocialista y a sus candidatos al parlamento. Tras esa elección se aprobó la ley que permi­tió al entonces canciller Adolf Hitler emitir decretos sin consultar al Rei­chstag. ¿Quiénes eran esos magnates? Vuillard los nombra, y asegura: “Es­tán ahí, entre nosotros. Son nuestros coches, nuestras lavadoras, nuestros artículos de limpieza, nuestras radios (…) Cuidan de nosotros, nos visten, nos iluminan (…) como 24 calculadoras en las puertas del Infierno”.

Vuillard abre esta novela con una escena ocurrida el 20 de febrero de 1933, donde 24 magnates alemanes comprometieron ayuda económica al Partido Nacionalsocialista y a sus candidatos al parlamento. Tras esa elección se aprobó la ley que permi­tió al entonces canciller Adolf Hitler emitir decretos sin consultar al Rei­chstag. ¿Quiénes eran esos magnates? Vuillard los nombra.

Luego, la mirada se desvía a la de­bilidad de los ingleses Lord Halifax y Neville Chamberlain, arquitectos de la política de apaciguamiento que evitó sancionar a Alemania por sus infracciones al Tratado de Versalles y el bombardeo de Guernica durante la Guerra Civil Española. Vuillard hace extensiva esta ceguera y arrogancia a toda la aristocracia inglesa y al abuelo de Halifax, quien en su calidad de mi­nistro de Finanzas y del Tesoro negó toda ayuda económica a Irlanda duran­te la hambruna que causó más de un millón de muertos entre 1845 y 1849.

Sumemos a la caída de estos do­minós, la distorsión nazi del nacio­nalismo romántico alemán, que en sus planteamientos era antibélico, cultural y moral. Hablo de las ideas de Herder, Hegel, Fichte o Schelling, forjadores de la idea de un pueblo y un espíritu que había que unir y ce­lebrar, es decir, todo lo que sirvió de abono para movilizar a los alemanes a la guerra. Fichte, por ejemplo, escri­bió que la misión de su nación era “la fundación de un imperio de espíritu y razón que aniquile las groseras fuer­zas que dominan el mundo”.

También somos testigos de cómo, mediante ejercicios de simulacro militar, Hitler concretó el proceso alquímico que hizo de la anexión de Austria un gesto de hermandad entre naciones. Vuillard nos hace testigos de la patética sucesión de escenas que hicieron posible el bluff que culminó con la Anschluss y una blitzkrieg que, durante la entrada de los tanques ale­manes a Austria, tuvo más forma de congestión vehicular que de relám­pago. Un bluff orquestado desde los noticiarios y protagonizado por tan­ques averiados, pilotos que no domi­nan sus aviones y Hitler, un líder “que se ha arrogado el poder supremo sin ninguna experiencia”.

Esta novela sepulta el negacionismo de los industriales alemanes sobre su participación en el nazismo, así como de quienes afirmaron ignorar las in­tenciones de los nazis, siendo que en 1933 ya se había inaugurado el campo de concentración de Dachau y se esterilizaba pacientes mentales. La inci­siva mirada de Éric Vuillard, que solo flaquea al obviar las responsabilidades francesas en el auge del nazismo, re­afirma en nosotros la idea de que no existe un solo responsable de las catástrofes de la historia y que nada se conseguiría viajando en el tiempo y asesinando a un tirano cualquiera.

 

El orden del día, Éric Vuillard, Tusquets, 2018, 144 páginas, $13.900.