
por Rodrigo Olavarría I 22 Julio 2026
Wilson Alves-Bezerra (Sao Paulo, 1977), el autor de El anarquista solitario, esta inobjetable biografía de Horacio Quiroga, es también el poeta detrás de O pau do Brasil (2018), un libro clave en la escena poética de su país, escrito en el período comprendido entre la destitución de Dilma Rousseff y la elección de Jair Bolsonaro. Al igual que Oswald de Andrade en Pau Brasil (1925), libro del que Alves-Bezerra adopta el título y la ansiedad antropofágica, O pau do Brasil se nutre de la apropiación y reescritura de noticias, frases escuchadas en la calle, el ruido mediático y la retórica de los políticos de oficio. El resultado es un circuito cerrado trastornado por la pesadilla de la historia brasileña.
Diez años antes, Alves-Bezerra publicó las traducciones de Quiroga: Contos da Selva y Cartas de um Caçador, y el ensayo Reverberações da Fronteira em Horacio Quiroga. El caso es que el autor de esta biografía es un fogueado quiroguista, a quien el azar extendió sus caprichosas manos y entregó los materiales para este trabajo. De hecho, en el capítulo final el autor narra cómo encontró, en una tienda de antigüedades de Montevideo, entre las pertenencias de la segunda esposa de Quiroga, un baúl con cartas y documentos, paquete que publicó bajo el título Nuevos papeles íntimos: cartas inéditas (2022).
Cabe señalar que esta edición de El anarquista solitario, publicada por Lom y traducida con solvencia y amplio aliento por Rodrigo Millán, es la tercera aparición de este trabajo, la primera fue publicada en Inglaterra y la segunda en Brasil, ambas con excelente recepción. De hecho, solo podemos celebrar el profundo retrato que Alves-Bezerra hace de Quiroga, un escritor inseparable de tres lugares comunes: los escalofríos causados por “El almohadón de plumas”, la fotografía donde calafatea un bote y la lápida borgeana que selló su reputación póstuma: escribía mal.
Alves-Bezerra teje la mayor parte de esta biografía en un tono ensayístico neutro, aunque a veces irrumpe enmascarado tras la tercera persona singular. En ocasiones incluso se dirige a Quiroga y lo interroga: “Horacio, ¿en cuál de esos días te transformaste en escritor? ¿El día en que convenciste a Carlos de acompañarte en el viaje? (…) ¿El día en que viste el texto publicado?”. Puede que el biógrafo no guarde una distancia protocolar con su biografiado, pero estos posibles exabruptos estilísticos se justifican en las páginas de El anarquista solitario.
El escenario del nacimiento de Quiroga es una especie de marca de fuego, un escenario que, ya establecido, se expande y lo persigue. Cuando nació, en 1878, su pueblo natal, Salto, era un caserío con dos mil almas sobre la ribera este del río Uruguay, un pueblo uruguayo con su contraparte argentina, Concordia, en la otra ribera. Criarse en la frontera y ser hijo del vicecónsul argentino se tradujo en una relación abierta con ambos territorios, espacios que habitó según una concepción porosa de los límites en la que, años después, Montevideo y Buenos Aires reemplazarían a Salto y Concordia, y el Río de la Plata al río Uruguay.
¿Pero qué hilos sigue el autor para dar forma a esta vida? El primero es la literatura como posibilidad única, decisión tomada a los 15 años, tras publicar el relato de un viaje en bicicleta en la prensa de provincia. En esas páginas el Quiroga adolescente transmutó experiencia en tinta por primera vez y, con ello, emprendió un camino de por vida, una vida plena, pero también amarga como pocas.
No pensamos en Horacio Quiroga como un hombre con quien la tragedia se haya encarnizado, pero los lectores de esta biografía abrirán los ojos a una cruel cadena de desgracias. La primera fue la pérdida del padre apenas a los tres meses de vida, cuando por accidente este se disparó con una escopeta. Después, en 1896, Quiroga entró a una sala justo cuando su padrastro se disparaba operando una escopeta con los pies, exhausto de ser una carga para su mujer después de un derrame cerebral. Luego, en 1900, viajó a París usando la herencia de su padrastro, y este viaje, en el que soñaba deslumbrar y escribir reportes sobre la Exposición Universal, fue un fracaso donde conoció el hambre, empeñó sus pertenencias, y del que volvió raquítico y barbudo.
El autor propone que la experiencia parisina detona un leitmotiv clave en la vida de Quiroga: su tortuosa relación con el dinero. En ese sistema, la escritura casi no es vista como arte, sino como un oficio; de hecho, son pocas las páginas que escribió sin remuneración. Él mismo señaló: “Comencé a escribir en 1901. Ese año, La Alborada de Montevideo me pagó tres pesos por una colaboración. Desde ese día, pues, he pretendido ganarme la vida escribiendo”. Es más, Quiroga desdeñaba algunos textos con que se ganaba la vida y los firmaba como Aquilino Delagoa, un heterónimo capaz de sentimentalismos que el autor real no se permitía.
Fue en su etapa montevideana que ocurrió una nueva tragedia: en la ribera norte del Río de la Plata, Quiroga estaba al centro del Consistorio del Gay Saber, banda de poetas donde conoció a Federico Ferrando, salteño como él. Por entonces, la efervescencia literaria local pasaba por la prensa, espacio donde los autores cruzaban relamidas y mordaces estocadas. Uno de esos enfrentamientos, un perfil literario de Ferrando, llevó a tal punto el sarcasmo sobre el hombre y sus poemas, que se encargó la compra de un revólver. El 2 de marzo de 1902, Quiroga revisó el arma, cerró el cañón doble para probar el mecanismo y se le escapó un tiro que mató a su amigo. Tras pasar cuatro días en una celda, su abogado defensor, el hermano del poeta Julio Herrera y Reissig, logró su libertad.
Entonces decidió probar suerte en Buenos Aires y se inició como profesor normalista. Tenía 25 años y hasta entonces había vivido de su familia, pero la muerte de Ferrando lo hizo renunciar a la poesía y al desafío epatante de sus primeros escritos. El universo literario de Edgar Allan Poe se transformó en un refugio donde dar sentido a la desgracia; mientras que el alcohol, el cloroformo, el hachís y la cocaína ofrecían una huida de la tragedia que reescribió 100 veces mientras buscaba su propia voz. Necesitaba algo nuevo y el reencuentro con el poeta Leopoldo Lugones se lo brindó. Su maestro lo llevó a la selva que envolvía las misiones jesuíticas y entonces su vida tomó el rumbo de la selva. Desde ese día intentó vivir varias veces en el noroeste argentino, se casó con Ana María Cires, una de sus alumnas, compró una chacra, fracasó como agricultor, tuvo una hija, Eglé, y un hijo, Darío.
Un día, agotada tras seis años de selva y convivencia con Quiroga, Ana María se suicidó bebiendo químicos de revelado fotográfico. La desgracia, otra vez. Y mientras todo esto ocurría, Quiroga llenaba las revistas bonaerenses con cuentos de horror, fábulas infantiles, escenas de provincia y más. Reunió sus cuentos en libros y conoció algo parecido a la fama en Buenos Aires, donde asumió un cargo consular del que, podríamos decir, abusó para dedicarse a escribir. Participó de un círculo literario donde conoció a la poeta Alfonsina Storni, con quien tuvo una relación de seis años, un vínculo importante y singular que solo se cortó cuando ella se negó a seguirlo a la selva.
Quiroga tenía intacto el deseo de volver a Misiones. Y volvió, años después, con una esposa joven, amiga de su hija. Esta relación no acabó con una muerte, sino con una separación. Él y sus cuentos envejecían, y una nueva generación, desde la revista Sur, lo condenaba al olvido mientras su escritura viraba hacia la fascinación vegetal. En 1936, aquejado por dolores, abandonó la selva e ingresó a un hospital bonaerense donde los doctores le ocultaron un cáncer incurable. Cuando supo la verdad, gracias a un amigo, un paciente deformado por la elefantiasis, Quiroga salió de paseo, compró una dosis de cianuro y puso fin a su vida. Ante el suicidio de su amigo, Lugones comentó: “Se mató como una sirvienta”. Frase cruel y curiosa, un año exacto después se suicidó del mismo modo.
Las desgracias contenidas en una vida hablan demasiado ruidosamente. Los silencios que las enmarcan, momentos dedicados al trabajo, a la contemplación y al amor, son también la vida. Alves-Bezerra ha logrado un retrato digno y en tres dimensiones de un hombre que dejó buena y mala literatura a su paso, como un caracol, mientras vivía cegado por sueños y perseguido por fantasmas.

Horacio Quiroga: El anarquista solitario, Wilson Alves-Bezerra, traducción de Rodrigo Millán, Lom, 2026, 270 páginas, $18.000.