Tachar y seguir: los relatos de Deborah Eisenberg

por Miguel Ángel Gutiérrez I 27 Junio 2024

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Ampliamente difundida y respetada en Estados Unidos, la obra de Deborah Eisenberg permanecía desconocida en nuestro idioma hasta que Editorial Chai comenzó a traducirla. Primero fue Taj Mahal, en 2020; luego Relatos, en 2021, y en noviembre del año pasado fue el turno de La venganza de los dinosaurios.

Eisenberg vive en Nueva York y es profesora, durante un semestre, en la Universidad de Columbia. La otra mitad del año escribe o intenta escribir, a juzgar por su ritmo de publicación: cinco libros de cuentos en poco más de cinco décadas. Es una escritora lenta, comenzó tarde, según dice en una entrevista “para poder dejar de fumar”, y es justamente esa lentitud para “leer, caminar, pensar”, la que pareciera justificar su ritmo de escritura: un cuento por año.

Sería fácil considerar a Eisenberg otra escritora minimalista, concentrada en los horrores cotidianos e incluso neoyorquina. Algunos de sus personajes podrían compartir elenco con los de Paul Auster, Lorrie Moore y Lucia Berlin, pero lo mejor de Eisenberg aparece cuando Nueva York se desdibuja, cuando sus personajes deben salir de la ciudad en la que parecieran estar atrapados. Son hombres y mujeres sumamente vulnerables y sensibles, a veces hasta el hartazgo, pero Eisenberg no juzga, sino que acompaña los derroteros de quienes desean escapar a toda costa de la dependencia, emocional y económica, de otras personas. “Atravieso el tiempo a toda velocidad, atada a esta bomba a punto de explotar que es mi vida —dice la protagonista del relato “Tu pato es mi pato”—. Y, además, pareciera que la meta está cada vez más cerca y que la gran intriga es quién llegará primero: el mundo o yo. Lo que no puedo descubrir es por qué todos los demás pueden dormir tranquilos”.

Uno de sus grandes cuentos, incluido en Relatos, se titula “Bajo la 82 división aerotransportada”. Allí, una actriz busca rehacer el vínculo con su hija, siguiéndola hasta Honduras, donde el novio de la hija tiene algunos negocios —se trata de las intervenciones del gobierno estadounidense en Centroamérica, lo que implica desactivar la ola revolucionaria que comenzó con Cuba y siguió en El Salvador, Guatemala y Nicaragua. La narración de Eisenberg permite recorrer todo el tejido intervencionista desde el punto de vista de esta madre inquieta, sumamente perdida, a la que su hija no quiere ver por mucho tiempo. La mujer se ve envuelta en puestas en escena de guerra, en reuniones de contrabando, en conversaciones cruzadas entre periodistas y militares que develan todo el entramado político, y actúa como una especie de “representante del pueblo”, que nada puede hacer frente a lo que su gobierno realiza en otros países, pero a la que tampoco le importa mucho, porque el grado de beneficio que obtiene y el miedo que provoca cualquier tipo de represalia hacen que esta actriz no salga de una pasividad juguetona, complaciente y luego paralizante. Fue la misma Eisenberg quien hizo un recorrido parecido: dejó la metrópolis para recorrer Centroamérica y ver, efectivamente, la impotencia de un ciudadano estadounidense de buena conciencia frente a lo que hace y deshace la Casa Blanca.

El drama intimista, por otro lado, está presente en la mayoría de sus cuentos. En “Un otro, mejor Otto”, Eisenberg hace un retrato familiar espeluznante, una relación entre hermanos que se pudre porque el rencor es más fuerte: “Habían nacido en medio del árido desorden de sus modos de comportamiento, buenos o malos, en medio de sus sarampiones, sus rodillas raspadas, sus boletines de calificaciones”. Otto debe volver con su pareja a la casa familiar que en su cabeza solo tiene parangón con el infierno, un lugar donde se le castiga por el pasado, donde no se acepta su homosexualidad, donde nunca lo vieron como el tipo que cree que es. El problema es que si hay algo que todos los miembros de la familia comparten, eso es el rencor. Y no hay mejor lugar para pasarle cuentas al pasado que una de aquellas cenas donde se reúne toda la familia.

Sería fácil considerar a Eisenberg otra escritora minimalista, concentrada en los horrores cotidianos e incluso neoyorquina. Algunos de sus personajes podrían compartir elenco con los de Paul Auster, Lorrie Moore y Lucia Berlin, pero lo mejor de Eisenberg aparece cuando Nueva York se desdibuja, cuando sus personajes deben salir de la ciudad en la que parecieran estar atrapados. Son hombres y mujeres sumamente vulnerables y sensibles, a veces hasta el hartazgo, pero Eisenberg no juzga.

En un gran cuento titulado “La capacidad de combinar”, que comienza con epígrafes de Donald Trump y Noam Chomsky, analiza las variaciones que ha registrado el lenguaje a partir de tres personajes que se turnan la narración y que a medida que se encuentran interpelan los discursos del otro, transformando el habla, demostrando cómo lo que para algunos es una cosa para otros será otra, ya sea por sus circunstancias o su inscripción generacional, logrando completar un retrato discursivo del vacío de significado de nuestro siglo. La fijación de Eisenberg por el lenguaje y sus transformaciones parece la razón por la que en muchos de sus cuentos se aprecian malentendidos, fallas de comunicación y conversaciones que terminan abruptamente. Eisenberg también escribe con el oído en la medida que entiende la incapacidad de la realidad para ajustarse a las palabras.

Si se leen las críticas que Eisenberg realiza esporádicamente en The New York Review of Books, se aprecia el cambio de tono respecto a la ficción: no hay ninguno de sus personajes que pueda hablar de la manera en que la crítica escribe, con su precisión y justeza. Allí no solo tiene grandes ensayos sobre Natalia Ginzburg y los húngaros poco conocidos Péter Nádas o Magda Szabó, sino también un excelente artículo sobre Dawson City: Frozen Time, aquella película impresionante de Bill Morrison. Y la relación de Eisenberg con el cine va más allá: tiene una breve aparición en While We’re Young de Noah Baumbach, actúa en Marie and Bruce, dirigida por Tom Cairns, pero escrita por Wallace Shawn, su esposo, con quien también estuvo, por ejemplo, en la famosa My Dinner with Andre, dirigida por Louis Malle; además fue guionista de Steven Soderbergh en la notablemente soslayada Let Them All Talk.

Su conocimiento y cercanía con el cine se traslucen en el cuento “Taj Mahal”, protagonizado por el hijo de un cineasta, ya muerto, que escribe un libro sobre quienes rodearon a su padre y cómo él vio todo desde su perspectiva de niño: “¡Un selecto grupo de dioses menores se ha encarnado frente a ellos! Las sonrisas se contagian de mesa en mesa y algunos sacan sus teléfonos. ¡Ahí está el narcotraficante disléxico de Toxins! ¡Y ahí está Phil, de todas esas temporadas de Flamingo Park! ¿Y no es esa Coral Whosis, que hace siempre de enfermera en esas películas de clase B y es la voz de la zanahoria en Vegetable Farm?”. Pero el suyo no es el único punto de vista, porque los actores responden: “¿Cuáles fueron las fuentes del autor? Los recuerdos escasos de un chico aburrido y apenas ingenioso, recuerdos distorsionados por fantasías autoindulgentes y en retrospectiva, mechados con entrevistas chapuceras, mentiras de revistas del corazón y, no cabe duda, cualquier biografía o memoria hollywoodense, hasta la última coma tan poco creíble como la suya propia”.

Todo lo anterior lo logra proponiendo tres tiempos narrativos y extractos de este libro inventado, en lo que fácilmente podría ser una novela corta impresionante. Pero Eisenberg no escribe novelas, es “una cuentista de novela”, como señala Rodrigo Fresán en el blurb de contratapa de La venganza de los dinosaurios. Que Eisenberg no escriba novelas es simplemente una decisión y no una tara, queda claro en sus cuentos largos, sobre todo en “El crepúsculo de los superhéroes”, señalado como “el mejor cuento sobre el 11 de septiembre jamás escrito” en la contratapa. Aquella persona —editor, publicista, etc.— tuvo razón. En Nueva York, un dibujante no puede seguir su obra, la del superhéroe Pasividad-Man, cuyo obvio referente es Bartleby y el goce que proviene ante la decisión de no intervenir. El problema es que la parálisis creativa roza la del propio superhéroe, ¿es que acaso se puede hacer algo cuando tu ciudad o país es atacado de esa forma? Pasividad-Man, por supuesto, no habría hecho nada, ¿y si acaso es eso lo que produjo lo de las Torres Gemelas? “¿A cuánta distancia tiene que pasar algo para que uno tenga derecho a ignorarlo?”. Las descripciones de la sociedad neoyorquina lidiando con los días posteriores del atentado son apabullantes, quirúrgicas; es un cuento formidable que logra algo muy difícil: crear a partir de un síntoma personal previo al atentado —la incapacidad del dibujante de seguir creando la historia— el reflejo perfecto del síntoma social posterior. Es más que suficiente para alegrarnos del hecho de que Eisenberg haya dejado de ser una desconocida en nuestro idioma.

 


La venganza de los dinosaurios, Deborah Eisenberg, Chai Editora, 2023, 224 páginas, $29.900.


Relatos, Deborah Eisenberg, Chai Editora, 2022, 240 páginas, $19.900.

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