Testigo de cargo

En Limpia, de Alia Trabucco Zerán, emerge el trabajo femenino en su versión doméstica y migrante, y como telón de fondo están las relaciones entre el mundo capitalino acomodado y la vida sacrificada de las regiones. La novela se lee con rapidez, tanto por la intriga policial como por la forma de relatar la vida enclaustrada y rutinaria de la protagonista, un personaje ambiguo, con numerosos pliegues, que se defiende ante sus captores, pero que se silencia ante los dueños de casa, salvo en escasos momentos en los cuales emerge una furia apenas contenida.

por Alejandra Ochoa I 24 Enero 2023

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Lo político cruza las dos novelas de la escritora chilena Alia Trabucco: en La resta (2015) trabajó sobre la fractura que provocó la dictadura de Pinochet en el orden familiar y sus descendientes; ahora, en Limpia, emerge el trabajo femenino en su versión doméstica y migrante, y como telón de fondo están las relaciones entre el mundo capitalino acomodado y la vida sacrificada de las regiones.

Estela García, la protagonista, comienza su monólogo instalando tempranamente un escenario confesional (“No sé si estarán grabando o tomando notas o si en realidad no hay nadie al otro lado”) y declarando desde un comienzo la existencia de un crimen, el que precisamente explicaría su detención, situándola como la principal sospechosa. La historia transcurrirá entonces en dos niveles: la sala de detención desde la cual se habla y la casa en la que trabajó durante siete años. La novela se lee con rapidez, tanto por la intriga policial como por la forma de relatar la vida enclaustrada y rutinaria de la protagonista, en contrapunto con la fuerza simbólica de la infancia recordada en su vitalismo y sacrificio parental: “La niña seguramente recordaría estar limpia y tibia y llevar trenza francesa. A lo mejor, quién sabe, recordaría incluso mis manos como yo recuerdo las manos gruesas de mi mamá. Mi mamá paralizada en un camino de tierra porque se acercaba una jauría de perros salvajes”.

La narradora aporta sus datos personales: ha viajado desde Chiloé hasta Santiago para trabajar como empleada doméstica, dejando a su madre en la isla; es contratada rápidamente por un matrimonio que espera a su primera hija. Los personajes que conviven en la casa aparecen en constante confrontación, dibujando una familia triste; la pareja es representada de forma algo esquemática, pues marido y mujer tienen todos los defectos y viven sometidos a las apariencias; refiriéndose a la señora dirá: “Cenaba rúcula y semillas, achicoria y semillas. Después a escondidas, se comía una marraqueta con queso y se tomaba una copa de vino blanco con un puñado de pastillas”. Ahora bien, lo que resalta es cómo se relacionan con su empleada, quien describe a través de escenas claves las formas que asume la subordinación. Las más emblemáticas son las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, ocasiones en las que la empleada es invitada a participar junto a sus patrones, pero sin olvidar que es ella la que prontamente debe volver a servirles, develando el profundo arraigo de las diferencias de clase.

Alia Trabucco hace una apuesta valiente: dar voz a una empleada doméstica a través de un monólogo. Digo valiente, pues ha elegido dar cuenta de la posición de una sujeta subalterna desde su más profunda interioridad. De hecho, lo más logrado de la novela es el relato íntimo y descarnado de esa vida de servicio doméstico.

Estela resulta ser un personaje ambiguo, con numerosos pliegues, que se defiende ante sus captores, pero que se silencia ante los dueños de casa, salvo en escasos momentos en los cuales emerge una furia apenas contenida; cuando se dirige a la compleja niña que cuida, señala: “Sostuve su mano, la apreté con fuerza y le dije: cabra culiá, pendeja de mierda, ándate de aquí”; en otro momento se refiere a un animal que ha acogido en la casa de sus patrones: “No se llamaba Yany, se llamaba perra de mierda, perra culiada, se llamaba estorbo, mal augurio”. Son expresiones que producen un radical extrañamiento y que muestran la riqueza con la que se ha construido el personaje, incluyendo su ambivalente relación con estos personajes “menores” de la historia.

Sin embargo, la permanente apelación a unos interlocutores innominados (¿los lectores?) que figuran durante toda la detención, resulta una opción formal que pierde efectividad. Este tipo de interpelaciones (“¿Aló? ¿qué pasa? ¿La empleada no puede usar la palabra brizna?” o “¿Qué les pasa? Me pareció escuchar un reproche tras la puerta. ¿Les molesta que les diga ‘amigos’? ¿Demasiado confianzuda?”) funciona para establecer el nivel confesional en el que se emite el discurso, pero su reiteración le resta fuerza a la carga metafórica de su cautiverio policial.

Alia Trabucco hace una apuesta valiente: dar voz a una empleada doméstica a través de un monólogo. Digo valiente, pues ha elegido dar cuenta de la posición de una sujeta subalterna desde su más profunda interioridad. De hecho, lo más logrado de la novela es el relato íntimo y descarnado de esa vida de servicio doméstico. La lectura de Limpia ilumina el secreto puertas adentro. Un ojo que mira y registra. Estela García porta un oculto poder, ser testigo de cargo.

 


Limpia, Alia Trabucco Zerán, Lumen, 2022, 232 páginas, $14.000.

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