Un sol negro

En estos tiempos en que cualquier imagen y sonido pueden ser creados, cualquier contenido editado, manipulado y diseminado, las noticias o historias falsas campean y se vuelven tema. Y aunque el problema sea tan viejo como el hilo negro, es muy pertinente preguntarse por el futuro de la verdad, como lo hace Werner Herzog en su último ensayo, por la velocidad sin precedentes a la que avanzamos (no se sabe a dónde).

por Marcela Fuentealba I 4 Mayo 2026

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La pregunta por la verdad es muy antigua y básica; está presente en la religión, la filosofía, la ciencia, la literatura, por supuesto también en la política y la vida corriente. Mentir es muy mal visto y, al mismo tiempo, una práctica frecuente, tanto en los niños como en el ámbito de la justicia. Y no se trata solo de no mentir, pues la verdad hay que dilucidarla: lo cierto y lo falso no es evidente, es algo que hay que saber encontrar, investigar, describir, pensar, abordar.

En estos tiempos de “inteligencia artificial”, en que cualquier imagen y sonido pueden ser creados, cualquier contenido editado, manipulado y diseminado, las fake news, noticias o historias falsas, campean y se vuelven tema. Y aunque el problema sea tan viejo como el hilo negro, es muy pertinente preguntarse por el futuro de la verdad, como hace Werner Herzog en este libro, por la velocidad sin precedentes a la que avanzamos (no se sabe a dónde). Cada tanto pasamos un nuevo límite, ya no sabemos en qué se puede confiar; nos movemos en más temibles esferas de creencias y no de certezas racionales, aunque pensemos lo contrario. Las pruebas ya no son tales y los hechos parecen opinables; lo seguro se cambia cada día, los órdenes de la civilización que se daban por hechos se desarman según la voluntad de los triunfadores del momento. Parecemos avanzar hacia un mundo totalitario, como el de 1984 de George Orwell —que los estudiantes leen en octavo básico—, donde lo que está delante de nuestros ojos se deshace, o se dicta una verdad falsa, y se nos dice qué pensar con palabras petrificadas y el pasado transformado. Todo es lo más grande de la historia y lo opuesto: terrorismo.

En el mundo de las artes sería lo contrario, tendríamos el privilegio de la convención de la ficción y la representación, y ahí la forma de mostrar, por muy real o fantástico que sea, determina la calidad de la obra, y de nuestra comprensión y placer. “La disposición al autoengaño es un componente necesario de nuestra existencia”, escribe Herzog. “El mundo del espectáculo vive exclusivamente de esta disposición a dejarse engañar”.

Herzog, autor de las apoteósicas películas del nuevo cine alemán de los 70 y 80 (Aguirre o la ira de Dios, Kaspar Hauser, Nosferatu, Fitzcarraldo), director de ópera y teatro, de varios falsos documentales y de casi 30 documentales (de la vida de los ciegos y sordomudos de nacimiento, de un saltador de esquí, de un defensor de los osos grizzli que es comido por ellos, de la tecnología IA, de los viajes de Bruce Chatwin), ha dedicado, según sus propias palabras, “la vida entera a la pregunta por la verdad”. Por eso publicó en 2024 este libro, con más de 80 años, que sigue a su ensayo sobre el caminar y su retrato de Klaus Kinski, su actor fetiche, entre otros textos.

Dice que la verdad es una búsqueda “llena de empeño y esterilidad”, un viaje “al crepúsculo de un bosque grande e infinito” que como humanos nos confiere “sentido y dignidad, diferenciándonos de las vacas en el campo”. Aquí un filósofo riguroso (por ejemplo, Ernst Tugendhat, ya difunto, por referir a un contemporáneo alemán), encontraría un primer error de exposición y juicio: ignoramos el pensamiento vacuno, su sentido y dignidad; más bien nos diferencia una relación de dominio: las ponemos en establos y mataderos. Acierta Herzog al aclarar a continuación que debe abstenerse del análisis filosófico, también del matemático, demasiado diversos y vastos. Solo puede abordarlo como artista y empieza desde lo actual, la IA, por su triple capacidad de imitación, de vigilancia y de autonomía, que en 2024 aún le parece posible desconectar. Hoy se teme que haya entrado en un loop imparable.

Una serie de casos, desde expediciones al ártico o escenas de ópera, de la muerte de Lady Di a las agencias japonesas de actores para representar personas, historias de fake news antiguas y contemporáneas, y muchos de sus propias películas, Herzog explica cómo ha querido llegar, a través de la fabricación y no del registro fiel, a proponer una ‘verdad extática’, llegar a capas profundas. Habla de los místicos medievales: la imagen del sol negro como posibilidad para decir algo de Dios parece perfecta como descanso de época.

Si creemos, explica Herzog, en la posibilidad de vivir en Marte, que queda demasiado lejos y cuya atmósfera es tóxica (y para llegar hay que pasar radiaciones solares aniquiladoras), es porque Elon Musk quiere promocionar sus autos, los mismos que fabrican en China por cantidades. Como un charlatán de far west a gran escala. “La verdad del visionario es un constructo de verdades a medias”, escribe Herzog. “Dios es un constructo”, le escribió el exgurú Deepak Chopra al criminal Epstein, como aparece en el gran caso de pedofilia y búsqueda de verdad (y justicia) del momento, lleno de casilleros negros. “Las niñas bonitas son la realidad”, agregó Chopra. Herzog dice que la realidad va a cambiar, y que entre sus pliegues siempre hay que buscar la verdad. Realidad y verdad no son una ecuación.

Herzog parte por la definición etimológica griega, aletheia, que habla de ocultar, velar, dejar en la oscuridad, y encuentra una semejanza “extraordinaria” con el proceso fotográfico: “Se expone una capa fotosensible a la luz, pero eso no produce aún la imagen, sino apenas una imagen latente. Solo en el laboratorio, tratada con químicos, la imagen se revela, lentamente”. En ese margen entre lo latente y lo revelado puede haber una pequeña eternidad.

Una serie de casos, desde expediciones al ártico o escenas de ópera, de la muerte de Lady Di a las agencias japonesas de actores para representar personas, historias de fake news antiguas y contemporáneas, y muchos de sus propias películas, Herzog explica cómo ha querido llegar, a través de la fabricación y no del registro fiel, a proponer una “verdad extática”, llegar a capas profundas. Habla de los místicos medievales: la imagen del sol negro como posibilidad para decir algo de Dios parece perfecta como descanso de época. Su ejemplo es la Pietá, de Miguel Ángel (una niña de 15 años, la Virgen, sostiene al Cristo de 33), y la frase de Shakespeare: “La poesía más veraz es la que más finge” (la cual, como investigó Christian Torres, tendría una capa biográfica: habla también del fingimiento de Christopher Marlowe, supuestamente muerto, escribiendo los versos que se decían a viva voz en los teatros, luego atribuidos a Shakespeare).

Herzog no le tiene miedo a lo digital, incluso lo encuentra sorprendentemente lindo. Pero está en guardia. Debemos aprender a dilucidar y a usar. “Estamos perfectamente capacitados para descubrir qué es mentira. La disponibilidad de internet es a un tiempo trampa y auxilio, todo depende de cómo se la use. Debemos recalibrar nuestro pensamiento crítico (…). ¿Cuánto queremos delegar? ¿Cuánta de nuestra autonomía estamos dispuestos a ceder? La pregunta de fondo es: ¿queremos dejar de pensar, de soñar?”. Piensa que la salida al problema es la de siempre: leer libros y caminar, no profesionalmente, sino sin equipaje: “El mundo se abre a quien lo recorre a pie”. Y seguir buscando, porque dentro del cerebro humano no hay ninguna verdad, como le dijeron los científicos.

 


El futuro de la verdad, Werner Herzog, Ediciones UDP, 2025, 126 páginas, $17.000.

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