Una decisión catastrófica

La narrativa de Miranda July siempre ha jugado con el extrañamiento. Sus personajes, de hecho, tienen esa capacidad de observar la realidad con lupa, para volverla un espacio incómodo y difícil de habitar. Pero en A cuatro patas dicha técnica se vuelve empalagosa, casi imposible de transitar. En esta novela, más que algo que se asemeje a una verdad, lo que encontramos es una suma de clichés de la midlife crisis, clichés que se asemejan mucho más a un meme que a una propuesta estética consistente.

por Violeta Alarcón Guzmán I 10 Julio 2026

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De todos lados nos han tratado de convencer de que Miranda July con A cuatro patas escribe la “novela del año” (el pasado, obviamente). No solo eso, sino que nos han prometido que esta es la ficción definitiva sobre la liberación y el deseo femenino en la madurez. Pero la verdad es que detrás de una cortina —no tan— tupida, llena de discursos y progresismo, hay apenas una protagonista que enmascara su estructura profundamente convencional en sus excentricidades y rarezas.

En 360 páginas, July presenta a una mujer de mediana edad que se queda pegada en un pueblo cercano a su hogar tras fracasar en un viaje hacia Nueva York por la carretera. Sin una razón específica, aparte de un jovencito que parece obsesionarla de manera infantil, con muchos tintes de novela rosa y cierto hastío de la rutina familiar, la protagonista, de la que no conocemos el nombre ni la profesión, decide pasar allí las tres semanas que duraría el viaje y gastar plata en la remodelación de la habitación del hotel donde se hospeda. Sin embargo, esta forma en la que se manifiesta la extrañeza de la protagonista no parece ser otra cosa que una demostración más del privilegio yankee que, muy lejos de la promesa de fracturar estereotipos arcaicos, termina reafirmándolos bajo el amparo de la biología y la (peri)menopausia.

Más allá de que en casos como este es muy difícil no establecer un paralelismo entre la escritora y su obra (cincuenta y tantos años, artista, madre), lo pesado del relato es que pareciera estar todo el tiempo defendiendo el superyó de quien escribe, transformando este ejercicio de autoficción no declarada en una clase extenuante de moralidad políticamente correcta. La autora despliega una conciencia híper woke, que cuestiona cada una de sus decisiones estéticas: la clase, el léxico, la maternidad, el machismo, en un afán de intentar adelantarse a cualquier pensamiento negativo del lector, guiándolo para que se haga las preguntas correctas y llegue a las conclusiones, por supuesto, también correctas. Pero esta sensación de panóptico no es en vano: funciona como un escudo para enfrentar las críticas hacia la autora, más que como un catalizador de exploración literaria.

La narrativa de Miranda July siempre ha jugado con el extrañamiento; sus personajes tienen de manera intrínseca esa capacidad de observar la realidad con lupa, para volverla un espacio incómodo y difícil de habitar. Pero en A cuatro patas esta técnica se vuelve empalagosa, casi imposible de transitar. La realidad es decepcionante: no hay ninguna verdad ontológica detrás de la actitud desinteresada de la protagonista, sino clichés tras clichés de la midlife crisis que se asemejan mucho más a un meme que a una propuesta estética consistente: es solo una mujer que se esconde detrás del privilegio para evitar tomar las riendas de su propia vida. “Me pasaré el resto de mi vida contándole a la gente que crucé el país al volante de un coche cuando tenía cuarenta y cinco años. Que fue cuando por fin aprendí a ser yo misma y nada más”, dice.

A pesar de sus pancartas progresistas, todos los personajes parecen estar en pos de construir una narrativa útil para el discurso: el marido provee y no opina, las amigas son todas parte de la disidencia sexual y no juzgan nunca el comportamiento abiertamente reprochable de la protagonista, el uso del lenguaje neutro para su ‘hije’ del que nunca conocemos la edad, etc., deambulan por esta novela hasta el hartazgo.

Su comportamiento no es el de una naturaleza excéntrica, sino el de una conciencia de clase que estetiza el estancamiento. Ella no es rara por gastarse sumas irrisorias en mejorar su cuarto del hostal; solo tiene plata y dispone de ella como quiere. Su obsesión con Dave no es una transgresión, sino más bien una regresión hacia estadios emocionales que la vuelven radicalmente predecible dentro de la narrativa de una mujer que justifica su descontento con la vida gracias, obvio, al patriarcado: “En una sociedad patriarcal el cuerpo no le pertenece a la mujer hasta que supera la edad reproductiva”.

La supuesta singularidad del personaje se desmorona cuando sus acciones son descubiertas como afirmativas de los roles de género disfrazados de honestidad biológica; y, lejos de ser una figura disruptiva de la literatura contemporánea, funciona como un espejo para los millennials y las mujeres en la perimenopausia, operando justo dentro de esos márgenes, comentando lo que todos quieren escuchar: ese discurso feminista clásico de los y las estadounidenses, donde lo más importante es hablar con los pronombres correctos: “No te atrevas a ponerle género a mi niñe”.

A pesar de sus pancartas progresistas, todos los personajes parecen estar en pos de construir una narrativa útil para el discurso: el marido provee y no opina, las amigas son todas parte de la disidencia sexual y no juzgan nunca el comportamiento abiertamente reprochable de la protagonista, el uso del lenguaje neutro para su “hije” del que nunca conocemos la edad, etc., deambulan por esta novela hasta el hartazgo.

 


A cuatro patas, Miranda July, traducción de Luis Murillo Fort, Random House, 2025, 360 páginas, $20.000.

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