El detalle oculto: Augusto D’Halmar como crítico

por Daniel Hopenhayn

por Daniel Hopenhayn I 7 Agosto 2018

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Dandy ilustrado y fabulador profesional, Augusto D’Halmar se probó, entre muchos trajes, el de crítico de arte, labor que declaraba ejercer “con la tranquila frescura del que está obligado a cantar verdades sofocantes”. Su libro Textos sobre arte, recientemente publicado, es un delicado testimonio del ambiente cultural chileno que floreció con el siglo XX, así como de la tortuosa relación de D’Halmar con un país en el que más valía hacerse abogado que hacerse ilusiones.

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“Convivir entre pintores le hace a uno un alma aparte”, decía Augusto D’Halmar (1882-1950), amigo de pintores más que de escritores y no el único entre los literatos de su generación en señalar al pintor Juan Francisco González como su verdadero maestro: “Quien no le haya conocido no sabe hasta dónde un hombre puede influir en los demás. (…) Él me enseñó esa gran lección que se llama la vida. El amor de las cosas humildes. Me enseñó a inclinarme debajo de los árboles para descubrir las briznas de hierba y a descubrir la belleza de un crisantemo marchito”.

Textos sobre arte reúne 42 artículos –en su mayoría desconocidos– que D’Halmar publicó en revistas y diarios chilenos durante dos etapas de su vida. La primera, entre 1900 y 1904, cuando era un joven arrebatado que, con Baudelaire como referente, se complacía de aportar su excelentísimo gusto a una escena cultural prometedora. Chile, país de copiones y no de creadores, “de insanos pero no de locos”, amenazaba con despertar de su hispánico letargo y aprender a beber de su propio cáliz. La literatura, con Dublé Urrutia, Pezoa Véliz o los hermanos Lillo, encontraba al fin su color local, por más que la receta (el naturalismo de Émile Zola) también fuese importada. D’Halmar escribía Juana Lucero, su ópera prima ambientada en el barrio Yungay, sugería a Baldomero Lillo titular Subterra a la suya, participaba en las veladas del Ateneo de Santiago y animaba el ambiente desde la revista Instantáneas de Luz y Sombra, donde empezó a ejercer como crítico de arte.

La pintura había madurado antes que las letras, de la mano de los tres “maestros” indiscutidos: Valenzuela Puelma, Pedro Lira y J. F. González. Detrás de ellos, una vistosa estela de viejos y nuevos talentos: Valenzuela Llanos, Alfredo Helsby, Pablo Burchard o el bueno de Ernesto Molina, malogrado según D’Halmar por su mujer, una irresistible italiana que lo envenenó y lo vio agonizar en compañía de sus amantes. La escultura no se quedaba atrás, liderada por Nicanor Plaza, Virgilio Arias y Simón González, hermano de Juan Francisco. Una joven Rebeca Matte sorprendía cada tanto con las obras que mandaba desde Francia, compensando el segundísimo plano que ocupaban las mujeres en aquel paisaje.

De ellos y de muchos más escribió D’Halmar y a casi todos los trató de cerca. Su gusto de crítico desprecia la siutiquería y las dimensiones grotescas. Prefiere, antes que modernismos decadentes o “relumbrones impresionistas”, el hallazgo del detalle oculto pero natural que siembra armonía en el caos (considera a Delacroix el mayor pintor del siglo XIX). Lamenta que los pintores jóvenes, tan diestros como mal leídos, cultiven solo el retrato y descuiden la trama social, “esos dramas silenciosos y profundos que se ocultan tras la cortina de la alcoba o la mampara acolchada de algún club”. Es, a veces, un fiscal riguroso que exige oficio y precisión, y otras veces, un cazador de estilo y sensualidad que distingue en cuadros “notas febricentes”, “mariposas que vuelan vagarosas”, “un vago vapor esfumante”.

 

Ponte Vecchio, de Juan Francisco González.

 

Por entonces, el gran acontecimiento de las artes nacionales era el Salón, la exposición anual que tenía lugar en el Museo de Bellas Artes –emplazado en el Partenón de la Quinta Normal– y cuyo jurado, para alentar a los principiantes, se limitaba a rechazar lo “absolutamente inaceptable”. Nadie se imagine por eso un clima fraternal, propio de tiempos ingenuos. Ya en vísperas del Salón, reporta D’Halmar, “comienza a funcionar el club de la tijera, el terrible club del pelambre, que tantos socios cuenta entre los artistas. (…) Llega el día de la admisión: saludos desdeñosos, reverencias zalameras, obras y artistas se cruzan en el pórtico del Salón transformado en puerta del infierno; (…) los ambiciosillos están seguros de obtener medalla, gracias a alguna cartita laudatoria, publicada en este o en el otro diario, dirigida a cualquier jurado con ocasión del día de su cumpleaños, o de la feliz extracción de la muela del juicio (…) surgen los señores críticos como las chinches en verano; cada uno muerde a sus enemigos, cada uno levanta y glorifica a sus amistades. ¡Qué importa la justicia, el arte!”.

D’Halmar tiene apenas 18 años cuando juzga el Salón de 1900, cuestión que no lo inhibe de sentenciar que “los maestros no concurren dignamente, empiezan a ceder el puesto a la nueva generación”. Si Valenzuela Puelma ha sido eclipsado por su discípulo Helsby, “la borrachera de colores que mareaba a Juan Francisco González ha degenerado en delirium tremens”. Al año siguiente, acaso un poco más maduro, matiza sus críticas a González: “¡Qué vida anima sus cuadros! ¡Qué movimiento en la mancha confusa en que se adivinan mil cosas! (…) ¡Es tan hondamente poeta ese diantre de hombre!”. Para Pedro Lira, en cambio, tuvo elogios más sosegados y críticas más duraderas. Lo irritaba su trato inclemente hacia los jóvenes que no seguían su escuela y, muy especialmente, sus complicidades clericales y palaciegas: “Don Pedro Lira fue no el primer ‘señorito’ que dignó ser artista, sino el primero que tuvo cierto talento para serlo. Como tal desempeña su papel dentro de un país tan amigo de castas como el nuestro”.

Ya en vísperas del Salón, reporta D’Halmar, “comienza a funcionar el club de la tijera, el terrible club del pelambre, que tantos socios cuenta entre los artistas”.

Hijo de un navegante francés que se hizo a la mar antes de conocerlo, Augusto Goemine Thompson decía haber tomado su apellido literario de un tal Barón D’Halmar, supuesto antepasado suyo. Hay sospechas fundadas de que esa fue otra de las innumerables fábulas con que adornó su biografía, entre las cuales destaca el soneto “Don Augusto D’Halmar”, que firmó con el nombre de su “amigo” Rubén Darío –a quien no conoció– y que llegó a figurar en ediciones de las obras completas del poeta. De su familia materna, refinada pero venida a menos, heredó sus ínfulas aristocráticas –muy a tono con su personalidad fantasiosa– y su desprecio a la oligarquía criolla, vale decir, a “los mal llamados hombres prácticos” que veían en el arte un lujo decorativo y sumergían al país en la anemia espiritual: “En esta copia feliz del Edén, llamada Chile, mala copia hasta ahora, la raza y el individuo no desaparecen tanto de inanición y pauperismo, como de carencia de ideal y de aliciente para progresar. Se puede existir, casi sin existir. (…) El vicio reemplaza lo que debiera darnos la imaginación”.

Por eso recomienda a los grandes artistas irse de Chile, lo antes posible, a respirar atmósferas “menos envenenadas” que no atrofien sus tale