Restos

La memoria funciona por cortocircuitos, por saltos inesperados; después esos saltos se convierten en un patrón, en la sugerencia de un relato: te das cuenta de que esas transmisiones, que esos bandos militares, que todo ese ruido negro existe en una línea que termina, que se abre o que se cierra en ¡Viva Chile!, el primer disco de los Electrodomésticos, que se lanzó en 1986 pero puede remontarse a 1973 y saltar hacia los 90, huir hasta el presente. Ese disco completa el discurso de Allende, lo deshace. Los Electrodomésticos construyen un arte que se nutre del desierto de lo real, convierten lo banal en una forma de la extrañeza para que el auditor pueda darse cuenta de lo deforme o violento de lo cotidiano.

por Álvaro Bisama I 12 Septiembre 2023

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Entonces, recuerdas que la dictadura era la imagen del hombre sentado en el tren con una radio a pilas pegada a la oreja, mezclada con las de los militares apostados en la línea del ferrocarril que corre paralela al estero Marga Marga. Ibas con tu padre. Subían en la estación de Villa Alemana, un edificio de techos altos y adobe trizado. El hombre de la radio tenía la cara roja, ocupaba un viejo abrigo de marino y se sentaba al frente de ustedes. El viaje era suave y buena parte de los pasajeros tendían a repetir sus asientos, sus poses, sus conversaciones. Mientras, veías por la ventana cómo las ciudades despertaban de a poco y las luces del tendido eléctrico se apagaban cuando llegaba la mañana helada.

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Piensas en el acento perdido de los chilenos, en esa voz que era más finita, casi destemplada. Un trino, una conversación de aves que a veces podía formar un coro. “El lenguaje de los pájaros / es un lenguaje de signos transparentes / en busca de la transparencia dispersa de algún significado”, anotaba Juan Luis Martínez en el 77. Su libro era el catastro falso de un mundo roto. ¿Dónde quedó ese acento? ¿Tenemos un atlas de nuestras lenguas muertas, una enciclopedia del ruido?

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Así que recuerdas o piensas en el ruido negro, en el sonido que va detrás del sonido, que es inaudible porque es el sonido secreto de las cosas, un sonido hecho de sombra, si es que eso es posible. William Burroughs y David Bowie hablaban de él en 1974, en una conversación que es ahora una noticia vieja, algo que parece un tratado sobre el mundo o un murmullo de pasillo. “Me pregunto si hay un sonido que pueda unir cosas”, decía Bowie. “Tienen sonidos que controlan las manifestaciones basadas en las ondas de sonido”, respondía Burroughs. Y esa idea retorna ahora, cuando vuelves a oír las grabaciones de las transmisiones del bombardeo a La Moneda en el 73. Son inquietantes y terribles, todo está ahí. Recuerdas haber escuchado esas grabaciones hace años, cuando Patricia Verdugo publicó Interferencia secreta y reconociste en ellas una novela hecha con esas voces, con esos pedazos de horror inesperados. Son las voces de los figurantes de un relato que conspiran (Leigh, Pinochet, sus subordinados), dan órdenes, exhibiéndose a sí mismos en medio del golpe de Estado, buscando el protagonismo en medio del despliegue de las tanquetas, de los rumores sobre la situación vital de Allende, entre los avisos del despegue de los aviones que van a atacar el palacio. Estaba ahí el relato minuto a minuto, como si se estuviese creando un acento o una lengua nueva, una pronunciación que prefiguraba lo que vendría. Sí, piensas en el ruido negro, en el sonido de las máquinas y los aparatos de radio y los parlantes y la respiración de los conspiradores, en la ausencia de toda piedad y la crueldad feliz de Pinochet, de los oficiales que reciben sus órdenes, en la estática y el modo en que cada frase cortada, cada saludo o cada respuesta se presenta precedida o seguida por una suerte de velo que se rompe, un sonido eléctrico que se oye como un papel rasgado o la banda de música de una guerra que no es tal.

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Y todo vuelve ahora, 50 años después, como un apunte o una línea de sombra, como esos cuerpos atrapados en el hielo que el sol libera después de siglos o milenios: esos minutos que transcurren en una manana eterna, que aún no termina porque sigue siendo 11 de septiembre en Chile, como si ese día, como en el libro de Zurita, nunca llegase a su fin.

Y todo vuelve ahora, 50 años después, como un apunte o una línea de sombra, como esos cuerpos atrapados en el hielo que el sol libera después de siglos o milenios: esos minutos que transcurren en una manana eterna, que aún no termina porque sigue siendo 11 de septiembre en Chile, como si ese día, como en el libro de Zurita, nunca llegase a su fin. Así que los escuchas de nuevo y piensas que esos sonidos (¿cuántas veces puedes hacerlo?, ¿buscas un enigma ahí?), esas órdenes, esos ruidos de los aparatos de radio militares prendiéndose y apagándose, esperando instrucciones para lanzar sobre el centro de Santiago los aviones y las bombas, son el reverso del discurso de Allende, como si su prosa breve y seca y violenta huyese del tono triste del presidente que espera su minuto final y trata de sonar tranquilo en medio del humo y las bombas y el fuego, porque sabe que su voz es lo que quedará de él; no su imagen o sus actos o su vida o las anécdotas de su vida, sino ese discurso que toma la tragedia y la convierte en épica, mientras ofrece alguna forma de consuelo y redacta una poesía de lo inmediato que atesora imágenes posibles, porque eso es lo que sobrevivirá: todas esas alamedas abiertas como un futuro posible. Eso es lo que rescataremos del fuego, piensas, la silueta y la voz de un hombre que se despide de los suyos, que sabe que no hay vuelta, que se llama a sí mismo compañero, y por lo tanto, le pide al resto que tenga cuidado, a la vez que se despide de las mujeres y de los jóvenes, de los trabajadores, caminando hacia su propia extinción mientras entra en el sueño y se hace parte de él y todo cae, las antenas de las radios son bombardeadas y detrás suyo explotan más voces, una suerte de agitación que su discurso parece despejar para dejarlo a solas en un palacio que será una ruina, que será el blanco de las bombas, el pasto de las llamas. Mientras, el ruido turbio de las comunicaciones militares se despliega en órdenes ansiosas y avisos de exterminio. Mientras, la voz de Allende se deshace, es desmantelada por los bandos militares que suenan por la radio, por las grabaciones de las órdenes de los generales que asaltan La Moneda. Puras voces vueltas pedazos, puros fragmentos hechos de espanto. La voz aguda y estridente de Pinochet, las órdenes de bombardear las radios pirata, la sospecha de que Allende está armado (un fusil, 30 tiros), los ultimátum, los bandos militares, la búsqueda paranoica de activistas extranjeros, la ley marcial, en este país no se aceptan actitudes violentistas, deben deponer toda actitud extrema, todo el que sea sorprendido con armas o explosivos será ejecutado de inmediato, la tropa debe ponerse un pañuelo blanco para que los aviadores los vean; a las 12 en punto vendrá el bombardeo; a las 11 hay que atacar La Moneda, porque este gallo no se va a entregar; el avión se cae, viejo, cuando vaya volando; que lo echen en un cajón y lo embarquen en un avión, viejo, junto con la familia, que el entierro lo hagan en otra parte, en Cuba; se mata la perra, se acaba la leva.

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Porque eso era la dictadura, un murmullo que no era tal y que vuelve ahora, que no se ha ido, que no se irá. Nada se va nunca. Todo está en todas las cosas, dijo Pitol alguna vez. En los 60, autores como Guillermo Atías y Fernando Alegría seguían escribiendo de la Masacre del Seguro Obrero. Sus novelas volvían sobre los muertos del 38 para entender el pasado y su juventud perdida, que también consistía en un país perdido y la idea de un futuro trágico. Ahora ese sonido regresa. Ahora la memoria (tu memoria, en realidad) está rodeada por una colección de piezas, de momentos, de fragmentos que se unen, que existen en la sombra. Pedazos. Voces. Canciones. Versos sueltos. Fragmentos. El Golpe es eso, quizás, una música secreta que no se fue nunca, que siguió pegada en la memoria o en el borde de un oído, acaso un velo. Como si la Radio Cooperativa hubiese seguido sonando siempre al lado de las fanfarrias de Sábado Gigante, de las voces de los trabajadores desempleados que salían en Cuanto vale el show y El festival de la una y esos estelares del mediodía hechos de una varieté del hambre mientras aparecía Zalo Reyes o alguien que cantaba las canciones de Zalo Reyes, en el sonido de Radio Moscú en la madrugada, en el ruido blanco de los teléfonos públicos, donde los amigos de tus padres llamaban desde Alemania o Bélgica (una voz extranjera, a veces un grito o una bocina al fondo o simplemente el silencio electrificado a la espera de una palabra que atravesaba el mar y dos o tres continentes), en el modo en que se acoplaban los parlantes de la escuela en un patio lleno de escarcha, en la carta de ajuste y el pitido que parecía extenderse por minutos u horas, en el modo en que las películas sonaban en todos esos cines (que no se llamaban cines sino teatros) ya extinguidos, como el Metro de Valparaíso, el Olimpo y el Rex de Vina del Mar, el Velarde de Quilpué, el Pompeya de Villa Alemana; en todos ellos podías oír cómo la película se desenrollaba en una máquina que vomitaba luz y, detrás de ella, un traqueteo incesante, los fotogramas como una percusión del motor de la proyectora, otra manera de desplegar el tiempo y atrapar el mundo.

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Carátula del casete ¡Viva Chile! (1986), de la banda Electrodomésticos.

Sigues. La memoria funciona por cortocircuitos, por saltos inesperados; después esos saltos se convierten en un patrón, en la sugerencia de un relato: te das cuenta de que esas transmisiones, que esos bandos militares, que todo ese ruido negro existe en una línea que termina, que se abre o que se cierra en ¡Viva Chile!, el primer disco de Electrodomésticos, que se lanzó en 1986 pero puede remontarse a 1973 y saltar hacia los 90, huir hasta el presente. Y sí, te sabes de memoria esas canciones, que no son canciones sino fragmentos, piezas que recogen lo que está en el aire, con lo que existe o quedó en el éter, en la calle, en el pavimento o la tierra o al interior del oído que es también el interior de la memoria. Porque en ese disco está todo, es un documental, un artefacto, un dossier de found footage, un archivo criminal, un álbum lleno de basura psíquica, lleno de discursos de odio, sermones evangélicos, avisos publicitarios y predicciones de adivinas. Recuerdas: lo escuchaste en casete (el vinilo estaba extinguido en Chile cuando eras adolescente) o alguien te habló en el colegio y con algún amigo, a comienzos de los 90, te preguntaste si la música podía ser eso, si la literatura era eso, si lo que había que hacer era salir a buscar una banda sonora que organizara o reprodujese el ruido del mundo, para preservar y darles sentido a los pedazos de la realidad. Porque, pensabas, había que estar atento tal y como estaba atento Carlos Cabezas en “Yo la quería”, cuando se calzaba la voz de un asesino, aunque lo que podías reconocer en la canción era algo más que una confesión, era el resumen de lo que estaba en el aire y que se desplegaba con una tranquilidad pasmosa, con una naturalidad (“Había pasado a cortarme el pelo ese día”) que anclaba el tema en otro lugar, en una suerte de violencia ambiental, como si la vida en la dictadura pudiese explicarse, de nuevo, con otra metáfora extrema, la del crimen vuelto ritmo o el mapa de los cuerpos sobre el paisaje: la normalidad de la crónica roja y lo que decía y no decía se había convertido en la poesía sucia de la ciudad, en una literatura que no era literatura, que era apenas música, acaso un noticiario invisible hecho de señales secretas, quizás una forma de encontrarse en la noche. De nuevo: todo está ahí. Los Electrodomésticos están registrando el sonido del presente, un mundo hecho de pausas comerciales, de melodías publicitarias, de dibujos animados. El grupo construye un arte que existe entre el archivo y la invención, como si apuntara la banda sonora de una película mental, de una película que no existe, pero que todos reconocen, que todos habitan. Ese disco completa el discurso de Allende, lo deshace. Los Electrodomésticos trabajan desde ese silencio y esa imposibilidad. Construyen un arte que se nutre del desierto de lo real y convierten lo banal en una forma de la extrañeza para que el auditor pueda darse cuenta de lo deforme o violento de lo cotidiano, de las máscaras que definen el pop, ya no como un arte fabricado sino como algo más bien parecido a un objet trouvé, una ruina habitada por el espectro de Yolanda Sultana, de los dibujos animados de Walter Lanz y las voces de Hitler y Jimmy Swaggart, entre los samplers y las guitarras frenéticas de Medina y Cabezas y una percusión que corresponde a una pista de baile, a una fiesta imposible, peligrosa y secreta.

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Vuelves al inicio, a esos viajes en tren en las mañanas de la década del 80. Recuerdas: amanecía y podías ver las armas de los soldados desde la ventana del tren, todos esos fusiles sostenidos por los muchachos a los pies de cerros secos o cruces de caminos, mientras los ecos de la radio pegada a la oreja del hombre del abrigo de marino rebotaban amortiguados y no se podían distinguir las palabras unas de otras. La radio estaba sintonizada en alguna frecuencia AM de la que solo podías escuchar una chicharreo, una niebla de estática. No sabías si eran noticias o música. El chicharreo era una masa opaca, como si perteneciese o fuese la misma discoteca imposible donde Los Electrodomésticos saqueaban la realidad para construir una novela que se elevaba por sobre cualquier idea de novela, porque su sintaxis estaba tejida de ese ruido negro, un relato parecía venir de la oscuridad y existir como alguna clase de misterio. Usted sabe, poh, el trago lo pone ciego a uno, qué le costaba esperar un poco, qué le costaba esperar; sírvase una empanadita; pero cómo besa este gitano; el futuro de Chile, ¿dónde está?; el futuro de Chile, ¿dónde está?; el futuro de Chile, ¿dónde está?; viva Chile, viva Chile, viva Chile.

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