Insidias diaboli

En este prólogo a su nueva edición de La endemoniada de Santiago, la crónica del presbítero José Raimundo Zisternas sobre el exorcismo de la joven Carmen Marín publicada originalmente en 1857, el autor de Prat, Antipop y El cielo rojo del norte sugiere que “puede leerse como una postal del Santiago de mediados del siglo XIX: una ciudad en desarrollo, pero sin matices. Por un lado, la urbe ilustrada, limpia, cristiana y, por otro, una inmensa cloaca de infección y de vicio, de crimen y de peste”.

por Patricio Jara I 13 Enero 2026

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“El diablo es, sobre todo, un moderno.
Un amigo de las novedades”.
Manuel Rivas

Fue el presbítero José Raimundo Zisternas el primero en dejar por escrito la historia de Carmen Marín. Antes de los informes clínicos y del debate entre religión y ciencia, él respondió en su condición de sacerdote al llamado de los vecinos que pedían ayuda para una muchacha de comportamiento tan alborotado como inexplicable y que varios pronto comenzaron a dar por espirituada. Zisternas fue al hospicio donde se alojaba. Primero estuvo solo, luego en compañía de otros sacerdotes y personas de confianza, entre ellos varios médicos a los que solicitó informar del caso, hasta que finalmente no tuvo dudas: era necesario un exorcismo.

El relato pormenorizado de lo que ocurrió aquellos días es acaso la crónica más aterradora que recuerde la historia de Chile. Y si bien a algunos puede costarles creer en relatos sobre encantamientos, posesiones y asedios espectrales, cada cierto tiempo llegan noticias desde diversas partes del mundo que nos llevan a repasar lo ocurrido en calle de la Maestranza, ahora avenida Portugal. Algunas, por cierto, son bastante similares, como el exorcismo que habría ocurrido en 2011 en un convento en el sur de Chile y cuyos detalles se difundieron por redes sociales recientemente; testimonios que parecen repetirse desde los tiempos de las endemoniadas de Loudun, cuando en 1634 se conoció un incidente en la comunidad de las monjas ursulinas de aquella ciudad francesa.

Termina el invierno de 1857 en Santiago de Chile. Han sido semanas más frías que lluviosas. Bien lo sabe Zisternas que ha pasado las últimas noches escribiendo. Tiene ante sí las siete páginas que consiguió redactar, las siete últimas que sumará a las otras 20 guardadas en su estuche de cuero rojizo. Ha sido un trabajo contra el tiempo. Cuánto hubiera querido una semana más para decir mejor todo lo que ha dicho, pero el plazo del arzobispo Rafael Valentín Valdivieso ha sido tajante: por el bien de la arquidiócesis, Zisternas deberá terminar su informe y llevarlo a la imprenta cuanto antes. De modo que vuelve a contar los pliegos, asegurándose de que ninguno se haya traspapelado, de que nada se diga antes ni después de su debido tiempo ni haya idea inconclusa ni palabra engañosa conforme avanzan los renglones. Es lo menos que desearía mientras Su Santidad lea el relato de las cosas que ocurrieron, cuando conozca la historia de esa chiquilla llamada Carmen Marín a quien Zisternas, luego de seis días tan largos como el invierno, logró por fin sacarle al diablo que se le había metido dentro.

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El detalle de los acontecimientos que el presbítero entregó al arzobispo no fue, ni por lejos, el fin del caso de Carmen Marín, quien, como era de esperar, comenzó a ser conocida como la endemoniada, sobre todo luego de que la prensa se hiciera cargo de la noticia. Y si bien de la muchacha nunca más se supo una vez realizado el exorcismo, todo cuanto ocurrió en el Hospicio de Santiago dio paso a uno de los debates más notables de los primeros años de la historia de Chile: el enfrentamiento de dos concepciones. Por un lado, la fe religiosa, empeñada en demostrar que lo ocurrido con la muchacha era, en efecto, un caso de posesión demoníaca, y por otro, el conocimiento médico-científico que situaba al fenómeno como un severo caso de histeria explicable desde las ciencias naturales a pesar de sus extrañas singularidades.

Al momento del exorcismo, Zisternas llevaba 10 años de sacerdocio. Era un hombre joven pero también alguien decidido a imponer sus convicciones y los mandatos de la iglesia en la comunidad. De hecho, tres años después del episodio, en abril de 1860, publicaría el folleto titulado Tres instrucciones mui útiles a los fieles, dos sobre el baile i otra sobre los enamoramientos, por el cual la Intendencia de Santiago lo multó con 25 pesos por no remitir oportunamente los ejemplares exigidos por la ley para su examinación antes de su venta y publicidad.

Zisternas aceptó la sanción, pero no detuvo su empeño por alertar sobre las tentaciones de la carne. La primera parte del folleto trata “de los pecados que nacen del baile”; la segunda, “de los funestos efectos que produce el trato libre entre jóvenes de distinto sexo”, mientras que la tercera se refiere a “la confianza que debe tenerse en Dios cuando se sufren malas tentaciones o sequedad de espíritu”.

Pero las repercusiones del impreso no quedaron allí. A los pocos días de circular, el intendente Francisco Bascuñán Guerrero recibió una nota descriptiva de la obra la cual hacía mención a “un excesivo celo por el bien espiritual de los cristianos”, que “está escrita en un lenguaje tan vulgar que lo reprueba la cultura del siglo y la pureza de nuestra religión”, para rematar con que, a la hora del instinto y la pasión, Zisternas compara la parte del hombre “con la escopeta”.

La vida pública del sacerdote, sin embargo, no se detendría. En 1871 asumió como administrador del coro de la Catedral de Santiago, cargo que tuvo hasta el comienzo de la Guerra del Pacífico, cuando se enlistó como voluntario y la intendencia general del Ejército lo nombró director de los hospitales del norte. Tuvo bajo su control la organización económica de las ambulancias militares instaladas en el puerto ocupado de Antofagasta.

Zisternas había luchado contra el demonio y no hubo miedos terrenales que lo hicieran retroceder. Era un hombre de fe, además de un patriota ejemplar. A nadie iba a extrañarle que volviera ileso de la guerra.

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Aquel 1857 fue un año convulso. Comenzó con el asesinato del arzobispo de París, Marie Sibour, apuñalado por otro sacerdote en la iglesia St. Etienne du Mont. Al parecer, hubo más que desacuerdos doctrinarios en la motivación del crimen.

Poco después se publicaba El libro de los espíritus, el cual convirtió a Allan Kardec, su autor, en celebridad. De un momento a otro, el espiritismo se transformó en una instancia de reuniones sociales y sin complejos. Poco tiempo pasaría para que en Santiago y en las principales ciudades también comenzara a practicarse.

Fue también una temporada de catástrofes. California, Nápoles y Shamaji, en Azerbaiyán, sufrieron terremotos por sobre los 7.0 grados y causaron gran devastación.

En Chile, mientras, se inauguraba el Teatro Municipal de Santiago y el alumbrado público de lámparas de aceite era sustituido por faroles de gas. En las reuniones sociales más refinadas circulaba el primer número de la revista Ciencias i Letras, publicada por pensadores liberales chilenos, al tiempo que comenzaba a hablarse de un libro novedoso y muy recomendable: Las flores del mal.

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Todo cuanto ocurrió en el Hospicio de Santiago dio paso a uno de los debates más notables de los primeros años de la historia de Chile: el enfrentamiento de dos concepciones. Por un lado, la fe religiosa, empeñada en demostrar que lo ocurrido con la muchacha era, en efecto, un caso de posesión demoníaca, y por otro, el conocimiento médico-científico que situaba al fenómeno como un severo caso de histeria explicable desde las ciencias naturales a pesar de sus extrañas singularidades.

El informe sobre Carmen Marín entró a la imprenta del Conservador y se convirtió en un libro de 36 páginas a doble columna del que aún se conserva una copia en la Biblioteca Nacional. Está fechado en octubre y su título completo fue Relación hecha al Señor Arzobispo por el presbítero don José Raimundo Zisternas, sobre las observaciones verificadas en una joven que se dice espirituada, acompañada de los informes de varios facultativos que practicaron sus reconocimientos profesionales, expresando en estos el juicio que se han formado sobre semejante fenómeno. Pese a lo aterrador del relato y las descripciones de los rituales en el caso, no se menciona la palabra exorcista. En cualquier caso, la falta de referencias bibliográficas hace suponer que este impreso no tuvo difusión más allá del ámbito religioso.

La narración del suceso volvería a ser rescatada a fines de ese mismo año, esta vez compilada por el médico y profesor de ciencias Manuel Antonio Carmona. Publicado en Valparaíso y con exactamente 200 páginas más que el de Zisternas, fue supervisado por el propio Carmona, aquel facultativo competente, quien, por lo demás, integró la decena de especialistas que examinó a Carmen Marín mientras estuvo internada. Tal diferencia de páginas se explica porque su evaluación no alcanzó a estar terminada al momento en que el presbítero llevó su informe a imprenta y ahora se añadía siguiendo la correlación de fechas.

El valor del trabajo de Zisternas y Carmona es incuestionable, no sólo por su esfuerzo en profundizar en el caso —atendiendo consideraciones científicas y religiosas—, también porque el debate a partir de la endemoniada impulsó lo que hoy se reconoce como el hito fundacional de la psiquiatría chilena y su nacimiento a la vida científica. El estudio de los trastornos de Carmen Marín obligó a los médicos a instaurar una mirada clínica, a normar un diagnóstico y a no resolver, como era la usanza, enviando a los pacientes a la casa de locos del barrio Yungay. Todo esto, por lo demás, ocurría casi 40 años antes de las primeras publicaciones hechas por Freud y Breuer en el estudio del subconsciente.

La historia de Carmen Marín puede leerse como una postal del Santiago de mediados del siglo XIX: una ciudad en desarrollo, pero sin matices. Por un lado, la urbe ilustrada, limpia, cristiana y, por otro, una inmensa cloaca de infección y de vicio, de crimen y de peste. “Un verdadero potrero de muerte”, en palabras de Vicuña Mackenna. La opulencia, las buenas costumbres y el acceso a la modernidad, al pensamiento positivista, a los avances tecnológicos y, más allá, un abismo del que la Intendencia de Santiago denuncia “el desaseo de la comunidad, los malos hábitos que ha entrañado el vecindario, la suma considerable de ranchos existentes, la habitación de familias numerosas en piezas redondas y pequeñas, en que ordinariamente hacen el depósito de sus necesidades, hasta que las sombras de la noche proporcionan arrojarlas sin pudor… son elementos abundantísimos de putrefacción que atacan la salud y comprometen la existencia”.

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La endemoniada de Santiago no es desconocida dentro de la literatura chilena. Braulio Arenas llamó así a una novela publicada originalmente en Venezuela en 1969 y si bien admitió que la trama fue inspirada en el caso de Carmen Marín, el resultado final está lejos de la brutalidad del exorcismo de la calle de la Maestranza. De hecho, meses antes de que entrara a librerías la edición nacional, en 1974, la prensa destacaba “el expresionismo visual con que maneja Arenas la narración puede hacer presumir una cautelosa zambullida por lo onírico, un manejo de contrapunto entre esa fantasmagoría nostálgica con que es presentada la Santiago de 1929 y la evasión febril de un adolescente hacia las cómodas extensiones de la fantasía”.

Un dato curioso al respecto es el interés de Alejandro Ciccarelli, fundador y primer director de la Academia de Pintura de Chile, por retratar a Carmen Marín en el momento del exorcismo. Si bien estuvo allí, no se conoce registro de los bocetos que hizo. De hecho, pasaría mucho tiempo para que hubiera una representación a la altura de los hechos. Esta es obra del pintor Daniel Corcuera, quien en 2015 recibió el encargo de la banda nacional Unaussprechlichen Kulten para la cubierta de uno de sus singles, titulado La mujer, el Diablo y el permiso de Dios. Ese mismo año TVN emitió la teleserie La poseída, así como la compositora chilena Valeria Valle escribió, años antes, el libreto de una ópera “en dos actos y seis escenas para seis cantantes y orquesta de cámara” hoy disponible en Scribd.

La historia de la endemoniada estuvo confinada al campo de los especialistas. No extraña, entonces, que tuviera el carácter de descubrimiento cuando en 1974 el neurólogo y psiquiatra Armando Roa lo incluyó en su ensayo Demonio y psiquiatría. Aparición de la conciencia científica en Chile.

Esta obra trajo de vuelta la conmoción social que generó el endemoniamiento —con sus hipótesis y argumentaciones de uno y otro bando—, y refrescó la disputa entre los médicos de entonces, quienes aprovecharon la tribuna que les abrió Carmen Marín para cobrarse viejas cuentas y dejaron a la muchacha en segundo plano.

Aunque hay más: la guerrilla entre los especialistas, sumada a la ácida mirada de la prensa de entonces, opacó el testimonio del presbítero Zisternas, quien prestó atención de manera genuina al caso de la endemoniada de Santiago y quien, por lo demás, fue el responsable de convocar uno a uno a los médicos protagonistas de esta historia para que dieran su opinión sin reservas.

El testimonio del sacerdote, por sobre la curiosidad histórica, tiene el valor de una verdad y de una convicción: un exorcismo siempre es más que un enfrentamiento entre la luz y los espíritus inmundos; es, al final, el poder de la palabra enfrentado al poder de las sombras.

Créase o no en estos episodios de diablería, allí está disponible a quien lo requiera el célebre De Exorcismis, libro ritual romano para proceder a la expulsión de los demonios. Publicado en 1614 y modificado en 1998, constituye hoy el documento oficial de la iglesia católica para realizar exorcismos. La introducción del manual está firmada por el cardenal chileno y prefecto emérito Jorge Medina, quien asegura que la Iglesia católica instituyó los exorcismos “para que, a través de ellos, imitando la caridad de Cristo, fueran curados los poseídos por el Maligno, y expulsados los demonios en nombre de Dios, de modo de evitar a las criaturas humanas todo perjuicio”.

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El volumen que ahora se presenta tomó dos años de trabajo. Apareció originalmente a mediados de 2010 y ahora vuelve publicarse en una edición revisada. En sus inicios, esta investigación se orientó a la escritura de una novela a partir de hechos reales y comprobados, pero pudo más la fuerza de la crónica de Zisternas, su informe y su testimonio como exorcista. De manera que salvo ajustes formales —como la incorporación de los exámenes médicos dentro del relato y no al modo de anexos; adjuntar las conclusiones de aquellos textos fechados con posterioridad al documento remitido por Zisternas al arzobispo; la división por capítulos del relato y, finalmente, la reconstrucción del diálogo del exorcismo a partir de fragmentos—, aquí está íntegramente el relato de los sucesos ocurridos aquel invierno de 1857.

2010-2025

 


La endemoniada de Santiago, José Raimundo Zisternas, edición de Patricio Jara, Alfaguara, 2026, 192 páginas, $16.000.

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