La nebulosa crisis de influenza de 1918

¿Por qué el terremoto de Chillán ocupa un lugar central en nuestra memoria y la influenza de 1918 apenas es recordada? Es una pregunta válida, si pensamos que en el terremoto murieron 24 mil personas, mucho menos que durante la epidemia, donde se calculan unos 40 mil fallecidos. Este ensayo es una inmersión en los archivos de la época, con el fin de saber cómo se vivieron esos largos meses de infección y dolor. O mejor: para vislumbrar si la cuarentena y las mascarillas y los muertos de hoy también serán borrados por el olvido.

por Sebastián Edwards I 26 Junio 2020

Compartir:

Relacionados

Hernancito

por Álvaro Bisama

Xampurria

por Fernando Pairican

¿Cómo serán recordados, en muchos años más, estos meses de pandemia?

Mi pregunta no se refiere a qué dirán los li­bros de historia. Mi interés es la memoria colec­tiva, la manera en que el episodio será discutido en 30 o 40 años por quienes lo vivieron. Quiero saber cómo estas vivencias serán pasadas de generación en generación, lo que los abuelos les contarán a sus nie­tos sobre el año 2020.

Dice Paul Ricoeur que la memoria no es lo mis­mo que la historia. La primera tiene precedencia sobre la segunda; poco pueden hacer los historiadores contra los argumentos basados en un “yo lo viví, es­tuve ahí y lo experimenté”.

Siempre me extrañó que la epidemia de influenza de 1918 –la gripe española– no ocupara un lugar pro­minente en nuestra memoria colectiva. No se enseña en el colegio ni es parte del baúl de los recuerdos de las familias chilenas.

¿Por qué?

Le pregunto a mi madre octogenaria si alguno de nuestros antepasados murió de complicaciones de la influenza. Me dice que cree que no. Agrega que nunca se comentó de algún deceso, debido a la gripe, en nuestra familia. Le pido que averigüe entre sus amigas y a los pocos días me confirma lo que yo sospechaba: nadie recuerda haber escuchado de víctimas de la “Pesadilla”. Es difícil creer que ningún conocido haya sucumbido ante la influenza. Después de todo, se estima que en Chile más de 40 mil personas murieron entre 1917 y 1921. Entonces le pregunto a mi madre sobre otras calamidades nacionales. Ahí cambia su tono de voz, y la veo sonreír a través del Zoom. Me dice que siempre se comentó de la mucha gente conocida –parientes, amigos– que falleció en el terremoto de Chillán de 1939. “Fue algo horrible”, asevera con una voz grave. Agrega que la madre de una tía murió aplastada por una pared de adobe. “¿La mamá de Techy?”, pregunto. Me dice que sí.

¿Por qué está Chillán en nuestra memoria y no la influenza de 1918? Es una pregunta válida. Después de todo, en el terremoto murieron 24 mil personas, mucho menos que durante la pandemia.

Varios aspectos de la cobertura noticiosa llaman la atención. Los médicos no pueden ponerse de acuerdo si la mayoría de los casos son de tifus o de influenza. Hay debates, recriminaciones y acusaciones. Además, la prensa habla del tema como si se tratara de una en­fermedad que afecta, esencialmente, a los pobres.

En mi esfuerzo por entender me sumerjo en los ar­chivos de la época. Quiero saber cómo se vivieron esos largos meses de infección y dolor. Quiero compararlo con lo que está pasando un siglo después.

Empecemos con las cifras: en Chile, la influenza es­pañola fue particularmente severa durante 1919, cuan­do murieron casi 24 mil personas, de un total de 40 mil fallecidos. Fue devastadora en Santiago, Biobío, Chiloé y Magallanes.

El primer artículo de prensa sobre la gripe fue publicado por La Nación el 15 de octubre de 1918. Un mínimo recuadro en las páginas interiores lleva como título: “Una epidemia a las puertas de Santiago”. La nota empieza así: “En la tarde de ayer han llegado a la alcaldía algunos denuncios de personas que merecen fe, de haber aparecido la influenza española en el barrio ultra Mapocho, en donde se han observado varios ca­sos de esta enfermedad que azota últimamente, según se nos informa, a algunos pueblos de España” (el én­fasis es mío).

Al día siguiente, tanto El Mercurio como La Nación y El Diario Ilustrado informan que más de un centenar de personas infectadas han llegado al hospital de San Vicente. Según La Nación, en una “posada obrera” en Santa Filomena esquina de Recoleta hay una gran can­tidad de personas afectadas. El alcalde, asegura el pe­riodista, se comprometió a desalojar los conventillos y a desinfectar la zona.

 

Archivos de prensa de la época.

Durante el resto de octubre, el periódico La Nación publica 17 artículos sobre la epidemia. Ninguno de ellos en portada. Tampoco se publica un editorial. En las pá­ginas del diario empieza a aparecer propaganda sobre posibles medicinas que ayudan a prevenir o curar la in­fluenza. Hoy sabemos que ninguna de ellas es efectiva.

Varios aspectos de la cobertura noticiosa llaman la atención. Los médicos no pueden ponerse de acuerdo si la mayoría de los casos son de tifus o de influenza. Hay debates, recriminaciones y acusaciones. Además, la prensa habla del tema como si se tratara de una en­fermedad que afecta, esencialmente, a los pobres. Es un mal de la Chimba y de la zona ultra Mapocho –iró­nicamente, este es el barrio del que proviene el pro­pietario de La Nación, el senador Eliodoro Yáñez–, y es producto de la falta de higiene entre la gente del pueblo. Cuando, semanas más tarde, empiezan a apare­cer las noticias de “personas de sociedad” fallecidas, el diario es cuidadoso en no decir que han sido víctimas de la pandemia. Eso es así aun cuando se informa sobre la muerte del presidente de Brasil, el señor Francisco de Paula Rodrigues, quien todo el mundo sabe que murió por complicaciones de la influenza.

Son escasas las noticias sobre el aspecto global de la enfermedad. Se menciona desde luego a España, y hay un puñado de noticias sobre Argentina, Uruguay y Brasil. Pero, a pesar de que cada día el diario dedica cuatro o cinco páginas a los avances de los Aliados en las últimas semanas de la Gran Guerra, nada se dice so­bre el devastador efecto que tiene la epidemia sobre los distintos ejércitos. Lo interesante es que tan solo du­rante octubre de 1918, The New York Times publicó 269 artículos sobre la epidemia de influenza; 16 de ellos en la portada. También publicó cinco editoriales.

El 28 de octubre La Nación reconoce la magnitud de la crisis, e informa que el número de personas que ingresan a los distintos hospitales excede, con mucho, a los que son dados de alta. Un número elevado de pa­cientes son rechazados por falta de camas.

La primera información en portada publicada por La Nación aparece el 15 de enero: en la esquina inferior derecha de la primera página hay una fotografía de cua­tro ciudadanos chilenos con máscaras muy parecidas a las usadas en estos días. El titular es “Contra la influen­za”, y bajo la foto se explica, como una curiosidad, que en Estados Unidos las personas son obligadas a cubrir­se para no transmitir la enfermedad. Quien no usa la mascarilla debe pagar una multa de 10 dólares (unos 700 dólares de hoy). Entre las personas en la foto se encuentra Amanda Labarca, la educadora y feminista. Quince días después, el 30 de enero de 1919, La Nación publica su primer editorial sobre la epidemia. Reconoce que debido a otros “acontecimientos importantes, que se han llevado gran parte de la atención pública”, el go­bierno no se ha enfocado en la alarmante epidemia.

Son escasas las noticias sobre el aspecto global de la enfermedad. Se menciona desde luego a España, y hay un puñado de noticias sobre Argentina, Uruguay y Brasil. Pero, a pesar de que cada día el diario dedica cuatro o cinco páginas a los avances de los Aliados en las últimas semanas de la Gran Guerra, nada se dice so­bre el devastador efecto que tiene la epidemia sobre los distintos ejércitos.

El 19 de agosto de 1919, el periódico publica un in­forme del director general de Sanidad. Afirma que ya no hay tifus en el país. La influenza, reconoce, es otra cosa. Dice el funcionario: “Esta enfermedad es de tan rápida propagación que la profilaxia pública es casi nula, porque el aislamiento de los enfermos no puede efectuarse con eficacia… El Código Sanitario no in­cluye en su artículo 52 la gripe entre las enfermedades que deben ser declaradas, ni obliga al aislamiento de los enfermos”.

Descubro en las páginas del diario que el 20 de diciembre falleció, víctima de complicaciones de la influenza, un tío de mi madre. Mi tío bisabuelo Juan Bianchi Tupper. Me pregunto por qué mi abuela nun­ca mencionó el hecho. En ese entonces ella tenía 14 años, y debe haber sentido el dolor de su madre, Rosa­lía Bianchi de Yáñez. Para mí, es una confirmación de que la pandemia se perdió en nuestra memoria.

Sigo sumido en los archivos, y empiezo a ocupar­me de otros temas de la época. Constato que, hasta cierto modo, Chile es como la Sicilia de El Gatopardo: mucho cambia, pero todo sigue igual. Los entuertos políticos son similares a los de hace 100 años; las crisis de gabinete, las relaciones internacionales, las discusiones sobre política económica. Lo más impre­sionante, quizás, es la Guía Profesional en las últimas páginas. Muchos de los apellidos de los grandes abo­gados son los mismos que los de ahora. Un Chile que gira y gira sobre sí mismo.

En cierto modo mi búsqueda es un fracaso. Sigo sin entender por qué la gripe española de 1918 desapa­reció de nuestras remembranzas nacionales. ¿Sufrirá la peste del 2020 el mismo futuro? ¿Iremos olvidando la cuarentena y las máscaras, poco a poco?