Te bautizo en nombre del diablo

Melville escribió Moby Dick a partir de su experiencia a bordo del Acushnet (por todo equipaje, una camisa de franela y dos pantalones de lona), la que complementó con lecturas sobre los gajes del oficio. Para él, la Ballena Blanca era el monstruo más terrible en sobrevivir al Diluvio. Testimonio tras testimonio, la misma historia: ballenas que embestían barcos o que reducían botes a astillas, masticándolos o azotándolos con la cola, un golpe, se decía, tan fulminante como la ira de Dios.

por Manuel Vicuña I 30 Enero 2020

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En algún momento de la Edad Media, alguien punzó la cabeza de un cachalote y, en retorno, obtuvo la emanación de esperma, ese aceite ceroso parecido al semen, que siglos más tarde, convertido en velas, alumbraría las noches de las ciudades y los pueblos. La matanza de ballenas impulsó la expansión del capitalismo, diversificando los bienes de consumo, y ayudó a poner en movimiento el mecanismo de la Revolución Industrial. El aceite se utilizaba en la producción de medicamentos, pinturas, fertilizantes, jabones y betunes. A su tiempo, también sirvió para engrasar las máquinas a vapor. Las barbas de la ballena azul se usaban para hacer corsés y encordar raquetas de tenis. De esa “fuente de progreso” manó la primera generación de fortunas industriales de Estados Unidos.

En la jerarquía de los carnívoros, ningún dinosaurio superó en tamaño y voracidad al cachalote. Enfrentarlo en un ligero bote ballenero (seis tripulantes, un arpón de hierro, un balde con una cuerda humedecida de kilómetro y medio para retener la presa evadida a las profundidades, y una lanza para hincarle en el costado, junto a la aleta izquierda, hasta herir el corazón y los pulmones), quizá haya sido la proeza más demente del hombre, tan fascinado como soberbio ante la majestad de la Naturaleza encarnada en una bestia grácil de 50 toneladas.

Los balleneros empezaron a faenar en la zona del Cabo de Hornos alrededor de 1790, para compensar la merma brutal de la población de cachalotes del Atlántico norte y de Groenlandia, luego de arponearlos a destajo. Los patrones de las compañías pesqueras devoraban los relatos de los expedicionarios de los mares australes en busca de islas, canales, estuarios, bahías y estrechos en cuyas aguas todavía pululaban las ballenas confiadas que nadaban sobre sus lomos, batían sus aletas y saltaban y resoplaban junto a los barcos, salpicando la cubierta. Antes de 1800, una plaga de barcos británicos se adentró en el Atlántico sur, para seguir la ruta del Pacífico en procura de las codiciadas ballenas, reventando a sus tripulaciones, si era necesario, con tal de darles caza. A la vuelta de los años, cientos de balleneros llegaron arponeándolas hasta las costas de Australia, Tasmania, Nueva Zelanda e incluso Japón. En ese entonces, el Cabo de Hornos era conocido como el “cementerio de los barcos a vela”. En invierno, solo cuatro horas de luz, el azote del hielo en la cara y el bramar de las olas espantando el sueño. Las ropas, siempre menos de las necesarias, se congelan. Cualquier movimiento es seguido de las magulladuras que produce el roce con el hielo. Los hombres caen en tal estado de abatimiento, que los capitanes a veces gritan las órdenes con una pistola cargada en cada mano.

En la época de Melville ya se hablaba de una ‘guerra de exterminio’ peleada con manía, pavor y codicia. El instinto gregario de las ballenas coincide con el de los elefantes, y eso las volvió más vulnerables: las hembras y las crías huían cuando se atacaba a los machos, pero en la situación inversa, toda la manada regresaba a prestar auxilio a las hembras y las crías, lo que facilitaba la masacre.

En tiempos de Herman Melville, la flota ballenera más numerosa del mundo operaba en los puertos de Nueva Inglaterra. A lugares como New Bedford, trono de los magnates cuáqueros, afluían, de todos lados, los enemigos del Leviatán. El ardor religioso de los grandes patrones de la industria impregnó de tonalidades teológicas el oficio, haciendo de la ballena una manifestación del Mal. El capitán Ahab se hizo eco de esa idea cuando llamó a Moby Dick el “escurridizo gran demonio de la vida de los mares”. En New Bedford, los gringos, los blancos, podían ser minoría en esa época, el boom de mediados del siglo XIX. Indígenas, nativos de las islas Azores, de Cabo Verde o de Nueva Guinea, se codeaban en los muelles con los negros fugados del sur esclavista, que se lanzaban al mar tras la sensación de libertad, para descubrir en el barco errante otro cautiverio, otro trabajo embrutecedor y otra tiranía, ya no la del capataz, sino la del capitán. El oficial Owen Chase, sobreviviente del Essex, un barco hundido por un cachalote que hizo historia, retrató a los balleneros de la época como “ermitaños del mar” en busca de olvido, gloria y riqueza “al borde del abismo”. En Moby Dick, Melville habla de la “carne pagana” de los balleneros, de caníbales y salvajes dispuestos a perseguir por aguas cálidas y gélidas, por los océanos Atlántico, Pacífico e Índico, a un monstruo capaz de sumergirse varios kilómetros en persecución de calamares. Las travesías arrebataban la vida de hombres que practican la devoción y la blasfemia, e invocaban, en los momentos de mayor peligro, a todos los dioses del panteón de náufragos; hombres tatuados que aplacan el sopor de las semanas sin avistamientos tallando dientes de ballena con imágenes sobre la épica del arponero, o adornándolos con cuerpos de mujeres de ensueño, figuras idealizadas de las putas que los esperan en los puertos. Allí también los esperan las esposas, las “viudas”, como les dicen, porque sus maridos se pasan la mayor parte del tiempo ausentes, navegando en el otro extremo del planeta. Las “viudas” sin vocación de santas se entregan al opio y maniobran un consolador de yeso bautizado “él–está–en–casa”.

Los balleneros contemporáneos de Melville aseguraban que los cachalotes machos (varios con cicatrices y lanzas y arpones clavados en recuerdo de batallas anteriores) disminuían en número a la par que crecían en espíritu vengativo, como si la memoria de la sangre derramada (“¡fuego en la chimenea!”, gritaban los cazadores, cuando la sangre por fin saltaba del surtidor) hubiese torcido su conducta. En ese entonces ya se hablaba de una “guerra de exterminio” peleada con manía, pavor y codicia. El instinto gregario de los cachalotes coincide con el de los elefantes, y eso los volvió más vulnerables: las hembras y las crías huían cuando se atacaba a los machos, pero en la situación inversa, toda la manada regresaba a prestar auxilio a las hembras y las crías, lo que facilitaba la masacre.

Melville escribió Moby Dick a partir de su experiencia a bordo del Acushnet (por todo equipaje, una camisa de franela y dos pantalones de lona), rematada con lecturas sobre los gajes del oficio. Testimonio tras testimonio, la misma historia: ballenas que embisten barcos y hunden o reducen los botes a astillas, masticándolos o azotándolos con la cola, cuyo golpe, tan fulminante como la ira divina, era conocido como la “mano de Dios”. Para darle vida a la Ballena Blanca, Melville no solo se inspiró en el cachalote que hundió de un cabezazo al Essex; tanto o más determinante resultó la historia del cachalote llamado Mocha Dick, porque su primer ataque a un bote ballenero sucedió cerca de la isla Mocha, frente a las costas de Arauco, en torno a 1810. En 1859, al momento de morir con los pulmones perforados por un ballenero sueco, Mocha Dick tenía a su cuenta la muerte de 30 hombres, si no más, y 19 arpones clavados en una piel surcada de cicatrices.

Melville decía que la Ballena Blanca era el monstruo más terrible en sobrevivir al Diluvio. Al principio quiso crear un bestseller, pero mientras avanzaba, enajenado por la intensidad de la escritura, le confesó a Hawthorne, a quien dedicaría la novela, que el motivo secreto del libro era: Ego no baptizo te in nomine patris, sed in nomine diaboli. “No te bautizo en el nombre del Padre, sino en nombre del Diablo”. Después que Hawthorne leyera el libro, le diera su bendición y exteriorizara todo el poder alegórico de la historia, Melville respondió: “He escrito un libro impío y me siento tan inmaculado como el cordero”.