
por Bruno Cuneo I 1 Octubre 2026
La lectura de Ensayo sobre el agua, el libro más reciente de Catalina Porzio, me dejó pensando en algunos libros que aprecio, que ella cita o que son afines a su tema, como Marca de agua de Joseph Brodsky, Las aguas estrechas de Julien Gracq, Historia de un arroyo de Élisée Reclus o La mar de Ignacio Balcells. Este último lo leí hace años por amistad (fuimos colegas por un tiempo), y si me animé a releer este verano sus casi 600 páginas, fue porque quise verificar si pasado un cuarto de siglo el libro podía aparecer por sí mismo o al margen de la familiaridad algo negligente con que lo leí en su momento. Estas cosas pasan en la realidad, pero también en las películas: en La familia, de Ettore Scola, un profesor jubilado le confiesa a su hermano haber sido incapaz en su momento de leer seriamente el manuscrito de su novela, aduciendo como excusa que se había basado en “un conocimiento directo del autor”, que era un flojo rematado.
Balcells, por el contrario, fue un escritor que trabajó mucho, y si hoy es desconocido, se debe, en parte, a que murió relativamente joven (a los 60 años, en 2005) y a que vivió varios años en la Ciudad Abierta de Ritoque, que era un tanto hermética, y después varios años más en Francia, tras decepcionarse de ese proyecto poético-arquitectónico, inspirado por el poema Amereida. Regresó al país a mediados de los 80 con una “idea poética” muy distinta en la cabeza, que lo mantuvo ocupado hasta su muerte y lo llevó a escribir varios libros, dos de los cuales, los más contundentes, fueron publicados a fines de los 90 por la Editorial Andrés Bello: El tiempo en la costa (1999), sobre sus vivencias como poeta avecindado en la caleta Quintay, y La mar (2000), sobre el mar de Chile y la humanidad que hace posible en su larguísimo litoral, que comparece aquí de tal manera que es como si nunca lo hubiésemos visto antes.
Para lograr esa visión o imagen poética del territorio, Balcells recorrió durante dos meses más de 1200 kilómetros de nuestra costa, trasladándose en un vehículo utilitario (“La Concha”) y tomando notas de cada una de las caletas pesqueras que visitaba, fijándose sobre todo en el paisaje, en la manera en que los pescadores se relacionan con el mar, cómo lo trabajan y lo nombran, y reseñando minuciosamente la literatura marítima universal o las vicisitudes del viaje: días y noches de lluvia intensa manejando o durmiendo en el vehículo, atascos en el barro o en las huellas de caminos apenas trazados, desvíos forzados hacia carreteras anodinas o noches pasadas en hoteles baratos cuando lo doblegaba el cansancio.
El libro es así lo que se llama un “diario de viaje”, pero si algo lo distingue de otros ejemplares del género es que se trata ante todo del diario de un poeta, es decir, es una narración, pero también un poema en prosa, porque la metáfora prima siempre sobre la trama y la “licencia articuladora del poeta” sobre el “celo catalogador del viajero”. No es raro por eso mismo que las obras más citadas en el libro sean la Odisea de Homero y El diario de viaje por la senda angosta del fin del mundo de Matsuo Basho, dos hermosas obras que honran el viaje con la metáfora, sobre todo el primero, “el gran poema de la hospitalidad”, dice Balcells, como la Ilíada, según Simone Weil, sería el gran poema de la fuerza. La hospitalidad, de hecho, es un tema central de La mar: el pueblo de la costa, se nos dice, es “el más benigno, el más hospitalario, el que tiene mayor imaginación moral para acoger al extraño y su extrañeza”; de lo que se colige que el de “tierra adentro” se complace, en cambio, en filtrar o cavarle zanjas al que llega.
Advierto que dejé atrás la “idea poética” que movilizaba a este poeta, y sin la cual no podría entenderse a cabalidad su libro: “El castellano de América”, dice Balcells, “es marino”, y siendo Chile el país más costino de todos, sería también el más poético, aunque sus poetas hasta ahora se hayan inclinado mucho más por la tierra, desamparándonos así del mar y de una “tradición poética marina”, cuyo poema inaugural debiese ser “La procesión de San Pedro y bendición del mar en Talcahuano” (1899), de Diego Dublé Urrutia. La misión del poeta, entonces, tendría que cambiar de signo: debe “abrir los oídos de su pueblo a las olas” y “convertir en marítima nuestra lengua”, atendiendo sobre todo a la lengua de los pescadores o los “cantores populares de costa”, como Arturo Ogaz, cuyos versos “los dolores que sufrí / fueron imparticulares”, en palabras de Balcells, “estarían a la altura de la pena extraordinaria” del pampino Martín Fierro.
Observaciones como estas abundan en el libro, que no se sustenta, sin embargo, solamente en una idea y en una inmensa cultura marítima, sino también en una emoción o sentimiento, que es el duelo, la melancolía o la incapacidad de desprenderse de una pérdida. Un hijo de Balcells, en efecto, se ahogó siendo niño en un estero y, si bien lo consolaba el hecho de que no hubiese muerto en el mar, que haya sido muy cerca de él marcaría para siempre su trabajo poético: nombrar el mar, en el fondo, para habérselas con la pena y no hundirse en los pozones de la bilis negra: “Cada frase que escribí sobre el mar se funda en la esperanza / de dar un paso sobre el mar en que me hundo”, dicen unos versos de la “Oda al Chungungo”, incluida en el libro.
De haberla encontrado a tiempo, me habría gustado compartirle esta y otra cita más a Catalina Porzio, cuyo bello ensayo sobre el agua me inspiró esta columna, pendiente desde hace muchos años: “Todo hombre sabe en el fondo de su alma que la orilla del mar es el lugar del llanto. Venida la hora del llanto los hombres se acercan a la costa para aprender a llorar. Venida la hora del llanto, los hombres encuentran en la orilla del mar el muro de los lamentos que a nadie es negado. Venida la hora del llanto, como le llegó a Aquiles en la playa de Troya o a Ulises en la costa de Ogigia, los hombres descubren que el mar los llora, que el mar se deshace en llanto por los mortales siempre humillados, que el mar está llorando la caída humana más antigua y más baja de todas, la inmemorial caída humana fuera del agua”.