Antonio Cussen: “El liberalismo desea advertir a los ciudadanos del peligro de la mitología”

En El milenio según Virgilio, Antonio Cussen plantea que sus descubrimientos en La Eneida permiten leerla como un complejo tratado político. Virgilio habría formado un compromiso con Augusto para mitificar su régimen, pero, entre líneas, dejó claves de su escepticismo hacia el naciente Imperio Romano. La Eneida, una epopeya tratada y estudiada por siglos, aún parece ofrecer nuevas lecturas y, para Cussen, reflotar el perdido vínculo entre creación literaria y política.

por Cristóbal Carrasco I 28 Mayo 2020

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Desde hace 35 años, el poeta y académico Antonio Cussen ha investigado La Eneida, la epopeya romana escrita por Virgilio en el siglo I a. C., en que narra la huida de su protagonista, Eneas, después de ser vencido en la guerra de Troya, su periplo por el Mediterráneo, el momento en que conoce a Dido, la otra gran protagonista de la Eneida, y su llegada a Italia, donde deberá cumplir el destino que se le ha encomendado: fundar Roma. En sus lecturas de La Eneida, que fue escrita como una forma de glorificar el gobierno de Augusto, el primer emperador romano, Cussen empezó a notar ciertas coincidencias y repeticiones que lo llevaron a desarrollar la tesis de que la epopeya contenía una clave secreta en la que se podían leer los reparos que tenía Virgilio con Augusto. Cussen, que ya había indagado la relación entre poesía y poder en Bello y Bolívar, explica en El milenio según Virgilio –uno de los mejores libros del 2019 según el Círculo de Críticos de Arte de Chile– no solo este hallazgo, sino las fórmulas e intrigas políticas de la antigua Roma, así como el modo en que se unían, en esa época, mito, poesía, poder y divinidad.

 

¿Cómo fue el proceso de escribir un libro durante más de tres décadas?
Creo que la mayor dificultad fue encontrar una voz literaria. Tardé mucho tiempo en darme cuenta que debía contar esto como si fuera un cuento, contarlo con un tono muy personal, en vez de un tono académico. Entre medio me desilusioné tremendamente del mundo académico por el curso que han tomado las humanidades, que a mí me resulta muy distante, por no decir aborrecible. El exceso de teoría y de abstracción en todas las conversaciones, no me atraía. Por eso, al final el libro terminó siendo una especie de apuesta por todo lo que no estaba en la academia. Además, hay un recelo inherente en cualquier campo dentro de la academia para alguien que viene de afuera. Yo era un vecino de la filología, pues venía de la literatura comparada. Por otra parte, no hay muchos grandes filólogos que vengan de Latinoamérica. Pero también, debo decir que no puedo culpar de todo a la academia. Yo era muy joven, estaba convencido de que había descubierto la pólvora y sufrí las consecuencias.

 

¿Cómo es posible hoy leer La Eneida?
Yo planteo que La Eneida es un poema alegórico, como lo son también las Bucólicas y las Geórgicas. Ellas se presentan como un poema didáctico en que se enseñó a los campesinos y agricultores cómo cultivar la tierra. Sin embargo, es mucho más que eso. Es un tratado político, entre otras cosas. El último libro, de las repúblicas de las abejas, habla, en definitiva, de la república romana. Hay, en toda la obra de Virgilio, un elemento alegórico. En las Bucólicas esta alegoría política es algo que los romanos habían inventado, no era algo que existía, o el poema con clave política, no era algo típico en la Antigüedad. Aparece como algo deliberado en la época de Virgilio. Así que parece ser un recurso que él usa constantemente, y ya en la Eneida lo usa de forma muy continua, haciendo lo que, en rigor, es una alegoría: una metáfora extendida. La alegoría se usa cuando uno no puede hablar libremente. Los tiempos aciagos terminan siendo propicios para la poesía por esa razón, puesto que obligan al poeta a recursos que no son solo los de la alegoría. Puede resultar otra forma de expresión que debe ocultar o insinuar. Debemos pensar también que en la modernidad el poder está más diseminado y, además, hay otro elemento fundamental: el modelo político que ha imperado a partir del siglo XIX y en gran parte del siguiente ha sido el liberalismo, y este no ha inventado una mitología. Al contrario, el liberalismo desea advertir a los ciudadanos del peligro de la mitología. Por ello, nos encontramos en un sistema que es poco propicio para la mitología y para la épica también.

 

¿Qué pudo concluir acerca de la relación entre Augusto y Virgilio?
Creo que Virgilio tomó un compromiso con Augusto. Él, influido por Mecenas, se comprometió con Augusto a escribir una epopeya, y darle una especie de sustento estético y moral a la nueva dinastía que estaba naciendo, y mi impresión es que fue un compromiso honesto. Ese compromiso se nota en el Canto VIII, cuando canta el triunfo de Accio. No parece haber ahí, por mucho que uno ande rebuscando, un intento de socavar el papel de Augusto. Pero claro, los 11 años que tardó Virgilio en escribir La Eneida, fueron –según la propia historiografía romana– el principio de la Pax Augusta. Se terminaron las guerras civiles y las atrocidades que vivieron después del triunvirato. Hasta el mismo Augusto se ha reformado al cambiar su nombre.
Pero, aunque La Eneida trata de dar una visión muy positiva de este nuevo comienzo, la verdad es que si uno lee las fuentes, resulta que fueron años tremendamente difíciles y conflictivos, que lejos de dar fin a las guerras civiles mantuvieron los conflictos y se suceden actos tremendamente violentos. Augusto, claramente, se había alejado del espíritu republicano en pos de un régimen totalmente autoritario. Si se toma todo eso en cuenta, pasaron muchos años desde que Virgilio tomó ese compromiso. Mi impresión es que ese desencanto está en la Eneida. Y por eso no es una obra triunfal, para nada. Por ello, muchos críticos aciertan en plantear que hay una visión pesimista, y al mismo tiempo optimista de La Eneida que está en pugna.

 

Me desilusioné tremendamente del mundo académico por el curso que han tomado las humanidades, que a mí me resulta muy distante, por no decir aborrecible. El exceso de teoría y de abstracción en todas las conversaciones, no me atraía. Por eso, al final el libro terminó siendo una especie de apuesta por todo lo que no estaba en la academia.

 

Dice en su libro que su interés por Virgilio estaba relacionado con su interés por la relación entre Andrés Bello y Simón Bolívar. ¿Cómo observa hoy esa relación?
Se profundiza esta relación, porque tanto Bello como Bolívar estaban conscientes del papel que jugaban. En las veladas que hacían en Caracas antes de la revolución, Bello traducía poemas de Virgilio y Bolívar mismo tradujo a Voltaire. Jugaban a este especie de juego de máscaras que se asemejaba a nueva Roma. Y claro, cuando les tocó vivir un momento absolutamente capital de la historia (en que por un lado estaba Bolívar con su espada luchando por la Independencia, y Bello en Londres tratando de entender y darle sentido a la Independencia), tanto Bello sentía como Virgilio, y Bolívar también se sintió como Augusto, aunque no podía decirlo, porque Bolívar tenía que hacer todo lo posible por no ponerse una corona. En definitiva, después de este libro se profundiza la relación entre esos personajes, y la importancia de este modelo poético-político. No es que haya aparecido con Bello y Bolívar este modelo de consejero. Era una constante, en realidad, había estado en el siglo XVII en Francia con Jean Racine y Luis XIV. En parte, este modelo estaba dado porque el sistema educacional de Occidente siempre estuvo basado en el latín, y tan pronto lo aprendían, los muchachos empezaban a traducir a Virgilio y Horacio.

 

¿Y ha pensado por qué se ha perdido hoy en día esta relación entre poesía y poder?
Creo que atravesamos un momento de lejanía del poder con la poesía. El poder no busca a la poesía y viceversa. Una respuesta, un poco simplificada a esto, está en el derrumbe de los sistemas monárquicos: a partir de la Revolución francesa decayó esta unión particular, puesto que se pueden dar otras relaciones de poesía y poder, como por ejemplo la de Neruda. Pero el modelo más clásico se ha perdido con el derrumbe de la monarquía.

 

La tesis que usted expone en El milenio según Virgilio se basa en la importancia de los números y las reglas. ¿Qué tan importante eran los números en la época de Virgilio?
A mí me gusta pensar que esta gran batalla que se dio al final de las guerras civiles, que es la batalla de Accio, es una batalla entre ideas dionisiacas e ideas apolíneas. Marco Antonio y Cleopatra, por un lado, representando lo dionisiaco, el vino, la fiesta, el desborde, lo oriental, lo colorido. Por el otro lado Apolo, un cierto orden político, un énfasis en la forma. Y, esto no es un accidente, Apolo pasa a ser la nueva divinidad de Roma, que se emparenta con el ocaso de Júpiter. El gran templo que se construye el 28 a. C., poco después de la batalla Accio, es de Apolo, templo que inaugura Augusto.
Bajo ese concepto, la forma y el número tienen mucha importancia, puesto que junto con la importancia de Apolo renacen las ideas pitagóricas. Para Pitágoras y los neopitagóricos (como se llamaban los romanos que cultivaban las ideas de Pitágoras en tiempos de Virgilio), el número era una divinidad, era lo más cerca que había en la Tierra a lo divino. Había algo imperecedero, sobre todo en el número impar y el número primo. “El dios se regocija en el número impar”, dice Virgilio en una de las Bucólicas. Por ello, la presencia del número es absolutamente capital, y gracias a la forma en que Virgilio escribió sus tres libros, pensando en estructuras numéricas muy precisas, y en que daba ciertas pistas, se han podido reconstruir estos tres poemas.

 

¿Cómo trata Virgilio a las mujeres, y en especial, a Cleopatra?
La trata muy mal. En la poesía de Horacio y Virgilio, Cleopatra no cabe en el metro y, en consecuencia, no es susceptible de ser dicha en poesía. La llama “la cónyuge egipcia” o la trata de “nefas” (mala). Pero, al mismo tiempo, si uno observa en la Eneida a Dido como una especie de sublimación de Cleopatra, no queda tan mal parada. Dido es una enorme mujer, con un imperio admirable, en que es necesario que Júpiter mande a Mercurio para que Eneas se vaya. No es un reino cualquiera ni es una mujer cualquiera. Es cierto que es la versión alegórica, pero también Horacio, en su poema sobre Cleopatra, presenta una mujer que es enemiga, pero una enemiga grandiosa.

 

Imagen: Eneas derrota a Turno, de Luca Giordano.

 

El milenio según Virgilio, Antonio Cussen, Ediciones Tácitas, 2019, 496 páginas, $20.000.