Carrère en el tribunal

En V13. Crónica judicial, Emmanuel Carrère narra el juicio llevado a cabo el 2021 en los tribunales de París en contra de los acusados de perpetrar el mayor atentado terrorista en la historia de Francia: los ataques conocidos por la matanza de la sala Bataclan. En un esfuerzo por recomponer la historia de aquella noche, Carrère se sumerge en la vida de aquellos que han sobrevivido a la tragedia: las víctimas directas o los familiares de los asesinados, así como de aquellos victimarios que se han inmerso en la radicalización religiosa.

por Cristóbal Carrasco I 8 Julio 2024

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Han pasado muchos años desde aquel viernes de noviembre de 2015 en que el Estado Islámico decidió atacar la ciudad de París. Aquel viernes, los atacantes mataron a 131 personas en tres centros de la parte norte de la ciudad: el Stade de France, en el que se disputaba un partido de fútbol a estadio lleno (con el presidente de Francia en las gradas), unos bares y terrazas del X Distrito de París, y la sala Bataclan —quizás la imagen más impactante de esa noche— en la que murieron 110 personas. Como se recordará, la mayoría de los atacantes murieron ya sea porque se encontraban provistos de bombas suicidas o porque fueron abatidos por la policía. En sus muertes, los miembros del Estado Islámico entonaron su declaración de principios: gritaban frases sobre la participación de Francia en las guerras de Irak y Siria, y que Francia se hubiera “atrevido a insultar a Mahoma”, en referencia a las caricaturas de Charlie Hebdo.

Ha pasado mucho tiempo, decía, y la justicia tardó. El atentado, considerado la peor masacre sufrida en suelo francés después de la Segunda Guerra Mundial, celebró su juicio en el 2021 —tras seis años de investigación y 542 tomos de sumario—, y cabe preguntarse qué justicia se podía imponer cuando el mundo parecía haber olvidado la tragedia, la mayoría de los victimarios habían muerto y la amenaza del Estado Islámico se consideraba neutralizada.

Pues bien, durante todos esos años la acusación francesa logró reconstituir los preparativos del atentado, y con ello, arrestar y acusar a varios participantes de los atentados, que se someterían al juicio sobre terrorismo más importante de la historia de Francia. Es por eso que, terminado el sumario, el novelista y cronista francés Emmanuel Carrère pidió al semanario Le Nouvel Observateur que lo dejaran reportear el proceso que se llevaría a cabo en Palacio de Justicia de la Île de la Cité. El director del semanario, Gregoire Lemenager, cuenta que a Carrère “se le había metido en la cabeza seguir el juicio del 13 de noviembre”, por lo que, durante el año que duró el juicio, se sentó en el banquillo del público junto con otros reporteros y los familiares de las víctimas, para entregar crónicas semanales del juicio al Nouvel Observateur, y que fueron recientemente recopiladas en V13. Crónica judicial.

Aunque había estado alejado de la escritura contingente de las revistas y los periódicos, era evidente que el tema de los atentados de París podía hacerle cambiar de opinión. “Había escrito en El adversario la historia de un asesino poco común que ya practica una especie de taqiyya (el acto de disimular creencias religiosas ante el mundo) ocultando a sus familiares una parte considerable de su vida. Supo evocar el dolor del duelo en De vidas ajenas y examinó en El Reino algunos resortes de la radicalización religiosa”, apunta Lemenager. Habría que agregar, quizás, que 11 meses antes de esos atentados, entre los cronistas asesinados por el Estado Islámico en las oficinas de la revista Charlie Hebdo, se encontraba Bernard Maris, amigo de Emmanuel Carrère. En Yoga, su anterior libro, Carrère explica lacónicamente aquella tragedia, puesto que debió escribir el discurso fúnebre de Bernard Maris.

El esfuerzo de Carrère por empatizar con las víctimas es, en un sentido, admirable: son tantas las víctimas olvidadas, tantas injusticias las que se relatan, que agradecemos que alguien se haya tomado el tiempo en contarlas, y de que con su relato no terminen en el olvido. Sin embargo, aunque Carrère haya elegido que el centro del libro sean las víctimas, pareciera sentir cierta inclinación hacia los acusados. No es algo que niegue, tampoco: ‘A la gente aficionada a los juicios, como yo, le fascinan los culpables. Compadecemos a las víctimas, pero tratamos de comprender la personalidad de los culpables’, dice.

Un extraño silencio, algo impropio en el estilo de Carrère, experto como pocos en exhibir los momentos de dolor, envuelve la historia de su amigo muerto. Sin embargo, en V13, el autor se permite indagar con amplitud en la experiencia del dolor de las víctimas de los atentados. Sea por esa cercanía con las víctimas del islamismo radical, o sea porque la opinión pública francesa no le permite otra cosa, V13 es un libro que prefiere que su centro sean las víctimas antes que indagar sobre las causas más profundas de aquel atentado, como la responsabilidad del Estado francés en el origen del conflicto. V13, en ese sentido, es un libro que le hace honor al título: es un libro sobre el juicio.

La primera parte del libro está dedicada a conocer la historia de aquellas víctimas o la de sus familiares: conocemos a Nadia Mondeguer, madre de una joven asesinada en un bar llamado La Belle Équipe. Después de los atentados, su hija no aparece, no contesta las llamadas ni tampoco aparece en las listas de víctimas, hasta que, casi dos días después, llaman a la madre: “No me han dicho ‘ella ha muerto’, sino ‘ella está en las listas(…) No lloré. Se produjo en mí una disociación. Era irreal y real”, dice la madre. Conocemos, además, la historia de varios de los sobrevivientes de Bataclan. Uno de ellos dice: “Pensé: ya está, es aquí, es ahora. Esta bocanada es la última que respiro”; “Eran muy jóvenes, serenos. Hubo un momento en que a uno de ellos debió de encasquillársele el cargador y otro le ayudó a desatascarlo bromeando, como un buen compañero en el campo de tiro”, dice otra sobreviviente sobre los atacantes; “Lo oí decir: ‘lo hacemos para vengar a nuestros hermanos de Siria, echad la culpa a vuestro presidente’ y yo no sé lo que pasa en Siria, yo estoy aquí para pasar un buen rato con Nick”. Esta clase de observaciones permiten a Carrère especular sobre la ruptura que ha significado el atentado para los ciudadanos franceses que la han vivido en carne propia: “La culpa que reconcome a quienes sobrevivieron es por haber sobrevivido”, anota en una parte. “Se habla demasiado, y con excesiva complacencia, del misterio del mal. Estar dispuesto a morir para matar, estar dispuesto a morir para salvar, ¿cuál de estos misterios es el más grande?”, se pregunta en otro pasaje.

Aunque V13 sea un libro que enaltece a las víctimas, Carrère no rehúye de aquellas áreas grises de la historia. ¿No es acaso la respuesta que anota Carrère ante la catástrofe en Siria un síntoma de la ligereza con que los franceses toman el asunto del intervencionismo en Oriente? Carrère incluso narra el caso de Flo, una mujer que llegó a hablar en la Asamblea Nacional francesa sobre un proyecto de ley de reparación a las víctimas y a percibir una indemnización de miles de euros, sin haber estado siquiera en Bataclan y habiéndose inventado ser amiga de una víctima. En aquellas áreas grises se vislumbra que la noción de víctima sigue sin tener una resolución sencilla, más aún en el caso del terrorismo. “He leído, oído decir y a veces pensado que vivimos en una sociedad victimista, que mantiene una complaciente confusión entre el estatus de víctimas y el de héroes. Quizás, pero una gran parte de las víctimas a las que escuchamos día tras día me parecen héroes indudables: a estos jóvenes, porque casi todos lo son, se les transparenta el alma. Se lo agradecemos, nos horrorizan, nos engrandecen”, concluye.

El esfuerzo de Carrère por empatizar con las víctimas es, en un sentido, admirable: son tantas las víctimas olvidadas, tantas injusticias las que se relatan, que agradecemos que alguien se haya tomado el tiempo en contarlas, y de que con su relato no terminen en el olvido. Sin embargo, aunque Carrère haya elegido que el centro del libro sean las víctimas, pareciera sentir cierta inclinación hacia los acusados. No es algo que niegue, tampoco: “A la gente aficionada a los juicios, como yo, le fascinan los culpables. Compadecemos a las víctimas, pero tratamos de comprender la personalidad de los culpables”, dice. Y recordemos que el juicio tiene múltiples acusados que se juegan la vida en el proceso: aunque la mayoría de los atacantes ha muerto, han sobrevivido algunos, como Salah Abdeslam, “la estrella del juicio”, quien participó en los asesinatos de la sala Bataclan, pero que a último minuto decidió no detonar el cinturón explosivo que lo mataría.

Están también otros acusados, de participación intelectual o de rango menor, “meras comparsas”, dice Carrère, como Mohamed Abrini, quien manejaba uno de los automóviles del “convoy de la muerte”, aquel que trasladó hasta París a los atacantes tres días antes de los atentados, o Farid Kharkhach, quien es falsificador de oficio y que es acusado de haber confeccionado los documentos falsos a los asesinos.

En algún sentido —macabro, quizás— los juicios son juegos donde hay ganadores y perdedores, donde los abogados se juegan sus honorarios y los jueces su reputación, pero también son lugares donde cierto sentido de comunidad puede empezar a instaurarse. Los tribunales son lugares donde, para bien o para mal, todos pueden contar su verdad, las víctimas y los acusados, y en esa instancia algo de entendimiento aparece entre las partes.

Hay otro asunto, crucial, por lo demás, y que Carrère narra con acierto: para muchos de los acusados el juicio es también un momento para contar su verdad. Muchos de ellos también afirman ser víctimas, puesto que señalan no haber pertenecido jamás al Estado Islámico, sino que participaron de modo accidental o sin conocer el objetivo final de su trabajo. Por ello, sus abogados intentan construir un relato y reunir evidencia que permita la absolución o una sentencia menor. Es el quid de la crónica judicial, que Carrère conoce muy bien: encontrar la mezcla entre la historia personal y las aristas legales. En particular, Carrère se centra en la historia de Salah Abdeslam. Toma para ello la narrativa de la fiscalía, que ha reconstituido los años anteriores al atentado: Salah y sus amigos se reunían en un café de Molenbeek, en Bélgica, a ver los videos de ejecuciones del Estado Islámico. También escuchaban anashid, himnos yihadistas con versos como este: “Hay que golpear a Francia / es hora de humillarla / queremos su sufrimiento / y millares de muertos”.

La fiscalía logró también reconstituir los meses anteriores al atentado: durante el año 2015 lo localizó en diversos pasos fronterizos en compañía de otros miembros de la yihad, como su hermano, Brahim Abdeslam, que se inmoló durante los ataques. Los abogados de Abdeslam, en un esfuerzo tan titánico como inútil, justifican sus actos durante el juicio con ideas que Carrère se esmera por dejar como irrisorias, incluso cobardes: “En resumen, Salah Abdeslman no vio nada, no oyó nada, no sospechó nada hasta que el 11 de noviembre (días antes de los atentados) su hermano Brahim lo lleva a Charleroi, donde le anuncian que lo han elegido para explosionarse en París dentro de dos días”. Carrère hace notar en muchas ocasiones los momentos en que Abdeslam se ríe con los otros acusados, o cuando lo acusan de querer “robarse el protagonismo del juicio”: a veces hablan, a veces no, sin un propósito claro. En estos momentos del libro, la inclinación de Carrère por los culpables parece tener un límite: los considera “ligeros”, como si para ellos el juicio se hubiera tratado de un juego.

Y no dejan de tener razón. En algún sentido —macabro, quizás— los juicios son juegos donde hay ganadores y perdedores, donde los abogados se juegan sus honorarios y los jueces su reputación, pero también son lugares donde cierto sentido de comunidad puede empezar a instaurarse. Los tribunales son lugares donde, para bien o para mal, todos pueden contar su verdad, las víctimas y los acusados, y en esa instancia algo de entendimiento aparece entre las partes. “La mayoría de las víctimas con las que hablo aprecian a los defensores de los acusados. Consideran importante que sean competentes”, anota. Algo similar sucede al final del juicio. Después del veredicto, que ha condenado a la mayoría de los acusados, Carrère cuenta que muchos de los reporteros y abogados (entre ellos, el propio Carrère) se reunieron en una brasserie a beber algo. “Perdón si esto parece frívolo, no lo es. La velada ha sido la más extraordinaria que he vivido y que probablemente viviré en toda mi vida”. Para algunas víctimas, la velada ha sido “indecente” y es justo preguntarse si una tragedia como la que ha narrado Carrère, con heridas aún abiertas, puede terminar en una fiesta.

Desde antiguo, el proceso penal ha sido visto como una victoria civilizatoria frente al impulso natural de la venganza. Esa victoria, por supuesto, trae consigo la sensación de que nunca habrá una justicia verdadera, incluso de que la justicia no existe. La condena no será una verdadera expiación, y las víctimas seguirán viviendo un duelo que jamás se podrá reparar y que hace que las escenas de compañerismo entre los involucrados parezcan obscenas. Sin embargo, Carrère ofrece una interpretación distinta: el tiempo que ha pasado (10 meses de audiencias, para ser exactos) ha construido una historia común, un material que, aunque no sea la justicia esperada, ofrece una especie de final.


V13. Crónica judicial, Emmanuel Carrère, Anagrama, 2023, 272 páginas, $22.000.

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