Constelaciones de la existencia

Tanto en Viñamarinos como en La tercera mano, Catalina Porzio dio cuenta de su manera de configurar los libros mediante la recolección de fragmentos, recortes, piezas de rompecabezas, retazos y toda suerte de material suelto referido a un tema. Ahora, con Alfabetos desesperados sube la apuesta de su programa: si en Viñamarinos rearmó la historia del balneario a través de decenas de voces y en La tercera mano ensambló algo cercano a un manifiesto estético de Adolfo Couve, en Alfabetos desesperados habla del lenguaje, ni más ni menos, echando mano a libros, artículos de prensa, blogs, poemas, entrevistas radiales y textos de museo, entre otros.

por José Ignacio Silva A. I 24 Agosto 2021

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“Este es un libro acerca de cómo los seres humanos inventamos formas de comunicarnos aun cuando parece imposible”. Así, sin mucho maquillaje, nos introducimos en Alfabetos desesperados, el tercer volumen de la diseñadora viñamarina Catalina Porzio, que reafirma la identidad escritural de la autora, las señas de una obra. Tanto en Viñamarinos como en La tercera mano —ambos publicados en 2015—, ella dio cuenta de su manera de configurar los libros mediante la recolección de fragmentos, recortes, piezas de rompecabezas, retazos y toda suerte de material suelto referido a un tema; la posterior disposición de este material y la resignificación de todos estos pedazos, para contar una historia nueva. En Viñamarinos la autora rearmó la historia del balneario a través de decenas de voces que hablaron de él, de sus historias y sus peculiares personajes típicos, conformando una joya extraña y deslumbrante. En La tercera mano el expediente fue el mismo, pero lo que Porzio logró ensamblar fue algo cercano a un manifiesto estético de Adolfo Couve, desde entrevistas, textos sueltos en revistas de arte o conversaciones rescatadas del olvido.

Ahora sube la apuesta de su programa: en Alfabetos desesperados ya no se trata de Viña del Mar o de las reflexiones plásticas de un artista en particular. Acá se habla del lenguaje, ni más ni menos, un tema que puede ser pesado y amplio y etéreo. “Un lenguaje siempre encuentra la manera de deslizarse hacia su receptor”, complementa en el prefacio del libro que, en efecto, rescata hartas maneras en que se materializa ese procedimiento. La obra se divide en 35 apartados ordenados alfabéticamente, cada uno de ellos nombra el carácter de los textos incluidos. Así, se ven capítulos que hablan del juego, la fuga, los ritos, el sueño, la memoria, la urgencia, la traducción, la voz, el vestido, el grito, la complicidad, por nombrar algunos.

El insumo mayoritario de cada uno de los apartados es la cita libresca, pero no es el único. Para configurar este mosaico temático, Porzio echa mano a libros, pero también artículos de prensa, blogs, poemas, entrevistas radiales y textos de museo, entre otros. En cada fragmento se identifica al autor o el medio de publicación, lo que se complementa con las referencias al final del volumen.

Una sensación que revolotea tras la lectura de los anteriores libros de esta autora —en especial Viñamarinos— es la del entredicho en el que queda la noción de autoría; ¿qué tanto de la obra es de Porzio, si las voces reunidas son de otros?, ¿no será más adecuado firmar como ‘antologadora’ o ‘compiladora’? Estas preguntas no tienen cabida en esta pasada, pues acá ella también incluye sus propios textos, párrafos que conviven con los de Roland Barthes, Siri Hustvedt, Juan Forn, Manuel Vicuña, Pía Montalva o Walter Benjamin.

Una sensación que revolotea tras la lectura de los anteriores libros de esta autora —en especial Viñamarinos— es la del entredicho en el que queda la noción de autoría; ¿qué tanto de la obra es de Porzio, si las voces reunidas son de otros?, ¿no será más adecuado firmar como “antologadora” o “compiladora”? Estas preguntas no tienen cabida en esta pasada, pues acá ella también incluye sus propios textos, párrafos que conviven con los de Roland Barthes, Siri Hustvedt, Juan Forn, Manuel Vicuña, Pía Montalva o Walter Benjamin. Eso último podría verse como una subida por el chorro por parte de una autora que se quiere colar entre consagrados. Por fortuna, no ocurre nada de eso. Los aportes de Catalina Porzio son precisamente eso, aportes. Con una escritura puntual y eficiente, sus textos reafirman sus capacidades y no dejan espacio para cuestionamientos. “El piloto naval norteamericano Jeremiah Denton, prisionero de guerra, fue obligado por el Vietcong a dar una conferencia televisada afirmando que sus captores lo tenían en buenas condiciones. Aprovechó la oportunidad frente a la cámara para confirmar en código morse, mediante el parpadeo, que estaba siendo torturado. Hay un video en que se le puede ver deletreando con los ojos T-O-R-T-U-R-E”, narra en el apartado titulado “Urgencia”.

Aunque es innegable que el libro tiene una elevada carga política, si tomamos en cuenta los innumerables ejemplos de gambetas a la censura, desafíos a la incomunicación forzada, avispadísimos ardides para mantener pasquines en circulación, Alfabetos desesperados se dispara en más de una dirección, tal como puede hacerlo el lenguaje. Catalina Porzio no solo se hace cargo de formas de comunicarse en situaciones de apremio extremo, sino también registra los momentos en los que el lenguaje se tuerce con propósitos múltiples, como los eufemismos estatales: “Para mantener el secreto, entre otras medidas de precaución, en el lenguaje oficial solo se usaban eufemismos cautos y cínicos: no se escribía ‘exterminación’ sino ‘solución final’, no ‘deportación’ sino ‘traslado’, no ‘matanza con gas’ sino ‘tratamiento especial’”, como recuerda Primo Levi.

Por otro lado, también se consignan juegos del intelecto, maromas literarias como novelas en clave, lecturas entre líneas, el espacio entre palabras, escrituras sin palabras, combinatorias jocosas como la que se extrae de Rayuela, léxicos inventados, grafitis dentro de cuadros, intentos fervorosos por dialogar con lo ultraterreno. Un ejemplo: “Algunos —dice Claude Lévi-Strauss— se abandonan sin alimento en una balsa solitaria; otros van a buscar aislamiento a la montaña, expuestos a las fieras, al frío y la lluvia. Durante días, semanas o meses, según el caso, se privan de comer, toman solo productos salvajes o ayunan largos períodos, y hasta agravan su quebrantamiento fisiológico con el uso de vomitivos. Todo es un pretexto para provocar el más allá”. John Berger, a su vez, agrega: “La comida también es una especie de comunicación. Comer significa recibir un mensaje, ¿enviado por quién y desde dónde?”.

La lectura de Alfabetos desesperados deja sensaciones diversas. Puestos contra sí mismos, cada libro de Porzio logra diferenciarse del anterior y en este último consigue inscribirse dentro de la tradición del ensayo. Y si bien este volumen no presenta la frescura costera de Viñamarinos y es una lectura un tanto más pastosa, dadas sus fuentes, es posible afirmar que Porzio ha creado uno de los principales textos de no ficción en Chile de los últimos años.

 

Alfabetos desesperados, Catalina Porzio, Laurel, 2020, 187 páginas, $13.000.