El fervor, el culto y las críticas a Natalia, la primera novela de Pablo Azócar

Publicada originalmente en 1990, la novela narra el desencanto de una generación que se aferra a la literatura, el vino y el sexo. La obra recibió comentarios dispares. Ignacio Valente la desechó: “No posee mayores rasgos de estilo ni singularidades literarias”. Sin embargo, Natalia no pasó desapercibida y se convirtió en un libro ineludible. El debut de Azócar fue aire fresco para la literatura chilena y a 35 años de su publicación regresa a librerías.

por Javier García Bustos I 25 Agosto 2026

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Fueron varios mitos que quedaron orbitando en la escena chilena: que el autor se fue del país para no presentar su novela; que la editorial se molestó con él y por eso dejó de estar en librerías; que los jóvenes de aquellos años la hicieron circular en fotocopias y sus páginas eran leídas en voz alta en bares y patios universitarios; que su autor no quiso saber más de la novela y que una década después se reconcilió con su historia.

Natalia fue publicada en 1990 por editorial Planeta y obtuvo ese año el Premio Municipal de Literatura de Santiago. El libro fue reeditado por editorial Cuarto Propio en 1999. Una novela vital, intensa, callejera, hermosa y entrañable. Y Pablo Azócar, nacido en San Fernando, en 1959, autor de títulos como El señor que aparece de espaldas, El placer de los demás y Vivir no es nada nuevo, por esos años tartamudeaba más que ahora y le daba pánico escénico presentar su libro. Comenzó a escribir la novela a los 22 años y la finalizó a los 29, viviendo en diferentes ciudades de Europa. Antes, había leído algunas páginas en los talleres de José Donoso y Antonio Skármeta.

“La exitosa novela se evaporó de las librerías de la noche a la mañana, lo que alimentó aun más su afán por leerla”, escribe María José Viera-Gallo en el prólogo a la edición publicada por Ediciones Universidad Diego Portales, que conmemoró los 35 años de la aparición de Natalia. “Emanaba una fragancia a libro prohibido. La verdad es que la novela —cuya cubierta era gris con colores fluorescentes— nunca estuvo prohibida, aunque a nadie le habría sorprendido que lo estuviera”, agrega Viera-Gallo en la edición impresa en la colección La Recta Provincia.

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“Escribo, feliz y algo borracho, fumando un miserable Hilton”, apunta el narrador, quien comparte sus días con Natalia, una lectora voraz. Juntos comparten también su afición al jazz, a la música de John Coltrane, al piano de Cecil Taylor y al vino. Se sumará a la convivencia, y a la relación, Lucía.

El epígrafe, del cantautor Léo Ferré, es tan recordado como el inicio de la novela: “La desesperación es una forma superior de la crítica”.

Y el comienzo de Natalia se volvió un emblema: “Por esos días, había que tener talento para no morirse. (…) Nos rondaba la sospecha de que cada mañana iba a ser la última, y algunas lo fueron. Cometíamos tantos errores que se hubiera dicho que se trataba de un sistema de vida”.

Por esos años, Pablo Azócar, un periodista desencantado, fumador y de pelo crespo, que recorría el mundo como corresponsal de la agencia Inter Press, dijo que Natalia era un reflejo de una generación “que llega al baile cuando los músicos se han ido. A diferencia de la generación de los 60 que alcanzó a soñar con revoluciones, con que la libertad y la vida eran posibles colectivamente”.

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Por esos años, Pablo Azócar, un periodista desencantado, fumador y de pelo crespo, que recorría el mundo como corresponsal de la agencia Inter Press, dijo que Natalia era un reflejo de una generación ‘que llega al baile cuando los músicos se han ido. A diferencia de la generación de los 60 que alcanzó a soñar con revoluciones, con que la libertad y la vida eran posibles colectivamente’.

Natalia comenzó a circular en 1990 y los comentarios fueron dispares. Pero no pasó desapercibida. Azócar ingresaba a la Nueva Narrativa Chilena, grupo o fenómeno —literario y comercial— en el que cabían estilos muy diversos: Jaime Collyer, Carlos Franz, Alberto Fuguet, Gonzalo Contreras, Arturo Fontaine, Ana María del Río y Rafael Gumucio, entre otros. Azócar y Fuguet ya se habían encontrado en el taller de Skármeta, en el Instituto Goethe, en 1989.

Natalia estaba dando que hablar entre los lectores y las críticas hicieron su trabajo: polemizar. Marcelo Maturana, quien ejerció la crítica literaria por varias décadas en medios nacionales, apuntó en diciembre de 1990, en una columna titulada “El ego es un narrador solitario”, sobre el debut de Pablo Azócar: “El lenguaje recargado atenta contra una progresión que podría darse, si no en la acción misma, en la intensidad o en otro aspecto”. Y sobre el narrador, agrega: “Es un egomaníaco de marca mayor, no por lo que dice, sino por cómo lo dice”.

El crítico Ignacio Valente apuntó en su columna del domingo 28 de octubre de 1990, en el diario El Mercurio, titulada “Juventud marginal importada”, sobre los personajes: “Lo primero que destaca en los tres personajes juveniles de Natalia es que, sintiéndose módicamente asqueados del mundo que ellos se encontraron como generación, no están dispuestos a mover un dedo por cambiarlo. (…) Están llenos de sexo, de promiscuidad, de ejercicio libidinoso”. El crítico, que además es poeta y sacerdote, concluía que Natalia “no posee mayores rasgos de estilo ni singularidades literarias”.

Un veinteañero periodista Francisco Ortega realizó una reseña en El Diario Austral en 1993, donde apuntó que Natalia era “una narración atrevida, llena de un lenguaje sutil y descarnadamente urbano que nos invita a ser partícipes de una aventura tan alienante como puede ser un bolero en tiempos de crisis amorosa o un disco de los Pink Floyd en períodos de búsqueda existencialista”. Al aparecer esta nueva edición, Francisco Ortega usó las redes sociales para celebrar el regreso de Natalia leyendo el comienzo de la novela.

Una novela adelantada a su tiempo, cree María José Viera-Gallo: “Una fábula contemporánea de poliamor narrada sin etiquetas y, sobre todo, sin vergüenza”.

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El manuscrito de Natalia llegó a tener 600 páginas. Finalmente fue publicada en Planeta con 175 páginas. “De una manera tenaz, Pablo Azócar la escribió y la reescribió, le pagó pasaje en un computador carísimo, la vio desaparecer de la pantalla y de la memoria de sus diskettes”, se lee en una nota de revista Apsi, de 1990.

Tras su interrumpida circulación inicial, en 1999 el título fue reeditado por Cuarto Propio en la colección popular Huellas de Siglo —además había títulos de Mauricio Electorat y Nona Fernández—, que era parte de una campaña sobre la democratización de la lectura, patrocinada por la Unesco. En 2019 la novela fue traducida al portugués por Editorial Teodolito.

En el prólogo a la edición de Cuarto Propio, Rafael Otano la describe como una novela generacional “algo parricida, inscrita en los feos días del pinochetismo. Conforma, sin pretenderlo, una amarga memoria del reflujo y la derrota”.

La edición popular tuvo varias ediciones. Pablo Azócar se reconciliaba con Natalia y comentaba en la prensa que “es una novela sobre el deseo, sobre la dificultad de los afectos, sobre la fantasía y el erotismo, en el marco de un Santiago en dictadura”. Ahora Natalia vuelve a circular. Su lectura mantiene vigencia y frescura.


Natalia, Pablo Azócar, Ediciones UDP, 2026, 166 páginas, $25.000.

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