El refugio de Anna Ajmátova

Libros como Réquiem o Poema sin héroe, este último escrito durante 22 años, fueron elaborados como un enjambre de voces propias y ajenas, diálogos, fragmentos igual a espejos que reflejan sueños, vida y muerte, y en la página las palabras van cayendo con espesor y en su caída libre se abren y cierran a diferentes percepciones y sucesos. Estilo hecho música, en una poeta de lo fúnebre que, sin embargo, cantó con la insistencia de quien vive y quiere vivir, a pesar del infierno que a ratos encarna la vida.

por Milagros Abalo I 12 Septiembre 2022

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En su época final, Anna Ajmátova (1889-1966) escribió: “Insepultos, a todos enterré, / a todos lloré. ¿Y a mí, quién me llorará?”. En una foto de su funeral aparece Joseph Brodsky visiblemente afectado. La conoció cuando él tenía 21 años y quedó deslumbrado por su inteligencia, belleza y elegancia. Junto a otros poetas fueron llamados los “huérfanos de Ajmátova”. Brodsky, que nació un año antes del suicidio de la otra inmensa poeta rusa, Marina Tsvetáyeva, dejó un ensayo iluminador sobre la poesía de Anna Ajmátova titulado “La musa del llanto”, haciendo un guiño al poema que escribió Tsvetáyeva que comienza “¡Oh musa del llanto…!”. Ellas tuvieron un solo encuentro, crucial en todo caso para que la presencia de una y de otra quedara en sus poemas.

Su nombre era Anna Andréievna Gorenko, y el seudónimo Anna Ajmátova viene de su abuela de origen noble y tuvo que ponérselo para esconder el pudor que le daba a su padre. La princesa tártara, que transitó entre dos siglos, murió a los 77 años y le tocó enterrar y llorar a muchos: “Dos guerras mi generación, / iluminaron tu terrible camino”.

Algunos de sus poemas se inscriben en la forma de un saludo o un reconocimiento: a Boris Pasternak, Alexandr Blok, Boris Pilniak, Marina Tsvetáyeva y Mijaíl Bulgákov, entre otros, incluidos muchos de ellos en el libro Voy hacia nunca, delicada antología realizada por Jorge Bustamante para Ediciones UACh. Y es que su poesía fue en parte registro y exaltación de ese vínculo amistoso. La escritura como un espacio que ofrece la posibilidad del reencuentro, aunque sea de manera imaginaria, le gana algo a la muerte. Anna Ajmátova fue una poeta de lo fúnebre, pero cantó con la insistencia de quien vive y quiere vivir, a pesar del infierno que a ratos encarna la vida.

Modigliani —con quien también hablaba mucho de poesía— la dibujó en su casa, hizo 16 imágenes que le regaló, de las cuales Ajmátova conservó solo una. Eran tiempos desgraciados, con suerte se conservaba la vida; la poeta perdió a su primer marido, su hijo Lev fue encarcelado, su último marido murió de agotamiento en un campo de concentración, sus poemas se prohibieron y fue acusada de traición. Pese a todo nunca se fue de la Unión Soviética y vivió en completo silencio, porque ahí estaba su patria, su lengua. En el epígrafe de uno de sus poemas más conocidos, Réquiem, escribió: “Ningún cielo extranjero me protegía, / ningún ala extraña escudaba mi rostro, / me erigí como testigo de un destino común, / superviviente de ese tiempo, de ese lugar”. Junto a otras madres iba todos los días a las puertas de la cárcel para tener noticias de su hijo, y la escritura de Réquiem está arraigada directamente en esa experiencia. Por temor a que lo fusilaran, Anna Ajmátova quemó todos sus papeles, aunque afortunadamente el poema se rescató en la memoria de sus amigos que nunca la traicionaron y pudieron cargar con esas palabras hasta el año 1963, fecha en que fueron puestas por escrito y publicadas por primera vez.

“Su poesía estaba hecha de su voz”, escribió el poeta y amigo Osip Mandelstam. Y es que Anna Ajmátova, tal como escribe en sus prosas, conoció la poesía escuchando a su madre recitar de memoria cantos populares, de esta manera la oralidad marcó el origen de su escritura. Un poema como Réquiem o como Poema sin héroe, este último escrito durante 22 años, fue elaborado como un enjambre de voces propias y ajenas, diálogos, fragmentos igual a espejos que reflejan sueños, vida y muerte, y en la página las palabras van cayendo con espesor y en su caída libre se abren y cierran a diferentes percepciones y sucesos. Estilo hecho música. Admiradora de las sinfonías de Shostakóvich y ferviente lectora y estudiosa de la obra de Pushkin, Ajmátova hizo de su palabra un sobrio testimonio común. “Tal vez muchas cosas quieren aún / ser cantadas por mi voz”.

Anna Ajmátova escribió y pudo sobrevivir al ostracismo y al silencio de tantos años en parte porque tuvo fe, aun cuando aquel dios fue indiferente y a muchos no les permitió volver a casa; la imagen de la vuelta a casa como una especie de ilusión anterior a la desgracia se reitera en sus versos. Y quizás la poesía cumplió esa función para Ajmátova, la de ser casa, refugio.

Poesía cívica en cuanto su palabra incluye la de otros y otras, por lo tanto su arte es también el de una ética que hace eco de una humanidad que sufre y no tiene lugar, y que en sus versos de alguna manera lo encuentra. Encarna, por así decirlo, el espíritu de una época, como si el momento hubiera estado destinado para su escritura o su escritura naciera para dar cuenta de ese momento y al mismo tiempo trascenderlo. Su palabra siempre va más allá, pues también va hacia lo propio. “Jamás logré ser solo espectadora”, escribió haciendo referencia a esta idea imposible para la poeta de desentenderse de lo que pasaba a su alrededor. La poesía entonces se erige, en parte, como una forma de restitución, en el sentido de preservar una memoria; no en vano su poema se conservó en la memoria para luego existir. Poesía como recuerdo y encuentro.

“Cuando ya se agotaban las fuerzas del mundo, / Reinaba el luto, todo se marchitaba en la desdicha”, se lee en un poema donde la conciencia de lo humano tiene que ver con la amistad antes mencionada, y también con lo amoroso, pues ante la perspectiva del fin aparece una suerte de despertar o celebración o brindis donde el eros se abre paso en sus poemas de encuentros, de visitas nocturnas, silenciosas, como los versos que asaltan de noche al estilo de un amante. Aún en las circunstancias más adversas hay espacio para el deseo, y quizás por lo mismo con mayor intensidad.

Joseph Brodsky señalaba que lo amoroso en los poemas de Ajmátova estaba ligado a la fe, a “la nostalgia de lo infinito por parte de lo finito”. Algo de eso hay, pues el espacio habitado por el poema es también el de una creencia que persiste. Aunque también lo amoroso es una pulsión concreta, cotidiana, tan real como su cuerpo.

Anna Ajmátova escribió y pudo sobrevivir al ostracismo y al silencio de tantos años en parte porque tuvo fe, aun cuando aquel dios fue indiferente y a muchos no les permitió volver a casa; la imagen de la vuelta a casa como una especie de ilusión anterior a la desgracia se reitera en sus versos. Y quizás la poesía cumplió esa función para Ajmátova, la de ser casa, refugio.

A propósito de amistad y de encuentros amorosos, luego de que el pensador Isaiah Berlin fuera a verla, dijo que ese encuentro fue “la cosa más emocionante, creo, que me ha ocurrido jamás”; algo así como la fulminación de un rayo. No queda claro si fue algo más que una larga conversación nocturna, aunque nada de eso parece relevante si pensamos que lo amoroso tiene que ver también con el hecho de que dos almas comunes y de esta magnitud hayan podido encontrarse, y que ese encuentro irradiara su luz hacia el futuro. En Poema sin héroe hay muchos pasajes referidos a la visita de Isaiah Berlin. Pero las repercusiones de este encuentro fueron para Anna Ajmátova tan maravillosas como desgraciadas: acusada de espionaje, volvió a pasar hambre y nuevamente fue declarada enemiga del pueblo. Sin embargo, como si ya estuviera acostumbrada a la tragedia, a escribir con su tiempo en contra y con la imposibilidad de que la palabra encontrara salida, nada pudo evitar que ya cerca de su muerte el dique entre sus lectores y sus poemas comenzara poco a poco a abrirse, ya libre de amenaza.

 


Voy hacia nunca, Anna Ajmátova (selección y traducción de Jorge Bustamante), Ediciones UACh, 2021, 96 páginas, $13.900.