
Tras permanecer durante décadas perdida en una bodega, la obra de teatro El canciller, que María Luisa Bombal quiso estrenar en las tablas de Broadway, se publica por primera vez, permitiéndonos acceder a una faceta hasta ahora desconocida de la escritora chilena. En esta entrevista, el investigador que descubrió y tradujo el manuscrito habla acerca de los vínculos de esta nueva pieza con la narrativa bombaliana y las estrategias de Bombal como una autora que se desplazaba entre distintos idiomas, países, tradiciones y géneros literarios.
por Sebastián Duarte Rojas I 4 Agosto 2026
“Hablo del trágico fin de Jan Masaryk, canciller e hijo del hombre que convirtiera en país independiente ese rincón de Bohemia en Europa, hijo del que fuera su libertador and First President. Ese trágico fin de un hombre que fuera canciller de un país ya casi sometido a un régimen comunista soviético, ¿fue suicidio o asesinato político?”: así describía María Luisa Bombal (1910-1980) en una entrevista su obra de teatro El canciller, que con su título original en inglés (The Foreign Minister), y junto a otro texto dramático inédito, registró el 28 de noviembre de 1956 en la Oficina de Copyright de Estados Unidos. Estos manuscritos permanecieron en una bodega de la Biblioteca del Congreso en Washington, hasta que Felipe Toro Franco, académico de la Universidad Católica, dio con su paradero en 2020 mientras investigaba la trayectoria de la escritora en Hollywood.
Bombal, reconocida principalmente por las novelas cortas La última niebla (1935) y La amortajada (1938), y cuentos como “Las islas nuevas” (1939), “El árbol” (1939) y “La historia de María Griselda” (1946), es una autora que se suele asociar a la leyenda de quienes abandonan la escritura, como hace Diego Zúñiga en María Luisa Bombal, el teatro de los muertos (Ediciones UDP, 2019) al insistir en que padecía el síndrome Bartleby, como lo bautizó Enrique Vila-Matas. Sin embargo, la obra bombaliana no acabó ahí: en Estados Unidos, donde vivió de 1942 a 1971, publicó House of Mist (1947), versión radicalmente reescrita y ampliada de La última niebla que apareció mucho después en español como Casa de niebla (Ediciones UC, 2012), y The Shrouded Woman (1948), que no es solo una autotraducción de La amortajada, sino que añade “La historia de María Griselda” y otros cambios, algunos de los cuales Bombal incorporó a las ediciones en español.
Y está su paso por el cine: ya en Argentina escribió la película La casa del recuerdo (1941), pero en Hollywood tradujo diálogos para doblajes —en una cinta incluso dobló ella misma la voz de Judy Garland— y en 1947 vendió los derechos de Casa de niebla. Pero esta versión fílmica, que todo indicaba que sería una producción de primer nivel, quedó atascada en la maquinaria de la industria. Agata Gligo, en su biografía de la autora, dice que habría sido justo en ese período cuando Bombal conoció a Jan Masaryk, quien se movía en el círculo de su esposo, el conde Fal de Saint Phalle. Cuando sus sueños hollywoodenses se vieron entrampados, la autora recurrió a las noticias de su enigmática muerte en 1948. Así llegamos a El canciller, obra terminada en 1954 que a primera vista difiere mucho de la Bombal que conocemos: es una intriga política, una historia de espionaje al este de la Cortina de Hierro, que nos sitúa en una capital donde la niebla inolvidable de su ópera prima se puede convertir en la de una película de cine negro, como recalca la sugerente fotografía de Josef Sudek en la portada.
Los abundantes paralelos entre la escritura bombaliana que conocemos y este texto que se edita por primera vez son algunos de los aspectos que Felipe Toro señala en el prólogo y las notas al pie para su traducción de El canciller (tarea en que contó con la colaboración de Gwen Kirkpatrick, académica de la Universidad de Georgetown), y son también el punto de arranque de esta conversación sobre la obra de teatro protagonizada por Georg Teodosi, versión ficcional de Jan Masaryk, el hijo del fundador de “un pequeño país de Europa del Este” que es convocado por el nuevo gobierno soviético para ser canciller, y su esposa Katya, quien lo impulsa a resistir las imposiciones del nuevo orden político.
—Si uno descarta la pareja al final de Casa de niebla, este es el gran matrimonio feliz de la obra de Bombal —afirma Toro—. Ellos tienen un modelo, los Macbeth, que para Harold Bloom son el matrimonio más feliz de Shakespeare. Estos son dos Macbeth; benévolos, por supuesto, pero son conspiradores. Hay una entrevista donde Bombal dice que “el hombre (…) es the power in the throne, mientras la mujer es puro sentimiento”. Aquí es al revés: en su intento de sabotear el gobierno desde el silencio, Georg tiene la posición que corresponde a las heroínas de Bombal, que han sido descritas como “rebeldes pasivas”. Katya, en cambio, es la que no se equivoca nunca, la que tiene los saberes de historia y ciencias políticas, y Georg suele reconocer que ella es más inteligente. Katya es la primera protagonista de Bombal que sale a la escena pública a discutir de política, y a mí me parece que el momento cuando ella sale al balcón representa ese tránsito de lo privado a lo público. Una de las preguntas de la crítica ha sido si las protagonistas de Bombal son agentes históricos o no; yo creo que sí, y la aparición de Katya es una confirmación.
Este texto inédito de Bombal parece bastante dislocado: no solo nos llega con siete décadas de desfase, sino que además pertenece al género dramático, uno en que no habíamos leído antes a la autora, y fue escrito en inglés con intenciones de estrenarse en Broadway; esto sin contar que aborda episodios políticos, en ese momento recientes, de la historia europea. ¿Dónde enmarcar esta escritura? El traductor sugiere algunos posibles vínculos con el teatro de Guerra Fría que empezaba a aparecer en Broadway, pero también ofrece otra tentativa:
—Por un lado, aunque es una idea preliminar, yo diría que esta obra se nutre de la recepción que se hizo de Checoslovaquia en las vanguardias históricas. De Praga, sobre todo. Hay una reseña de Borges en 1939 sobre Karel Čapek, el autor de ciencia ficción que escribió la obra de teatro R.U.R., con la que ingresa la palabra “robots” del checo, y ahí Borges menciona que este escritor además tiene un libro de conversaciones con T. J. Masaryk, el padre del canciller. Es decir, hay algo del espíritu de la república de Mazaryk, que era altamente utópica, en la recepción de Praga desde Latinoamérica. Además, “El milagro secreto” de Borges sucede en Praga, y se dice que “Tema del traidor y del héroe”, del que hay algo en esta obra, podría haber ocurrido cerca, en Polonia o en unas repúblicas balcánicas. Por otro lado, está el seudónimo de Pablo Neruda: es posible que lo haya tomado de Jan Neruda y una de las rutas de Praga para llegar al palacio Černínský, donde ocurrió esta historia, es la ulice Nerudova, la calle Neruda. Es decir, la obra por supuesto se ambienta en Praga, pero aparece como una Praga latinoamericana, una Praga imaginada desde Latinoamérica. En El canciller Bombal es una escritora latinoamericana que escribe en inglés sobre República Checa: por esa triangulación, yo creo que se puede ubicar en varias tradiciones al mismo tiempo.
La inexacta locación de “Tema del traidor y del héroe”, ese cuento de Borges sobre conspiraciones envueltas en un telón shakesperiano, ya sugería una cierta intercambiabilidad entre Sudamérica y Europa: “La acción ocurre en un país oprimido y tenaz: Polonia, Irlanda, la república de Venecia, algún estado sudamericano o balcánico…”. Y los desplazamientos transatlánticos marcaron también la biografía de Bombal: hija de madre de origen alemán, nació en Viña del Mar y llegó a los 13 años a París, donde estudió literatura francesa en La Sorbona y actuación en l’Atellier; a su regreso a Chile, perteneció a una compañía de teatro antes de irse a Buenos Aires, donde publicaría sus primeros libros y conviviría de cerca con Neruda y Borges. Esta trayectoria se asemeja a la de los protagonistas de Atlas: un mapa literario del deporte (1988-1940) (Cuarto Propio, 2023), un conjunto de ensayos del mismo Felipe Toro sobre cuatro escritores hispanoamericanos (Rubén Darío, Enrique Larreta, Horacio Quiroga y Gabriela Mistral) que dialogan con Europa a través de los Juegos Olímpicos, trayendo ese evento, que se posiciona como centro del mundo, a Latinoamérica.
—En retrospectiva, yo pienso que me he interesado por los imaginarios cosmopolitas, como el de las Olimpíadas y cómo estos escritores modernistas podían apropiarse de ese escenario. Pero otro escenario que puede competir con el deporte en la modernidad es el de Hollywood y Broadway. Así que mi pregunta era: ¿cuáles han sido las intervenciones latinoamericanas allí? Ya que me interesa esas historias de latinoamericanos interviniendo en lugares cosmopolitas, contrabandeando ciertas señas de identidad.
En otro roce internacional, El canciller dialoga con grandes figuras de la cultura europea. El vínculo más notable es el que establece con la obra shakesperiana: ya se ha mencionado el caso de Macbeth, que se hace explícito cuando Katya cita uno de sus parlamentos más famosos, pero Georg es un personaje que dice cosas como “esta tarde, en el cementerio, mi padre me habló… tan clara y nítidamente como si estuviera vivo…”, en una escena en que contempla la idea del suicidio, y las semejanzas entre el político que inspiró a este personaje y el príncipe de Dinamarca ya habían sido evidenciadas por la prensa de la época:
—En la revista Life, Dorothy Thompson comparaba a Jan Masaryk con Hamlet y el pie de una foto en que aparecía junto a su padre decía que siempre fue opacado por él. Esta historia es hamletiana, hay un hijo enfrentándose al fantasma de su padre. Ahora bien, Bombal lo duplica: toma a este Hamlet que muestra la prensa y lo transforma en unos Macbeth. Es como si Bombal se hubiera preguntado cómo rescatar a Hamlet de esta intriga palaciega y su solución fue darle una compañera que le indicara el camino al hombre que vive arrasado por la duda. Jan Masaryk, el Hamlet de Checoslovaquia, necesitaba una Lady Macbeth.
El proceso frustrado de llevar Casa de niebla a Hollywood y luego intentar traerla ella misma al español, traducción que solo llevaría a cabo ya en el siglo XXI la crítica Lucía Guerra, tiene un paralelo casi exacto en El canciller: no solo fue rechazada por los productores de Broadway y ahora aparece traducida por Felipe Toro, sino que Bombal también anunció que la traduciría, pero llama la atención que en esta lengua dijo una y otra vez que era una novela. En Nascimento: el editor de los chilenos, Felipe Reyes cuenta cómo incluso en las cartas a su editor nacional “se compromete a enviarle la nueva novela en la que trabaja, titulada El canciller; promesa que se repite en cada una de las epístolas, pero que nunca cumplió”.
—Eso es impresionante. Indica que las ficciones de Bombal son reversibles. En inglés la presenta como obra de teatro, en español la presenta como novela, que es algo parecido a lo que hizo cuando intentó entrar a Hollywood, porque metamorfoseó La última niebla a House of Mist y la vendió a la productora de Hal B. Wallis, pero también hay cartas donde le ofrece La amortajada. Es como si el paso del español al inglés para Bombal de inmediato gatillara el paso de la narración a la puesta en escena, como si fueran dos traducciones que están implicadas mutuamente. El inglés para ella sería la lengua de la puesta en escena, esa es por lo menos una hipótesis de trabajo. La otra sospecha es que, una vez que Casa de niebla fracasó en Hollywood, ella fue a Broadway porque triunfar ahí habría sido una manera de llegar a Hollywood. Y de todas formas este texto está hecho para ser adaptado a ambos registros. Ágata Gligo decía que El canciller “es una novela con gran abundancia de diálogos, pensada para adaptarse al cine o teatro”, y esa mezcla se ve en el texto encontrado: es una obra de teatro, pero tiene una narradora y podría ser una película de Hitchcock, tiene todos esos ingredientes. Es como si Bombal quisiera multiplicar sus posibilidades de supervivencia en la industria, como si dijera: si no es Broadway, puede ser Hollywood; si no es ninguna de las dos, entonces puede ser novela para el mundo hispano. El canciller da cuenta de que Bombal escribe como en una sala de ensayo: todo puede volver a hacerse.

El canciller: obra en cinco actos, María Luisa Bombal, traducción de Felipe Toro Franco, Fondo de Cultura Económica, 2026, 206 páginas, $13.900.