La biblioteca basurero

Este jueves 24 de noviembre se presentará en Santiago el libro Contra Bolaño, de Carlos Walker. Les compartimos la presentación que leyó David Oubiña en el lanzamiento en Buenos Aires a fines de septiembre, en que se refiere a este ensayo que busca desmontar las lecturas que parecerían ir a favor de la obra de Bolaño, cuando en realidad, o precisamente por eso, acaban estrellándose contra ella y la obligan a encallar entre los peñascos del lugar común.

por David Oubiña I 21 Noviembre 2022

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Hace unos días murió Godard. Había dejado instrucciones para que, en su epitafio, solo escribieran la frase: Jean-Luc Godard, au contraire. Jean-Luc Godard, al contrario. En efecto, durante los últimos sesenta años, Godard ha sido uno de los grandes contradictores. Como si fuera un cargo que hubiera ganado por concurso de méritos: el Gran Contradictor (como cuando se dice Procurador general o Defensor de pobres y ausentes).

El contradictor elige lo contrario. ¿Pero lo contrario de qué? No es lo mismo un contrera que un contradictor. El contrera está animado por una terquedad oportunista: le basta con invertir mecánicamente cualquier postulado. El contradictor, en cambio, necesita argumentar su oposición: es un militante y un resistente. Es el que está al revés. Hace falta coraje para perseverar a contramano del consenso. Como el tábano de Sócrates.

Así lee Carlos Walker la obra de Roberto Bolaño: lee como un contradictor. La tapa del libro invita a la anfibología: “Carlos Walker [el autor] / Contra Bolaño [el título]” bien se podría interpretar como “Carlos Walker contra Bolaño” (como si se dijera “Carlos Walker versus Bolaño”, igual que en un litigio judicial o en un combate de boxeo). Lo cual no está mal, porque, en última instancia, también se trata de eso. Pero me parece que el objetivo principal de este ensayo consiste, más bien, en desmontar esas lecturas que —con buenas o malas intenciones, lo mismo da— parecerían ir a favor de la obra cuando en realidad, o precisamente por eso, acaban estrellándose contra ella y la obligan a encallar entre los peñascos del lugar común.

Walker se pregunta qué significa leer realmente contra Bolaño, leer contra las lecturas sobre Bolaño. Y el interrogante inevitable que viene a continuación es ¿cuál Bolaño? Porque volver a Bolaño implica no solo rescatarlo de aquellos que lo hacen hablar como si fuera otro (aplanando los rasgos singulares de su escritura), sino también de aquellos que lo escuchan según los dictados que él mismo ha promovido. Leer entonces contra los comentaristas que, de una u otra manera, intentan apropiarse de la obra y leer contra la imagen que el autor instala sobre sí mismo; pero también leer —incluso o ante todo— contra la propia lectura: “Nada que ver con la tesis doctoral que vos conocés”, señalaba Carlos en el mail que me envió describiendo este nuevo libro. Al fin y al cabo, como decía Foucault, uno escribe (y lee, podríamos agregar) para perder el rostro. Dice Walker: “Una manera de plantear el asunto podría ser por la vía de la inestabilidad. Estar en contra es, a grandes rasgos, una posición que permite insistir en hacerle preguntas a lo que se lee […] Las grandes obras suelen tomar sus fuerzas de un impulso disruptivo, muchas han añorado poner a la literatura patas para arriba, sacudirla, ampliar sus posibilidades, desdeñar sus lugares comunes y, por lo tanto, parecen instarnos a leer a contracorriente, como si leer fuera un ejercicio de imaginación antes que un fervor de lo monumental”. No puede haber virulencia en el monumento: ningún desplante descarado, ningún gesto impertinente, ninguna potencia crítica. En cuanto la obra es bendecida pierde su capacidad de maldecir. Se trata, entonces, de restituir a la literatura de Bolaño, “que ha venido sufriendo el escarnio de la consagración a manos de la universidad de las buenas costumbres”, cierta inestabilidad necesaria, devolverle sus puntos de disyunción, sus líneas de fuga.

A medida que agrega libros a su obra, Bolaño avanza y retrocede (avanza retrocediendo), vuelve a pasar por los mismos lugares, repite los mismos nombres y recupera las mismas circunstancias. Pero no son —dice Walker— ‘coincidencias o curiosidades entre distintos libros, antes bien las relaciones mencionadas sirven para exhibir una modalidad de construcción de la obra’.

Leer contra es una estrategia para seguir leyendo, para no dejar de leer. Una de “las tretas tradicionales del oficio” del crítico es contentarse con las señaléticas del texto y no leerlo realmente. Hace poco me llegó un mail de Google académico, donde ofrecían enviarme un recordatorio “cada vez que Roland Barthes escribiera un nuevo artículo”. El mail aclaraba que esa recomendación estaba basada en mi perfil: se ve que, en el rastreo de mis textos online, el nombre de Barthes aparecía citado con cierta frecuencia. Pero como si estuviera aquejada por un trastorno autoinmune, esa sugerencia tan razonable se invalidaba a sí misma antes de completar su propio enunciado: quedaba arruinada por el detalle inoportuno del fallecimiento de Barthes que, sin embargo, era —en todos los sentidos— de vital importancia. Claro que, como queda demostrado en la publicidad reciente de un holding multinacional de editoras donde se anuncia el relanzamiento de los libros de Bolaño, un escritor puede seguir produciendo después de muerto: en esa publicidad —que Walker recupera— se lo ve fumando junto a un abanico de sus libros desplegados al infinito bajo el eslogan ROBERTO BOLAÑO, UN ESCRITOR VIVO. Pero eso no tiene que ver con seguir escribiendo, sino con el negocio que supone exprimir al máximo “el fantasmático Archivo Bolaño”. En cambio, lo que me llamó la atención en el mensaje de Google académico fue que, de manera evidente, allí donde el algoritmo pretendía ser eficaz mostraba su lado más ridículo; porque, sin duda, no hay nada más ridículo que un mensaje supuestamente personalizado enviado de manera automática. Lo que se presentaba como una rigurosa evaluación conceptual operaba, en realidad, según el mecanismo reduccionista de los predictores de texto en el teléfono celular que creen saberlo todo sobre uno cuando lo cierto es que solo consiguen una representación estereotipada y caricaturesca. Y lo peor no es eso sino que, en un sentido general, Google no hace más que poner en escena el tipo de funcionamiento de la academia —esa gran máquina de legitimación de los saberes— que siempre cede a la fascinación por las modas y, entonces, a la aplicación indiscriminada, a la imitación y a la uniformidad.

¿Cómo lee Carlos Walker? Lee a contrapelo, incursionando en sitios impensados, trazando un camino por zonas de los textos que no han sido transitadas por las lecturas previas. Se aproxima a la obra de Bolaño evitando montarse sobre algún aparato teórico predeterminado. Es un lector de a pie. Walker se acerca caminando, si se me permite el chiste fácil. Como si fuera un flâneur. Pero no es un flâneur. Parece, pero no. Porque no se pasea por las páginas como quien vaga sin rumbo fijo. No va por ahí leyendo de manera distraída. Se hace el distraído, como el conspirador que “hace tareas de inteligencia” (y esta expresión es, por una vez, justa) para planificar el ataque a un objetivo. Y de pronto, como quien no quiere la cosa, empieza a arrojar sus bolaños. La explicación que viene ahora es “erudición reciente”, por supuesto (como habría dicho el tocayo-casi-homónimo David Viñas): los bolaños eran los proyectiles esféricos de piedra que arrojaban las bombardas, las bombardetas, los pedreros y otras antiguas piezas de artillería. De modo que el título del libro, Contra Bolaño, podría entenderse también como bolaños contra. Carlos Walker se hace el que camina distraído mientras espera el momento justo para arrojar sus bolaños. ¿Pero contra quién? Contra todas esas lecturas olvidadizas o parciales o demasiado educadas o burocráticamente académicas. Contra las lecturas que intentan someter el sentido a una certeza. En definitiva, contra “esa cháchara del consenso”.

“Una obra cuaja —dice Walker— cuando se pone en marcha una prolongación imaginaria de lo ya hecho y de lo que vendrá. Por lo mismo, ese instante es fruto de permanentes reactualizaciones y modificaciones. Así, a medida que Bolaño escribe se van delineando los modos en que su literatura se va yendo por las ramas. De eso se trata en estas páginas, de merodear alrededor de ese centro móvil con la idea de ir tanteando el repertorio de formas que despliega una obra”. Está claro que irse por las ramas es, en definitiva, el mejor camino para llegar a la raíz. Hay otra expresión que significa más o menos lo mismo que “irse por las ramas”; me refiero a “cajón de sastre”. Walker la aplica a la última parte de La literatura nazi en América: en ese libro ve el “momento fundante y central de la obra de Bolaño” y caracteriza al epílogo como “el cajón de sastre por excelencia” de su autor. Allí está la matriz para producir esas listas tan borgeanas donde se reúnen elementos heteróclitos y que atraviesan todos los libros de Bolaño. Digamos: de la antología de escritores en La literatura nazi en América a la antología de mujeres muertas en 2666, pasando por la galería de actores y de películas porno de Helmut Bittrich en “Prefiguración de Lalo Cura”, las biografías de personajes en Monsieur Pain o la colección de sueños de los miembros del grupo Tel Quel en el cuento “Laberinto”.

La literatura nazi en América es, entonces, como una Biblioteca de Babel en escala. Y como toda colección, la biblioteca tiene inevitablemente su costado grotesco porque los elementos dispares dispuestos en extraña vecindad se transforman de maneras a menudo monstruosas (…). Igual que Eisenstein, igual que Borges, Bolaño sabe que el sueño del montaje produce monstruos. De modo tal que el cajón / de / sastre es sobre todo un cajón desastre.

A medida que agrega libros a su obra, Bolaño avanza y retrocede (avanza retrocediendo), vuelve a pasar por los mismos lugares, repite los mismos nombres y recupera las mismas circunstancias. Pero no son —dice Walker— “coincidencias o curiosidades entre distintos libros, antes bien las relaciones mencionadas sirven para exhibir una modalidad de construcción de la obra. Hay un trabajo de las formas literarias que se va reordenando a medida que esta colección de nombres, títulos y circunstancias de publicación se transforma en un ciclo. No tanto por la reaparición anecdótica de personajes y de lugares, sino por cómo se instala un procedimiento que le permite a Bolaño volver hacia atrás para seguir escribiendo. La literatura nazi en América como un libro que, utópicamente, contiene en abismo todos los libros de Bolaño”. La literatura nazi en América es, entonces, como una Biblioteca de Babel en escala. Y como toda colección, la biblioteca tiene inevitablemente su costado grotesco porque los elementos dispares dispuestos en extraña vecindad se transforman de maneras a menudo monstruosas (no olvidemos que el epílogo es un “epílogo para monstruos”). Igual que Eisenstein, igual que Borges, Bolaño sabe que el sueño del montaje produce monstruos. De modo tal que el cajón / de / sastre es sobre todo un cajón desastre.

Por eso a Walker le gusta la imagen de la biblioteca-basurero que Bolaño menciona en una de sus novelas: porque así como el “Epílogo para monstruos” inventa una biblioteca, en 2666 los cadáveres de mujeres van a parar a basureros clandestinos. Pero pienso también —para seguir con la estirpe borgeana— que, llevada al extremo del patetismo, la Biblioteca de Babel desemboca inevitablemente en ese basurero que es la memoria de Funes (recordemos el lamento del personaje: “mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras”). Leer sería irse por las ramas, hundirse en ese cajón de sastre que es el texto y salir de allí pertrechados con la misma colección grotesca y el mismo montaje monstruoso pero habiendo conquistado para ellos una configuración que ahora se nos aparece como perfectamente lógica. La crítica es un ars combinatoria. Al irse por las ramas, se avanza un poco a ciegas, es cierto; sin embargo, se trata de una deriva metódica que se dispersa pero no se distrae. Es una tarea minuciosa, como de arqueólogo: Walker limpia la superficie del texto, le pasa el cedazo y va descubriendo de a poco lo que ha quedado enterrado por el tiempo o por la desidia. Encuentra una pieza y la conecta con otra y con otra, hasta que aparece una figura imprevista. Es algo que estaba ahí y que, sin embargo, no sabíamos que existía hasta que fue colocado en el texto por la lectura.

Para terminar, quisiera volver al comienzo. En la primera página de Contra Bolaño hay un epígrafe, tomado de un ensayo de Deleuze, que señala: “Ningún libro en contra tiene importancia, sea contra lo que sea. Solo cuentan los libros a favor”. Pero la cita viene con un truco o una trampa, porque está incompleta: Deleuze no dice “solo cuentan los libros a favor” sino “solo cuentan los libros a favor de algo nuevo y que saben producirlo”. No se trata, entonces, de promover la mera celebración candorosa o resignada desestimando los cuestionamientos; en todo caso, más que perder el tiempo criticando lo que ya se conoce, se sugiere estar atentos al momento inefable en que surge la novedad y contribuir para que ese acontecimiento tenga lugar. Deleuze no hace una invitación resignada a acallar los conflictos; por el contrario, hace un llamado enérgico para batallar en defensa de lo nuevo. En ese sentido, quisiera señalar que si el libro de Carlos Walker es el libro de un contradictor, si no rehúye la polémica y desafía ciertos lugares comunes en los comentarios sobre la obra de Bolaño, si se enfrenta a la “cháchara del consenso”, eso es porque está a favor de algo nuevo. He aquí, por fin, algo diferente en nuestra crítica literaria.

 


Contra Bolaño, Carlos Walker, Lecturas ediciones, 2022, 126 páginas, $12.000.