La derrota es la prudencia

Paramar recoge una serie de textos que en conjunto dan una panorámica del poeta Juan Carreño entre 2016 y 2019: lanzado a la aventura, pero también como un intérprete urgente del Apocalipsis bíblico contemporáneo y, mucho más, como un habitante rabioso y desencantado de las multicanchas vacías de los extramuros de Santiago.

por Roberto Careaga C. I 17 Octubre 2020

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“Lo que menos tengo es miedo”, escribe de pronto Juan Carreño en uno de los tantos poemas de Paramar, un libro que también es un río que se desborda. La frase, o el verso, está en el recuerdo de un viaje adolescente a la playa, solo y sin dinero, avanzando a dedo y durmiendo a la intemperie mien­tras cae la lluvia. Vender sus poe­mas a los punks y los surfistas de Pichilemu no le resulta. Lo que resulta es volver a esa playa que al­guna vez fue suya, de su gente; es decir, lo que resulta es el viaje, la experiencia. Quizás el primer via­je de este libro que crece a ras de suelo, entre poblaciones, desechos de alguna feria y descampados de Chile, pero que también recorre otros países y otros caminos, por los que Carreño se movió y tomó notas al vuelo.

Más que un volumen unitario, Paramar recoge una serie de textos que en conjunto dan una panorá­mica del poeta Carreño entre 2016 y 2019: lanzado a la aventura, pero también como un intérprete ur­gente del Apocalipsis bíblico con­temporáneo y, mucho más, como un habitante rabioso y desencan­tado de las multicanchas vacías de los extramuros de Santiago. Segu­ramente es en este último registro donde Carreño consigue sus poe­mas más personales y reveladores, pero la gracia de este libro está en cómo transita por todos esos to­nos: son casi 250 páginas que se inician releyendo el Apocalipsis y terminan en rencorosas citas a Los Prisioneros y reproducciones de memes en donde, por ejemplo, Jesús se cuadra con la cerveza Bál­tica de litro.

Nacido en Rancagua en 1986, Carreño no pierde el tiempo: des­de 2008 ha publicado 13 libros –al­gunos más artesanales que otros–, en lo que además de poemas, hay una novela y un volumen de cró­nicas y textos de no ficción. El origen ya es algo parecido a un hito de la poesía local de nuestros días: Compro fierro, un poemario que lejísimo de cualquier jerga de nuestra lírica, se hundía en la experiencia poblacional y su orali­dad. Que pareciera descarnado no solo hablaba de la distancia hipó­crita de los lectores literarios con esas zonas de la vida urbana, sino también de la capacidad de Carre­ño para trasladar una cotidianidad –a veces suya– al ámbito poético sin perder su rudeza esencial.

Paramar contiene un paisaje muy amplio de textos, lo que no pocas veces lo vuelve irregular. No es solo que haya mejores poemas que otros, sino que por su natura­leza antológica conviven diferen­tes estilos y aspiraciones temáti­cas.

Hay algo salvaje o indomable en la escritura de Carreño que está en sus temas y también en la forma incontenible que se aprecia claramente en Paramar: poemas que se extienden por varias pági­nas en que se mezcla el testimonio, la reflexión y un tono de voz gru­pal, generacional acaso, de un yo que son todos esos adolescentes que fuman Pall Mall rojos, toman chimbombo, viajan en buses pira­tas, acampan en la playa, se juegan la vida en los Tagadás de provin­cias, se alimentan de dulces Fruna y terminan el colegio en cursos 2×1. “Entregados a la melancolía y el descampado”, esos jóvenes de quienes habla Carreño puede que efectivamente sean los que hoy terminan “pateando piedras”, pero acá no hay un retrato dócil: antes que desamparo y amargura, estos poemas cargan una intensidad vi­tal inmune a la derrota.

“La derrota es la prudencia, la resignación”, llega a decir Carreño en uno de los poemas. Se titula “Comida rápida la orquesta” y es algo así como un diálogo de una pareja que contempla las precariedades por venir en el horizonte y lanzan preguntas como estas: “cuánto pagan la hora en el Burger King?”, “cuánto nos falta para que salga Boric?”. Esos destellos de drama político social son chispa­zos que, en cualquier caso, en Para­mar coexisten con toda otra gama de registros: un poema cortísimo nos informa solo esto: “poema dic­tado por dios en sueños/ de Marc Anthony a Jennifer López:/ hay escorpiones en mi libreta”.

Paramar contiene un paisaje muy amplio de textos, lo que no pocas veces lo vuelve irregular. No es solo que haya mejores poemas que otros, sino que por su natura­leza antológica conviven diferen­tes estilos y aspiraciones temáti­cas. Queda claro que la ambición de Carreño hace rato ya superó el naturalismo puro y duro de Com­pro fierro y la mejor prueba es la re­escritura de parte del Apocalipsis que se lee al inicio del volumen y que, en cierto modo, también re­escribe ese testimonio callejero y rudo con el que una vez sorpren­dió. Quizás ahora suena menos fresco. Lo que no se apaga en la poesía de Carreño es una vitalidad que hace del rencor, la humillación y hasta de la nostalgia, la carne para cualquier batalla.

 

Paramar, Juan Carreño, Ediciones Lastarria, 2019, 255 páginas, $8.000.

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