
Director artístico de revistas como Zig-Zag, Babel, Atenea y Mapocho, y de editoriales como Nascimento, Jurídica y Universitaria, Amster fue sin duda la figura central del diseño editorial y tipográfico chileno desde los años 40 hasta los 80. Diseñó las cubiertas y diagramó infinidad de libros, de algunos de los más importantes escritores chilenos: Neruda, Huidobro, Mistral, Marta Brunet, Manuel Rojas y González Vera. Aquí repasamos su historia y dos libros recientes que rescatan su vida y su legado.
por Patricio Tapia I 2 Abril 2026
En 1818, la viuda del impresor y tipógrafo italiano Giambattista Bodoni, publicó la gran obra de su esposo, muerto cinco años antes y en la que él había estado trabajando durante más de 40: la edición definitiva de su Manual de tipografía. Allí se presentaban muchos conjuntos de tipos de letra, incluyendo idiomas “exóticos” de todo el mundo (griego, hebreo, etrusco, armenio, tibetano, ruso y etíope, entre otros) y una extensa descripción de adornos posibles. La importancia del manual de Bodoni iba más allá de su abundancia de letras y elementos decorativos, por la perfección y elegancia de su edición. Libro escaso y muy buscado, es uno de aquellos “trofeos” para quienes están sumidos en la extraña enfermedad de la bibliofilia.
El Manual de tipografía de Bodoni puso alguna vez a prueba la honestidad de Mauricio Amster. En sus tiempos como miliciano durante la Guerra Civil española, antes de viajar a Chile, tuvo que alojarse en una mansión requisada y descubrió, entre el desorden que allí había, montones de libros en el suelo. Uno de ellos era el manual de Bodoni. Lo describe como un volumen “grato de mirar, grato de tocar y hojear”. Consciente de que podría habérselo llevado impunemente, pasó largo rato enfrascado en un dilema: el “conflicto entre la bibliofilia y el respeto a la propiedad privada”. Aunque triunfó lo segundo, nunca dejó de lamentarlo. Así lo rememoró en una nota en una revista chilena, ahora recogida en Recuerdos de un bibliófilo, pequeño volumen antológico que recopila algunos de sus textos dispersos, junto a una selección de su propio manual tipográfico, bastante más modesto que el de Bodoni, enfocado más en la historia y conceptos que en el despliegue visual.
Además de escribir un manual sobre la materia, tanto Bodoni como Amster compartían un amor por la tipografía más bien austera. A pesar de su convicción común de sencillez, ambos no podrían haber tenido biografías más distintas.
Bodoni llevó una existencia totalmente sedentaria: hijo y nieto de impresores, el experimentar con diferentes letras y papeles lo fue todo para él. Invitado muy joven por el duque de Parma para dirigir una imprenta, permaneció en esa ciudad casi toda su vida. Allí pasaba el tiempo refinando sus diseños; también asistió a cursos de diferentes idiomas para desarrollar sus respectivos tipos.
El dominio de Amster de varias lenguas, en cambio, estuvo determinado por su existencia errabunda. De familia judía, nació en Lwów (o Lemberg o Lviv o Leópolis), la célebre ciudad de Galitzia cuyo nombre cambia según los países o imperios de los que ha formado parte. Amster viajó tempranamente a Viena para estudiar arte y después a Berlín, donde se formó en artes aplicadas. La depresión económica alemana, así como el impulso de la industria editorial hispana (unido a su atraso técnico), dirigió sus pasos hacia España, a través de la invitación de su amigo de infancia, Mariano Rawicz, quien se encontraba allí. Ambos, en forma conjunta y luego por separado, fueron verdaderos protagonistas de la renovación gráfica y tipográfica de la época en España y más tarde en Chile.
Desde su llegada a Madrid hacia 1930, Amster realizó una versátil labor en una gran cantidad de editoriales, especialmente las de “avanzada”, aunque no solamente en ellas —desde Cenit o Ulises hasta Revista de Occidente y Espasa Calpe—, además de trabajar en la edición popular y la diagramación de revistas. Diseñó y dibujó centenares de cubiertas, incluyendo libros tan famosos como Rusia en 1931, de César Vallejo o Poema del cante jondo, de García Lorca. Las editoriales apostaban por textos revolucionarios y también por cubiertas que lo fueran, en las que Amster dejó su marca: el uso de la letra cursiva, el influjo del cartelismo del cine alemán, la tipografía usada como ilustración, el empleo de la fotografía y el fotomontaje.
Su impronta fue considerable. El escritor y editor Andrés Trapiello —un admirador temprano— ha sostenido que Amster es “el más fino tipógrafo español del siglo XX”; agregando que su trabajo, junto al de Ricard Giralt-Miracle (quien se quedó en España), “puede equipararse al de los mejores tipógrafos europeos y norteamericanos de su época”.
Durante su estadía española, Amster ingresó al Partido Comunista y se convirtió en miliciano al estallar la Guerra Civil. En 1937 fue nombrado director de publicaciones del Ministerio de Instrucción Pública y en 1938 pasó a la Subsecretaría de Propaganda: hizo carteles y fotomontajes, también diseñó la célebre Cartilla escolar antifascista, pensada para reducir las tasas de analfabetismo entre los soldados. De esta Cartilla se imprimieron 125 mil ejemplares, en dos ediciones: una, con fotos de José Val del Omar y José Calandín; la otra (que incluía una cartilla aritmética y un cuaderno de ejercicios) con fotografías del alemán Walter Reuter para los nuevos fotomontajes.
A su función educativa, la Cartilla sumaba las de la propaganda y la artística. En ella convivían, por un lado, proclamas marcadamente políticas —que saludan tanto a Manuel Azaña, el presidente republicano, como a Lenin, “nuestro gran maestro”— y, por otro, el arte de vanguardia y la deslumbrante labor de Amster. En ella se enseñaba a los soldados a leer y escribir a partir de frases como “Todos los esfuerzos para vencer” o “No seremos nunca esclavos”; y en la cartilla aritmética se enseñaban las operaciones numéricas con ejemplos como “Dos cañones multiplicados por dos forman una batería” o “Dividamos al enemigo y venceremos”. El artista Pedro G. Romero, quien prologa una edición conmemorativa de 2021, que incluye silabario, libro de aritmética y una muestra del cuaderno de ejercicios, señalaba que se disponía de dibujos de balas, tanques y aviones como si fuesen juguetes.
El año 2022 el Instituto Cervantes organizó una exposición y editó un catálogo, Cartilla escolar antifascista: la obra maestra de Mauricio Amster y Walter Reuter, que daba cuenta del hallazgo con negativos inéditos del fotógrafo alemán de las fotografías que sirvieron para realizar los fotomontajes. Existió un archivo que probablemente manejó Reuter entre la primera y la segunda edición de la Cartilla (entre abril y octubre de 1937). De esta manera puede verse la imagen de la frase “Una escuadra se divide en cinco hombres”, tanto en la cartilla como en las fotografías y variantes que le sirvieron de base. Después de la victoria franquista, Amster y Reuter dejaron España. Es durante la Guerra Civil que Amster se casa con Adina Amenedo. Ambos, obligados al exilio, escapan a Francia y finalmente viajan a Chile como refugiados.
La travesía al sur del mundo la pareja la realiza en el famoso barco Winnipeg, el que, en 1939, llevó más de 2.200 exiliados españoles a Chile. El folleto que se repartía a bordo, “Chile os acoge”, un cuadernillo que incluye imágenes, retratos y un mapa del viaje, fue escrito por Neruda y diseñado por Amster.
Una vez establecido en Santiago, él se emplea inmediatamente en el mercado de las revistas y los libros. Su comunismo, aunque ya debilitado, lo ayuda. Apenas baja del tren desde Valparaíso, ve un cartel que anuncia que lo esperan en la revista Qué Hubo, dirigida por el comunista Marcos Chamudes. En esa revista trata a Luis Enrique Délano, quien lo vincula a la editorial Zig-Zag. Rápidamente llega a ser director artístico de ella, para la que creó varios proyectos y colecciones, incluidas las primeras de libros de bolsillo en Chile. Sin embargo, también colabora de manera simultánea o sucesiva con ediciones de la Universidad de Chile, la Universidad Católica, la Biblioteca Nacional, las editoriales Nascimento, Cruz del Sur (fue uno de sus fundadores), Jurídica y Universitaria, o la Sociedad Chilena de Bibliófilos. Participó o diseñó directamente revistas como Deutsche Blätter (una importante revista del exilio antinazi que se publicó en Chile entre 1943 y 1946), Babel, Anales de la Universidad de Chile, Atenea y Mapocho. En realidad, se convierte en la figura central del diseño editorial y tipográfico chileno por los siguientes 40 años. Diseñó las cubiertas y diagramó infinidad de libros, de algunos de los más importantes escritores chilenos, de algunos de los cuales fue amigo: Neruda, Huidobro, Mistral, Marta Brunet, Manuel Rojas y González Vera, entre muchos otros.
Si el exilio español reconfiguró en muchos sentidos la vida chilena, con aportaciones en la industria y el comercio, no menos importante fue su presencia en dimensiones culturales, artísticas y sociales, como la creación y frecuentación de cafés. En el más célebre de ellos, el Café Miraflores, Amster, junto a los exiliados Arturo Soria y José Ricardo Morales, concibieron la editorial Cruz del Sur (en 1941), rescatando autores de la tradición hispana y obras chilenas nuevas.
Probablemente por una acusación contra Rawicz en España, las noticias de las purgas estalinistas o el Pacto germano-soviético de 1939, Amster rompió con el comunismo y se plegó a una línea crítica cercana al trotskismo. Se convirtió en uno de los integrantes del “grupo Babel” y la revista cultural homónima, dirigida por el argentino Enrique Espinoza, creada en Buenos Aires, pero trasladada a Chile entre 1939 y 1951 (desde 1944, Amster es diseñador y gerente). Diseñará en los años 60 el semanario PEC, dirigido por su amigo Marcos Chamudes, ahora convertido en implacable anticomunista.
Recién fundada la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, fue nombrado profesor. Para sus alumnos preparó y publicó en 1954 Técnica gráfica del periodismo, que ubicaba la tipografía como parte de la comunicación. En su quinta edición (1966) pasa a llamarse Técnica gráfica, cambiando de formato e incorporando más ilustraciones.
Colaboró en numerosos proyectos e iniciativas editoriales. Cultivó la amistad de pocas, pero escogidas personas. Su extensa y productiva actividad fue determinante en configurar el mundo del libro chileno. Laborioso y solitario, Amster siguió trabajando, más espaciadamente, en algunas ediciones hasta poco antes de morir, en 1980.
Durante gran parte de su vida, Amster padeció de bibliofilia. En su expresión más perniciosa, esta patología puede llevar a conductas como atesorar primeras ediciones sin leer o coleccionar libros con fines decorativos. En el caso de Amster, ella se manifestó en su forma más bien benigna, como el gusto por tenerlos o por hacerlos, con un fin preciso: ser leídos. El disfrute era el objetivo fundamental de leer libros, algo que también debía guiar la labor material de hacerlos.
Para Amster, la tipografía era el diseño aplicado a la lectura: una serie de elecciones visuales y materiales para lograr que lo escrito sea más accesible o atractivo. Un libro “cómodo” requiere muchas cualidades: el tamaño de la página, los márgenes (necesarios para poder leer y sostenerlo en las manos), la relación entre la longitud de las líneas y el espacio entre ellas, la cantidad de palabras en cada una, el tamaño de letra, todo aliado con un papel y encuadernación adecuados.
El amplísimo quehacer de Amster se caracterizó por la sobriedad, eficacia y equilibrio de sus diseños. Entre sus muchos trabajos destacan la colección de Cruz del Sur, su edición del Arte de pájaros de Neruda, su contribución al Resumen de la Historia de Chile de Encina-Castedo, sus ediciones para bibliófilos (las Coplas de Jorge Manrique, los Proverbios morales de Sem Tob, El manifiesto comunista de Marx y Engels), además de lo que se considera uno de sus mayores logros, la edición de Impresos chilenos 1776-1818.
Escribió poco: aparte de los manuales como Técnica gráfica (1954) y Normas de composición (1969), una breve “guía para autores, editores, correctores y tipógrafos”; escribió para la revista Babel, unos pocos textos autobiográficos.
Aunque admirado por su labor, esta fue más bien silenciosa y tan amplia y extendida en Chile —diseñó centenares de portadas, los colofones (una práctica que al parecer él introdujo) que reconocen su diagramación son miles— que pudo llegar a pasar desapercibida, como el paisaje que se da por supuesto.
Desde hace unas décadas, sin embargo, ha renacido el interés por su obra, alcanzando un punto culminante, en un sentido, e inaugural, en otro, con la exposición sobre su obra celebrada en Valencia en 1997, cuyo extraordinario catálogo, Mauricio Amster, tipógrafo, incluía textos críticos y una amplísima muestra de su trabajo, convertido ya en tesoro bibliófilo. Con posterioridad, una serie de artículos han abordado distintos aspectos de su labor. En Chile Juan Guillermo Tejeda ha escrito artículos y publicado un libro, Amster (2011), que cuenta algunos recuerdos personales sobre él y recoge datos biográficos, además de la antes mencionada edición conmemorativa de la Cartilla escolar antifascista (2021) y la exposición y catálogo Cartilla escolar antifascista: la obra maestra de Mauricio Amster y Walter Reuter (2022). Una importante fuente de información es el Archivo personal Mauricio Amster, de azaroso itinerario, basado en el legado de su viuda, Adina Amenedo, y gestionado por Sebastián Jatz, nieto de Mariano Rawicz.
Quizá como parte de esta renovada atracción por Amster han de considerarse Recuerdos de un bibliófilo (2021) y Mauricio Amster Cats (2023), dos delgados volúmenes, con distintos objetivos y distinta factura. El primero recopila textos del propio Amster, parte importante de los cuales rememoran su experiencia en la Guerra Civil española (publicados en la revista Babel), junto a una selección de apuntes tipográficos tomados de su Técnica gráfica. En el segundo libro, Felipe Reyes y Roberto Osses, entregan un retrato de Amster, su época y su obra, una mirada general, muy bien ilustrada, que incluye consideraciones que van de la historia literaria al diseño y la tipografía.
Pero donde Mauricio Amster Cats entrega una esmerada presentación y amables espacios, Recuerdos de un bibliófilo es tan cicatero en los márgenes e interlineado como generoso en erratas y letras por línea. Esto es extraño, pues varios de los nombres de los encargados coinciden en ambas publicaciones. ¿Es simplemente cuestión de frugalidad?, ¿hubo más recursos para un libro que para el otro?
En tal caso, para Recuerdos de un bibliófilo probablemente fuera mejor contar con menos textos (la compilación dista de ser exhaustiva) para lograr una lectura más agradable, siguiendo los consejos del propio Amster en Normas de composición: “El ahorro de papel nunca compensa las desventajas causadas por un manuscrito apretado e ilegible”; señalaba que la interlínea embellece la composición porque acentúa el blanco entre líneas y facilita la legibilidad. También hay que cuidar la cantidad de letras por línea: el ideal de ellas (39) que señalaba Amster en Técnica gráfica, se sobrepasa con mucho en esta publicación. En cuanto al contenido, los textos de Babel son interesantes (aunque no de difícil acceso), pues relatan escenas y parte de las experiencias bélicas de Amster, algunas anotaciones sobre personas, libros, lecturas, y consideraciones autobiográficas, valiosas siendo él tan poco dado a hablar de sí mismo. En “De poetas y gendarmes”, por ejemplo, pareciera referirse indirectamente a su alejamiento del comunismo: “Ningún militante es capaz de precisar el momento en que su partido comienza a corromperse”, señala.
En el prólogo de Joaquín Contreras hay afirmaciones algo intrigantes, como que Amster encaró y desafió a figuras como Neruda: ¿a qué se refiere exactamente?; la extendida y compleja relación entre ambos requeriría más que este simple enunciado. También se dice que la cartilla de Amster sobre la corrección de textos es “curiosamente interactiva”: los correctores en el siglo XVI crearon su propio sistema de signos para marcar pruebas e indicar qué correcciones hacer y dónde, de forma tan demostrativa como la de Amster, de alguna manera siempre fue algo “interactivo”. E informa, reiterando un error, que Amster tradujo Manifiesto comunista de Marx y Engels y Desobediencia civil de Thoreau (que tradujo Ernesto Montenegro).
En la edición formalmente más cuidada de Mauricio Amster Cats, la evocación de Reyes entrega datos y anécdotas que suelen ser correctos, aunque ya conocidos. No siempre son correctos: insiste en atribuirle a él la traducción de Thoreau. Entrega otras noticias dudosas, como que en 1930 Amster viaja a Madrid junto a Rawicz (lo que parece no ser efectivo). Y, al tratar de mostrar un panorama más amplio, incurre en afirmaciones discutibles. Por ejemplo, destaca la influencia del exilio español en la vida cultural chilena, agregando que “junto a los españoles” llegaron, huyendo de sus países, intelectuales latinoamericanos, quienes contribuyeron a conformarla: menciona a los peruanos Luis Alberto Sánchez y Ciro Alegría o al venezolano Mariano Picón Salas. En realidad, los dos primeros no llegaron junto a los españoles, sino antes, en 1934, aunque sí se relacionaron con ellos y enriquecieron la cultura nacional; pero, en el caso de Picón, él volvió a Venezuela a comienzos de 1936, antes de que siquiera comenzara la Guerra civil en España.
Quien lee un libro, sea una obra literaria o una presentación o argumentación de ideas o, en el mejor de los casos, todas estas cosas unidas, no se enfrenta a una abstracción, sino también a un objeto. Entre nosotros probablemente fue Mauricio Amster quien de manera más consistente y lograda se preocupó de la materialidad del libro, consciente de que configuraba fuertemente su lectura. Su ideal era hacer esta más grata, mediante una serie de consideraciones y prácticas que implicaban refinamiento, aunque “distinguido” no necesariamente significaba “costoso”. Mezclando tradición e innovación, sabiduría y delicadeza, marcó la industria editorial chilena.
En el prefacio de su Manual de tipografía, Bodoni señalaba las cuatro características centrales de un tipo de letra excelente: primero, su regularidad; segundo, la claridad y nitidez; tercero, el gusto para elegir las formas más hermosas; y, por último, la “gracia” o la elegancia. En su labor, Amster siempre buscó alcanzar este ideal.
En uno de los apartados de Técnica gráfica, Amster afirma que la legibilidad es el factor que debe primar por encima de todas las consideraciones en el diseño de un libro, constatando que las letras más hermosas resultan ser las más legibles: “Lo funcional debe traducirse en belleza”, sostiene el tipógrafo en algo así como su divisa.

Recuerdos de un bibliófilo, Mauricio Amster, Carbón, 2021, 76 páginas, $13.000.

Cartilla escolar antifascista, Mauricio Amster, Libros del Zorro Rojo, 2021, 96 páginas, $29.500.

Cartilla escolar antifascista: la obra maestra de Mauricio Amster y Walter Reuter, Michel Lefebvre, Juan Manuel Bonet y Aku Estebaranz (comisarios), Instituto Cervantes, 2022, 308 páginas, €30.

Mauricio Amster Cats, Felipe Reyes y Roberto Osses, Provincianos, 2023, 109 páginas, $16.600.