La luz cruda de Alfonso Alcalde

A 100 años de su nacimiento, y no obstante encontrarse reeditada buena parte de su obra, el poeta, cuentista, periodista y traductor sigue siendo un autor más bien desconocido. Las razones probablemente están en su propia biografía –quemó el libro que le prologó Neruda y después del Golpe debió exiliarse–, pero sobre todo en la originalidad que su propuesta estética representa para la literatura chilena: en sus libros la melancolía se conjuga con el espíritu carnavalesco de la cultura popular, con toda su carga de sabiduría, celebración, penuria y desparpajo.

por Vicente Undurraga I 17 Agosto 2021

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Si en literatura la versatilidad y el arrojo, sobre todo el arrojo, son o pueden ser valores clave, entonces en el centenario de Alfonso Alcalde habría que partir señalando una deuda de reconocimiento a su inmenso valor. No por lamentarse, sino al contrario, para celebrarlo y verlo como se merece. Como un fuera de serie de la literatura chilena.

Tampoco es que sea un olvidado. Reconocido en su momento por José Donoso, Gonzalo Rojas, Ángel Rama y otros, hay ediciones y reseñas recientes de sus libros y el escritor Cristian Geisse se ha dado a una doble tarea de recuperación, por un lado reeditando y comentando sagazmente su obra, y por otro recogiendo él mismo como autor esa línea de imaginación, humor e imprevisibilidad que irradió Alcalde.

Pero la efeméride –los 100 años de su nacimiento– puede propiciar una revisión y ajuste de miradas que ayude a situarlo en el lugar –más visible, por lo pronto– al que lo hacen merecedor no solo su arrojo y ductilidad como actitud, sino los inigualables libros a los que ese arrojo y esa ductilidad dieron forma. Libros de poesía y prosa (“además de poeta era un excelente prosista”, dijo Bolaño) que, entre otras gracias, sembraron una risa nueva para la literatura chilena; al fin y al cabo se trata, como dijera el propio Alcalde al prologar sus cuentos, “de movilizar esta fortuna del humor que nos cayó en gracia para desdicha de los tontos graves y de los huevones a la vela”.

Nació en Punta Arenas en 1921 y en 1992, pobre y ya casi ciego por un glaucoma, se quitó la vida colgándose con un cinturón, y entre uno y otro hito tuvo cinco esposas y ocho hijos, trabajó en los oficios más peregrinos y vivió en Santiago, Concepción y Coliumo, en la “Galaxia de Tomé”, además de errar por Latinoamérica y pasar seis años de exilio europeo. Durante esa peripecia vital fue el autor de un catálogo de obras sorprendente por su volumen (casi todos sus libros están liberados en Memoria Chilena) y por su intrepidez temática y formal. Pero más allá de eso o, mejor dicho, de la mano de eso, Alcalde sostuvo y proyectó una idea de la literatura.

Una idea que, sin agotarla, podría describirse como la conjugación del espíritu carnavalesco de la cultura popular –con toda su carga de sabiduría, celebración, penuria y desparpajo– y la irreductible melancolía que en la literatura chilena viene desde el poema “Tarde en el hospital”, de Pezoa Véliz, siempre acompañada esta conjunción de proliferantes imágenes de alta intensidad. Todo esto se encarna en escenas como esa donde una mujer vieja y pobre, al morir es provista por los vecinos de zapatos de fútbol para cumplir, aunque sea póstuma y míseramente, su sueño de calzado –pero luego no cabe en el ataúd que le improvisan y debe irse al otro mundo como vivió, apretada y descalza.

Al igual que su admirado Pablo de Rokha, Alcalde se metió de lleno en un proyecto literario desaforado, total, al cual nada o casi nada le es indiferente y donde se permite mezclar no solo peras y manzanas, sino “la belleza y la desesperación de la belleza”. El conjunto de su obra –que él añoraba aglutinar entera en un solo volumen– se lee como una crónica dramática y risueña, donde lo más bajo y lo más elevado de la vida humana, y lo que está entre medio, conforman una trama vibrante y a menudo conmovedora.

En ese afán abarcador, tampoco desdeñó Alcalde replegarse a la condición de recolector o articulador para darles voz a otros, como en sus trabajos de libre traducción de poemas de Hölderlin, Emily Dickinson, Trakl, Dylan Thomas, Karl Kraus, Ezra Pound, Elizabeth Bishop y varios textos aymaras e italianos, o en sus arremetidas como cronista, destacándose en esta veta El club del crimen de la Ciudad Jardín, un “reportaje-documental” sobre los sicópatas de Viña del Mar que publicó entre 1984 y 1985, apenas unos años después de los hechos y de haber vuelto él del exilio. Salió bajo el sello de su propia editorial, El Árbol de la Palabra, y se vendió en quioscos como novela por entregas y como pan caliente.

 

 

Evidenciando lo turbio e imbricado del caso, lo que hace ahí Alcalde es un asombroso –y corajudo, habida consideración de las oscuras circunstancias imperantes– montaje de testimonios de sobrevivientes, inculpados, victimarios, familiares, periodistas, siquiatras, peritos y vecinos, además de cronologías, ciclos lunares, dibujos, cifras. Así desmonta esos 10 crímenes que estremecieron al país y cuya resolución judicial –la condena a muerte de dos carabineros involucrados en las violaciones y asesinatos– no parece haber agotado sus implicancias ni responsabilidades. Y eso Alcalde lo deja ver con agudeza. Aunque había publicado una novela en Montevideo en 1969, Puertas adentro, que simula un folletín por entregas, puede considerarse El club del crimen… su gran novela: polifónica, de sentido y desenlace incierto, es un relato del que Álvaro Bisama dijo que “describe un paisaje asfixiado y violento, una suerte de imperio hecho de pánico, con la dictadura de fondo”.

Junto a todo esto y a su trabajo como hombre clave en la editorial Quimantú, donde dirigió la colección “Nosotros los chilenos”, Alcalde creó piezas teatrales descomedidas –una de ellas, La consagración de la pobreza, fue llevada a escena en 1995 por Andrés Pérez–, una fotonovela sobre Marilyn Monroe, varios relatos periodísticos y ensayos biográficos sobre Violeta Parra, Allende, Fellini, Pelé, Joan Báez, Nixon, Agustín Lara, Cassius Clay y uno sobre Carlos Droguett, especialmente revelador por las afinidades y porque narra un entrañable encuentro entre ambos en la caleta de Coliumo.

Con todo, es su obra cuentística y poética la que constituye lo más trascendente de su producción literaria, en la cual no falta el erotismo; “lo principal es el roce”, escribió.

En el cuento debutó poco antes de cumplir 50, en 1967, con El auriga Tristán Cardenilla, que refleja sus años trabajando en circos y al que siguió un puñado de libros del que sobresale Las aventuras de El Salustio y El Trúbico, que fue todo un best seller cuando apareció en 1973, poco antes del trágico fin de una era de vitalidad popular que el libro a su manera celebra. Es en sus mejores cuentos donde la creatividad de Alcalde más asombra, donde su destreza e imaginación son más intrépidas, siendo capaz de recordar a Aira y Radrigán, a Ruiz y Gómez Morel y a la vez a nadie, pues es también muy inaudito; es en sus mejores cuentos, en fin, donde su humor se dispara y en ese disparo estalla todo, desde la solemnidad y la beatería que cada tanto tienden a imponerse en Chile en todo orden de cosas, hasta los convencimientos más rígidos. Lo que expone Alcalde, más que una mirada compasiva por seres marginales o perdidos, o una condenatoria hacia tipos ridículos o infames, son los cruces y las relaciones que entre unos y otros se dan, llenos de equívocos, matices y pequeños gestos que a veces son grandes gestas de lo humano.

Todo esto lo hace mediante una escritura que de repente se contrae y se vuelve prístina, otras cuantas se traba y decae –todo hay que decirlo–, pero de pronto se expande y eleva en arrebatos exquisitos y pantagruélicos a la vez y en cuyo despliegue se impone frecuentemente, junto a una cierta ternura, una “luz cruda”, dicho con las palabras de uno de sus cuentos, como si su obra “se tratara de una muestra de la brutalidad y la abnegación humanas”.

Alcalde pone así en escena, un poco a la manera de Manuel Rojas, también de Violeta Parra, con alusiones bíblicas y giros ultra locales, a pescadores y prostitutas, artistas de circo y carpinteros, falsificadores de billetes, policías, rufianes, “reideros, pusilánimes, estupefactos y convictos”, leones que hablan y caballos meditativos, chacales de cantina y todo un espectro de personajes cuya humanidad inmensa y sencilla y contradictoria es, de alguna manera, cifra de la misma humanidad que se encarna en todas partes y en todo tiempo: simplemente la de seres que son arrojados a este mundo un día y otro se van, y entre medio sobreviven como mejor pueden, por lo general a duras penas, trabajando en lo que sea, ingeniándoselas, peleando y compartiendo, despreciando y amando, y se equivocan, conversan y conversan, son tiernos, feroces, inventan y ríen. Y toman como si el mundo se fuera a acabar.

El Alcalde poeta, en cambio, se dio a conocer joven. Pero decir que “se dio a conocer” es una exageración: en 1947 publicó Balada para la ciudad muerta, un libro breve y excepcional que llevaba un poema-prólogo de Neruda, pero cuyos ejemplares quemaría el autor saliendo de imprenta. El hecho lo comentó Alcalde en estos términos en una entrevista con Soledad Bianchi hacia el final de su vida y que apareció póstumamente en el diario La Época, bajo el elocuente título de “El maldito trabajo de escribir”: “Compré dos chuicos, uno de parafina y otro de vino, hicimos una comidita y, después, puse los 499 ejemplares –me queda uno, te lo voy a mostrar–, y los quemé todos. Neruda se informó, me mandó llamar y muy molesto, me pidió explicaciones, y como no lo convencí, me quitó el saludo, me quitó su amistad, y entonces yo me fui a Concepción”.

Al igual que su admirado Pablo de Rokha, Alcalde se metió de lleno en un proyecto literario desaforado, total, al cual nada o casi nada le es indiferente y donde se permite mezclar no solo peras y manzanas, sino “la belleza y la desesperación de la belleza”. El conjunto de su obra –que él añoraba aglutinar entera en un solo volumen– se lee como una crónica dramática y risueña, donde lo más bajo y lo más elevado de la vida humana, conforman una trama vibrante y a menudo conmovedora.

Fue un momento no destructivo sino germinal; en un acto de lucidez casi temeraria, Alcalde se mandó literal y literariamente a cambiar, es probable que tras reconocer el excesivo influjo del mejor Neruda, el de Residencia en la tierra, con ese aire surrealista de imágenes extremas mezclado con repetidos elementos cotidianos (escobas, sacerdotes, oficinistas, campanas, palomas, piernas y “caballeros solos”), en un fraseo de gerundios y acentos que Alcalde no debe haber sentido del todo suyo.

Lo cierto es que sacó de circulación el libro (que recién fue reeditado en 2018) y luego de 12 años volvió a publicar un breve poemario, Variaciones sobre el tema del amor y la muerte, donde ya mostraba una voz distinta, como lo haría otra docena de años después, en 1969, al sacar de debajo de la manga su obra magna, El panorama ante nosotros. En rigor, lo que publicó fue un libro de 17 cantos y más de 300 páginas que se anunciaba como el primero de los cuatro tomos que constituirían un poema épico mayor sobre Concepción. Esta primera parte de El panorama ante nosotros, llamada El arado de cinco dedos (que es “el que redescubre los muertos / el que deja al aire las osamentas”), fue finalmente lo único que quedó, pues el Golpe truncó los trabajos y los días de Alcalde, y lo que pudiera haber avanzado de lo restante la malicia del tiempo y la milicia de ese tiempo lo destruyeron.

Pero bastó: Alcalde ya había llegado a dar forma a una obra poética vital, que evita encriptarse “en la clave de la clave”, como le dijo a Bianchi, porque a la poesía, sin dejar de lado lo insondable, “hay que cambiarla, hay que renovarla, hay que inyectarle otros elementos”. Y eso hizo.

“Hoy pedí prestado / el sol a mis vecinos. / Una pobre hebra de luz / –les dije– / algo para andar sobre la tierra”: son los primeros versos de El arado de cinco dedos, extenso y abrasador (y abrazador) diálogo vecinal que va pasando, como de una casa a otra, del poema breve al larguísimo, de la bienaventuranza a la arenga, de la elegía al humor, de la aventura cotidiana al rito fúnebre.

Por su desmesura y su vuelo, por ir de lo grande a lo grandioso sin desdeñar nimiedades ni chascarros, por conciliar admirablemente llaneza y densidad en el decir, ha de ocupar un lugar ineludible en la poesía chilena, aunque, como dice Geisse, Alcalde “aún se mantiene orgullosamente con la mitad del cuerpo fuera del canon”. Y por último está el hecho simple y definitivo de que entre las páginas de este libro tan irregular como incomparable, aparte de dibujarse los contornos de toda una aldea, hay lo que tiene que haber sí o sí en una gran obra poética, uno, dos, tres, cuatro y más poemas de belleza misteriosa e imperecedera:

¿Quién eres

pregunta el que te conoce

más allá de la piel

ovillándote, indefensa

herida en tu minuciosa entrega

incorporándote al nuevo refugio

de tu rostro

que registra tempestades y hasta el miedo

de vivir y caminar

y descubrir el peligro

pues la sabiduría

se inicia en el abismo donde la vida perece

y el que cae dentro de sí mismo

nunca será denigrado por el deseo

que guardamos para el tiempo de la vejez.

De Alfonso Alcalde se podría decir lo que él dijo de Violeta Parra: “Se quedó dormida sobre el sueño sangriento de su sinfonía folclórica inconclusa”. Que a 100 años de su nacimiento y casi 30 de su muerte sean entonces los lectores quienes reaviven el sentido abierto de los mejores textos de su sinfonía para que así sean, lectores y textos, lo que sus personajes, con sus penas y alegrías, sus miserias y dignidades, en el fondo y pese a todo siempre son o quieren ser, “viajeros en tránsito dichoso”.

 

Balada para la ciudad muerta, Ediciones Biblioteca Nacional, 2018, 70 páginas.

El arado de cinco dedos y otros textos, Das Kapital Ediciones, 2015, 640 páginas.

Cuentos completos, RIL Editores, 2014, 534 páginas.

El árbol de la palabra, Ediciones Altazor, 2013, 80 páginas.

El auriga Tristán Cardenilla, LOM, 2011, 164 páginas.

Las aventuras de El Salustio y El Trúbico, Ediciones Perro de Puerto, 2010, 80 páginas.

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