Los desvíos subversivos de Kate Chopin

Como la mayoría de las mujeres intelectuales del siglo XIX, fue autodidacta y silenciosamente adelantada, capaz de conformar una obra al mismo tiempo que recorría largas distancias a pie. Caminar significó para ella subvertir los límites de la vida privada, abrirse al misterio y al cuestionamiento interior: “Siempre me han dado pena las mujeres a las que no les gusta andar. Se pierden tantas cosas, tantos pequeños detalles de la vida y las mujeres aprendemos tan poco de la vida en general”, se lee en El despertar, novela vapuleada por la crítica en su momento, pero que seis décadas después −con los movimientos de derechos civiles y la emancipación femenina− comenzó a ser valorada.

por Natacha Oyarzún I 30 Noviembre 2022

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La escritora estadounidense Kate Chopin (1850-1904) fue ante todo una mujer que caminó. Sus paseos solitarios dieron origen a varios rumores y conjeturas mientras vivió en el pueblo de Cloutierville, un territorio rural donde no era bien visto que una madre de seis hijos anduviera a caballo, leyera y fumara en el espacio público. Era como un fantasma exótico que transita consciente de la incomodidad que genera en los vivos. Pero asume su condición de fantasma. Y no se eleva ni oculta. Se muestra con el fervor del espanto.

Chopin, como la mayoría de las mujeres de mediados del siglo XIX, fue una intelectual autodidacta. Sin educación superior, bilingüe y melómana, a temprana edad leyó a Austen, Victor Hugo, Dickens, Shakespeare, Dante y a las hermanas Brontë. Desde pequeña escribía cartas, diarios y ensayos. De hecho, llamó Lélia a su única hija en honor a George Sand, a quien admiró vital y literariamente. Me atrevería a decir que caminar fue otra de sus fuentes de pensamiento y autoeducación. Sus personajes, así como la Elizabeth Bennet de Jane Austen o la Agnes Grey de Anne Brontë, son mujeres que recorren largas distancias a pie. Trazan su propio mapa interior en la medida en que avanzan o se pierden. Como dice Rebecca Solnit, “un modo de hacer el mundo a la vez que estar en él”.

Para la autora, caminar significó subvertir los límites de la vida privada, abrirse a las zonas grises de la contemplación: “Siempre me han dado pena las mujeres a las que no les gusta andar. Se pierden tantas cosas, tantos pequeños detalles de la vida y las mujeres aprendemos tan poco de la vida en general”, escribe en El despertar, su segunda novela. Bajo un prisma semejante, Tonie, protagonista del cuento “At Chênière Caminada”, recorre una isla de extremo a extremo sin razón aparente. Al llegar donde su madre es incapaz de narrar su caminata, cualquier intento por describirla es inútil, pues pareciera que, para Chopin, caminar no fuera otra cosa que experimentar la libertad y grabarla con los pies. Establecer un diálogo íntimo entre el entorno y las huellas interiores de quien camina. Elemento no solo exclusivo de su ficción, sino también de su biografía. A pesar del estigma social que entrañaba pasear sola, Chopin dedicaba horas a recorrer las calles, el City Park y los cementerios de Metairie.

Pareciera que, para Chopin, caminar no fuera otra cosa que experimentar la libertad y grabarla con los pies. Establecer un diálogo íntimo entre el entorno y las huellas interiores de quien camina. Elemento no solo exclusivo de su ficción, sino también de su biografía. A pesar del estigma social que entrañaba pasear sola, Chopin dedicaba horas a recorrer las calles, el City Park y los cementerios de Metairie.

Sus caminatas por las distintas ciudades y pueblos en los que vivió no solo constituyeron momentos reveladores para la escritora. También gatillaron una amistad fugaz que marcaría su obra. Corría 1872. New Orleans se consolidaba como un puerto cosmopolita, la cuarta ciudad más grande de los Estados Unidos. Chopin tenía apenas 22 años y faltaba un par de décadas para que publicara algo. Los escasos momentos lejos de la vida doméstica y la maternidad, los destinaba a recorrer las calles o a ver espectáculos de música y teatro. Se dice que en uno de esos paseos conoció a Edgar Degas, quien entonces tenía 39 años y pasaba unos meses en la capital de Louisiana. Sus conversaciones fueron aparentemente intrascendentes; anécdotas y chismes, posiblemente, en francés. De todo lo que hablaron durante su amistad fortuita, hubo dos historias del pintor que determinaron lo que años después sería El despertar, la novela más conocida de Chopin y una de las obras angulares de “la nueva mujer” norteamericana. Degas le contó sobre una amiga artista llamada Edma Morisot, hermana de la impresionista Berthe Morisot, quien abandonó todo y se fue de París para llevar una vida conyugal que la deprimió irremediablemente: nunca volvió a pintar. También se divertían chismeando sobre un vecino del pintor, desagradablemente siútico y cuya esposa, a todas luces, no lo amaba. Lo cierto es que estas anécdotas fueron fundamentales para la creación de Edna Pontellier, la protagonista de El despertar.

En 1888, con 38 años, Chopin fundó el primer salón literario de Saint Louis, su ciudad de origen. El lugar se hizo famoso por reunir a los artistas e intelectuales más reconocidos de la época. En simbiosis con esos diálogos y encuentros, ella decidió dar a conocer su obra. Curiosamente, lo primero que publicó no fue de carácter literario, sino una pieza musical. En 1890, sin embargo, editó con su propio dinero su primera novela, At Fault, que abordó el divorcio y el alcoholismo en la mujer. En 1894 fue el turno de su primer conjunto de relatos, con un prestigioso sello de Boston, al que le siguió un segundo conjunto, A night in Acadie, con menor repercusión que el anterior. Los años que vinieron los dedicó a traducir cuentos de Maupassant y a escribir El despertar. “Tal vez es mejor despertarse, incluso para sufrir, que ser víctima de una ilusión toda la vida”, concluye la protagonista al acercarse el final de la historia. Una pintora que, abatida por la vida matrimonial y movida por un ferviente impulso creativo, abandona su familia para armar su cuarto propio donde pintar y descubrirse a sí misma. Una “Madame Bovary criolla”, la llamó peyorativamente la crítica estadounidense. Ello implicó que su editor, Herbert S. Stone, cancelara la siguiente publicación. Chopin nunca se recuperó de las críticas demoledoras que supuso El despertar. Se deduce que luego de aquello, y tras una serie de pérdidas de seres queridos, su salud empeoró. Murió el 22 de agosto de 1904. Pasaron 60 años para que, gracias a los movimientos de derechos civiles y de emancipación femenina, la novela volviera a circular.

Edna, al igual que Chopin, es alguien que hizo de sus caminatas un encuentro espiritual de revolución interior y que, seguramente, de no haber caminado como lo hicieron, nunca hubieran descubierto eso que ocultaban al mundo. El despertar refleja a una autora que antes de pensar en grandes héroes y relatos, se observó a sí misma con un microscopio. Tocó la fibra atemporal del dolor humano. Construyó el espesor de sus personajes en el margen de la soledad y el debate consigo misma. “Podía hacer lo que quisiera con el aspecto exterior, pero el interior estaba mucho más fuera de su alcance de lo que él imaginaba”, escribió Charlotte Brontë en Jane Eyre. En un diálogo casi directo, Edna Pontellier tiene una revelación: “Muy pronto había aprendido a vivir esa dualidad vital de forma instintiva: la vida externa que se conforma y la interna que se cuestiona”.

 


El despertar, Kate Chopin, Cátedra, 2012, 296 páginas, $23.000.

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