Nocturno de la sangre: el regreso de Carlos Droguett

El pasado 30 de julio, justo a tres décadas de su muerte, la Universidad Diego Portales inauguró el Fondo Carlos Droguett, como parte del Programa Archivos, y lanzó además una nueva edición de su ya clásica novela Eloy (1960), inspirada en la vida de un bandolero acribillado por la policía en 1941.

por Sebastián Duarte Rojas I 6 Agosto 2026

Compartir:

Las cenizas de Carlos Droguett (1912-1996) fueron repatriadas a más de dos años de que perdiera la vida por una embolia pulmonar en Suiza, donde se había exiliado desde 1976; ahora el escritor vuelve a Chile de otro modo, ya que al fin queda disponible para consulta una gran cantidad de materiales de su archivo personal. El pasado 30 de julio, justo a tres décadas de su muerte, la Universidad Diego Portales inauguró el Fondo Carlos Droguett, como parte del Programa Archivos, y lanzó además una nueva edición de su ya clásica novela Eloy (1960), inspirada en la vida de un bandolero acribillado por la policía también en julio, pero de 1941, en Pirque. La icónica imagen en la tapa original del libro era el rostro del difunto Eloy; en esta nueva versión también lo vemos, pero apenas en la esquina inferior derecha de la fotografía, rodeado, casi pisoteado por sus captores.

La ceremonia en la Biblioteca Nicanor Parra, en que estuvieron presentes varios familiares del escritor, partió con las palabras de uno de sus nietos, Andrés Vergara, y siguió con una mesa de conversación moderada por Marcela Aguilar, decana de la Facultad de Comunicación y Letras UDP, entre Álvaro Bisama, autor de La rabia y el augurio: un ensayo biográfico sobre Carlos Droguett (Ediciones UDP, 2023), y Diamela Eltit, la Premio Nacional de Literatura que ha dedicado varios ensayos —incluido uno para esta revista— a la obra de Droguett, a quien llamó “un escritor con el cual he tenido una larga convivencia literaria, ha sido muy importante para mí, y por lo tanto esa larga lectura, que he repensado una y otra vez, es la que me hace estar aquí”.

Durante la charla, Eltit relacionó Eloy con la corriente de la conciencia en el monólogo de Molly Bloom, en el Ulises de Joyce, y también destacó la importancia de la noche en esta novela que retrata las últimas horas del protagonista que huye de la ley, tal como el escritor irlandés tuvo también una novela de una noche, Finnegans Wake. Quizá por eso no sea coincidencia que los dos escritores que participaron del lanzamiento tengan relatos con esa misma temporalidad nocturna, aunque en espacios urbanos en vez de rurales: la ópera prima de Eltit, Lumpérica (1983), ambientada en una plaza dictatorial iluminada por un cartel publicitario, sobre la que La rabia y el augurio ya decía que “comparte no pocas obsesiones droguettianas”, y Laguna (2018) de Bisama, sobre una travesía viñamarina durante una noche de Festival en 1992, en que las frases cortas alcanzan un ritmo tan vertiginoso como el de las parrafadas de Eloy.

Bisama ligó este relato a otros referentes: uno que fue reconocido por Droguett, esa especie de novela vanguardista que es Escritura de Raimundo Contreras, de Pablo de Rokha —poeta también biografiado por Bisama y del que Droguett, amigo suyo, editó una importante antología póstuma, Epopeya (1986; Lumen, 2019)—, y las Décimas de Violeta Parra, su autobiografía que traza “un mapa de Chile como si fuera un cuerpo que se va quedando en pedazos, y cuando uno lee Eloy, ese mapa está ahí”. Bisama se refiere, por supuesto, a ese fragmento que Patricio Manns (cuya canción “Bandido”, según afirmó Eltit, se basaría en Eloy) musicalizó con el título “La exiliada del sur”, que luego popularizaron Inti-Illimani y Los Bunkers, de cuyos versos uno puede acordarse al leer pasajes como “fui dejando mis cosas queridas o comprometidas por los caminos, los cerros, las quebradas, los pantanos y los bosques, me deshice de todo, todo amigo, todo cómplice, toda debilidad y toda amarra, estoy solo”.

Eloy es una narración henchida de odio, un odio sin destinatario específico, sin remitente específico siquiera; empapada en la sangre nunca seca de la historia de Chile, esa de la que Droguett venía hablando desde ‘Explicación de esta sangre’ —el prólogo de Los asesinados del Seguro Obrero (1940), algo así como su poética—, sangre que se apoza, densa y pesada, en la última noche del último bandido nacional. Pero es también una novela en que la brutalidad y el cariño son indisociables.

Tras señalar que su novela predilecta del autor es Patas de perro (1968; Ediciones UDP, 2021), Eltit sostuvo que “Droguett rompió la pedagogización de la escritura”, pedagogización con la que se refiere a un mandato de las grandes editoriales en miras al mercado literario, pero “hay otras posibilidades también, que no son pedagógicas, entonces yo creo que ese fue el gran aporte de Droguett, romper con las pedagogías”. En esa línea va también la lectura que propone el narrador y guionista Pablo Toro en el prólogo a esta reedición, para quien Eloy “sugiere que toda gran novela, si de verdad se arriesga, conserva algo de tentativa, de exceso y de fracaso, como una sinfonía inconclusa”. Y Droguett no la dio por terminada sino hasta una lluviosa noche de enero de 1982, como firma al cerrar la versión publicada recién en los 90 y que ahora reproduce Ediciones UDP, paso final de un procedimiento que Toro resume así: “Ensanchamiento. Proliferación. La idea de una novela cuyo cuerpo va mutando con el tiempo”.

Eloy es una narración henchida de odio, un odio sin destinatario específico, sin remitente específico siquiera; empapada en la sangre nunca seca de la historia de Chile, esa de la que Droguett venía hablando desde “Explicación de esta sangre” —el prólogo de Los asesinados del Seguro Obrero (1940), algo así como su poética—, sangre que se apoza, densa y pesada, en la última noche del último bandido nacional. Pero es también una novela en que la brutalidad y el cariño son indisociables, como en este hermoso inicio de una de sus largas oraciones, donde para el protagonista su arma se equipara a su hijo: “Cargó sin premura, respirando con calma, la carabina, ceñía sus manos en ella, con tan antigua costumbre y repetida constancia, que, al recordar, lo hacía detenerse y encender una sonrisa, como cuando le ponía los calzoncillos y los pantalones al Toño, esta carita, estas patitas, este potito, los hice yo, se sonreía y lo miraba con despaciosa ternura, a tantos que he deshecho, solo a uno, aventurado o desventurado, he hecho”.

En el personaje de Eloy convive eso y más: es un marginal, es un asesino, es un ladrón, es iracundo, es machista, es heroico; puede desear a otra mujer y evocar con amor a Rosa, puede compadecerse de sus enemigos y volarles los sesos. Es un bandolero lleno de odio, pero también de una inmensa soledad, y tal vez por eso mismo es, como dijo Bisama sobre Droguett, “alguien que no se permite olvidar, no se permite perdonar”. No es de extrañar, sobre todo si consideramos su declarada admiración por Marcel Proust, que Eloy sea una novela sobre la memoria. Una memoria caótica, por cierto, con el estilo de Droguett que salta sin aviso entre tiempos y perspectivas, como muestra este recorte de su último párrafo, ese aluvión de más de 20 páginas con que la noche llega a su fin: “Eloy, por qué lloras como nunca has llorado, algo o alguien que no recordaba le hablaba hacia dentro, porque él siempre estaba, más que afuera, adentro, la Rosa lo sabía y el Toño lo adivinaba, alguien o algo le conversaba todas esas palabras que él no quería oír y si las oía no le importaba, porque no le decían nada, nada que no supiera, criticándolo, corrigiéndolo o amenazándolo, tanteó el seguro mientras respiraba, acarició el cañón”.

 


Eloy, Carlos Droguett, Ediciones UDP, 2026, 282 páginas, $21.000.

Relacionados

La violenta ternura de Alfredo Gómez Morel

por Sebastián Duarte Rojas

H. P. Lovecraft en Nueva York

por Álvaro Bisama

¿Más Homero, menos Ercilla?

por Roberto Castillo