
A lo largo de sus relatos novelescos, Álvaro Bisama ha asumido la tarea de narrar con la libertad del escritor que no le teme al caos posible de la palabra, lanzándose desbocado a explorar universos, subculturas, visiones y delirios que son parte del tejido de percepciones inevitables de la mente humana en contacto con el exterior. En ese ejercicio, lo que ha venido contando son espacios silenciados o difíciles de narrar. Y, a lo largo de años, lo está haciendo cada vez con mayor habilidad.
por Javier Edwards Renard I 3 Febrero 2026
Si los narradores, a grandes rasgos, pueden agruparse entre los que cuentan historias y los experimentadores de la forma, unos y otros, cuando escriben en serio, con pretensión adicional a la de la sola entretención, deben desafiar el uso del lenguaje. Solo así la palabra logra proponer una mirada nueva sobre algo que nos venimos contando desde siempre o, si ello es posible, puede abrir la mirada hacia aquellas tramas que por diversos motivos aún no logran aflorar y manifestarse. En el primer caso, el narrador penetra hasta el fondo posible de lo ya dicho, bajo el artificio del lenguaje que hace suyo; el segundo grupo de escritores, por su parte, rompen la forma para hablar de lo silenciado, lo ominoso, lo secreto, lo indecible. En ambos casos, la novela no puede permitirse el lujo de perder el norte y desarmarse para terminar siendo un conjunto de páginas sin sentido plausible.
Bisama, como narrador (escritor muy distinto al Bisama ensayista, biógrafo) pertenece a la segunda categoría. A lo largo de sus relatos novelescos ha asumido la tarea de narrar con la libertad del escritor que no le teme al caos posible de la palabra, lanzándose desbocado a explorar universos, subculturas, visiones y delirios que son parte del tejido de percepciones inevitables de la mente humana en contacto con el exterior. En ese ejercicio, lo que ha venido contando son espacios silenciados o difíciles de narrar. Y, a lo largo de los años (y de los textos, a fin de cuentas), lo ha venido haciendo cada vez con mayor habilidad. Intencionalmente alejado del relato lineal, como navegador de historias que se cuentan de manera circular, ha ido logrando un manejo formal que sorprende, porque da a su caos irrenunciable un sentido, un vértigo que arrastra hasta la médula de lo que va queriendo contar.
Espacios territoriales recurrentes, jóvenes confundidos o alucinados que deambulan en una suerte de locura que a ratos se convierte en lucidez, sectas, saltos temporales, escenarios de talante onírico que, sin embargo, se refieren a elementos muy concretos y reales, claves culturales que dignifican lo pop y no le hacen el quite a la referencia de la alta cultura. Canto urbano en un contexto gótico que se narra de manera barroca, todo se mezcla en los relatos abigarrados y desafiantes de Bisama, autor que escribe con una textura compleja y de diversos niveles que, sin embargo, progresivamente ha ido descubriendo una estética pulida, que facilita la lectura y vuelve su escritura altamente seductora, misteriosa y reveladora al mismo tiempo.
Todo ello está presente en Oráculo, novela donde el relato es un gran viaje de reconstrucción y entendimiento de lo brumoso, lo confuso de la realidad en general y, también, en especial, en la estructura culturalmente compleja de un Chile que se mueve entre luces y sombras. El texto también juega a articular una exploración de los espacios límites de lo mental, en esa frontera que separa —quizás arbitrariamente— la lucidez implacable de la locura desatada.
En esta novela de largo aliento, la mirada del narrador adulto sobre el pasado reciente se inicia con un texto perfecto: “Estábamos perdidos, atrapados en una ciudad muerta. Eso era Santiago, eso era Chile. Escuchábamos música gótica y nos juntábamos en la casa de una chica llamada Chelsea, que era fanática del rock japonés y del animé y luego íbamos a la Blondie, a la O o al BalLeDuc —cuando quedaba en Irarrázabal— o al Eurocentro o nos encerrábamos a leer revistas sobre bandas noruegas y novelas de vampiros, a mirar películas de terror de los años veinte o cosas de la Hammer, y hablábamos de cómo habíamos sido dañados en la infancia y de cómo estábamos llenos de heridas y cicatrices abiertas, de cómo nos despertábamos gritando o solo odiando mientras subíamos a micros que nos llevaban de madrugada a La Florida o a Pudahuel o a algún barrio de casas cuyos patios estaban repletos de cajas de madera y escombros, de somieres oxidados, de tarros de aceite llenos con agua de lluvia”.
En un solo párrafo Bisama cristaliza lo que se viene y también realiza una alegoría de nuestro Chile contemporáneo, que se remata con la primera frase del que sigue: “De más está decir que en la vida real ella no se llamaba Chelsea y nuestros nombres eran otros. Pero huíamos de ellos y nos perdíamos en la noche”.
Todo en esta novela alude a algo que es y no es, al espacio de lo sectario y lo adolescente, donde la imaginación, la magia, la adivinación, el miedo, la inseguridad, son parte del contexto en que los personajes se mueven hacia algún lugar respecto del que no hay claridad suficiente. La realidad explicada a través de oráculos genera fascinación y miedo, un estado hipnótico de confusión que seduce. En esta especie de Aleph enloquecido, donde todo se está construyendo y desmoronando, hay una atmósfera que es una especie de cruza improbable y no imposible entre los mundos de Fuguet y Borges de la que, sin embargo, nace una prosa que, en las antípodas de un Gonzalo Contreras o Carlos Franz o los temas que motivan a Arturo Fontaine, con quienes comparte un tramo desfasado de la Nueva Narrativa noventera, resulta ser una prosa creativa, poderosa, que nos habla de un Chile que se escribe desde distintas poéticas e imaginarios.
En medio de este enloquecido túnel que es Oráculo, donde también hay espacio para referir a Shakespeare y Góngora, el lector no puede dejar de intentar seguir buscando las claves que detrás de la apariencia gótica, la textura barroca y alambicada, aluden al mundo real, al espacio en que habitamos todos y cada uno, ese mundo menos alucinado en apariencia pero que, sin embargo, resulta igualmente frágil, herido y en constante proceso de derrumbe.
Bisama, el de la ficción, tiene ese grado de sana locura que le permite escribir desde un más allá que se salta las reglas conocidas para proponer nuevas y fértiles normas, lanzando sus adivinanzas y adivinaciones de escritor de culto para hechizar a lectores de hoy y mañana que quedan desde ya obligados a interpretar y descubrir los dos planos que todo arte busca desenmascarar: lo que ocurre aquí y ahora, con su mochila de pasado inevitable, y lo que está por venir. En esta decisión, no exenta de obsesión y perseverancia, el autor viene a convertirse en una suerte de paradoja en la que el narrador se convierte en el más realista de los fantasmagóricos góticos, describiendo, tal como lo leo, el más descarnado diagnóstico de lo humano que se ha venido tejiendo en este Chile con incendios y derrumbes, verdades y mentiras, sectas dogmáticas y cándidos extraviados por los cuatro costados. La atribulada psiquis del narrador nos introduce en un país esencialmente oscuro y, al seguir sus delirios, nos damos cuenta de que la novela, en cuanto género, aún es imaginación, desplazamiento y revelación.

Oráculo, Álvaro Bisama, Seix Barral, 2025, 366 páginas, $22.900.