Paula Ilabaca: “No me gustan las novelas que son moralistas o que están intentando enseñar algo”

En Camino cerrado, la detective Amparo Leiva debe resolver un crimen pasional —una mujer ha muerto y el principal sospechoso es el amante— que le abre una puerta hacia una antigua obsesión, remontándola a una de sus primeras investigaciones. La escritora nacional, que trabajó en la PDI durante 10 años, reflexiona acerca de esta historia que puede leerse como una crítica sutil pero certera a la discriminación hacia las mujeres que ella vio en la institución policial. “No era mi interés exponer estos temas de una manera melodramática, panfletaria o de denuncia, mi intención era simplemente dejar las cosas ahí, mostrar”, dice en esta entrevista. “Eso es algo que me gusta mucho de las novelas de Michel Houellebecq, él deja el tema y el lector tiene el trabajo de analizarlo. Diamela Eltit trabaja de manera similar, es bonito no subordinar a los lectores”.

por Celinda Tapia Solar I 15 Diciembre 2022

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Paula Ilabaca (Santiago, 1979) es escritora y profesora de literatura. La primera parte de su trayectoria literaria estuvo dedicada a la poesía; en los últimos años sin embargo dio un giro a la novela, a la novela negra para ser más precisos, sin por ello dejar de lado la proeza que tiene en el manejo del lenguaje. La autora trabajó 10 años en la PDI y esa experiencia es la que alimentó los escenarios que presentó en La regla de los nueve (2015) y ahora en Camino cerrado, donde la detective Amparo Leiva está a cargo de un caso que actualmente sería tratado como femicidio —en ese momento aún no se había tipificado el delito—, puesto que una mujer ha muerto a manos de su amante. Aunque ese pareciera ser el centro de la novela, la historia se concentra en la personalidad de Amparo, una mujer reservada y dedicada totalmente a su trabajo, al extremo de que roza lo enfermizo y no duda en realizar ciertos procedimientos no del todo éticos. Eso mismo la sitúa entre la admiración y el cuestionamiento de sus pares, lo que la envuelve en un sumario administrativo.

La novela es el resultado tanto del trabajo de la autora en la Policía de Investigaciones —lo que allí vio— como también de su derrotero poético y su relación con el lenguaje, porque a pesar de que este formato sea diferente, no deja de lado su observación minuciosa: “Cuando le pasé el manuscrito a mi padre me dijo que lo que realizaba Amparo no se podía hacer. Un detective no puede llevarse los objetos del lugar del crimen, eso en cualquier parte es ilícito y yo le dije que en mi ficción iba a pasar. Mi padre me dijo todo lo que podría pasarle a Amparo y ahí también me estaba dando más mundo para mi historia. Amparo establece una especie de conexión emocional con la escena del crimen, lo cual es muy raro dentro de la realidad. El asunto de por qué ella hace lo que hace lo dejo libre, a interpretación de quién lee la novela”.

¿Cuándo comenzó a pensar en Camino cerrado?
En el 2015; recién había publicado La regla de los nueve que es mi primera novela negra y la primera parte de lo que se está convirtiendo en una trilogía. En un inicio, Camino cerrado no estaba muy definida, estaba en manuscritos y borradores. Ya en el 2017 comencé a articular más la idea y se convirtió en un proyecto formal.

¿Cómo contribuyó su padre en su interés por el género policial?
Mi padre actualmente es detective en retiro y aún hace clases en la Escuela de Investigaciones. Es perito en huellas, su especialidad es la dactiloscopia. Además, llevamos seis años haciendo talleres juntos, eso también contribuyó bastante, estar constantemente escuchando sobre casos. Incluso él revisó la novela y me dio muchas observaciones. Yo necesitaba saber si en Camino cerrado existía un correlato verosímil y estaba muy obsesionada con que fuera la segunda parte de La regla de los nueve.

¿Hay casos reales que la inspiraron para construir algunos que expone en la novela?
Sí y no. Al estar en clases con mi papá siempre escucho sobre diferentes casos, que son más bien casos imaginarios. Y con respecto a Camino cerrado, hay una idea de casos que él contaba, con lugares que nadie conocía y también cosas que nunca habían salido a la luz. Yo trabajé en la PDI y mucho de lo que uno se entera es la punta del iceberg. Por eso, la novela es la construcción de un imaginario que muchas veces vi, pero casos reales como tal no hay.

¿Cómo indagó en la intimidad de la brigada de homicidios, considerando que es un espacio tan cerrado y “masculino”?
Entre el 2006 y el 2008 trabajé como perito criminalístico en la Policía de Investigaciones. Ahí obtuve todo ese mundo, también de mi padre y de las historias que él contaba. En ese tiempo yo tenía 26 años y ni siquiera imaginaba que iba a escribir una novela policial. Es más, cuando ingresé a la policía escribí La ciudad lucía, mi segundo libro de poesía y después escribí La perla suelta. Todo lo que después recreo en mis novelas tiene que ver con todos estos recuerdos, también está esto de la mirada del poeta, que es un ojo crítico sobre la comunidad. Un ojo que mira, que observa y que también escucha. En La regla de los nueve y Camino cerrado apareció todo lo que tenía dentro. Yo nunca trabajé en la Brigada de Homicidios, yo era perito, mi tema de investigación eran netamente los documentos, los delitos relacionados a la falsificación de escritura o cheques. Tampoco estuve en lugares del crimen. Sin embargo, cuando estudié criminalística vi muchos videos y entrevistas de casos reales, ahí se formó todo un imaginario que hasta el día de hoy me acompaña.

Yo trabajé en total 10 años en la PDI y vi muchas cosas. No tengo ningún tipo de resentimiento, pero sí me parece brutal la violencia de género que se muestra de una manera pasivo-agresiva. A las mujeres fuertes y determinadas se les deja totalmente fuera de todo, no las tratan mal, sino que hacen una especie de exclusión.

¿Fue complicado despojarse de la poesía al momento de escribir la novela o siente que coexisten aspectos poéticos dentro de ella?
Cuando comencé a escribir La regla de los nueve en el 2014, venía de un taller de dramaturgia con Luis Barrales, entonces ya estaba escribiendo cosas en otro formato. Ahí comenzó a formarse esa idea de querer contar algo y crear personajes, porque en la poesía hay hablantes líricos, pero no personajes como tal. Me había quedado esta idea de una madre que cuenta una historia y desde ahí inicié La regla de los nueve. Además, en medio de ambas novelas terminé un libro de poesía, Península. No fue tan difícil escribir Camino cerrado, pero sí debía ingresar en la ficción, ahí se establece otro mundo, que es muy diferente al que se encuentra en el poético. Ingresar en la ficción fue una experiencia entretenida, estudié mucho pero me alejé de la teoría, tengo una formación literaria, estudié literatura y también hago clases, pero para escribir novela me devoré todos los manuales existentes de creación de personajes y cómo funcionan los narradores. Por ahí comencé a entender cómo funcionaba la ficción y también comencé a “alejarme” de la poesía. Camino cerrado contiene dos voces que están muy tensionadas y eso se lo debo al lenguaje poético. Sin la poesía no hubiera podido llegar al tipo de narración que se encuentra en la novela, cada palabra está donde tiene que estar. De hecho, muchos autores de novela negra fueron poetas la primera parte de su vida literaria, nuestro mismo Ramón Díaz Eterovic, él comenzó escribiendo poesía. Hay algo ahí que está constantemente dialogando. Hay un análisis en el sitio del suceso que se llama inspección ocular, donde el detective que está a cargo entra y observa todo lo que ocurrió, esa es como la primera aproximación hacia el secreto. La observación de la escena comunica cosas, creo que ese nivel de observación es muy similar a la de un escritor, es muy detallista.

¿Esas voces tensionadas climatizan la narración?
En algún momento tuve la idea de mezclar las voces y que el lector no supiera quién estaba hablando, pero es complicado realizarlo y también de leer. Entonces, en Camino cerrado decidí repartir estas voces por capítulos. En ese momento estaba muy agobiada porque no lograba separar las voces, no podía salir del problema y mi hermano menor, que es publicista, me aconsejó que escribiera lo de Amparo Leiva en un formato que fuese cerrado, en columnas o una tipografía más pequeña. Por eso los capítulos de Amparo son más breves, estructurados y en el centro de la página. En cambio lo que habla Urquiza está en fraseo largo, de tope a tope, porque al fin y al cabo, mientras Leiva esconde algo, Urquiza lo delata.

¿Hay autores que admira que la hayan impulsado a ir por este estilo de escritura?
En El silencio del bosque, Tana French trabaja un solo narrador, pero me alucinó. Me gusta muchísimo cómo va armando la historia. Pensé mucho también en Patas de perro, de Carlos Droguett, que tiene una especie de narrador enajenado, de fraseo largo, lo cual es totalmente diferente a lo que realicé con Amparo, pero pensaba en voces que quedaran adentro. Droguett, gracias al narrador, genera todos los mundos que se encuentran en la historia, todas las capas sociales y la crítica. Yo mezclo novela negra y policial, pero encuentro más importante desarrollar la negra, generar una historia que induce al lector a pensar toda la narración en quién cometió el crimen, no me interesa. Me gusta mucho más la crítica, las capas de los personajes y los mundos que habitan. Por eso Patas de perro fue y será la novela con la que dialogo mucho en términos formales.

¿Era su intención exponer una crítica aguda, pero al mismo tiempo encubierta, en torno a la institución policial y específicamente de la Brigada de Homicidios?
Yo trabajé en total 10 años en la PDI y vi muchas cosas. No tengo ningún tipo de resentimiento, pero sí me parece brutal la violencia de género que se muestra de una manera pasivo-agresiva. A las mujeres fuertes y determinadas se les deja totalmente fuera de todo, no las tratan mal, sino que hacen una especie de exclusión. También es un ambiente muy competitivo y eso sigue vigente. Al momento de escribir, ese tipo de cosas me servían mucho para armar el mundo de la novela y también traté de hacerlo coherente, no era mi interés exponer estos temas de una manera melodramática, panfletaria o de denuncia, mi intención era simplemente dejar las cosas ahí, mostrar. Eso es algo que me gusta mucho de las novelas de Michel Houellebecq, él deja el tema y el lector tiene el trabajo de analizarlo. Diamela Eltit trabaja de manera similar, es bonito no subordinar a los lectores. No me gustan las novelas que son moralistas o que están intentando enseñar algo.

¿Por medio de la novela negra se puede realizar un relato social más amplio?
El manuscrito de La regla de los nueve lo envié a los Juegos Florales, al concurso que organiza la Municipalidad de Santiago, y lo gané. Al inicio sí existía una muerte dentro del manuscrito, pero no era una novela negra como tal. Cuando publiqué con Planeta, el editor me propuso la aparición de unos detectives y me hizo sentido. La regla de los nueve terminó convirtiéndose en una novela negra frente a esa experiencia de investigación, escritura y edición. Me gustó mucho el formato de la novela negra, porque tal como dice Ramón Díaz Eterovic, la novela neopolicial latinoamericana es la nueva novela social. También pensaba que luego de haber tenido la suerte de haber escrito por 15 años poesía, esa síntesis y precisión del lenguaje ya las había agotado un poco, necesitaba irme a otro formato y creo que en este momento la novela negra me gusta mucho. Me gusta que se me considere escritora de novela negra.

 

Fotografía: Carlos Leiton.

 


Camino cerrado, Paula Ilabaca, LOM, 2022, 156 páginas, $14.000.