Texto compro, texto vendo, texto arriendo, texto texto texto

La autora de la novela Mientras dormías, cantabas (2021) se refiere al texto publicado por Roberto Careaga acerca del exceso de ruido (o murmullo o cotilleo) y su reverso: la pobreza de textos críticos que nutran la escena literaria. “Careaga —escribe Pino— postulaba que hemos vivido cuatro años intensos como una forma de intentar comprender lo tullido que se encuentra el campo. Un acto de suma generosidad del autor. No hay excusas para justificar este cuerpo adormecido. La historia, la política nos debe movilizar, no tullir. ¿Somos artistas o no somos artistas? ¿Somos amigos o no somos amigos? ¿Qué somos?”.

por Nayareth Pino Luna I 7 Octubre 2023

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Esta semana fui a ver la exposición sobre Enrique Lihn en la Galería Gabriela Mistral y viendo al poeta actuar, erigiendo una pieza audiovisual ilegible y libre, pensé justamente en eso. Cada pieza, cada texto, dibujo, incluso cada retrato, se traducía en una libertad sin ambages. Hace poco también veía una charla de Martín Kohan sobre Borges en la que se burlaba de “Instantes”, ese poema falso que se le atribuye, ese en que un Borges añora esa vida que no vivió, los helados que no se tomó, las montañas que no subió. Kohan decía muy lúcidamente —cómo no— que muchos han cuestionado el modelo de vida que eligió don Jorge Luis, como si leer no fuera vivir. Para Borges, para Kohan, leer como un desquiciado es también una forma de vivir a concho. Por supuesto que Kohan no dice “a concho”. Este texto, como lo son todos, es una lectura de otros. Este ensayo será una lectura del texto de Roberto Careaga, no me aventuraría a decir: una respuesta.

***

En Chile hay un miedo atávico a ser uno mismo”, dijo hace poquito Cecilia Vicuña en una entrevista en la Radio Universidad de Chile. Narra cómo cambia todo después del Golpe, cómo esa maldita fuerza de la naturaleza —la creatividad— se ve silenciada o desafiada, diré más adelante. También lo dice Lihn y Careaga lo rememora, lo dice Ruiz y tantos otros. Lihn, Vicuña, Ruiz son inmensamente libres —escribo en el presente que merecen. Borges también. Es cosa de ver cómo juega con lo verosímil, cómo se ríe de nosotros a través de sus sofisticadas estructuras. Me atrevería a decir, en este texto enrevesado, que hoy el campo literario chileno carece de esa libertad.

Este será un texto reposado. Porque, la verdad de las cosas, tengo ganas de mandar todo a la cresta. Porque, la verdad de las cosas y por fortuna, esto no es tuiter. No hay un sociópata descontándome la vida, descontándome los caracteres. En este texto mi intención es tomarme el tiempo y la palabra.

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Han pasado dos años desde que publiqué mi novela Mientras dormías, cantabas, dos años viendo de cerca —pero no tanto— este mundo literario que tan bien perfila Roberto Careaga en su texto del 3 de octubre. Poco antes de publicar mi novela me tocó presenciar como lectora la discusión que se dio a partir del texto de Lorena Amaro en Palabra Pública y ahora, que harta agua ha pasado bajo el puente, mi pregunta es solo una: ¿qué esperamos?

Amaro y Careaga representan dos tesis de distinto cariz, deciden usar la palabra para desafiar al campo literario que tanto les importa, su intención no es generar murmullo ni conventilleo. Puedo señalar, patudamente, que lo que buscan —y esta es mi lectura— son más textos y menos cahuín, más textos y menos reseñas mediocres y serviles a las distribuidoras y al mercado, más textos y menos tuits llenos de indirectas para hacerse los choros.

Esta semana también salía con el novio polaco de una de mis mejores amigas. Ella también estaba presente —qué se creen. Él nos comentaba que lo que lo sorprendió de Chile fue ese murmullo. Una forma de entretenimiento curiosa y nociva a la larga. También sumaría a ese diagnóstico que en Chile nos encanta hacernos los choritos del puerto. Chile es un extenso puerto a las orillas del Pacífico y está bien. A mí también me gusta pelearme en las micros, sacar mis cuchillas, hacerle honor a mi nombre poblacional y defenderme. Sin embargo, me pregunto, por ejemplo, si acaso no es una pose cool criticar la narrativa de Zambra, si acaso no es cómodo leer una obra —ya bastante extensa— solo desde dos claves de lectura: la paternidad y la literatura de los hijos, cuando Zambra también habla —desde sus inicios— de la escritura, de la lengua. He visto también estos días ciertos tuits cuestionando su premio Manuel Rojas. Caraderrajismo. Y acá va mi segunda piedra: la palabra opuesta a libertad es cobardía.

Toda tesis es una piedra.
Todo tuit es un flato.
Todo cahuín es carraspeo.
Argumenten.
Citen.
Escriban.
Piedras y palos.

***

El mercado de la novedad es el cáncer. Escritores y escritoras —o aspirantes— que solo se alimentan de la novedad están destinados a la mediocridad. La libertad no reside solo en la capacidad de articular una verdad, o en expresar con valentía un discurso, sino también en la posibilidad manifiesta de leer más allá de los bordes que dibuja el mercado. Leer la tradición, leer lo clásico, volver atrás con lápiz en mano, intentar descifrar las operaciones de escritura detrás de obras que sobrevivieron el paso apresurado de la historia es una forma de ejercer la libertad.

El golpe de Estado no logró silenciar la creatividad, la desafió y los artistas tomaron con valentía esa posta. Esta es una historia conocida y fértil. Careaga postulaba que hemos vivido cuatro años intensos —y claro que sí— como una forma de intentar comprender lo tullido que se encuentra el campo. Un acto de suma generosidad del autor. No hay excusas para justificar este cuerpo adormecido. La historia, la política nos debe movilizar, no tullir. ¿Somos artistas o no somos artistas? ¿Somos amigos o no somos amigos? ¿Qué somos?

Soma.
Novedad.
Texto vendo, texto arriendo.
Influencer.
Filtro.
Like.
Emoji mercado retuit, amiga.
MERCADO.
Llegó la merca.

Mi otra piedra: aunque quisiéramos —bienaventurados los que quieren— que la reflexión sobre la literatura versara solo sobre lo político-estético, no se puede. Como Amaro decía, estamos fagocitados —autoras y autores, mediadores, editoras, críticos— por el neoliberalismo. Ese maldito hijo de puta. Ese soma que insertó Pinocho y que hace que todos los monos bailen a su ritmo. Y nadie se salva. Ni tú, ni yo.

El mercado de la novedad es el cáncer. Escritores y escritoras —o aspirantes— que solo se alimentan de la novedad están destinados a la mediocridad. La libertad no reside solo en la capacidad de articular una verdad, o en expresar con valentía un discurso, sino también en la posibilidad manifiesta de leer más allá de los bordes que dibuja el mercado. Leer la tradición, leer lo clásico, volver atrás con lápiz en mano, intentar descifrar las operaciones de escritura detrás de obras que sobrevivieron el paso apresurado de la historia es una forma de ejercer la libertad. Tal como Borges lo hacía. Encerrarse y leer, quebrarse la cabeza cosechando estructuras, gestos retóricos, éticas, estéticas, fórmulas, es moverse con libertad en este y los campos literarios que nos antecedieron. Borges fue libre por eso mismo. No necesitamos otra cosa que los textos. Esa es mi propuesta.

Me podrán decir estructuralista —y sonreiré—, pero hay que volver a los textos, a su materialidad, a desmenuzar esos dispositivos que nos colman hasta el placer. No hablo de intelectualizar el panorama. ¡No! Hablo de detenerse en las gramáticas de hoy y de la tradición. En los personajes y sus derivas. En el lexicón —dícese del vocabulario— de cada autor. Cuál es esa palabra que tanto repite Teillier, digo manos. Cuál es esa palabra que tanto repite Mistral: aupar. Cuál quieres que sea tu palabra. Escribamos, salgamos de la autoficción ramplona y no me digan “ay y cómo Annie Ernaux”, porque cualquier lector medianamente inteligente entiende que su operación es retratar una época y a sus protagonistas, porque cada libro se trata justamente de contarnos sobre los otros.

Inventemos. Mintamos. Juguemos. Que la lengua sea el artificio que aprendimos de los Parra, de Vicuña, de Ruiz, de Lira, de Eltit, de Lihn, de Brunet. Poiesis. Ficción. Libertad. “La palabra es irreversible, esa es su fatalidad”, dice Barthes. Esa es la urgencia. ¿Qué esperamos, entonces?

Y para terminar, a todas las muchachas y muchachos que están en sus casas, quisiera cantarles una canción. Cualquier colaboración, se agradece:

Las rotativas de imprenta
Ya están empezando a editar escritores incautos
Y tú tienes una cara de cliente fácil
Tú compras por una promesa de texto
Abres el libro y te meten el dedo
Y les sigues el juego
Y les das tu dinero
Y te sientes muy hipster
Y me río en tu cara de tu estupidez.

Texto compro, texto vendo, texto arriendo, texto texto texto texto.

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