Punto de vista

En Zona ciega, Lina Meruane entrega un ensayo altamente convincente, informado, sugerente, de escritura elegante y poderosa, cuyo nivel excede por lejos las fronteras nacionales. El primer ensayo es eminentemente político, al relacionar la pérdida de visión con el estallido social del 18 de octubre de 2019, mientras que en los otros dos textos que componen el volumen la autora indaga en la ceguera como enfermedad de escritores. Un libro formidable, que cruza la mirada con la enfermedad, la memoria, la imaginación y el miedo.

por Ana Pizarro I 25 Junio 2021

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El gran Lukács joven, el hegeliano, nos legó textos fundamentales (El alma y las formas o la Teoría de la novela) para entender la teoría moderna de los géneros. Porque, como sabemos, tanto la novela como el ensayo son géneros tardíos, que responden en el nivel de los imaginarios a formas distintas de las relaciones internas y externas de la sociedad. El ensayo –que es la forma que nos convoca acá– responde estéticamente al pensamiento argumentativo. Pero como señala el pensador húngaro, también persuade a través de la belleza. Más tarde, Adorno le agregaría una función crítica.

Tradicionalmente, este ejercicio del pensamiento pasado por el tamiz de la literatura se consideró una virtud masculina: la interpretación del mundo es una forma de poder, y el poder de hacerlo estaba en sus manos. Escasas fueron las mujeres que lograron abrirse paso en la red de interdictos. Una de las pioneras fue Aspasia, alrededor del año 490 a de C.; esposa de Pericles, formó en la oratoria a muchos jóvenes, fue amada por Sócrates y la historia la recuerda con desprecio como una hetaira, es decir, una prostituta elegante. Una escort de hoy. Una forma, dicen, de anular el impacto de su inteligencia entre la intelectualidad de la Grecia clásica.

En América Latina, a pesar de los pesares, se encuentra en el siglo XIX ya formada la escritura del ensayo de mujeres, con la socialista franco-peruana Flora Tristán y su libro Peregrinaciones de una paria, donde se apropia del poder interpretativo para argumentar utópicamente en favor de los derechos de la mujer y de una sociedad socialista. Ya en Francia lo había hecho, en otro tono, casi un siglo antes, Madame de Staël, quien se había asentado en el poder privilegiado de su clase. Volviendo a nuestro continente, y más acá en el tiempo, surgirá con fuerza en las primeras décadas del siglo XX Gabriela Mistral, quien tempranamente toma en su quehacer ensayístico los destinos de Chile, Iberoamérica y, por qué no, algunos temas universales. Desde sus inicios es una viajera impenitente y ello le permite el contacto con la materialidad de la vida, los intelectuales, la cultura de América Latina y Occidente. Gabriela es el centro de una red, un invisible college, en una época de las comunicaciones en que constituir este espacio era un esfuerzo mayor. Fundamental, en ese sentido, fue el trabajo de Victoria Ocampo y de las poetas Cecilia Meireles, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni y Dulce María Loynaz.

Hago este recuento para poner en evidencia que el ensayo como género fue escaso en escritoras, más aún en nuestro continente, por razones históricas de la detención del poder interpretativo. No se aprecia una producción permanente, a pesar de que hay casos aislados, como Rosario Castellanos en México, Marta Brunet en Chile o Clarice Lispector en Brasil. Hasta poco antes y en el marco de la consideración general de la mujer, su ámbito era lo privado, el sentimiento, el tono declamatorio; de ahí la carencia del ejercicio de una escritura plena.

El primer ensayo subraya la realidad siniestra de la represión posterior a octubre de 2019. Una evidencia que nos incorpora con maestría en el abismo de una sociedad que estalla al enfrentar, a partir de una pequeña transgresión estudiantil, la enormidad de su miseria, del desajuste, de la condición indigna en la que sobrevive, en la ceguera frente al futuro de sus componentes más vulnerables.

Alrededor de los años 80, la modernidad tardía comienza a llevar los márgenes al centro de las preocupaciones a nivel internacional y, con ello, irrumpe la producción de escritoras. Nombres caribeños, mexicanos, argentinos y chilenos aparecen en las vitrinas de las librerías: Poniatowska, Tununa Mercado, Margo Glantz, Diamela Eltit, Nélida Piñón y Maryse Condé, entre otros. También un grupo actualmente más joven, ya asentadas en una cierta tradición, en un espacio de apertura mayor: Ana Maria Goncalves y Guadalupe Nettel destacan entre tantos nombres que ya se inscriben en el panorama actual. Entre ellas, un grupo de narradoras chilenas cuyo recorrido comienza a hacer bastante ruido (Nona Fernández, Alejandra Costamagna y Alia Trabucco con su notable capacidad analítica) y Lina Meruane, autora de Zona ciega. Ensayos sobre el ojo.

Se trata aquí de la historia reciente de Chile y del Santiago del 18 de octubre de 2019, con su levantamiento popular y sobre todo la represión, escrita a través de una persistencia instigante, como es la mirada, a través de la imagen del ojo, que vuelve porfiadamente, ojo que escruta, observa, mide, evalúa, ojo que confronta al mismo tiempo que es castigado, tiroteado, ojo que es golpeado, oscurecido, siniestrado, quemado. Ojo que entra en el cuerpo del lector para mirar a través de él, por él, moverse con él, experimentar su estallido, su dolor, su experiencia de la muerte. El ojo, aquel órgano del cuerpo que tiene la mayor cantidad de hombre, según remite la autora.

El primer ensayo subraya la realidad siniestra de la represión posterior a octubre de 2019. Una evidencia que nos incorpora con maestría en el abismo de una sociedad que estalla al enfrentar, a partir de una pequeña transgresión estudiantil, la enormidad de su miseria, del desajuste, de la condición indigna en la que sobrevive, en la ceguera frente al futuro de sus componentes más vulnerables. Ceguera en que la ha sumido el tráfago diario por la subsistencia y el decoro, la voracidad de una realidad que no le permite pensarse.

Me parece un capítulo magnífico, propio de una gran escritura, densa, sagaz y con proyecciones virtuales. Un ensayo que inserta la tragedia chilena en una dimensión universal, pleno de sensibilidad, de inteligencia, de dimensiones poéticas y de altura. La ensayista centra la energía estética en el cuerpo, y en el centro de ella está el ojo. Se alude mucho a su experiencia temporal de la ceguera, sus miedos, el pertenecer a una familia con lenguaje de médicos, a su experiencia de una diabetes temprana. Son referentes que ayudan, pero que no explican la construcción estética del cuerpo enfermo en su anterior ensayo Viajes virales, y en las novelas Fruta podrida y Sangre en el ojo.

La ensayista centra la energía estética en el cuerpo, y en el centro de ella está el ojo. Se alude mucho a su experiencia temporal de la ceguera, sus miedos, el pertenecer a una familia con lenguaje de médicos, a su experiencia de una diabetes temprana.

Lo cierto es esa capacidad de instalar un punto de mira situado en el ojo: la vista, la ceguera, sus formas, su terror, como la espina dorsal que articula los tres ensayos que forman el volumen. El ojo efectivamente es un instrumento, la memoria está situada en el cerebro. La vista es la vinculación de la materialidad de la vida con ese espacio, ese receptáculo de la experiencia a través del ojo. Al morir el ojo, no muere la memoria en la experiencia de quien pierde la visión. La experiencia de la vida y dependiendo del grado de la pérdida, se mueve en otro espacio, otra velocidad, otras premuras. El escritor japonés Tanizaki ha desarrollado la comparación entre la estética occidental, asentada en el exceso de luz, en el alumbrado abusivo, para elogiar la sombra, propia de su cultura. Escribe en El elogio de la sombra: “Creo que lo bello no es una sustancia en sí, sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por una yuxtaposición de diferentes sustancias”.

En el segundo ensayo, Meruane hace un recorrido acucioso por la experiencia de la invidencia en muchos escritores, desde el mismísimo Homero (si es que fue un cuerpo). Algunos de ellos hablan de su experiencia y no siempre esta remite a la oscuridad, como se piensa, a veces es la blancura o la franja amarilla de Borges, quien afirma que la ceguera se hereda, pero no el valor para afrontarla. O la de Joao Cabral de Melo Neto, cuya voz se apaga porque, dice, su poesía nace de lo material. Como señala Meruane, “escribir era dar cuenta de las cosas del mundo y era darles una estructura concreta que sus propias manos sostenían en la letra”.

Así, el texto transporta al lector en lo que llama un “breve recuento de la ceguera”, incorpora puntazos repentinos de un acero que transmite la herida, a veces la metáfora, la descripción descarnada de un globo abierto, no al uso en Saramago sino de forma directa y violenta, la reflexión dolorosa que a veces revela un matiz irónico: “El tormento oftálmico de Joyce hace palidecer mi temporada en el infierno”.

No hay aquí solo la eficiencia del lenguaje en la incorporación de la experiencia del ojo en el lector, hay una investigación larga y paciente de la historia de la ceguera en los escritores, con resultados sorpresivos que culminan con la aproximación, en el tercer ensayo, a la lenta pérdida de la visión de Gabriela Mistral, quien escribe: “Voy en delgadez de niebla pero sin embargo llevo / las facciones de mi cara / lo quebrantado del peso / intacta la voluntad / pero el rostro medio ciego / y respondo por mi nombre / aunque ya no sea aquella”. Es una ceguera en creciente diálogo con la de Marta Brunet, a las que Meruane agrega la de la mexicana Josefina Vicens.

Escritura en torno al ojo, al cuerpo, la enfermedad, que toma un cariz político, como anteriormente lo había hecho en Volverse palestina, su inmersión en las políticas coloniales israelíes y la relación con la dictadura chilena.

Zona ciega nos entrega la lectura de un ensayo altamente convincente, informado, sugerente, de escritura elegante y poderosa, cuyo nivel excede de lejos las fronteras nacionales.

 

Zona ciega, Lina Meruane, Literatura Random-House, 2021, 208 páginas, $12.000.

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