La historia de un niño

Tal como los cuentos de hadas, los relatos de Caminamos porque amamos algo están marcados por la voluntad imparable de sus protagonistas, que los lleva a transformarse, a irse a otro lugar, a embarcarse en el viaje necesario para alcanzar su deseo.

por Sebastián Duarte Rojas I 16 Mayo 2023

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En Paradiso, su enorme novela-poema, José Lezama Lima puso en labios de Fronesis que un “niño que después no es adolescente, adulto y maduro, sino que se fija para siempre en la niñez, tiene siempre tendencia a la sexualidad semejante (…). Por eso el Dante describe en el infierno a los homosexuales caminando incesantemente, es el caminar del niño para ir descubriendo lo exterior”. La explicación misma no es nada original, ya que alude a las ideas psicoanalíticas que situaban el origen de la atracción homoerótica en el narcisismo infantil; lo interesante de la cita comienza en la segunda parte, con la referencia a la Divina comedia, en que los sodomitas serían niños condenados a una caminata sin fin. En Caminamos porque amamos algo, este desplazamiento infinito no es una condena.

El dramaturgo, performer y director teatral Nicolás Lange (Puerto Montt, 1994) hace su debut en el cuento con este libro publicado por Cástor y Pólux, editorial que con este título también incursiona por primera vez en la narrativa breve. Caminamos porque amamos algo recibió el premio Mejores Obras Literarias 2021, en la categoría de libros inéditos, y ese no es el único galardón del autor, quien fue seleccionado en la Muestra Nacional de Dramaturgia 2022 con la obra Esto podría durar y durar y durar y durar y durar.

Dada su proveniencia de las artes escénicas, no es de extrañar que el libro de cuentos de Lange empiece con un prólogo que nos explica algunos guiños autobiográficos y su visión sobre los textos: “Lector, lo que acá traigo / y ofrezco, como un rey mago abre su pañuelo verde y ofrece, / son algunos diarios, notas en mi celular, poemas reciclados, / pero del mismo material que usaba Nicolás de muy niño: / mentiras”. La mezcla de verso y prosa tiene una larga tradición en la dramaturgia, que se puede observar desde Shakespeare al teatro posdramático, y es un aspecto central en la construcción de estos relatos que combinan ambas formas de enunciación.

Caminamos porque amamos algo tiende, ya desde su título, hacia un tono melodramático —una decisión arriesgada, ya que pocos autores logran sacarle provecho desde la literatura, siendo la obra de Ocean Vuong una de las excepciones más notables en el último tiempo.

Caminamos porque amamos algo tiende, ya desde su título, hacia un tono melodramático —una decisión arriesgada, ya que pocos autores logran sacarle provecho desde la literatura, siendo la obra de Ocean Vuong una de las excepciones más notables en el último tiempo. Quizá por eso, aquí la aparición de las estrofas tiene algo que recuerda al teatro musical o a las películas de Disney. Para explicar la presencia y ubicación de las canciones en un musical, se suele decir que cuando los personajes ya no pueden hablar, cuando no les basta con las palabras para expresar lo que sienten, cantan. Estas narraciones parecen seguir el mismo patrón: en los momentos en que la prosa no es suficiente, se desata el verso: “La palabra ‘frío’ se olvidó y nunca más nadie tuvo frío, / y todo lo sólido quedó derretido, / y su casa flotaba hacia la cordillera”.

Los 15 cuentos que componen este libro son variados, aunque hay ciertos tipos que se repiten. El más notorio es el de los relatos cercanos al cuento infantil, cuyos títulos declaran abiertamente su estatuto de “historia”, lo que persiste en las frases iniciales: “Esta es la historia de un niño que siempre quiso amar a otro niño. Un día finalmente encontró ese amor, y amó a ese otro niño, y fue maravilloso”; “Había una vez un niño que siempre quiso vivir en su techo y un día finalmente se fue a vivir a él”; “Esta es la historia de un hombre que se agotó de ser hombre y se volvió una ciudad”. Tal como los cuentos de hadas, estos relatos están marcados por la voluntad imparable de sus protagonistas —¿quién tiene mayor voluntad que un niño?—, que los lleva a transformarse, a irse a otro lugar, a embarcarse en el viaje necesario para alcanzar su deseo.

Uno de los cuentos más particulares del libro es el relato homónimo final, que tras un inicio narrativo se convierte en un ensayo fragmentado sobre el punto —tal vez por eso es que los cuatro relatos inmediatamente anteriores llevan punto al final del título. Y entre los que juegan con la autoficción, el más conmovedor es “Periméne”, en que el narrador visita a su abuelo senil al que debe ayudar a orinar mientras intenta borrar de su historia un asesinato, aunque eso no sea posible para él, al igual que ignorar su homofobia.

Se podría decir que lo queer atraviesa el libro, no solo por la presencia constante —aunque no excluyente— de hombres y mujeres homosexuales. Todos son o parecen ser niños, o incluso un mismo niño, que narra todas las historias y es a la vez su protagonista, un niño que camina descubriendo todo con inocencia, mirando todo y a todos con ternura, hasta a quienes le hacen daño.

Se podría decir que lo queer atraviesa el libro, no solo por la presencia constante —aunque no excluyente— de hombres y mujeres homosexuales. Todos son o parecen ser niños, o incluso un mismo niño, que narra todas las historias y es a la vez su protagonista, un niño que camina descubriendo todo con inocencia, mirando todo y a todos con ternura, hasta a quienes le hacen daño. La primera persona de los distintos cuentos se convierte en una misma voz, por lo que el texto, pese a su diversidad formal, se unifica y toma aires de novela, lo que también se ve reforzado por la abundancia de temas recurrentes.

Una lista no exhaustiva de elementos que hacen eco de un relato a otro incluye narradores que saben lo que va a ocurrir en el futuro, muertes recientes o presentidas, el olvido, los pájaros, el saludo “¡Hey!”, un chicle pegado en la cabeza, el boxeo como un acto inherentemente homoerótico, dar la espalda en la cama, el deseo de contar o escuchar cuentos, los cuentos como mentiras, y el amor que también es desamor y viceversa, además de un futuro lejano sin ciencia ficción, solo marcado por un sol demasiado intenso, en que “un hombre lee la nueva teoría de tránsito intercontinental de Oceanía a Latinoamérica, que trata de cómo un chico antes de la gran glaciación cruzó en una balsa de cuero para encontrarse con otro chico porque lo amaba, y ese es el inicio de cualquier teoría, caminamos porque amamos a algo”.

 

Fotografía: Magdalena Chacón.

 


Caminamos porque amamos algo, Nicolás Lange, Cástor y Pólux, 2023, 94 páginas, $13.000.

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