Una adolescencia de 20 años

Se acabó el recreo, de Dario Ferrari, es mucho más que un fenómeno de ventas en Italia. Los alcachofazos de Marcello, el protagonista, nos recuerdan que a veces los viajes personales se encumbran cuando nos salimos de la ruta. En la cabeza de este antihéroe no se vislumbran muelles y, quizás, la historia parece tan cercana porque vemos trastabillar al personaje. ¿De eso se tratará crecer?

por Daniel Campusano I 20 Octubre 2026

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A Marcello Gori no lo movilizan ambiciones profesionales ni posicionamientos sociales. Es un joven procastinador que no tiene problemas económicos ni de conciencia con eso de ganarse la vida, así que nada lo empuja a buscar un trabajo y acercarse a eso que llaman “entrar al sistema”. El narrador y protagonista de Se acabó el recreo, una de las novelas italianas más vendidas, premiadas y celebradas de las últimas décadas, prefiere ver pasar la vida sin sobresaltos y apenas lidiar con sus contradicciones sentimentales.

Sin exageraciones ni arranques predecibles, el narrador italiano Dario Ferrari (1982) delinea a un neurótico pasivo que no alcanza a ser un cínico ni un apático irremediable. Es, tal vez, un odioso simpático y empático; algo así como un adolescente querible, egoísta y desorganizado. Aunque Marcello se mueve en un mundo de intelectuales competitivos, no tiene la carga de sonar agudo o brillante: sus ocurrencias son divertidas y, al mismo tiempo, entiende bien los límites de sus conocimientos y mediocridades. Así, el primer mérito de la novela es entretenernos y acercanos al desenredo vital de un hombre al que no le interesa quedar bien ni amoldarse a las correcciones y aspiraciones del momento, que no busca podios ni mimos porque tampoco se esmera en disfrazar sus descuidos y mezquindades. “Un cero a a izquierda”, podríamos decir, al igual que el célebre protagonista de la novela de Robert Walser, Jakob von Gunten (1909), guiado a desaparecer, a no llamar la atención, a inadvertir la sed de poder y a ganarle a la vida por medio del silencio, no compitiendo ni participando.

Y ese narrador, ese yo tan íntimo y desvergonzado, entrega la frescura adecuada para que el lector se entrometa en el torrente de afectos de un hombre que está en una greña existencial que no desenredará sin chocar, antes, contra algunos espejos. Marcello no le pide mucho a la vida, pero tampoco aguanta que la vida lo exija. No es un buen hijo. No es buen novio. No es un buen estudiante ni menos un buen trabajador. Porque, a propósito, para esto último tendría que aceptar el destino familiar y uno de los motores de esta historia: quedarse a cargo del bar que su padre abrió hace décadas.

Marcello se jura a sí mismo que no hipotecará sus escuetas energías en el capricho de otra persona, y mucho menos en las de un padre que, según su versión de la historia, lo abandonó a él y a su madre para irse con otra mujer: una realidad, por supuesto, que se irá descascarando al acomodar nuevos pedazos del rompecabezas familiar. O quizás, cuando Marcello zambulla la cabeza al agua y comprenda que los límites morales están cercados de zonas difíciles de esclarecer y que las espinas del pasado, incluso, pueden ser leídas en el presente como actos de coraje y consecuencia. Como sea, la odiosidad amorosa entre padre e hijo —la intransigencia, el ataque, el chaqueteo— es una de las pinceladas más hondas y chispeantes en el entramado de afectividades trizadas que denota la hondura de Marcello.

“Se acabó el recreo” es una frase pronunciada por Charles de Gaulle para anunciar el fin de las protestas del Mayo de 68. El presidente de Francia volvía al país en medio de las agitaciones y le aseguraba a la población que hasta aquí llegaban los caprichos de los estudiantes, que a contar de ese momento, después de tanto escándalo, los universitarios dejarían las calles y se dedicarían a estudiar (a la universidad se va a estudiar, dijo Augusto Pinochet —y también Cecilia Bolocco— cuando le dispararon a la estudiante de piano María Paz Santibáñez en una de las protestas de 1987). Entendemos que el título alude al paso de la formación a la acción, a la obligación, a la ejecución, al deber, a esperar los réditos para ser parte del engranaje. Hablamos de sentar cabeza. Pero, como entiende Marcello, el asunto no se trata de madurar de frentón, sino, al menos, de moderar “los tranquilizantes algodones de la irresponsabilidad”.

Marcello recién pasó los 30 años, terminó su carrera de literatura después de años de indecisiones, descuidos y escasas pretensiones. Witold Gombrowicz, articulando su ética de la inmadurez, decía que debemos desconfiar de la adultez porque nos lleva a vivir con una fingida seguridad y encasillarnos en un orden sin arrebatos. En el caso de Marcello, se encuentra con su titulación universitaria y, más que orgullo o alivio, solo le confirma que el entorno siempre le exigirá lidiar con carencias, olvidos y burocracias.

Marcello compara su vida con la de sus padres y abuelos, y despeja realidades contextuales que lo liberan de culpa a él y a su grupo de amigos de infancia: una pandilla de inmaduros entrañables, sin más apego a la vida que a su historia conjunta y sus códigos íntimos que, como dicta el sentimentalismo masculino, tampoco se esmeran en cultivar ni profundizar. No se llaman ni se buscan, pero parecen siempre ahí, listos para acompañarse, errar nuevamente y hacerse cargo de hijos que se parecen muchísimo a los amantes de sus esposas. Marcello piensa que “cada generación tiene su propia historia y la nuestra es tener una adolescencia de 20 años”. Por lo mismo, sería absurdo poner en una balanza los esfuerzos y fragilidades generacionales italianas, porque “los abuelos tenían que hacer cosas a toda prisa antes de que algún bombardeo o la viruela los arrancara del cariño de sus seres queridos”.

Apenas termina su licenciatura, el padre insiste en relevarle su negocio, diciéndole que “nadie te va a pagar por hacerte el intelectual de por vida”, frase que a Marcello le da rabia, al punto de anunciarle al padre —y anunciarse a sí mismo— que luchará por una plaza en el doctorado de su misma universidad, programa que le permitiría acceder a una beca de manutención para terminar su tesis. Así, el marasmo de Marcello es sacudido por el rencor filial más que por la curiosidad intelectual o, mucho menos, por el interés en la carrera académica. Y aunque su historial de pregrado está lejos de sobresalir, una baja inesperada de candidatos más preparados y un torbellino de desbarajustes le despeja el cupo que buscó sin esmero.

Sin exageraciones ni arranques predecibles, el narrador italiano Dario Ferrari (1982) delinea a un neurótico pasivo que no alcanza a ser un cínico ni un apático irremediable. Es, tal vez, un odioso simpático y empático; algo así como un adolescente querible, egoísta y desorganizado. Aunque Marcello se mueve en un mundo de intelectuales competitivos, no tiene la carga de sonar agudo o brillante: sus ocurrencias son divertidas y, al mismo tiempo, entiende bien los límites de sus conocimientos y mediocridades.

Desde luego, en este escenario no surge la satisfacción sino el problema: el hostigoso esfuerzo de cursar el programa, cumplir una tesis y, sobre todo, entregarse a los vericuetos y comidillos del mundo del posgrado, un universo donde no luce el conocimiento ni la reflexión crítica, sino el cálculo, la hipocresía, el resentimiento, la mezquindad y la ridiculez de petulantes que asumen tener un lugar en la sociedad cultural por el bagaje en temas microscópicos e intrascendentes.

En la primera entrevista del doctorado, Marcello presenta una enrevesada idea de tesis donde circulan Bolaño, Gadda, Borges y Foster Wallace, pero el proyecto es denostado enseguida por el profesor Raffaele Sacrosanti, un arrogante dinosaurio (referido por sus alumnos como el “Mourinho de la literatura italiana”) que parece siempre preocupado de mantener sus huestes funcionando y debilitar a sus enemigos generacionales. En esta línea, el Departamento de Italinística Comparada (sic) de Pisa compone la principal “red de geopolítica universitaria”, una fauna donde, más allá de los cacareos y la exhibición de plumajes, nada avanza y nada cambia para mantener las cuotas determinadas por las fuerzas que conducen, a dedo y nunca de frente, el devenir de las investigaciones, de los congresos y los concursos de plazas: profesores que se sienten dueños de corrientes de pensamiento, autores, temas y subtemas que no permiten lecturas novedosas o más profundas que alteren su ecosistema, conquistado, por supuesto, a punta de codazos, castillos en el aire, teorías dudosas y egos sobreestimados (¿no es lo que ha pasado, por estos lados, con Gabriela Mistral en los últimos años?).

Al acercarse a este mundo, Marcello habla de ellos como la composición política de un reino animal, un safari bullante y pesado, un sistema de reinos, amenazas, aliados y depredadores. En la primera reunión, el profesor Sacrosanti le sugiere con una calma despectiva y certera: “Acote el campo de investigación, defínalo con precisión y conviértase en la máxima autoridad de ese pedacito de terreno”. Marcello, por otro lado, recoge de Pier Paolo, un compañero de universidad presumido y sabelotodo, las instrucciones pertinentes para supervivir en el zoológico académico: jamás parecer más ocurrente que sus profesores en público, jamás inadvertir el aporte de una persona en cierto campo de estudio, por más satelital y aburrido que sea. (Esta radiografía se torna graciosa y llamativa al leer en la solapa que Dario Ferrari es doctor en filosofía y profesor de la Universidad de Pisa).

El profesor Sacrosanti le ordena a Marcello investigar la vida de Tito Sella, un escritor guerrillero de los “años de plomo italiano”, período de agitación política, enfrentamientos callejeros y terrorismo que sacudió al país durante dos décadas, entre fines de los 60 y fines de los 80. Como los papeles de Sella están en la biblioteca Mitterrand en París —se recuerda que el mismo presidente socialista solía asilar a izquierdistas italianos—, Marcello viaja a sumergirse en los laberintos de la biblioteca y, en la marcha, descuida el análisis textual de la obra de Sella y desvía su análisis hasta conjeturar una autobiografía. Aquí comienza una amena novela dentro de la novela —que funciona como tercera parte— para reconstruir los años de estudiante de Sella hasta su radicalización política y la pacificación de actos terroristas.

Durante el proceso, Sacrosanti le advierte a Marcello que no se fije tanto en el comidillo biográfico, azuzado por datos de su misma familia y, sobre todo, por la presencia de Tea, una atractiva veinteañera de posgrado que conoce en los subterráneos universitarios. Porque, cómo no, esta crisis de la mediana edad no podía avanzar sin embelesarse de una estudiante 10 años menor, una misteriosa joven tatuada, idealista, burguesa, contracultural, simplista y moralista que Marcello vincula a una de las amantes de Sella.

En medio de la sicosis amorosa y sus patetismos respectivos, Marcello hunde su relación sentimental con Letizia, su novia italiana desde hace años, una médica que suele aterrizarlo con su afectividad pragmática y, al mismo tiempo, aburrirlo con su estabilidad apagada. Se hace inevitable, en este punto, el parangón con la película El último beso, del también italiano Gabriele Muccino: la figura de un hombre a punto de casarse que, ante el tren de la estabilidad, se emboba con una universitaria en el anhelo de sentirse joven y vigente en el mercado del deseo.

Es interesante preguntarse por qué la historia de un mundo tan estrecho y específico como la academia literaria se termina convirtiendo en un fenómeno de ventas. Y una de las respuestas puede ser que este universo es solo un escenario acertado para la mecanización de absurdos, tensiones e incertezas donde, como las grandes historias, cualquiera podría reconocerse. Asimismo, volando por las 400 páginas de la novela, podría aventurarse que la amenidad de la lectura pasa por la sensibilidad y frescura de una voz interior que va despejando sus inconformidades y ambivalencias: que solo muestra, y nunca justifica, los recovecos torcidos e inesperados que suelen develarnos los pequeños enigmas generacionales. Porque en el caso de Marcello, el desacierto de seguir sus pulsiones —y no esa martingala de ser fiel a uno mismo— es lo que termina construyendo en él algo parecido a una identidad, o al menos, una estructura para armarse y pararse en medio de una realidad afectiva que, después de todo, no le exige tantas explicaciones. Los alcachofazos de Marcello nos recuerdan cómo, a veces, los viajes personales despegan en el inconformismo, tambalean un rato en el aire, y solo se encumbran cuando nos salimos de la ruta.

Se acabó el recreo es una historia de naufragios llenos de revelaciones, de tránsitos fructíferos por caminos errados y decisiones encendidas por las estridencias y torpezas del deseo. En la cabeza de Marcello no se vislumbran muelles y, tal vez, la historia parece tan cercana porque vemos trastabillar al personaje —¿de eso se tratará crecer?— en medio de un sentimentalismo inteligente, contradictorio y tan cariñoso como afilado. Ahora bien, ¿el personaje cambia de piel al finalizar la historia? ¿No será todo el principio de un nuevo vuelo migratorio? Por supuesto que no tenemos la menor idea.

 


Se acabo el recreo, Dario Ferrari, traducción de Carlos Gumpert, Libro del Asteroide, 2025, 400 páginas, $39.500.

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