Zurita y el 11: el paisaje de la devastación

El desierto, las piedras, las desapariciones, la abyección, el mar, la muerte y los miles de nichos clandestinos: de esa materia está hecha buena parte de la obra de Raúl Zurita, sobre todo aquel libro torrencial que es Zurita, sin duda el más anclado en el golpe de Estado de 1973. Allí el horror de un país vuelto contra sí mismo, devenido monstruo, con delatores y torturadores, deja entrever asomos de amor y de dicha, porque “incluso en medio del Apocalipsis”, como escribió Hermann Broch “no se puede hacer callar por completo la modesta aspiración personal del ser humano a la felicidad”. He ahí la grandeza y la esperanza de la obra de Zurita.

por Vicente Undurraga I 2 Septiembre 2023

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Decir que Zurita es el poeta del Golpe sería reducirlo. Pero no ver que el Golpe es un centro de gravedad en su escritura sería perderse. Zurita es el poeta de los paisajes alucinados, del amor desbordado, de las ruinas y la desesperación, de los boteros y los sueños, de lo abyecto y lo grandioso, de los himnos y la maledicencia, del cuerpo herido y la felicidad obstinada, pero sobre todo es el poeta de una voz radicalmente única, una gramática inaudita y una escritura vital, que incluso en sus variaciones —que dejan ver la notable plasticidad de la lengua castellana— mantiene una marca, una consistencia asombrosa, como los rostros que por más que se transfiguren, o desfiguren, siempre reconocemos.

Dentro de ese universo, donde lo autobiográfico es tan importante como la Historia y no solo la chilena ni la latinoamericana, ni siquiera solo la humana sino incluso la historia espacial, porque las estrellas y las bóvedas también son centrales en su obra; dentro de ese universo, sin duda el Golpe, el momento de ese quiebre trágico, el día preciso del 11 de septiembre de 1973, es un parteaguas. Una cifra, o la cifra misma, del abismo.

Si huellas y efectos del Golpe aparecen y reaparecen desde temprano en Anteparaíso (“Yo sé que tú vives / yo sé ahora que tú vives y que tocada de luz / ya no entrará más en ti ni el asesino ni el tirano”) y de lleno en el Canto a su amor desaparecido o Inri, es ya en Zurita, el libro de 800 páginas que el autor publicó en 2011, donde todo se vuelve un huracán. “Sin fondo es la poza del tiempo”, dice una frase de Thomas Mann que aparece ahí, donde todo se mueve. Más cercano al desquicio de las pesadillas que a la mera cronología, en ese libro acontece todo entre un atardecer, un anochecer y el siguiente amanecer, pero a la vez todo está ocurriendo siempre en distintos tiempos y lugares, en paisajes reales y mentales que se cruzan y confunden como los vivos y los muertos en Comala. Eso abre un incesante ir y venir de episodios y seres, recuerdos y cuerpos, voces y ecos en cuyo centro se encuentra el 11 de septiembre de 1973.

Esa fecha y una imagen sencilla, brutal, que se repite una y otra vez dando título a muchos poemas del libro: “Cielo abajo”. Esa fecha y esa frase vertebran una obra irreductible, que responde al Golpe con un contragolpe que tardaremos en asimilar, porque Zurita es un magma que nos desborda. Vamos a la siga de sus páginas, de su demencia y su afecto, pero nos deja siempre atrás. Aunque nunca afuera. Nos extravía, pero nos atrae, como para que sintamos en carne propia lo que es quedar descolocados de manera radical ahí donde se solía poner pie, como le pasó a Chile mismo tras el Golpe.

Dentro de ese universo, donde lo autobiográfico es tan importante como la Historia y no solo la chilena ni la latinoamericana, ni siquiera solo la humana sino incluso la historia espacial, porque las estrellas y las bóvedas también son centrales en su obra; dentro de ese universo, sin duda el Golpe, el momento de ese quiebre trágico, el día preciso del 11 de septiembre de 1973, es un parteaguas. Una cifra, o la cifra misma, del abismo.

Todo se vino cielo abajo hace 50 años, empezando por la comunidad y con ella los sueños que abrazaba quien en esos poemas se reporta con nombre y apellido: Raúl Zurita Canessa. Reportar es un verbo recurrente en estos poemas y señal de toda una poética: aquella que sabe que consignar lo que, aunque inimaginable, ocurrió, es la hazaña que le toca al poeta de su tiempo: la de nombrar, hacer ver y de alguna manera corregir el repetido horror.

Uno de los poemas más poderosos del libro es el “Cielo abajo” con el que concluye “Tu roto anochecer”, la segunda parte del libro. “Ya es 11 de septiembre. Como si fuera otro mar, el / inacabable pedrerío se estrella con la reja de / una casa de dos pisos”, comienza el poema que luego muestra una tierra devastada y en ella a alguien que mira por la ventana hacia el interior de una casa, reconoce a su propia madre con un niño y golpea los vidrios, pero algo se ha roto, no hay encuentro posible: “Sus ojos se / cruzan con los tuyos. No te ve. No puede mirarte”.

En las páginas de Zurita se relata lo acontecido desde ese día en el país. “Han bombardeado La Moneda”, dice el primer verso del poema “1973”, pero a continuación es la perplejidad la que se toma, como la ciudad en su momento, el poema mismo: “… y se ha producido la / estampida. Las calles quedaron vacías y a esta hora / las embajadas están atestadas de gente”. Entonces, ni siquiera en otro verso sino como continuación del tercero, asoma quien llevará la voz cantante, aunque entonces lo hace para de inmediato volver a perderse: “Yo fui / apresado en la madrugada en Valparaíso, pero eso / no importa. Importa que necesito amor y estoy / solo. Tampoco importa que los tipos hayan huido / como ratas. Es la vida. Yo sé bastante de eso”. Así queda abierto el espacio para todo: para las llamas inextinguibles de ese bombardeo, para esa estampida y para ese tipo que saca la voz y que sabe de huidas. Y también para la crónica descarnada de los hechos ocurridos ese día y en los años que vendrían, para sueños colectivos y para memoriales, para el arte y el emerger de las ciudades de agua en los ojos de la amada.

Este trabajo tiene su reverso o su espejeo en la novela Sobre la noche el cielo y al final el mar y también en los ensayos del autor, donde encuentra sustento reflexivo su poética: “En este minuto, en algún lugar, hay una ciudad que está siendo bombardeada, y entendemos entonces que la tarea no era escribir poemas, ni pintar cuadros, ni componer sinfonías, sino hacer de la vida una obra de arte, el más vasto y hermoso de los cantos, la única gran sinfonía frente a la cual valía la pena luchar y morir”.

Todo se vino cielo abajo hace 50 años, empezando por la comunidad y con ella los sueños que abrazaba quien en esos poemas se reporta con nombre y apellido: Raúl Zurita Canessa. Reportar es un verbo recurrente en estos poemas y señal de toda una poética: aquella que sabe que consignar lo que, aunque inimaginable, ocurrió, es la hazaña que le toca al poeta de su tiempo: la de nombrar, hacer ver y de alguna manera corregir el repetido horror.

Eso ha hecho en casi medio siglo esta poesía. En “Tu roto amanecer”, la tercera parte de Zurita, aparece el poema “Reporte”, donde el poeta describe su propia detención el 11 de septiembre:

REPORTE

Me reporto. Soy estudiante de Ingeniería Civil de
la Universidad Técnica Federico Santa María.
Valparaíso, Chile. Tengo 23 años y estoy en el
último curso. Entré en marzo del 67 y han pasado
desde entonces siete años. Estoy tendido en la
parte trasera de un camión militar que salta con
los baches del camino. Vamos boca abajo, en filas
cruzadas unas sobre otras como esos lotes de tablas
que se amontonan en las barracas y siento el peso
de los que han quedado encima mío. En cada bache
nuestros cuerpos también saltan. Al amanecer
había niebla, pero ya debe haberse despejado. El
taco de mi zapato está clavado en la cara de uno los
que están abajo y el peso de los que tengo encima
hace que se lo entierre aún más. Siento que grita,
pero tal vez lo imagino. Es posible que sea alguien
que conozca, pero también puede que no. Hace un
año se instaló una constructora soviética que
levanta edificios prefabricados y quizás trabaja
allí. Imagino sus dientes rotos enterrados contra su
boca y pienso en el coágulo de sangre resbalándose
sobre el taco de mi zapato. En un momento sentí
que giraba su cara como si intentara zafarse. Ya
no. El camión vuelve a saltar y mientras caigo
recuerdo el túnel que forman las rompientes un
segundo antes de reventarse. Hay un desierto y me
escucho rebotar en la arena. El viaje ha terminado.

El viaje ha terminado”: palabras que en otra parte podrían parecer una simple frase cotidiana pero que ahí, en la página 515 de ese libro, de esa vida expuesta que es Zurita, tienen el peso de un fin, de un golpe: “El viaje ha terminado”. Lo que viene, lo que de alguna terrorífica manera siempre estuvo, es “un mar de piedras” que recoge con dureza una dimensión de la obra de Raúl Zurita que suele ser menos atendida. Hay una dosis alta y cruenta de oscuridad en ella. Más vale enfrentar sin anestesia lo que esta obra nos arroja como ácido en pleno rostro: el horror de un país vuelto contra sí mismo, devenido monstruo, con delatores y torturadores (“Le pusimos Mi cariño malo y el tipo sí que se las / traía, una entera mierda de la punta de los bototos / hasta la mierda de casco”), asesinados, perseguidos y desaparecidos, un abismo que devasta porque no es otro mundo sino justamente nuestro mundo.

Paisajes de la devastación, en todo caso, que no reniegan de la belleza que se resiste a morir, o que incluso existe porque nada le es ya propicio y sin embargo mientras siga lo humano, sigue la capacidad de concebirla:

TODO HA SIDO CONSUMADO

Hay un barco en el medio del desierto. Nadie
diría que esto puede ser, pero hay un barco
herrumbroso y negro reclinado en el desierto.

No se me ocurre una imagen más dura y duradera de lo que pasó con Chile tras el 11. Ese barco negro y las desapariciones, la abyección, la muerte y los miles de nichos clandestinos, pero también, y esta es la grandeza y la esperanza que comporta esta poesía, asomos de amor y de dicha porque “incluso en medio del Apocalipsis”, como escribió el atormentado Hermann Broch, “no se puede hacer callar por completo la modesta aspiración personal del ser humano a la felicidad”.

 

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Vicente Undurraga ha editado la antología Tu vida rompiéndose y otros libros de Raúl Zurita publicados por Random House.

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