El atlas sentimental de Alejandro Olivares

por Emilia Edwards I 15 Abril 2026

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Atlas de la historia abstracta y subjetiva de Chile, el último libro del fotógrafo Alejandro Olivares, comienza con un relato poético que describe un paisaje eterno y conocido: el frío, el mar, luces a lo lejos, cruces al costado del camino, un tobogán abandonado, casas con retratos y relojes detenidos hace mucho. Luego vienen las imágenes. Algunas llenan la doble página; otras se cortan en el pliegue y continúan al reverso. Hay fotos que respiran solas y otras que se agrupan; la lectura se vuelve física, hecha de idas y vueltas, con paradas en detalles familiares.

Cada capítulo reúne más de 40 fotografías de una misma región. No se ordenan como un catálogo ni como un inventario, sino como una secuencia hecha de empalmes, silencios y repeticiones que van armando el relato. Entre medio aparecen breves textos, que se mantienen anónimos hasta las últimas páginas y funcionan como en voz baja: un murmullo que acompaña las imágenes, adelanta un tono, sugiere algo de lo que viene sin explicarlo del todo. Olivares cuenta que este trabajo nace “desde los espacios más cotidianos, desde los afectos, las cicatrices y también desde cierta melancolía”. Aunque el libro incluye fotografías tomadas durante encargos periodísticos, su interés no está en la “escena principal”, sino en lo que ocurre antes y después: el trayecto hacia la pauta, el silencio que queda después de la fiesta, aquello que permanece cuando la noticia se apaga.

Esa zona intermedia estructura el libro. Las fotografías, a pesar de tener títulos (a veces descriptivos), no subrayan el momento exacto del acontecimiento, sino sus bordes: una casa marcada por el agua, un cuerpo que muestra la cicatriz, un camino vacío, una habitación donde entra una luz que sigue siendo oscura, un gesto mínimo en medio de un paisaje amplio.

Esa apuesta por los bordes del acontecimiento se sostiene en una forma de entender la fotografía y en un método de trabajo muy concreto. Olivares evita pensar la fotografía como un registro objetivo. Prefiere entenderla como interpretación: lo que se ve en el libro es un punto de vista, construido desde sus sensaciones y su historia personal. Desde una clara tradición documentalista, al fotografiar realidades a las que no pertenece, Olivares lo vive como un privilegio que supone responsabilidad. El método de trabajo acompaña esta búsqueda. Antes de cada viaje, realiza una preproducción para entender qué ha pasado en el lugar y qué implica fotografiarlo. Ya en terreno, intenta dejar atrás las ideas previas y concentrarse en las sutilezas del entorno: olores, gestos, luz.

Atlas de la historia abstracta y subjetiva de Chile no busca definir qué es Chile ni ofrecer una versión definitiva de su historia. Lo que propone es acompañar una forma de mirar: atenta a las huellas que dejan los desastres y la vida diaria, las noticias y las casas, los cuerpos y los paisajes. Un atlas que mantiene sus coordenadas, pero deja que el país se cuente por fragmentos, dentro de ese paréntesis de palabras e imágenes que, por un momento, permite habitarlo.

Esa apuesta también dialoga con una tradición más larga. El libro toma como punto de partida el clásico Atlas de Chile, de Claudio Gay, pero desplaza el énfasis: ya no se trata solo de describir accidentes geográficos y límites administrativos, sino de registrar memorias, afectos y tensiones que recorren el territorio. El mapa deja de ser una superficie neutra y se vuelve un campo de marcas, una cartografía sentimental.

En sus proyectos personales, Olivares suele trabajar con tiempos largos y, a pesar de que con el Atlas no siempre fue posible, muchas veces no había margen para esperar la hora perfecta ni las mejores condiciones, lo que lo hizo resolver rápido, adaptarse, confiar en la intuición. El resultado pareciera un espacio de libertad poco común. No nace desde un encargo cerrado ni una lista rígida de temas. El fotógrafo se permitió “vagar libremente entre historias mínimas, esquinas olvidadas y territorios que parecían no tener importancia”. Como se trataba de un compendio del territorio, casi cualquier sitio podía volverse fotografía, siempre que dejara una marca. Esa apertura se percibe en la variedad de escenas: puertos, periferias urbanas, balnearios, interiores domésticos, oficinas, plazas, moteles, caminos en medio de la nada.

Atlas de la historia abstracta y subjetiva de Chile no busca definir qué es Chile ni ofrecer una versión definitiva de su historia. Lo que propone es acompañar una forma de mirar: atenta a las huellas que dejan los desastres y la vida diaria, las noticias y las casas, los cuerpos y los paisajes. Un atlas que mantiene sus coordenadas, pero deja que el país se cuente por fragmentos, dentro de ese paréntesis de palabras e imágenes que, por un momento, permite habitarlo.

Olivares es hoy una de las figuras centrales de la fotografía documental chilena. Desde libros como Living periferia, El invierno chileno o Chile pasaporte, su trabajo ha insistido en mirar los márgenes urbanos y las huellas que deja la historia en los cuerpos y los territorios, más que los grandes eventos. Cofundador de la editorial Buen Lugar, es parte del resurgimiento del fotolibro en nuestro país y América Latina. Atlas de la historia abstracta y subjetiva de Chile incluye fotografías sacadas a lo largo de más de 15 años y convierte la manera de mirar de Olivares en un reflejo original y auténtico en un país cargado de relatos tradicionales.



historia abstracta y subjetiva de Chile, Alejandro Olivares Buen Lugar Ediciones, 2025, 300 páginas, $35.000.
(Venta solo escribiendo a buenlugar.ediciones@gmail.com).

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