Encontré una página de escritura

¿Sufrir es una experiencia únicamente pasiva, que conduce a la impotencia y a la mudez, o conlleva también una resistencia al statu quo? ¿Y es esa fuerza para resistir similar a la que está implicada en la reflexión crítica sobre nuestras formas de conocer, pensar y escribir? ¿Es el sufrimiento un asunto meramente individual o, por el contrario, un asunto político? Estas son las preguntas que plantea este ensayo surgido a partir de una clase en la UDP, en la que se invitó a dos miembros del Plan Nacional de Búsqueda de Verdad y Justicia.

por Aïcha Liviana Messina I 13 Marzo 2026

Compartir:

En septiembre de 2025, en un curso de formación general que imparto en la UDP y que se llama “Sufrimiento, fuerza, filosofía”, recibimos a dos invitados del Ministerio de Obras Públicas que trabajan en el Plan Nacional de Búsqueda de Verdad y Justicia. Este plan fue implementado por el Ministerio de Justicia en 2023, con ocasión de la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado. Se trata de una “política pública de carácter permanente del Estado de Chile para esclarecer las circunstancias de desaparición y/o muerte, y el destino final de las personas víctimas de desaparición forzada, durante el período de la dictadura civil y militar (1973-1990)”. El curso, por su parte, aborda los temas “sufrimiento, fuerza y filosofía”. Nos preguntamos si sufrir es un asunto meramente individual o si, por el contrario, el sufrimiento ya está hecho de lo que nos vincula a otros y otras, es decir, si tiene una dimensión política. Otra pregunta que impulsa el curso es si sufrir es una experiencia únicamente pasiva, que conduce a la impotencia y a la mudez, o si conlleva también una cierta fuerza, por ejemplo, la fuerza de rechazar el statu quo, e incluso la fuerza implicada en el ejercicio filosófico, entendido como la reflexión crítica sobre nuestras formas de conocer y pensar.

Esta invitación surgió a raíz de unas fotos de la carretera que conduce a Pisagua que un amigo del MOP compartió en los estados de su teléfono. En Pisagua se han encontrado fosas comunes con cuerpos de prisioneros políticos. Al ver las fotos de Pisagua, recordé el libro Atacama fantasma, de Cristóbal Marín, que tiene un capítulo (“La caleta de los muertos”) en el que el narrador comienza describiendo el teatro de Pisagua, construido en 1892, y los rumores de artistas que habrían actuado en la zona: la bailarina Ana Pavlova, el cantante Miguel Aceves Mejía, la actriz Sarah Bernhard. Luego se detiene en la historia de la caleta de pescadores. Por un tiempo la ciudad de Pisagua fue abierta hacia el mar. Luego, fue transformada en un campo de detención, tortura y desaparición. Finalmente, el narrador de Atacama fantasma narra su partida hacia Iquique, donde encuentra lo que podría haber buscado en Pisagua: la foto de una ballena inmensa que, de pronto, pasó por las mismas aguas donde desaparecieron los prisioneros políticos. En esa parte del libro también se habla de Raúl Choque, célebre buzo y campeón de caza submarina, “bueno para el trago”, sobre todo tras haber encontrado restos de detenidos desaparecidos mientras buceaba. En Pisagua, el teatro y las ballenas hablan de un territorio volcado al mar, primero como lugar de comercio y de apertura al mundo, un lugar de cultura, y luego como lugar de muerte y de desaparición, poblado de “testigos mudos”, separados del mundo.

Antes de que los invitados del MOP explicaran su trabajo, un grupo de cuatro estudiantes hizo una exposición sobre el documental de Patricio Guzmán Nostalgia de la luz, y lo vincularon con el capítulo “La caleta de los muertos”. El documental de Guzmán se sitúa en un cruce entre la tierra y el cielo: en el desierto de Atacama, donde agrupaciones de familiares de detenidos desaparecidos buscan a sus seres queridos y donde además se puede observar una enorme cantidad de estrellas. A lo largo del documental vemos a mujeres que buscan a sus seres queridos en la inmensidad del desierto, al margen de la sociedad, mientras los científicos estudian las estrellas. Pero el documental no solo muestra a mujeres buscando y científicos observando, también despliega una analogía entre el “deber de memoria” que impulsa la búsqueda infinita en el desierto y el brillo de las estrellas que correlaciona con un pasado muy antiguo. Sabemos que las estrellas que vemos son el vestigio de algo que ocurrió en un tiempo remoto. El brillo de las estrellas del que nos creemos contemporáneos es, en realidad, el brillo de algo que ocurrió hace milesde millones de años. Por eso hablamos de “años luz”.

Todo lo que vemos es ya pasado. Si para que algo sea visto debe mantener una cierta distancia con el ojo, entonces todo lo que se manifiesta, todo lo que se hace presente, viene en realidad del pasado. Lo que vemos es ya un vestigio. Por ende, pertenecemos o habitamos el vestigio. Nostalgia de la luz habla de la luz como un fenómeno físico que hace de todo presente un fenómeno antiguo. Es la luz la que nos vincula con la nostalgia. El documental despliega, así, una analogía entre la necesidad de hacer memoria (memoria histórica) y la forma en la cual la observación de las estrellas nos permite entender el fenómeno de la presencia.

Al igual que en el documental, las estudiantes abordaron el problema de la desaparición desde distintos enfoques: el derecho, la psicología, el arte. ¿Cómo cruza el dolor con el trabajo artístico? ¿Qué pasa en la psique cuando la muerte no se ha vuelto un hecho comprobable? ¿Por qué y cómo hacer memoria? Al centrarse en la presencia del desierto en Nostalgia de la luz y en “La caleta de los muertos”, el problema de la búsqueda de los desaparecidos, tal como fue planteado en la exposición, empezó a conformar un problema espacial: se trataba de hablar de algo inmenso y de cuestionar las métricas de las que disponemos para medir, comparar y definir la proporción de cada hecho. Me impactaron estas dos frases proyectadas durante la exposición de las estudiantes, extraídas de la película: “En comparación con la inmensidad del cosmos, los problemas de los chilenos serían insignificantes, pero si los colocáramos encima de una mesa, serían tan grandes como una galaxia”; “La memoria tiene fuerza de gravedad; los que tienen memoria son capaces de vivir en el frágil tiempo presente; los que no la tienen no viven en ninguna parte”.

Filo-sofar es ser propulsado a buscar. Implica ante todo una inquietud, una insatisfacción respecto de lo que sabemos o creemos saber. Esta inquietud no es meramente teórica, o al menos no necesariamente. Surge al darse cuenta de que la tierra está cargada de historias, de fuerzas, de dolores. Nace del encuentro con un resto de ballena y de leer su silencio, antes que de la etiqueta que la clasifica como mamífero marino. Filosofar implica dar un giro en nuestra forma de conocer, y este giro involucra nuestros cuerpos y la forma en que habitamos un espacio.

Los invitados del MOP hablaron del contacto con la tierra. Partieron diciendo que el Plan de Búsqueda no es un trabajo neutral: nos sitúa en un espacio doloroso, de crímenes políticos, de crueldad, de pavor. Afirmaron, asimismo, que ningún lugar es neutral. Recordaron que el Plan es la continuación de una búsqueda de varias décadas que ha sido llevada a cabo por las agrupaciones de familiares de detenidos desaparecidos. De hecho, el mismo Plan fue diseñado con los familiares.

Eso me llamó mucho la atención: lo que es hoy una iniciativa estatal comenzó por fuerzas individuales. Hasta ahora, los familiares han buscado a sus seres queridos con su cuerpo, con su voluntad, con su dolor, y en cierta medida con sus propios recursos. Al escuchar esto, pensé que la fuerza colectiva no está dada. Lo que es hoy una política pública del Estado que involucra a todos (a través, por ejemplo, del pago de impuesto, de la producción de nuevos conocimientos y tecnologías) es posible justamente porque se agruparon familiares; y al agruparse, ellos generaron la fuerza que hace posible la búsqueda para establecer la verdad. La fuerza —una que tenemos a pesar nuestro— hace posible la escritura de la historia, la generación de una memoria colectiva.

Como ya mencioné, el curso que imparto se titula “Sufrimiento, fuerza, filosofía”. Con la visita que recibimos del MOP, podríamos decir que se cubrieron al menos los dos primeros temas del curso: la inmensidad del sufrimiento no logra inmovilizar al individuo. Con el sufrimiento, hay mujeres recorriendo el desierto y generando una fuerza que pasa a ser de todos, del cosmos también. En el documental de Guzmán, vemos las huellas que dejan las mujeres en el desierto. Sus huellas se borran, pero si hay un mundo común, un desierto que hoy podemos recorrer asociándole historias, si hay conocimientos científicos, verdades establecidas, espacialidad, es ante todo porque hay fuerza para buscar, fuerzas que probablemente no sabemos que tenemos y que en muchos casos son generadas por el propio sufrimiento. (En otra sesión del curso, vimos que sufrir es una fuerza de rechazo: incomoda, se opone al conformismo, a la indiferencia. Por eso, quien sufre excede la situación de víctima: el victimismo es una pretensión de ser dueño de su dolor, pero el dolor es siempre más grande que uno).

Algo ocurrió al cierre de la clase que me permitió pensar también en el tercer término del curso, la “filosofía”: cuando los invitados del MOP terminaron su presentación, el público aplaudió. Fue un aplauso esperado, podríamos decir “convencional” o “cortés”, como me dijo uno de los dos invitados: aplaudir es una forma de decir “gracias”. Puede ser más o menos expresivo, o puede ser una mera formalidad. Pero en esta ocasión, al aplauso le siguió un silencio, y a ese silencio le sucedió un segundo aplauso. En vez de que esta clase —de alguna manera “extraordinaria”— simplemente terminara, concluyó con una suerte de gesto: un segundo aplauso, uno que no era convencional, uno que no fue programado ni pensado. Lo que sentí en este segundo aplauso es que algo más bien de índole corporal había ocurrido con las distintas presentaciones, historias, fuerzas implicadas en cada historia (la fuerza para recorrer el desierto, la fuerza del pasado que brilla en la galaxia, la fuerza implicada en el Plan Nacional de Búsqueda que involucra distintos actores). Nos dimos cuenta de que, para escribir una sola página de la historia, se requieren fuerzas múltiples: al excavar territorios, se debe disponer de permisos específicos, maquinarias, agrupaciones, recursos. La verdad se busca con todo el cuerpo, involucra la materia. Fue aquí, con este segundo aplauso, imprevisto, no convencional, que pude vincular el “sufrimiento, la fuerza y la filosofía”. En este caso específico, la filosofía no es la verdad encontrada, sino la materia involucrada para buscarla. Filo-sofar es ser propulsado a buscar. Implica ante todo una inquietud, una insatisfacción respecto de lo que sabemos o creemos saber. Esta inquietud no es meramente teórica, o al menos no necesariamente. Surge al darse cuenta de que la tierra está cargada de historias, de fuerzas, de dolores. Nace del encuentro con un resto de ballena y de leer su silencio, antes que de la etiqueta que la clasifica como mamífero marino. Filosofar implica dar un giro en nuestra forma de conocer, y este giro involucra nuestros cuerpos y la forma en que habitamos un espacio.

Hay conocimientos que no son teóricos: son materiales o corporales. Y silenciosos. No culminan en una “verdad”, como cuando intentamos determinar qué ocurrió tal día, a tal hora, en tal lugar. Los conocimientos silenciosos se expresan en el alcoholismo del buceador de Iquique, en los vestigios de las ballenas, en todos esos “testigos mudos de este insensato extermino”, como escribe Cristóbal Marín. Estos conocimientos irrumpieron como una página de escritura que no remite a lo “dicho”; tampoco a lo “establecido”. Se trata de una fuerza, la fuerza de recorrer el desierto, excavar la tierra, encontrarse con lo desaparecido, dar al mundo un fragmento de verdad, lograr identificar lo ocurrido. Tal vez, entonces, ese segundo aplauso no estuvo dirigido solamente a los invitados del MOP —a quienes sin duda agradezco—, sino también a esa fuerza múltiple gracias a la cual seguimos leyendo, escribiendo, buscando; esa fuerza que despliega las páginas y bordea toda escritura.

 

Imagen de portada: Sin título (2005), de Cristóbal Correa.

 

————
La autora de este artículo agradece especialmente a las y los estudiantes del curso de formación general, así como al ayudante Jorge Fuentes Quezada y a los invitados del MOP de la clase narrada: el abogado Juan José Gatica y el antropólogo Vicente Atencio.

Relacionados