Las otras palabras

Alia Trabucco Zerán escribe sus reflexiones a partir del epígrafe tomado de Judith Butler: “¿Podría acaso el lenguaje herirnos si no fuéramos seres que necesitan del lenguaje para existir?”. Una frase que sobrevuela el libro como un dron zigzagueante, dejando preguntas no siempre fáciles de responder. La lectura de Las otras permite constatar que no basta la belleza del lenguaje para sostener visiones, a veces borrosas, como si se tratara de verdades reveladas. Se requiere imaginación y pensamiento, abstracción y cable a tierra.

por Javier Edwards Renard I 27 Julio 2026

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¡Qué desafío leer los ensayos recogidos en Las otras, de Alia Trabucco Zerán! Y es que hacerlo supone tener en mente el resto de sus textos, no demasiados, pero valiosos y suficientemente reconocidos, y además hacerse cargo de que su vocación literaria va de la mano de la académica, y que su figura en el mundo de la cultura y el pensamiento no surge de la nada, sino de una conocida genealogía, recorrido formativo y adhesiones a miradas, visiones e imaginarios construidos y anclados en palabras, lenguajes mejor dicho, destinados a abrir espacios de sentido, denunciar, observar y declarar con poderosas convicciones, creencias sinceras que se plantean desde las ideas y la experiencia. Quizás por eso el ensayo es un género literario que le permite reflexionar con amplias libertades, desarrollando un periplo legítimo, aunque a ratos arbitrario.

Las otras es un libro de 218 páginas dividido en tres secciones que reúnen un total de 14 textos reflexivos, memorialísticos, narrativos, más un epílogo, a lo largo de los cuales resulta casi imposible no quedar deslumbrado por la belleza y armonía con la que teje sus palabras, construyendo imágenes que buscan instalar realidades, en un territorio donde lo real está empapado de subjetividad, de memoria propia y genética, de género, de identidad, de dolores conocidos en carne propia y de oídas, de sentido de tribu, con una mirada decidida sobre el ser y el deber ser de las cosas. También sobre lo justo y lo injusto, cuando lo que ocurre no se amolda a lo deseado. La autora, entonces, desde su propia herida escribe siguiendo el epígrafe tomado de Judith Butler en su libro Palabras que hieren: “¿Podría acaso el lenguaje herirnos si no fuéramos seres que necesitan del lenguaje para existir?”. Una frase que sobrevuela el libro como un dron zigzagueante, dejando preguntas no siempre fáciles de responder. Porque no basta la belleza del lenguaje para sostener visiones, a veces borrosas, como si se tratara de verdades reveladas.

Un ejemplo es la disquisición que desarrolla en “Advertencia: Solo palabras”, que aborda la condena de Michelle Carter por inducir el suicidio de Conrad Roy, de 18 años, al escribirle por celular los textos: “No lo pienses más…” o “Hazlo de una vez”, entre otros. Situación frente a la cual Trabucco Zerán manifiesta cierto estupor: una joven de 17 años que, con sus palabras, en opinión de un juez de Massachusetts, había matado o inducido al suicidio. La duda se instala porque la autora no está segura del poder letal del lenguaje. Pero en otras de sus reflexiones, como aquellas que dicen relación con el “idioma” del fascismo, o la construcción de relatos sobre la tragedia de Palestina, o esa destrucción de su lengua ancestral, el árabe, la manipulación del lenguaje sí tiene el poder de producir heridas mortales.

En “La imagen negada”, una especie de declaración de principios, se lanza con una imagen poetizada: “Cada mañana, un chincol me visita en el balcón. Quiero creer que es siempre el mismo, pero no estoy segura…”, y aunque en ese relato sigue el juego de la duda, finalmente lo que da valor a Las otras es que Trabucco Zerán quiere creer, aunque no esté segura, en cada una de las cosas que afirma, muestra, descubre y, también, deja en el silencio. Y aquí hay algo incómodo, la forma en que omite o solo logra ver la mitad de la locura, como cuando en “Contra el derecho”, frente a la derrota del proyecto de Constitución de la Convención Constituyente, afirma acongojada: “Perdí. Perdimos. La nueva Constitución no llegó a serlo. Mi voto se contó entre el minoritario 38% que apostó a ese librito azul, a esa imaginación política, a ese nuevo lenguaje, a ese otro derecho”. La autora no se detiene un segundo (o una línea) a analizar las razones que están a la base de esa derrota, si quizás esa postura, la del escuálido 38%, tenía que ver con una imaginación cuyo lenguaje hería incluso más que el derecho previo, que es un derecho que ella visualiza sin imaginación, al ser el orden jurídico que no le gusta.

Ensayar el pensamiento exige atreverse a mostrarlo todo, incluso aquello con lo que no comulgamos. Aceptar que las palabras hieren al decirse y, también, al omitirse. De alguna manera, y creo que es así porque lo confiesa, sus ensayos tienen mucho de imaginación literaria, porque ella siempre ha ido más allá: Musil, Canetti, Broch, Benjamin. Pero se extraña esa sabia reflexión de Mircea Eliade en su Oceanografía, cuando distingue entre el mero “pensar” y el necesario “comprender”, proceso que va más allá al hacerse cargo del error inevitable que habita todo análisis. “Ha sido atrevida, inesperada, genuinamente transgresora”, escribe Trabucco Zerán sobre la imaginación literaria, asignándole un poder infalible, volviéndola “pensamiento”, en el sentido de Eliade. Y como el ojo del colibrí, que ya no es el chincol de las primeras líneas, los suyos son capaces de ver otros colores quizás innombrados, como “un rojo más compacto y fulgurante que el de una gota de sangre”. Nada de lo que va escribiendo la autora es gratuito, en estos textos no hay puntada sin hilo, aunque a veces la intención sea que la costura se vuelva invisible, para que jueguen con el poder seductor del canto de sirenas. Para Trabucco Zerán, Joseph K., el personaje de El proceso, la asfixiante novela de Kafka, solo es concebible en el universo neoliberal, sin abrir el más mínimo espacio a pensar si un juicio que se instala sin nunca llegar a explicarse también habita en otras formas de organización y ejercicio del poder político y económico. Esto no es inocuo, a pesar de la belleza con que se escribe (y demos por descontado que cuando Kafka escribió dicha novela no existía el neoliberalismo propiamente tal). Falta el Holzwege de Heidegger, que titula su libro de 1950, ese sendero en el bosque que no llega a un lugar preciso, pero que abre la posibilidad de un nuevo camino tentativo para el pensamiento, la comprensión, esto es, la exploración más que la conclusión o el juicio definitivo. El gran peligro de pensar contra un totalitarismo es generar otra forma de pensar cerrada, segura de sus certezas. Ante ese riesgo hay que estar, siempre, con la mirada abierta y decidida, como la de ojos capaces de oír el silencio.

Para Trabucco Zerán, Joseph K., el personaje de El proceso, la asfixiante novela de Kafka, solo es concebible en el universo neoliberal, sin abrir el más mínimo espacio a pensar si un juicio que se instala sin nunca llegar a explicarse también habita en otras formas de organización y ejercicio del poder político y económico. Esto no es inocuo, a pesar de la belleza con que se escribe (y demos por descontado que cuando Kafka escribió dicha novela no existía el neoliberalismo propiamente tal).

Las otras, inevitablemente, es un despliegue admirable de conocimientos y convicciones, un artefacto que se quiere instalar como una bomba de tiempo que estalle en el lector, dejando todo tipo de efectos: por una parte, abrir una herida, rasgar la superficie de los otros; por otra, servir como un objeto confirmatorio de convicciones y cosmovisiones para quienes habitan las mismas trincheras ideológicas. Y eso lo hace con precisión, con referencias que la manifiestan como una pensadora de este tiempo que reinventa y reformula sus atavismos, que rasca sus costras. Pero no hay nada de inocente en ello, no hay ninguna neutralidad, no hay un ápice de talante científico, de ese capaz de traicionar la propia teoría si se descubre que ella contenía un error o una trampa. Aquí lo que prima es la pasión literaria y la lealtad a las creencias, la convicción pura de la que se alimenta, aunque esboce en los intersticios de sus afirmaciones alguna pregunta, meramente retórica. Y viéndose en ellas una infinidad de colores nuevos, necesarios, hay también un encandilamiento que lleva a la ceguera frente al peligro totalitario que habita en muchos otros discursos que ella pasa por alto, incluso en nuevos totalitarismos, otras maneras de ser radicales y absolutos. Trabucco Zerán urde sus textos a partir de una precisa telaraña de pensadores y figuras: Butler, Beard, Loncon, Nussbaum, MacKinnon, Andrea Dworkin, Mary Oliver y varios más. Pero se niega a dialogar con otras miradas.

No estoy ni tengo que estar de acuerdo con cada una de las reflexiones de Trabucco Zerán sobre lo bueno y lo malo del mundo que nos toca cohabitar y sus antecedentes más recientes; hay muchos aspectos con los que no puedo sino compartir lo medular. Esta tensión dialógica que proponen estos ensayos, el hecho que el lector habite en una esquina distinta a la de la autora, genera el deseo de un diálogo que ojalá lograse prescindir de cualquier dogmatismo simplista y lleve a los habitantes de los más diversos espacios a dejar la Torre de Babel en que hoy nos encontramos enredados. Así quizás, como ella misma descubre, pero también traiciona, debemos cuidarnos del mar que “oxida la lengua de los que viajan. Primero una vocal, dos o tres silabas desintegradas. Después palabras, oraciones, párrafos completos”: así evoca ella cómo fue destruida la lengua de su abuela materna mientras cruzaba el océano desde Damasco. ¿En qué lugar situarían estos ensayos el lenguaje de un Bashar al-Assad?

Casi en la mitad del libro, en el texto titulado “Go home”, lanza una pregunta incendiaria: “¿Puede la imaginación reemplazar a la justicia?” La respuesta, pienso, es negativa; y seguramente cuando hablamos sobre qué es entonces la justicia, nos estrellaremos ante una infinidad de teorías que nos devuelven la realidad de intentos sesgados, parcialmente exitosos o definitivamente fracasados: ahí están el sentido de lo justo en los mundos teocráticos, el de los liberalismos, la febril justicia de los burgueses y los proletarios, el aristotélico “dar a cada uno lo suyo”, la mirada de Popper frente a Habermas, o la innegable y lúcida denuncia de Foucault sobre los trucos del poder y cómo este se infiltra en lo cotidiano, justicia incluida, al servicio de los intereses más diversos.

Alia Trabucco Zerán nos entrega un libro que emociona, provoca, moviliza el pensamiento del lector y que, sin sentido de culpa, denuncia y, al mismo tiempo, silencia lo que le incomoda, como deja en evidencia el texto que dedica a Viktor Klemperer, filólogo y crítico literario que anticipó la locura del régimen nazi. Y, así, a lo largo de sus estimulantes páginas, uno extraña un poco del rigor de Hannah Arendt que, quizás por su compleja relación con Heidegger y su profunda amistad con Jaspers, nunca renunció a denunciar la banalidad del mal, bajo la forma en que ella se manifestara, incluso bajo la palabra de los suyos, como bien dejó en claro cuando reflexionó, como testigo del juicio a Eichmann en Jerusalén, sobre la negación de los propios judíos ante el Holocausto, por no reaccionar a tiempo, amarrados por intereses que les impidieron ver el peligro que enfrentaban. Arendt, judía, ensayó decir lo que vio, enfrentando el riesgo, que no se hizo esperar, de la cancelación que le aplicó el sionismo. Algo así, un gesto de duda frente a la necesidad de creer, comprender más que pensar, se extraña en un libro que, a pesar de ello, desafía y logra inquietar.


Las otras, Alia Trabucco Zerán, Lumen, 2026, 218 páginas, $18.000.

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