“No es novela”

La filósofa María Zambrano estuvo lejos de definir qué era su libro Delirio y destino, un formidable ejercicio de escritura que se mueve entre la biografía novelada, las memorias filosófico-literarias y otros nombres o conceptos o categorías que pretendían atrapar la especificidad del libro sin lograrlo. Lo cierto es que la primera mitad se circunscribe a la proclamación de la II República española en 1931. La segunda, en cambio, se compone de “delirios”, textos que se leen como iluminaciones súbitas, ejercicios donde confluyen la literatura y la filosofía, eso que ella misma definía como “la razón poética”.

por Francisco Martín Cabrero I 16 Febrero 2026

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Qué es, no se sabe, y ella en verdad no lo dice. Lo intenta, pero caben dudas. Entre otras cosas, porque no siempre es el autor el mejor intérprete de la propia obra. A su amiga Rosa Chacel le dijo en una carta que no es novela. Zambrano estaba recién llegada a Roma y el esfuerzo de la escritura del libro está aún caliente en su memoria del último año en La Habana. El suyo es un destino errante por la vasta geografía del exilio. Una clave del libro, sin duda. La carta es de finales de agosto de 1953, y el libro se escribió entre agosto y septiembre del año anterior, deprisa, muy deprisa, porque había que llegar a tiempo para poder presentarlo al Prix Littéraire Européen, convocado por la Communauté Européen des Guildes et Clubs du Livre. Era la primera vez y quería ser signo de un rearme moral desde las letras frente a la devastación y ruinas de la Segunda Guerra Mundial. El premio consistía en la publicación y cinco mil francos. No era poco y a Zambrano interesaba lo uno y lo otro, sobre todo porque la decisión de dejar Cuba para volver a Europa la obligaba a prestar mayor atención a la economía familiar. El premio fue ex aequo para el checo Czeslaw Milosz (Nobel de Literatura 1980) y el alemán Werner Warsinsky. Del libro de Zambrano se dice que Gabriel Marcel, miembro del jurado, lo recomendó para la publicación. Lo dice la propia Zambrano en la carta citada, pero lo cierto es que el libro quedó inédito hasta muchos años después: se publicó en 1989, gracias al empuje del viento favorable que acompañó a Zambrano en su regreso a España tras 45 años largos de exilio.

Al publicarlo, Zambrano antepuso al texto una breve nota en la que decía que el libro había sido “debidamente actualizado”. Poco se sabe de ello y quien la acompañó en la tarea ha preferido el silencio. No importa: el libro es lo que es, lo que a la postre al lector se ofrece. También antepuso una Presentación, fechada un año antes de la publicación, en la que la autora parece decantarse por la vinculación con los géneros autobiográficos. No lo dice así, pero lo da a entender: “No he cultivado el género de la novela, aunque sí algo la biografía, tratándose de otros, nunca de la mía. Mas tenía que ser la por mí vivida realmente, incluidos los delirios, que con la biografía forman una cierta unidad”. Ojo: no dice que los delirios sean biografía, sino que con la biografía conforman una cierta unidad. Pero nada dice sobre esa unidad.

La crítica lo recibió con favor y un tanto de desconcierto, que se supo diluir en la coyuntura del regreso: todo eran premios y elogios para aquella figura del exilio que volvía a la joven democracia española. ¿Volvía? ¿De veras volvía, o se trataba más bien de un nuevo itinerario en el exilio? “Amo mi exilio”, dijo ella, y acaso no gustó. Se habló entonces, a propósito del libro, de biografía novelada, de filosofía biográfica, de memorias filosófico-literarias y otros nombres o conceptos o categorías que pretendían atrapar la especificidad del libro sin lograrlo. Eran modos de acercarse a su secreto, pero todos, cada uno a su manera, dejaban a una cierta distancia. Tal vez la conciencia de esa distancia es el lugar que el libro —no el autor— asigna al lector en la lectura. Distancia que se hace frontera entre lo uno y lo otro, entre la filosofía y la literatura, entre la vida y la escritura. Distancia o frontera entre tipologías de textos, géneros literarios, saberes científicamente aceptados y otros condenados y olvidados. Distancia o frontera, pero no límite o divisoria, sino limes, es decir: territorio en que se habita o se escribe.

“No es novela”, dice Zambrano en la carta citada. Y a renglón seguido: “¿Qué es?”, se pregunta. Parece una pregunta retórica, pero no lo es. Porque lo que sigue es un intento de acercamiento al libro, de reducción de su distancia, una suerte de poner en claro a la amiga para poder ponerse en claro a sí misma. “Desde un punto de vista objetivo, que diría un catedrático de no sé qué asignatura, es la historia o el relato —seamos modestos— de los orígenes de la República. La primera parte acaba el 14 de abril. La segunda, que es más bien Epílogo, son Delirios, algo que me encontré escribiendo en París a ratos cuando el daimon me tomaba después de la muerte de mi madre. Sí, delirios, lo que nos han dejado. Delirios, pero secundum veritatis, pues esto también nos lo han dejado: la verdad en su esqueleto. Y los esqueletos obligados a vivir deliran. Por eso yo no sé si es al mundo de la sangre o al mundo de los huesos donde he transmigrado”.

‘Razón poética, de honda raíz de amor’, dijo Zambrano al poco de regresar de Chile para combatir en la Guerra de España. Porque para ella las cosas de la filosofía empezaron a torcerse precisamente cuando se abandonó ese amor que la etimología reclama en vano (philo-sophia), cuando el conocimiento empezó a perseguirse sin el debido amor y la filosofía dejó, en consecuencia, de ser forma de vida.

El libro tiene, pues, dos partes bien diferenciadas: el relato de los orígenes de la República española y los delirios. Entonces, el libro une —aunque mantiene la separación— dos tipos de textos de muy diferente naturaleza y estatus. Cabe interrogarse si esa junta se hizo por íntima necesidad de la escritura o fue más bien dictada por las urgencias de la misma. Porque hay que notar que la justificación se hace a posteriori, es decir, que primero es el libro y luego sus razones, por lo que no puede descartarse que estas últimas sirvan de encubrimiento noble del real proceso de escritura. Tampoco importa demasiado, pues la justificación es verosímil y a la postre enlaza con el despliegue de la razón poética, auténtico vector de la filosofía de Zambrano.

La primera parte, que es lo que con buena probabilidad se escribe en los meses de agosto y septiembre de 1952, es un relato sui generis sobre distintos contextos de acción que van a dar lugar a la proclamación de la II República española el 14 de abril de 1931. Tal relato tiene una construcción biográfica, si bien se hace prevalentemente en tercera persona y da vida a una escritura que se adentra en los desdoblamientos del sujeto y en las galerías de la heteronimia, a través de la problemática multiplicidad de los tiempos. Y el resultado es interesante y eficaz, pues a la postre logra encauzar la esencial heterogeneidad del ser, de machadiana memoria, en una acción política —es decir: poética— capaz de desenvolverse en el respeto de las diferencias y dar vida a una forma de convivencia que busca hacerse centro en el concepto de persona.

La segunda parte, escrita casi seguramente antes de la primera y compuesta de breves textos autónomos, al contrario que la otra no discurre, o lo hace sin discurso: no hay desarrollo temporal ni tan siquiera a través del tiempo múltiple, sino que en su variedad se ofrece como delirios sin tiempo en los que una verdad se muestra como iluminación súbita, destello de una luz que no viene de fuera (de la caverna platónica o de la antorcha ilustrada) sino que solo puede darse en la penumbra del texto. No es alétheia esta verdad que así aparece, sino revelación: algo que sale al camino en la lectura y que se entrega al lector como un don o una gracia.

Los delirios son, en efecto, la escritura más radical de Zambrano, un género que ella inventa y construye para llevar a la práctica de la escritura el ejercicio metódico de la razón poética. En esa praxis convergen múltiples experiencias de escritura que se modelan y modulan en aras de la mejor expresión de la razón poética: la escritura automática de la experiencia surrealista, la exaltación metafórica de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, la palabra como materia y el lenguaje como umbral de la experiencia posible. Algunas de sus mejores obras son delirios, así La tumba de Antígona o Claros del bosque, y son la otra cara de la medalla de su obra, allí donde la razón poética ha dejado de mostrarse más o menos descriptivamente (Filosofía y poesía, por ejemplo) y dio paso a la revelación de su praxis.

“Razón poética, de honda raíz de amor”, dijo Zambrano al poco de regresar de Chile para combatir en la Guerra de España. Porque para ella las cosas de la filosofía empezaron a torcerse precisamente cuando se abandonó ese amor que la etimología reclama en vano (philo-sophia), cuando el conocimiento empezó a perseguirse sin el debido amor y la filosofía dejó, en consecuencia, de ser forma de vida. Es significativo que Zambrano detecte en el paso platónico de la expulsión de los poetas de la República el momento fundacional de la filosofía occidental. Y más significativo aún, que haya dirigido su atención filosófica no hacia adentro (del canon de la filosofía) sino al afuera, extramuros del canon, a los vastos dominios de la literatura, en aquel exilio de la filosofía en el que crecían las formas alternativas al pensamiento hegemónico intramuros.

Por eso importa tanto que Delirio y destino se cierre en el ejercicio de escritura de los delirios: un modo de poner de manifiesto la radical apertura que es y debe ser siempre la razón poética.

 

Imagen de portada: Emilia Edwards.

 


Delirio y destino, María Zambrano, Alianza, 2021, 408 páginas, $25.790.

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