
¿Y si la fe comenzara justamente cuando Dios no responde y nos sentimos abandonados? La noche de Getsemaní, de Massimo Recalcati, propone que la pérdida de la fe, y no su certeza, es la experiencia que define tanto a la Modernidad como al propio Cristo, quien tras celebrar la Última Cena sudó tanto, que “grandes gotas de sangre caían hasta la tierra”. Esta exageración quizás no sea una razón suficiente para perder la fe, pero es un síntoma de que hay algo irremediablemente equivocado en acercarse a la vida de un dios a través de un texto que fuerza el verosímil: hacer encajar la vida de Jesús como una suma de hechos sobrenaturales y no como la vida de un hombre que mostró muchas veces la realidad de la condición humana.
por Cristóbal Carrasco I 16 Octubre 2026
“Me avergüenza horriblemente”, son las palabras con que Emmanuel Carrère, en El Reino, recuerda los años en que se convirtió en un cristiano fervoroso. Leía el evangelio de San Juan e iba a misa todos los días, se confesaba y obligaba a sus hijos a rezar. Es difícil encontrar en El Reino las razones de aquella conversión, pero sí es más claro por qué dejó de creer. Carrère va desganándose poco a poco, como quien se desenamora lento, a medida que pasan los años y las capas de aburrimiento y desconexión, incluso extrañamiento, se van sedimentando. Por esa época visita a una psicoanalista, la misteriosa señora C. Fue entre la primera y segunda sesión en que se convirtió al cristianismo. “Yo me lanzo”, anota antes de confesarlo. “Le digo que, desde la última vez, me ha sucedido algo. He encontrado a Cristo”. La señora C. no le dice nada. Carrère teme que ella lo convenza que la religión es una ilusión consoladora. “Pero yo no quiero su curación”, le replica (aunque la señora C. aún no ha dicho nada). “Aun cuando me demostrase que es una enfermedad, preferiría quedarme con Cristo”.
“¿Y qué le obliga a elegir?”, le pregunta ella.
Desde ahí, El Reino se convierte en una épica espiritual del desengaño. Carrère cuenta que en las sesiones posteriores se prohibió hablar de su cristianismo ante la psicoanalista, quizás por el miedo a perder la fe, cuestión que acaba sucediendo. Carrère intuye lo que piensa ella sobre la fe y, en cierto sentido, comienza a creerlo. Ha leído a Freud, sabe que la raíz del deseo religioso es la nostalgia del padre y el fantasma infantil de ser el centro del mundo. Y por eso su pérdida de fe —no tenerla— o incluso negarla, como lo hace ante su psicoanalista, es el asunto central de la sección autobiográfica de El Reino. Es, al mismo tiempo, el conflicto de la relación de Occidente con la religión cristiana de los últimos 300 años. Por eso la sección siguiente de El Reino se dedica a desenmascarar los ardides teológicos de Lucas en los Hechos de los Apóstoles y el Evangelio: es una forma de poner en entredicho su fe buscando los errores de las Escrituras. Recordemos: ni Lucas ni Pablo de Tarso conocieron a Cristo, y por eso resulta extraño que se le otorgue el valor de Evangelio a un texto como el de Lucas, que no presenció realmente la vida de Jesús.
Esto es muy notorio en la noche de Getsemaní. Lucas es el único evangelista que anota que, tras celebrar la Última Cena y apartarse al Huerto de los Olivos, Jesús sudó tanto que “grandes gotas de sangre caían hasta la tierra”. Quizás esta exageración no es una razón suficiente para dejar de creer en el relato, pero para Carrère es el síntoma de que hay algo irremediablemente equivocado en acercarse a la vida de un dios a través de un texto que parece forzar la fe, hacer encajar la vida de Jesús como una suma de hechos sobrenaturales, y no como la vida de un hombre que mostró muchas veces la realidad de la condición humana.
Esa sospecha, la de que el relato fuerza la fe en lugar de mostrarla, abre la posibilidad de una lectura distinta: no ya la del milagro, sino la de la experiencia humana que el texto intenta fijar. Este es el punto que pretende acentuar el psicoanalista italiano Massimo Recalcati en su ensayo La noche de Getsemaní. Aquella noche, como se sabe, Jesús celebra la Última Cena con sus discípulos, lava sus pies, anticipa la traición de Judas y, finalizada la comida, se aparta del grupo para rezar en el Huerto de los Olivos en Jerusalén. Vista así, la escena podría parecer menor, aunque posee la tensión de la víspera de la tragedia. Nosotros, que conocemos el final de la historia, tendemos a observar esos acontecimientos como inevitables y necesarios, pero es obvio que no eran inevitables para sus protagonistas. Recalcati, entonces, toma otra mirada: aquella noche es importante porque nos habla radicalmente del hombre, toca lo esencial de su condición, su fragilidad, sus carencias, sus tormentos. Siempre se dice que aquella es la noche más humana de Cristo, pero es también donde el hombre contemporáneo puede reconocerse más fácilmente: Cristo vive la soledad, el abandono, la sensación de que Dios no existe o se ha olvidado de nosotros. Es como si el desencantamiento del mundo que describió Weber hubiera tenido su primera noche en Getsemaní.
Y para Recalcati hay dos cuestiones que sellan aquella noche: la traición y el abandono. Respecto de la traición, no es un accidente sino un fenómeno que viene anunciándose a lo largo de los evangelios. Jesús ha quebrado la continuidad de la tradición religiosa a la que pertenece: se enfrentó a los Maestros de la Ley, expulsó a los mercaderes del templo y se proclamó hijo de Dios. Esta ruptura, que tiene “el impulso auténtico del deseo”, abre lo que Recalcati llama en clave lacaniana un “vacío central” en la historia de la religión, comparable a la brecha que Sócrates abrió en la vida de la ciudad. Jesús, en ese sentido, ha propiciado por su deseo sus propios enemigos.
Entre ellos, quizás el más excepcional es Judas. Para Recalcati, este ha esperado de su maestro un gesto nítido, un acto público en favor del pueblo oprimido que nunca llegó. Su traición no nace del cinismo sino de la decepción, de “la herida del amor desilusionado del alumno hacia su maestro”, como apunta Recalcati. Y esa decepción revela un conflicto: Jesús parece resistirse a cualquier pretensión terrenal, incluso a la de aliviar el suplicio del pueblo de Israel, subyugado en esa época por el Imperio romano. Poco se destaca aquello, que el deseo de Jesús, su deseo de inaugurar una nueva religión, o una nueva relación con Dios, muchas veces se expresa con un estar en contra; a veces como si su misión fuera precisamente desactivar toda expectativa.
Desde esta lectura, la expectativa que Judas deposita en Jesús es justamente aquella que remueve los cimientos de la fe: ¿Por qué Dios no actúa ante la injusticia? ¿Por qué no interviene e impone la justicia? Como dice Recalcati, Judas es incapaz de subordinar sus razones universales (la justicia) al nombre propio del sujeto (Jesús). Así, anota que puesto que “ha sido Jesús el primero en traicionar, debe ser traicionado a su vez para que se haga justicia”.
El abandono que siente Jesús en sus últimos instantes es una consecuencia de esa traición pero, también, de lo que Recalcati nombra como “el silencio de Dios”. Jesús se encuentra en la noche de Getsemaní sin Judas, que lo ha traicionado; sin sus apóstoles, que se han dormido en la espera, y sin Pedro, que lo negará tres veces antes de su muerte (Pedro “traiciona por miedo, por debilidad, por humanísima fragilidad”, anota el psicoanalista). Pero también se encuentra sin Dios, que no responde a su súplica final. Es, en muchos sentidos, el arquetipo de una tragedia, y no sin razón se ha dicho que la misa católica es la última tragedia griega o, como apunta Thomas de Quincey en su ensayo sobre Judas, hay muchos paralelos del Jesús de la noche de Getsemaní con el Hamlet.
Ante ello, Recalcati ofrece aquí una respuesta interesante, quizás la más preciada de su ensayo: la fe, de existir, surge justamente cuando Dios está ausente y no responde. Por eso, anota que “el ateo que duda, que vive la experiencia radical de la soledad, se parece más al Jesús de Getsemaní que el creyente que no conoce el drama de la duda”. Sería, quizás, la respuesta que le daría Recalcati al Carrère cristiano sentado en un diván: está bien, Freud tiene razón al creer que la fe en Cristo es una ilusión consoladora, pero la fe justamente nace a partir de esa idea ilusoria. Carrère anota una frase de Mark Twain: “La fe es creer algo que se sabe que no es cierto”.
¿Quién querría apostar por esa locura?, podríamos pensar.
Quizás a veces hay que apostar por alguna locura, o más bien, ¿quién nos obliga a elegir?
Existe cierta necesidad de considerar la experiencia de la fe como una certeza; es, de hecho, la forma en que la define Pablo de Tarso en una de sus cartas, pero la noche de Getsemaní muestra hasta qué punto la duda o la sospecha es su materia prima. Ahí radica su extraña modernidad. Por eso la noche de Getsemaní es tan crucial, no hay otra noche como esa para entender las tribulaciones del ser humano.
Imagen de portada: Sin título (2024), de Cristóbal Correa, collage análogo.

La noche de Getsemaní, Massimo Recalcati, traducción de Carlos Gumpert, Anagrama, 2024, 112 páginas, $21.000.