Nuestro Diógenes

Entre noviembre de 1988 y mayo de 1989, el filósofo Juan Rivano visitó Chile para considerar la posibilidad de volver. Tras pasar por cuatro centros de detención había partido al exilio y en Suecia, donde vivía, contaba con seguridad y reconocimiento. Aquí era distinto. Su mirada implacable ante el poder y los acomodos, sumada a la denuncia que hizo de la irrelevancia de la filosofía en Chile, le valieron el desdén de muchos colegas. Ahora, quien fuera su alumno y amigo revisa en este artículo la reciente edición del diario que Rivano llevó durante ese viaje, cuando el país se modernizaba aceleradamente, los políticos se veían muy disminuidos al lado de las Fuerzas Armadas, el empresariado y la Iglesia, y él iba de librería en librería dejando sus textos en consignación.

por Iván Jaksic I 5 Agosto 2021

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por Carla Cordua

Juan Rivano (1926-2015) estudió matemáticas y filosofía en la Universidad de Chile y fue luego profesor de su Departamento de Filosofía durante las décadas de 1950 y 1960, hasta su encarcelamiento en 1975. Vivió en el exilio en Suecia (salvo un breve período en Israel), hasta su fallecimiento en Lund, en abril de 2015. Volvió a Chile por primera vez a fines de noviembre de 1988, cuando se levantó la prohibición estampada con una “L” en su pasaporte. Permaneció en Chile hasta mayo de 1989, registrando día a día sus impresiones sobre el país. Su diario, acompañado de algunas reflexiones autobiográficas extraídas de Durante los largos años de mi exilio (2003), se publica ahora en la colección “Vidas ajenas”, de Ediciones Universidad Diego Portales. Debemos a Adán Méndez, María Francisca Cornejo y Emilio Rivano una esmerada edición de los manuscritos originales.

Rivano fue uno de los profesionales fundadores de lo que en otra parte he denominado la “época dorada del profesionalismo filosófico” en Chile. Fue profesor de lógica, autor de numerosos ensayos especializados de teoría del conocimiento y estudioso de la obra de Francis H. Bradley, Apariencia y realidad, de la que fue además su traductor. Hasta la aparición de Entre Hegel y Marx (1962), El punto de vista de la miseria (1965), Desde la religión al humanismo (1965), Contra sofistas (1966) y Cultura de la servidumbre (1969), todo parecía indicar que, a pesar de sus modestos inicios en Cauquenes y de una vida dura y marginal en Santiago durante su juventud, sería un profesor universitario exitoso, es decir, dedicado a la versión más especializada de la disciplina. Pero no fue así. En las obras mencionadas denunció la irrelevancia y frivolidad de la disciplina en Chile. Le llovieron críticas y pasó de sofisticado analista a vilipendiado y caricaturizado (materialista, marxista, extremista, agente de la CIA) crítico de la sociedad y de la cultura chilena. Hay una historia todavía pendiente sobre las decisiones que llevaron a su persecución, presidio y exilio. Vivió una acentuada marginalidad desde entonces, y la marginalidad sería su principal preocupación, respecto del poder, ya sea político, militar, intelectual o religioso, o la combinación de todos ellos.

Es importante leer los diarios desde esta perspectiva. Fue una persona que vivió la pobreza, que logró importantes distinciones académicas, que crió a su familia rodeado del afecto y del respeto de sus estudiantes. Pero también vivió la descalificación y el silencio de muchos de sus colegas, además del vía crucis de Villa Grimaldi, Cuatro Álamos, Tres Álamos y Puchuncaví. Volver a Chile, queda claro en estos diarios, no fue fácil. En muchos sentidos era un viaje exploratorio, para evaluar su posible regreso a Chile. Extrañaba la luz, las amistades, los sabores e incluso sinsabores del país. Pero ¿volver a Chile después de tanto tiempo, en circunstancias de que había conquistado un lugar en Suecia? ¿Para qué? ¿Con hijos y nietos repartidos por el mundo? ¿A qué ambiente político, cultural e intelectual?

Eran preguntas acuciantes, pero los diarios que hoy se publican muestran el entusiasmo del retorno. Los amigos y familiares que lo esperan, que lo celebran, las entrevistas de prensa, los viajes al campo, a la costa, a los lugares que añoraba, las veladas de conversación, el ver de cerca los sucesos políticos, la libertad y el tiempo para recorrer las calles, ver bastante cine, leer y consignar sus impresiones cada noche; todo eso es parte de sus anotaciones. Viniendo de un mundo sueco, impecablemente formal y objetivo, disfruta cada momento del humor chileno, sus salidas ingeniosas, sus juegos verbales. Registra minuciosamente los titulares de prensa, desde El Mercurio hasta La Cuarta, cuando todavía había un quiosco en cada esquina de Santiago. Se ríe y contagia al lector con sus carcajadas. También comparte sin inhibiciones la ternura que le causa ver a sus amigos, cruzar palabras con desconocidos, sentirse de vuelta. Aprecia todo lo que le toca vivir, pero también mira con ojo crítico la realidad del país.

Fue una persona que vivió la pobreza, que logró importantes distinciones académicas, que crió a su familia rodeado del afecto y del respeto de sus estudiantes. Pero también vivió la descalificación y el silencio de muchos de sus colegas, además del vía crucis de Villa Grimaldi, Cuatro Álamos, Tres Álamos y Puchuncaví. Volver a Chile, queda claro en estos diarios, no fue fácil.

Chile entre noviembre de 1988 y mayo de 1989 es un Chile posterior al plebiscito del Sí y el No, y anterior a las reformas constitucionales que determinaron el curso de la transición democrática. Rivano no pierde de vista las fuentes del poder. ¿Quién lo tiene?: las Fuerzas Armadas, el empresariado y la Iglesia, cada cual en su nivel, pero poder a fin de cuentas. Los políticos aparecen muy disminuidos, hasta patéticos, con discursos que no reflejan las condiciones del momento. “Escuchar a los políticos chilenos sigue siendo lo mismo”, anota el 30 de marzo, “un ejercicio de decepción y un curso de sofistería”. ¿Qué pasa con el país? ¿Y con el pueblo, esa palabra desaparecida? Sufrido como siempre, viviendo a saltos, con las astucias, mezquindades y escepticismo que son la otra cara de un Chile que igual le resulta entrañable.

Los diarios de Rivano nos abren una ventana a lo que fue (y que en muchos sentidos sigue siendo) Chile en esa época de cambio de régimen. Un país acelerado, atropellador, palabrero, amante de lo informal diciendo lo contrario, clasista, prejuiciado, reclamón, pero obediente al primer trancazo. Rivano se queda con la boca abierta ante la violencia cotidiana (mucho crimen y mucho accidente del tránsito, de los que lleva una estadística escalofriante día a día), pero consciente de que su juicio puede estar influido por la experiencia de vivir en la ordenada Suecia por una docena de años. ¿Habla eso mejor del país, el que sea una perspectiva de exiliado que ha recuperado la paz y la seguridad? No. Para Rivano, hay algo medular, para nada diferente de las épocas en que no conocía tantos países y costumbres. Lo explora a través de los dichos del habla chilena, de la literatura y de múltiples experiencias personales. Chile no cambia mucho en la convivencia y lo registra cotidianamente. La atención al cliente sigue siendo un chiste; los burócratas se solazan del micropoder que usan para mandarlo de una oficina a otra (para algún misterioso timbre con tal de sacarlo de encima); el “maestro” recomendado que dejó las cosas peor, o las mercancías falladas sin remedio ni nadie a quien recurrir. Hay mucha crueldad además en las calles, mucho descuido y basura.

Con todo, Rivano no se queda encerrado y sale día a día con su esposa, Ilse, a recorrer Santiago. Observa barrios, sobre todo de la periferia, para aclarar un punto frecuente en los ámbitos del exilio. ¿Es Chile un país miserable, al borde de la indigencia, debido al modelo económico y a la dictadura? Reflexiona sobre lo que le tocó vivir a raíz del terremoto de 1939, la vida en el Santiago de Carlos Ibáñez del Campo, la precariedad de los años 60 y 70. ¿Dónde están los niños descalzos?, se pregunta una y otra vez. ¿Por qué hay tanto auto, tanto viaje y tanto consumo? La pintura del Chile que circula en la izquierda internacional no termina de encajar con un pueblo que tiene un acceso a niveles de vida impensables para su generación. Consciente de su propio padecimiento y despojo, no deja por eso de registrar lo que ve: no quiere distorsiones, quiere ver en qué realmente ha cambiado el país. Y ve tanto luces como sombras.

En un artículo memorable, Martín Hopenhayn mencionaba lo que era en esa época “respirar Santiago”. Rivano lo confirma día a día. Es un aire venenoso, una contaminación desatada, industrias y empresas del transporte que hacen lo que quieren. Sí, es un país lanzado a la modernidad, pero sin atenuar sus consecuencias, o siquiera discutirlas objetivamente. Quiere ver lo que pasa en el campo y allí constata las transformaciones, aunque esta vez para mejor. Las tierras sin cultivar disminuyen, aumenta la tecnología, el riego se expande, la exportación crece. Pero también aumenta la vulnerabilidad. Estos son los meses del caso de las uvas, que estalló bajo la presidencia de George Bush (padre) en EE.UU., en marzo de 1989, y que Rivano sigue paso a paso, registrando la retórica utilizada desde las cabezas pensantes de la época hasta los titulares de los pasquines.

¿Dónde están los niños descalzos?, se pregunta una y otra vez. ¿Por qué hay tanto auto, tanto viaje y tanto consumo? La pintura del Chile que circula en la izquierda internacional no termina de encajar con un pueblo que tiene un acceso a niveles de vida impensables para su generación.

Rivano lee, y bastante. Trae desde Suecia varios títulos que no ha tenido tiempo de consultar, recibe recomendaciones de amigos, compra lo que le llama la atención en librerías de todo tipo, hurgando en particular en las galerías de San Diego y los puestos de Plaza Almagro. Se pone al día con obras que, conociéndolas, no había leído, desde Jotabeche hasta Joaquín Edwards Bello, pasando por innumerables cuentos y poemas que no han sobrevivido el paso del tiempo. A veces se exaspera y quiere tirar los libros por la ventana, pero revela aquí su aproximación a la lectura: es necesario seguir al autor hasta el final, entregarse de buena fe a los argumentos, y solo al final hacer un análisis crítico, que en muchos casos es implacable. En su diario del 4 de abril registra lo siguiente: “Sigo con los Argumentos filosóficos de J. Estrella. Leo como siempre (no lo puedo evitar y me alegro) fielmente al autor. Así, me resulta parroquial y sospechosamente convergente con el estado de cosas en el Chile de la dictadura. Dice futesas sobre la muerte… Uf. La libertad es quizás qué”. A Rivano le preocupa en particular la retórica, que maltrata el lenguaje al punto de la tautología y la vaciedad misma. En estos diarios se ve claramente al profesor de lógica y sobre todo al autor de Contra sofistas y Retórica para la audiencia (1998).

También intenta difundir sus escritos, la mayoría de los cuales han sido redactados en el exilio e impresos (mala y escasamente) en Chile. Esta parte es una de las más penosas de sus diarios. Va de librería en librería, depositando sus obras en consignación, soportando las condiciones (no más de cinco ejemplares, rendición de cuentas para las calendas griegas) cuando hay interés, miradas despectivas cuando no. ¿Por qué lo hace? Sin su puesto universitario, sin alumnos chilenos, piensa que lo mejor es circular sus ideas por medios escritos.

¿Por qué hemos tenido que esperar tres décadas para conocer más seriamente a este autor? La respuesta a esta pregunta nos lleva a sus ataques al profesionalismo filosófico, su aguda crítica respecto de la irrelevancia de la disciplina y la liviandad retórica de nuestra cultura. Decía verdades en un mundo en donde encajaba mejor el eufemismo, cuando no la mentira, la complicidad o el mirar para otro lado. Por eso, de entre los muchos pensadores que admiraba por su valentía y capacidad crítica, sobresalía Diógenes. A él dedica su Diógenes: Los temas del cinismo, en 1991.

El pensador en su tonel le atraía por su profunda independencia, aun al costo de la pobreza material. Le bastaba con muy poco y, pudiendo hacer lo contrario, buscaba la opción más austera, desde cómo viajar, qué consumir, cómo compartir sus recursos. Lo que más admiraba era la actitud de Diógenes frente al poder, fuese intelectual, político o militar. “Córrase, no me tape el sol”, le dice Diógenes a Alejandro Magno cuando el emperador le concede de antemano lo que él quiera. Rivano fue un crítico del poder y de los eufemismos que lo ocultan. Fue siempre directo y quiso sobre todo mantener su independencia. Pero su identificación iba más allá: Diógenes vivía con lo mínimo y calificaba cualquier elemento innecesario como vanidad.

Lo visité por primera vez durante su exilio, a fines del año 1978, en el pueblo de Växjö, en Suecia. Volví a verlo en el año 1980, esta vez en Lund, más al sur, cuando fui lleno de preguntas acerca de sus ideas sobre el principio de identidad y sobre la doctrina del error y la teoría del conocimiento. Lo encontré amasando un pan. “Aquí también hay dioses”, me dijo, con una especie de cachetada zen que me aterrizó rápidamente en los temas de conversación sobre la filosofía en Chile.

La publicación de estos diarios muestra la sabiduría y capacidad crítica de nuestro Diógenes nacional, que mira donde hay que mirar y sabe cómo enseñar. Bienvenido este libro y lo mucho que todavía queda por publicar.

 

Diarios del exilio y del retorno, Juan Rivano, Ediciones UDP, 2021, 524 páginas, $23.000.