Agustín Squella: “La Constitución de una dictadura se reemplaza y no meramente se reforma”

En Apuntes de un constituyente, Agustín Squella dejó registradas las preguntas, reflexiones y recuerdos que lo acompañaron, y la serie de anécdotas que le acontecieron durante su paso por la Convención Constitucional, desde sus conjeturas respecto de la conveniencia de ser candidato hasta sus consideraciones sobre el texto poco antes de finalizar el proceso. En esta entrevista habla del ambiente crispado que se dio, las situaciones que lo hicieron sentir incómodo, pero también de aquellos aspectos que rescata del proceso. “Yo me hice la ilusión de que el ambiente resultaría el mejor”, dice, “pero tampoco es que la fuéramos a discutir y acordar en una posada de los Alpes suizos”.

por Matías Hinojosa I 31 Agosto 2022

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Postulante a la Convención como independiente en un cupo del Partido Liberal de Chile y miembro, ya como constituyente, de la comisión sobre Principios Constitucionales, Democracia, Nacionalidad y Ciudadanía, el premio Nacional de Humanidades Agustín Squella cuenta en su último libro, Apuntes de un constituyente, que llegaba a las reuniones con dos cuadernos: uno de tapas rojas, para registrar asuntos oficiales de la Convención, y otro verdes, donde anotaba “todo lo que pudiera servir para un próximo libro”. El interés histórico de la experiencia era a todas luces atractivo para emprender dicha tarea. Sin embargo, el escritor y profesor de Derecho advierte que su libro “no pretende ser útil para futuros historiadores y tiene solo el alcance propio de cómo vivió un determinado constituyente los 365 días de trabajo y encierro”, en los que tuvo “la sensación de estar viviendo una vida ajena, la vida de otro, gracias a la oportunidad de integrar una Convención Constitucional a una edad en que lo que se espera es que dejen de pasarnos cosas”.

En estos apuntes el autor nos informa sobre las amistades que formó dentro del organismo y hasta de una vez que soñó con la voz del secretario de la Convención, John Smok. También acerca de sus sensaciones, como persona de 77 años, respecto de los demás miembros; sus observaciones en relación a dos libros, uno de Stephen King y otro de Leonardo Padura, que lo ayudaron a desconectarse momentáneamente de la actividad constitucional e incluso da cuenta de sus preferencias gastronómicas a la hora del almuerzo. En el plano de la reflexión política y jurídica, se detiene sobre materias que tuvieron fuerte presencia en la discusión, como la plurinacionalidad, los mecanismos de democracia directa, la corrección política o el concepto de “disidencia sexual”.

¿Qué lo empujó a llevar estos apuntes?
La seguridad de que acabaría escribiendo un libro. Según he dado múltiples pruebas de ello, padezco de grafomanía, es decir, del impuso irrefrenable a escribir, y tengo la suerte de encontrar editores comprensivos dispuestos a publicar lo que escribo.

¿Cómo definiría su paso por la Convención?
Como haber tenido una vida ajena. Mi vida ha sido siempre académica y estuve ahora en un espacio político para el que no tenía mayores condiciones y, en mi caso, con ideas políticas muy raras para el medio nacional. Digo que soy “liberal”, y la izquierda frunce el entrecejo, y agrego “de izquierda”, y ahora es la derecha la que hace lo mismo.

Siempre he preferido la autocrítica a la autocomplacencia. La complacencia paraliza, mientras que la crítica y la autocrítica movilizan. Voté favorablemente la mayor parte de las disposiciones de la propuesta y, en caso de resultar aprobada, espero que se le hagan los ajustes y cambios que correspondan o que aconseje su implementación práctica. El derecho es dinámico y prevé y regula su propia modificación, y así lo hace también nuestra propuesta.

¿Considera que se dio el ambiente adecuado para la discusión? ¿Qué ánimos predominaron?
Se dio parcialmente, como siempre tratándose de cosas humanas. ¿Cómo podía esperarse que la Convención se sustrajera al clima de crispamiento en que el país está hace varios años? Atendido nuestro cometido —preparar una propuesta de nueva Constitución—, yo me hice la ilusión de que el ambiente resultaría el mejor, pero tampoco es que la fuéramos a discutir y acordar en una posada de los Alpes suizos. Lo incómodo para mí no fue que allí se hiciera política —¿qué otra cosa si no?—, pero de pronto la hacíamos con tan mala calidad como el Congreso cuando discute un cuarto o quinto retiro de fondos previsionales.

¿Con qué aspectos del proceso se sintió menos cómodo? ¿Y cuáles le gustaron?
Acabo de mencionar uno, pero hay más: tuvimos muestras de arrogancia, de que éramos un poder casi omnímodo, de que los poderes habituales del Estado valían poco o nada, de que los únicos representantes del pueblo éramos los 155 que estábamos en el edificio del ex Congreso. Me abrumaron también las recíprocas acusaciones de faltas a la ética que con altanería moral se imputaban continuamente grupos políticos opuestos. ¿Qué me gustó? La edad promedio de la Convención (45 años) y constatar lo que durante medio siglo he confirmado en las salas de clases: con los jóvenes pueden aprenderse cosas que ignorábamos. Ellos están hoy en el siglo actual, con aciertos y errores, desde luego, pero alguien de mi edad está solo a medias en el siglo en que pasa sus últimos años de vida.

¿Quedó satisfecho con la propuesta de texto? ¿Recoge, si no totalmente, al menos en buena medida su visión de país?
No suelo quedar satisfecho con lo que hago, ya sea individual o colectivamente. Siempre he preferido la autocrítica a la autocomplacencia. La complacencia paraliza, mientras que la crítica y la autocrítica movilizan. Voté favorablemente la mayor parte de las disposiciones de la propuesta y, en caso de resultar aprobada, espero que se le hagan los ajustes y cambios que correspondan o que aconseje su implementación práctica. El derecho es dinámico y prevé y regula su propia modificación, y así lo hace también nuestra propuesta.

La Convención obligó a pensar en conceptos y en palabras que teníamos fuera de la vista como país: modalidades de democracia directa que acompañen a nuestra democracia representativa, Estado social de derecho, y la pregunta acerca de si nuestros pueblos indígenas son meras poblaciones de ese tipo, culturas, pueblos, naciones o Estados.

Relata que durante la Convención se utilizaron demasiado algunas frases y que en un momento llegó a sentir hartazgo por las reiteraciones y el uso abusivo de la palabra. ¿A qué se debió esa dinámica?
A que el lugar común y la complacencia en lo obvio tienen muchos adeptos. Estuvo bien que al inicio de nuestro trabajo dijéramos una y otra vez que estábamos viviendo un momento histórico, pero no lo estuvo que siguiéramos repitiéndolo después de un año, como si se tratara de un hallazgo, como si todavía no lo supiéramos o lo hubiéramos olvidado. Me complicaron ciertos desbordes emocionales en que incurríamos con alguna frecuencia, y no solo los que tenían que ver con la ira, sino con aquellos buenos sentimientos que, con ser buenos, a veces desplazan un diálogo más reflexivo. Pero, por otro lado, la Convención obligó a pensar en conceptos y en palabras que teníamos fuera de la vista como país: modalidades de democracia directa que acompañen a nuestra democracia representativa, Estado social de derecho, y la pregunta acerca de si nuestros pueblos indígenas son meras poblaciones de ese tipo, culturas, pueblos, naciones o Estados.

¿Volvería a repetir la experiencia?
Lo pensaría dos veces. Mejor tres. Pero la repetiría. Fue una tarea que tuvo para mí un gran sentido. A mi edad, en que me estoy retirando de todo, salvo de leer y escribir, ¿cómo no valorar la posibilidad de colaborar en un momento histórico del país? Y mira cómo me salió la tan manida palabra. Estar en la Convención, con momentos buenos y otros no tanto, fue algo que elegí no para satisfacción personal. Cumplimos con nuestro cometido —presentar una propuesta—, pero no sabemos si cumpliremos nuestro objetivo: que esa propuesta reemplace a una Constitución no democrática y, además, desprestigiada y añeja. Cuarenta y dos años con la Constitución de una dictadura, reformas más, reformas menos, habla de una gran pereza constitucional de parte de nuestros gobiernos y legisladores. Aguantamos todo ese tiempo el cerrojo de los 2/3 para modificarla, y solo ahora, gracias a la Convención, nuestros legisladores despertaron de su letargo y lo bajaron rápidamente a 4/7. Un punto a favor de la Convención, porque sin esta todavía estarían en su estado de inanición constitucional. Porque la Constitución de una dictadura se reemplaza y no meramente se reforma.

 


Apuntes de un constituyente, Agustín Squella, Ediciones UDP, 2022, 176 páginas, $16.000.